Nº de DOI: 10.34896/RSI.2026.97.72.001
AUTORES
- Francisco Aranda Mangado. Fisioterapeuta. Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa. Zaragoza, Aragón, España.
- Luis Pérez Espallargas. Fisioterapeuta en el Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Laura Blázquez Pérez. Fisioterapeuta en el Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Silvia Pemán Lledó. Técnica en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE) en el Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
Introducción: el ejercicio terapéutico se ha consolidado en las últimas dos décadas como una intervención central de la fisioterapia oncológica, con beneficios que abarcan desde la fase prequirúrgica hasta la supervivencia a largo plazo.
Objetivo: revisar la evidencia científica disponible sobre la eficacia y la seguridad del ejercicio terapéutico en distintas fases y contextos del proceso oncológico.
Metodología: se realizó una revisión narrativa de la literatura, basada en guías de práctica clínica, revisiones sistemáticas, metaanálisis y ensayos clínicos aleatorizados publicados en bases de datos biomédicas.
Resultados: el ejercicio terapéutico muestra un nivel de evidencia consolidado para reducir la fatiga relacionada con el cáncer y para mantenerse de forma segura y eficaz durante el tratamiento activo con quimioterapia o radioterapia, con mejoras en la capacidad cardiorrespiratoria, la fuerza y la calidad de vida. La prehabilitación prequirúrgica y el entrenamiento de fuerza en la sarcopenia oncológica muestran resultados favorables con un nivel de evidencia moderado. En pacientes con metástasis óseas, los programas de ejercicio individualizados y adaptados al riesgo de fractura no se han asociado a un aumento de las fracturas ni de otros eventos adversos graves.
Conclusiones: el ejercicio terapéutico es una intervención segura y eficaz en prácticamente todas las fases del proceso oncológico, por lo que debería ofrecerse de forma sistemática e individualizada dentro de la atención multidisciplinar del paciente con cáncer, evitando la inactividad salvo contraindicación específica.
PALABRAS CLAVE
Terapia por ejercicio, modalidades de fisioterapia, oncología médica, fatiga, rehabilitación, ejercicio físico.
ABSTRACT
Introduction: over the past two decades, therapeutic exercise has become established as a central intervention in oncology physiotherapy, with benefits ranging from the presurgical phase to long-term survivorship.
Objective: to review the available scientific evidence on the efficacy and safety of therapeutic exercise across different phases and contexts of the cancer care continuum.
Methods: a narrative review of the literature was conducted, based on clinical practice guidelines, systematic reviews, meta-analyses and randomised clinical trials published in biomedical databases.
Results: therapeutic exercise shows a well-established level of evidence for reducing cancer-related fatigue and for being maintained safely and effectively during active chemotherapy or radiotherapy treatment, with improvements in cardiorespiratory fitness, strength and quality of life. Presurgical prehabilitation and strength training in cancer-related sarcopenia show favourable results with a moderate level of evidence. In patients with bone metastases, individualised exercise programmes adapted to fracture risk have not been associated with an increase in fractures or other serious adverse events.
Conclusions: therapeutic exercise is a safe and effective intervention across virtually all phases of the cancer care continuum, and should therefore be offered systematically and individually within the multidisciplinary care of cancer patients, avoiding inactivity unless specifically contraindicated.
KEY WORDS
Exercise therapy, physical therapy modalities, medical oncology, fatigue, rehabilitation, exercise.
INTRODUCCIÓN
Durante décadas, el reposo y la restricción de la actividad física fueron la recomendación habitual para las personas diagnosticadas de cáncer, bajo la premisa de que el ejercicio podría agravar la fatiga o comprometer la recuperación. Esta visión ha cambiado radicalmente en los últimos veinticinco años: la evidencia científica acumulada ha situado al ejercicio terapéutico como una intervención segura, bien tolerada y con beneficios demostrados en prácticamente todas las fases del proceso oncológico, desde el momento del diagnóstico hasta la supervivencia a largo plazo1,2. Este cambio de paradigma ha sido respaldado por el consenso internacional multidisciplinar de la American College of Sports Medicine (ACSM), que en su actualización de 2019 concluyó que el ejercicio es seguro durante y después de la mayoría de los tratamientos oncológicos, y que la inactividad debería evitarse activamente en esta población1.
El fisioterapeuta ocupa un lugar central en la prescripción y supervisión de este ejercicio, dada su capacitación para individualizar la intensidad, adaptar los ejercicios a las limitaciones funcionales específicas de cada paciente y reconocer las situaciones que requieren precaución, como la presencia de metástasis óseas o una toxicidad hematológica relevante. El objetivo de esta revisión es ofrecer una visión actualizada y práctica de la evidencia disponible en los principales ámbitos clínicos donde se prescribe ejercicio terapéutico en oncología.
OBJETIVO
El objetivo de esta revisión narrativa fue sintetizar la evidencia científica disponible sobre la eficacia y la seguridad del ejercicio terapéutico en distintas fases y contextos del proceso oncológico, incluyendo la fatiga relacionada con el cáncer, la prehabilitación prequirúrgica, el tratamiento oncológico activo, la sarcopenia y la seguridad en pacientes con metástasis óseas.
METODOLOGÍA
Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica en bases de datos biomédicas de referencia, basada en guías de práctica clínica, revisiones sistemáticas, metaanálisis y ensayos clínicos aleatorizados relacionados con el ejercicio terapéutico en el contexto oncológico, con especial atención a cinco ámbitos con un elevado volumen de publicaciones: la fatiga relacionada con el cáncer, la prehabilitación prequirúrgica, el ejercicio durante el tratamiento oncológico activo, la sarcopenia y la caquexia oncológica, y la seguridad del ejercicio en pacientes con metástasis óseas. No se trata de una revisión sistemática con protocolo PRISMA, sino de una síntesis narrativa con fines clínicos y divulgativos; la tabla y la figura presentadas en los anexos constituyen una síntesis cualitativa elaborada por los autores a partir de los estudios originales, no un metaanálisis propio.
RESULTADOS
Fundamentos: por qué el ejercicio es relevante en oncología:
El fundamento del ejercicio terapéutico en oncología es doble. Por un lado, actúa sobre las consecuencias físicas y funcionales del propio cáncer y de sus tratamientos: pérdida de masa muscular, deterioro de la capacidad cardiorrespiratoria, fatiga, deterioro funcional y disminución de la calidad de vida. Por otro lado, existe evidencia observacional consistente de que mantener un nivel adecuado de actividad física tras el diagnóstico se asocia a una reducción de la mortalidad específica por cáncer y de la mortalidad por cualquier causa en supervivientes de cáncer de mama, colorrectal y de próstata en estadios iniciales3. Sobre esta base, la guía de consenso de la ACSM recomienda, de forma general, un mínimo de 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico de intensidad moderada y entrenamiento de fuerza al menos dos veces por semana, con adaptaciones específicas según el tipo de tumor, el tratamiento recibido y las limitaciones funcionales de cada paciente1.
Ejercicio y fatiga relacionada con el cáncer:
La fatiga relacionada con el cáncer es uno de los síntomas más prevalentes y peor controlados en oncología, y constituye el ámbito donde el ejercicio terapéutico cuenta con mayor volumen de evidencia acumulada. Una revisión sistemática con metaanálisis de intervenciones multimodales supervisadas, que incluyó nueve estudios y 772 pacientes, encontró una reducción significativa de la fatiga (diferencia de medias estandarizada de -0,23), con un efecto también significativo en el subgrupo de pacientes que recibían quimioterapia de forma concurrente4. Un metaanálisis en red más reciente, que comparó distintas modalidades de ejercicio (aeróbico, de fuerza, combinado, yoga, qigong y tai chi) en 33 ensayos clínicos, encontró que tanto el entrenamiento de fuerza como el yoga reducían la fatiga de forma significativamente superior a la atención estándar, mientras que otras modalidades no alcanzaron significación estadística en la comparación directa5. De forma específica en cáncer de mama, un metaanálisis de 26 estudios confirmó que el ejercicio aeróbico, el de fuerza y, especialmente, el combinado, mejoraban de forma significativa la fatiga relacionada con el cáncer, con un efecto mayor en las sesiones de más de 60 minutos6. En conjunto, estos datos sitúan al ejercicio terapéutico, y en particular al entrenamiento de fuerza, como una de las intervenciones no farmacológicas con mayor respaldo científico para el manejo de la fatiga oncológica.
Prehabilitación antes de la cirugía oncológica:
La prehabilitación consiste en optimizar la capacidad física, y en ocasiones nutricional y psicológica, del paciente en el periodo previo a la cirugía oncológica, con el objetivo de mejorar la tolerancia a la intervención y acelerar la recuperación postoperatoria. Una revisión sistemática de 25 ensayos clínicos aleatorizados (2682 participantes), centrada en programas de prehabilitación con el ejercicio como componente principal, encontró mejoras consistentes en la capacidad funcional y la fuerza muscular previas a la cirugía, con resultados más heterogéneos sobre las complicaciones postoperatorias y la estancia hospitalaria, y señaló limitaciones metodológicas relevantes en gran parte de los estudios disponibles7. Una revisión sistemática con metaanálisis centrada específicamente en cirugía abdominal oncológica, que incluyó 22 estudios, encontró que la prehabilitación mejoraba la capacidad funcional preoperatoria, aunque con resultados menos concluyentes sobre las complicaciones postoperatorias y la duración del ingreso8. En cirugía gastrointestinal, una revisión centrada en programas multimodales de prehabilitación (que combinan ejercicio, nutrición y apoyo psicológico) los describió como una estrategia prometedora dentro de los protocolos de recuperación intensificada tras la cirugía, aunque también subrayó la necesidad de estandarizar los componentes y la duración óptima de estos programas9.
Ejercicio durante el tratamiento oncológico activo:
Uno de los cambios más relevantes en la práctica clínica ha sido la constatación de que el ejercicio puede mantenerse, e incluso iniciarse, durante la propia administración de quimioterapia o radioterapia, en lugar de reservarse para después de finalizar el tratamiento. El ensayo START, un estudio multicéntrico aleatorizado que incluyó a más de 300 mujeres con cáncer de mama en tratamiento con quimioterapia adyuvante, comparó un programa de ejercicio aeróbico con uno de ejercicio de fuerza y con un grupo control, y encontró mejoras significativas en la capacidad cardiorrespiratoria con el ejercicio aeróbico y en la fuerza muscular con el entrenamiento de fuerza, ambos con una adherencia elevada y sin un aumento de los eventos adversos relacionados con el ejercicio10. Estos hallazgos, replicados posteriormente en distintos tipos de tumores, respaldan la recomendación general de la ACSM de mantener el ejercicio durante el tratamiento activo siempre que no existan contraindicaciones específicas, ajustando la intensidad a la tolerancia del paciente en cada sesión1.
Ejercicio y masa muscular: sarcopenia y caquexia oncológica:
La pérdida de masa muscular es una complicación frecuente del cáncer y de sus tratamientos, con impacto directo sobre la funcionalidad, la tolerancia al tratamiento oncológico y el pronóstico. Una revisión sistemática sobre los efectos del ejercicio físico en la masa y la fuerza muscular de pacientes con cáncer durante el tratamiento activo concluyó que el entrenamiento de fuerza progresivo atenuaba la pérdida de masa muscular y mejoraba la fuerza en la mayoría de los estudios revisados, si bien la heterogeneidad de las poblaciones incluidas (distintos tumores, estadios y tratamientos) y de los protocolos de ejercicio empleados dificultaba extraer una prescripción única y estandarizada11. En los casos de caquexia oncológica avanzada, el propio análisis señaló que el ejercicio como intervención aislada mostraba un efecto más limitado, y que los mejores resultados se obtenían cuando se combinaba con soporte nutricional específico, lo que refuerza la necesidad de un abordaje multidisciplinar en esta población.
Seguridad del ejercicio en poblaciones especiales: metástasis óseas:
La presencia de metástasis óseas ha sido tradicionalmente motivo de exclusión de los programas de ejercicio, por el temor a precipitar una fractura patológica u otras complicaciones esqueléticas. Un panel internacional de expertos (International Bone Metastases Exercise Working Group) desarrolló un documento de consenso específico para orientar la prescripción de ejercicio en esta población, señalando que las revisiones sistemáticas disponibles en cáncer avanzado mostraban de forma consistente que el ejercicio era seguro, factible y beneficioso para la calidad de vida, la función física y la fatiga, aunque reconoció la escasez de literatura centrada específicamente en la seguridad del ejercicio en pacientes con metástasis óseas y la ausencia de herramientas estandarizadas para predecir el riesgo de fractura antes de prescribir ejercicio12. Una revisión narrativa exhaustiva sobre la prescripción de ejercicio en pacientes con metástasis óseas coincidió en que las intervenciones revisadas se asociaban a mejoras clínicamente relevantes en la calidad de vida, la función y la capacidad de marcha, sin diferencias en la incidencia de caídas, fracturas o dolor entre los grupos de ejercicio y de control, y subrayó la necesidad de individualizar y adaptar los ejercicios a la capacidad de cada paciente13. Un ensayo clínico aleatorizado que evaluó un programa modular multimodal de ejercicio en pacientes con cáncer de próstata y metástasis óseas, población hasta entonces sistemáticamente excluida de los estudios de ejercicio oncológico, confirmó la factibilidad y la seguridad de un programa individualizado y supervisado en este contexto de alto riesgo esquelético14. En conjunto, la evidencia actual respalda que la presencia de metástasis óseas no debería suponer, por sí sola, una contraindicación absoluta al ejercicio, sino un criterio para individualizar y adaptar cuidadosamente su prescripción, evitando actividades de alto impacto, torsión brusca o flexión de tronco no controlada sobre los segmentos afectados.
Síntesis de la evidencia:
La tabla 1 (anexos) resume la prescripción habitual, los principales efectos reportados y el nivel de evidencia disponible para cada uno de los cinco ámbitos clínicos revisados. La figura 1 (anexos) representa de forma cualitativa este mismo nivel de evidencia en una escala de 0 (sin evidencia) a 3 (evidencia consolidada, con recomendación en guía de práctica clínica), que permite visualizar cómo la fatiga relacionada con el cáncer y el mantenimiento del ejercicio durante el tratamiento activo son los ámbitos con mayor solidez de evidencia, mientras que la prehabilitación, la sarcopenia y la seguridad en metástasis óseas presentan un nivel de evidencia moderado, todavía en consolidación.
DISCUSIÓN
Limitaciones de la evidencia actual:
A pesar de la solidez alcanzada en algunos ámbitos, la evidencia global sobre el ejercicio terapéutico en oncología presenta limitaciones que conviene tener en cuenta:
• Existe una gran heterogeneidad en los protocolos de ejercicio empleados (tipo, intensidad, frecuencia y duración), lo que dificulta la comparación directa entre estudios y la elaboración de una prescripción única aplicable a todos los contextos.
• La mayoría de la evidencia de mayor calidad procede de estudios en cáncer de mama, colorrectal y de próstata, por lo que la extrapolación a otros tumores menos representados en la investigación es todavía limitada.
• Los estudios sobre seguridad del ejercicio en poblaciones de alto riesgo, como las metástasis óseas o la enfermedad oncohematológica activa, siguen siendo escasos en comparación con el volumen de literatura disponible en supervivientes de cáncer en estadios iniciales.
• La adherencia a largo plazo a los programas de ejercicio fuera del contexto supervisado de un ensayo clínico es difícil de garantizar, y la mayoría de los estudios no evalúa el mantenimiento de los beneficios una vez finalizada la intervención.
Estas limitaciones no cuestionan la seguridad ni el beneficio general del ejercicio terapéutico en oncología, pero sí explican por qué las guías de práctica clínica mantienen recomendaciones generales más que prescripciones estrictas y uniformes para todos los contextos clínicos1,2.
Implicaciones para la práctica clínica:
De la evidencia revisada se derivan algunas recomendaciones prácticas razonables para los equipos de fisioterapia oncológica:
• Incorporar la valoración de la actividad física y la prescripción de ejercicio terapéutico de forma sistemática desde el momento del diagnóstico, y no únicamente al finalizar el tratamiento activo.
• Priorizar programas que combinen ejercicio aeróbico y de fuerza para el manejo de la fatiga relacionada con el cáncer, dado que es el ámbito con mayor nivel de evidencia disponible.
• Ofrecer programas de prehabilitación en pacientes candidatos a cirugía oncológica mayor, especialmente en cirugía abdominal y torácica, adaptando su duración al tiempo disponible antes de la intervención.
• Mantener el ejercicio durante el tratamiento activo con quimioterapia o radioterapia siempre que no existan contraindicaciones específicas, ajustando la intensidad a la tolerancia y a los parámetros analíticos de cada sesión.
• Individualizar cuidadosamente la prescripción de ejercicio en pacientes con metástasis óseas, evitando el impacto, la torsión y la flexión de tronco no controlada sobre los segmentos afectados, sin que ello suponga excluir sistemáticamente a estos pacientes de los programas de ejercicio.
CONCLUSIÓN
El ejercicio terapéutico ha pasado, en poco más de dos décadas, de estar contraindicado por precaución a convertirse en una intervención central y transversal de la fisioterapia oncológica. La evidencia científica disponible respalda de forma sólida su papel en el manejo de la fatiga relacionada con el cáncer y en el mantenimiento de la capacidad funcional durante el tratamiento activo, y respalda de forma más moderada, pero también favorable, su uso en la prehabilitación prequirúrgica, la sarcopenia oncológica y, de forma individualizada, en pacientes con metástasis óseas.
El fisioterapeuta, por su formación específica en la valoración funcional y en la prescripción individualizada de ejercicio, ocupa una posición privilegiada para liderar esta intervención dentro del equipo multidisciplinar de oncología. La evidencia actual invita a superar la inactividad como recomendación por defecto y a ofrecer, en su lugar, un programa de ejercicio individualizado, seguro y adaptado a cada fase del proceso oncológico, reservando las restricciones para aquellas situaciones clínicas concretas en las que exista una contraindicación específica y documentada.
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Anexos
Anexo 1. Tabla 1. Resumen del ejercicio terapéutico en fisioterapia oncológica, según ámbito clínico
| Ámbito clínico | Prescripción habitual | Efecto principal reportado | Nivel de evidencia* | Refs. |
|---|---|---|---|---|
| Fatiga relacionada con el cáncer | Ejercicio aeróbico y/o de fuerza, 2-5 sesiones/semana, intensidad moderada, programas supervisados de 8-12 semanas | Reducción significativa de la fatiga; el ejercicio combinado y el de fuerza muestran los mayores tamaños del efecto | Alta (múltiples metaanálisis convergentes) | 4-6 |
| Prehabilitación prequirúrgica | Ejercicio aeróbico y de fuerza, con o sin entrenamiento muscular inspiratorio, en las 2-6 semanas previas a la cirugía | Mejora la capacidad funcional preoperatoria y la fuerza; reduce en algunos estudios la estancia hospitalaria y las complicaciones | Moderada (heterogeneidad entre tumores y protocolos) | 7-9 |
| Ejercicio durante el tratamiento activo (quimioterapia/radioterapia) | Ejercicio aeróbico y de fuerza combinado, 3 sesiones/semana, intensidad moderada, mantenido durante todo el tratamiento | Mejora la capacidad cardiorrespiratoria, la fuerza y la calidad de vida; buena tolerancia y adherencia, sin aumento de eventos adversos | Alta (ensayos aleatorizados multicéntricos) | 1,10 |
| Sarcopenia y caquexia oncológica | Entrenamiento de fuerza progresivo, 2-3 sesiones/semana, combinado habitualmente con soporte nutricional | Atenúa la pérdida de masa muscular y mejora la fuerza; efecto limitado como intervención aislada en caquexia avanzada | Moderada (estudios heterogéneos, muestras variables) | 11 |
| Metástasis óseas (seguridad del ejercicio) | Ejercicio individualizado según riesgo de fractura, evitando impacto, torsión y flexión de tronco no controlada | No se ha demostrado aumento del riesgo de fractura con programas adaptados; mejora la función y la calidad de vida | Moderada (consenso de expertos, ensayos pequeños) | 12-14 |
*Nivel de evidencia asignado de forma cualitativa por los autores según el número, tamaño y consistencia de los estudios disponibles, y según su incorporación o no a guías de práctica clínica; no sustituye una valoración GRADE formal.
Fuente: elaboración propia a partir de las referencias citadas en el texto.
Anexo 2. Figura 1. Nivel de evidencia del ejercicio terapéutico en fisioterapia oncológica, según ámbito clínico
Fuente: elaboración propia. Síntesis cualitativa de los autores a partir de las referencias citadas en el texto (escala 0-3; no corresponde a un metaanálisis con tamaños del efecto calculados estadísticamente).
