Soledad no deseada: estrategias de prevención y acompañamiento desde los cuidados sanitarios

17 octubre 2026

 

AUTORES

  1. María Del Rosario Palomo Medina. TCAE. Zaragoza. España.
  2. Carmen María Ricón Freitas. TCAE. Zaragoza. España.
  3. Alba García Ginoves. TCAE. Zaragoza. España.
  4. Andreea Pantea. DUE. Zaragoza. España.
  5. María Dolores Azagra Sierra. TCAE. Zaragoza. España.
  6. Azucena Palomo Gracia. TCAE. Zaragoza. España.

RESUMEN

La soledad no deseada constituye un problema de salud que puede afectar a personas de cualquier edad y situación social. No debe confundirse con el hecho de vivir solo ni con la elección voluntaria de disponer de espacios de intimidad. Se produce cuando existe una discrepancia entre las relaciones sociales que una persona desea y las que realmente tiene, pudiendo generar malestar emocional y repercusiones sobre la salud física, psicológica y funcional. La evidencia disponible relaciona la soledad y el aislamiento social con una peor calidad de vida y con diferentes problemas de salud, lo que justifica su consideración dentro de las actuaciones de promoción y prevención sanitaria. La detección precoz, la escucha activa, la valoración integral, la educación para la salud, el fortalecimiento de las redes de apoyo y la coordinación con recursos comunitarios constituyen herramientas de especial utilidad. La atención continuada permite además identificar cambios en las relaciones sociales y en la capacidad de afrontamiento, especialmente en personas mayores, pacientes con enfermedades crónicas, personas con dependencia o quienes atraviesan procesos de duelo y cambios vitales.

PALABRAS CLAVE

Soledad no deseada, aislamiento social, personas mayores, promoción de la salud, atención primaria, apoyo social.

ABSTRACT

Unwanted loneliness is a health-related problem that can affect people of any age and social situation. It should not be confused with living alone or voluntarily choosing periods of privacy. It occurs when there is a discrepancy between the social relationships a person wants and those they actually have, potentially causing emotional distress and affecting physical, psychological and functional health. Current evidence links loneliness and social isolation to poorer quality of life and several adverse health outcomes, supporting their inclusion in health promotion and prevention strategies. Early detection, active listening, comprehensive assessment, health education, strengthening support networks and coordination with community resources are particularly useful approaches. Continuous healthcare also makes it possible to identify changes in social relationships and coping abilities, especially among older people, individuals with chronic diseases, people with dependency and those experiencing bereavement or major life changes.

KEY WORDS

Unwanted loneliness, social isolation, older adults, health promotion, primary care, social support.

DESARROLLO DEL TEMA

Las relaciones sociales forman parte de las necesidades básicas relacionadas con el bienestar y la salud. Contar con personas de confianza, mantener vínculos familiares o de amistad y sentirse integrado en el entorno proporciona apoyo emocional y facilita el afrontamiento de las situaciones adversas. Cuando estas conexiones son insuficientes o no responden a las necesidades de la persona, puede aparecer la soledad no deseada.

La Organización Mundial de la Salud reconoce actualmente la soledad y el aislamiento social como importantes determinantes sociales de la salud. Las estimaciones internacionales señalan que aproximadamente una de cada seis personas experimenta soledad, aunque la frecuencia varía según la edad, el contexto y las condiciones sociales. En las personas mayores, además, diferentes circunstancias como la jubilación, la pérdida de seres queridos, las limitaciones funcionales o la aparición de enfermedades crónicas pueden modificar de forma importante las relaciones sociales.

Es importante diferenciar entre soledad y aislamiento social. Una persona puede vivir sola y no sentirse sola porque mantiene relaciones satisfactorias, mientras que otra puede convivir con familiares y experimentar una profunda sensación de desconexión. Por este motivo, la valoración no debe limitarse a conocer con quién vive el paciente, sino que debe prestar atención a cómo percibe sus relaciones y si considera cubiertas sus necesidades de compañía, apoyo y pertenencia.

Desde la atención sanitaria, la soledad no deseada puede pasar desapercibida si no se pregunta de forma directa. Los motivos de consulta suelen estar relacionados con problemas físicos, enfermedades crónicas, alteraciones del sueño, dolor o dificultades funcionales, mientras que el malestar relacionado con las relaciones sociales puede permanecer oculto.

La atención primaria presenta unas condiciones especialmente favorables para su detección debido a la continuidad de la atención y al conocimiento progresivo de la situación personal y familiar. Una revisión sobre intervenciones desarrolladas desde atención primaria señaló precisamente que estos servicios se encuentran en una posición adecuada para identificar y abordar la soledad, aunque también puso de manifiesto la falta de homogeneidad en las estrategias de detección y la necesidad de intervenciones sostenidas en el tiempo.

Por ello, abordar la soledad no deseada requiere superar una visión exclusivamente social y reconocer sus implicaciones sanitarias. La prevención debe comenzar por identificar factores de riesgo, facilitar espacios de comunicación y favorecer que cada persona pueda recuperar o fortalecer vínculos significativos.

Soledad no deseada como problema de salud:

La soledad es una experiencia subjetiva. No depende únicamente del número de contactos sociales, sino de la valoración que realiza cada persona sobre la calidad y suficiencia de sus relaciones. Esta característica hace que su detección pueda resultar compleja y que no exista una única situación que permita identificarla.

El aislamiento social, en cambio, hace referencia a una situación más objetiva caracterizada por una cantidad limitada de contactos o interacciones sociales. Ambos fenómenos pueden coexistir, pero no son equivalentes.

La diferencia tiene importantes implicaciones para la práctica asistencial. Hay que considerar que una persona está en riesgo simplemente porque vive sola puede conducir a una interpretación errónea. Del mismo modo, asumir que una persona acompañada no puede sentirse sola puede impedir la identificación de una necesidad real.

La soledad mantenida puede afectar al bienestar psicológico y a la calidad de vida, pero sus consecuencias no se limitan al ámbito emocional. La OMS señala que la soledad y el aislamiento social se relacionan con la salud física y mental, el bienestar y la longevidad.

En determinadas personas pueden aparecer dificultades para mantener hábitos saludables, menor motivación para realizar actividad física, alteraciones del descanso, abandono de actividades que anteriormente resultaban gratificantes o menor adherencia a las recomendaciones sanitarias. Estos cambios pueden contribuir progresivamente a una pérdida de autonomía.

Por esta razón, la valoración de las necesidades sociales debería formar parte de una atención integral. Preguntas sencillas sobre las personas con las que mantiene contacto, las actividades que realiza, la frecuencia con la que sale de casa o la satisfacción con sus relaciones pueden proporcionar información relevante.

La comunicación adquiere aquí una importancia fundamental. Preguntar directamente por la soledad no significa etiquetar a la persona ni asumir que existe un problema. Al contrario, puede ofrecer una oportunidad para expresar una situación que hasta ese momento no había sido comunicada.

Identificación de personas en situación de riesgo:

La soledad no deseada puede aparecer en diferentes momentos de la vida, aunque determinadas circunstancias aumentan la vulnerabilidad. Entre ellas se encuentran la viudedad, la jubilación, el cambio de domicilio, la pérdida de amistades, las enfermedades crónicas, la discapacidad, las dificultades económicas, la dependencia y las limitaciones para desplazarse.

También pueden existir situaciones menos visibles. Una persona puede mantener contacto frecuente con familiares, utilizar redes sociales o acudir periódicamente a un centro sanitario y, aun así, experimentar una sensación persistente de desconexión.

Los cambios vitales requieren una especial atención. El fallecimiento de la pareja, por ejemplo, puede alterar simultáneamente la organización cotidiana, la economía familiar, las rutinas y las relaciones sociales. Algo similar puede ocurrir cuando una enfermedad obliga a abandonar actividades laborales o de ocio que anteriormente constituían una fuente importante de relaciones.

En estos casos, la valoración debe realizarse desde una perspectiva integral. No basta con conocer los antecedentes clínicos. Es necesario considerar el funcionamiento cotidiano, el estado emocional, la autonomía, la red familiar y social, los recursos disponibles y las dificultades que pueden impedir la participación comunitaria.

La utilización de instrumentos de valoración puede ayudar a detectar situaciones que podrían pasar desapercibidas, aunque no debería sustituir la entrevista individual. La experiencia subjetiva de la persona es esencial para comprender qué significa para ella sentirse sola y qué tipo de apoyo considera realmente útil.

La evidencia disponible muestra que todavía existe una importante variabilidad en la forma de identificar la soledad dentro de la atención primaria. En la revisión de Galvez-Hernandez y colaboradores, solo una parte de las intervenciones analizadas comunicaba de manera explícita la utilización de procedimientos de cribado, predominando los cuestionarios. Los autores también señalaron la necesidad de desarrollar estrategias sostenibles y bien definidas1.

Por ello, la detección no debería plantearse únicamente como una prueba puntual. La observación continuada y el conocimiento de la evolución de la persona permiten identificar cambios que pueden aparecer meses después de una primera valoración.

Escucha activa y comunicación terapéutica:

Una de las primeras estrategias frente a la soledad no deseada es ofrecer un espacio en el que la persona pueda expresar cómo se encuentra sin sentirse juzgada. En ocasiones, el principal obstáculo para hablar de la soledad es la percepción de fracaso, vergüenza o miedo a convertirse en una carga para los demás.

La comunicación terapéutica permite establecer una relación basada en la confianza y facilita que la persona pueda explicar sus necesidades con mayor libertad. Escuchar no significa únicamente dejar de hablar, sino prestar atención al contenido verbal y no verbal, respetar los silencios y evitar respuestas que minimicen la experiencia.

Frases como “deberías salir más”, “tienes que conocer gente” o “no puedes estar sola todo el día” pueden resultar contraproducentes si no tienen en cuenta las dificultades reales de la persona. Una intervención adecuada debe partir de su situación concreta.

También es importante evitar infantilizar a las personas mayores. La edad no determina las preferencias, capacidades ni intereses de una persona. Las propuestas deben construirse conjuntamente, teniendo en cuenta aquello que resulta significativo para cada individuo.

La escucha puede servir además para identificar necesidades que requieren una intervención diferente. Una persona puede expresar soledad cuando en realidad existe un duelo complicado, síntomas depresivos, miedo a salir de casa, dificultades económicas, deterioro funcional o problemas de movilidad. Detectar estas circunstancias permite orientar la intervención de forma más adecuada.

Educación para la salud y fortalecimiento de las redes de apoyo:

La educación sanitaria puede contribuir a prevenir el aislamiento cuando se orienta a mantener la autonomía y la participación social. El objetivo no debe consistir simplemente en recomendar que la persona “se relacione más”, sino en ayudarla a identificar oportunidades realistas para recuperar actividades y vínculos significativos.

Las intervenciones pueden incluir información sobre recursos comunitarios, asociaciones, centros de mayores, actividades municipales, grupos de apoyo, programas de acompañamiento o iniciativas de voluntariado. Sin embargo, proporcionar una lista de recursos no garantiza que la persona pueda utilizarlos.

Es necesario valorar las barreras que pueden dificultar el acceso. Una persona con problemas de movilidad puede necesitar transporte. Alguien con dificultades económicas puede no poder asumir determinados costes. Una persona con escasas habilidades digitales puede requerir apoyo para utilizar herramientas de comunicación. Y quien atraviesa un duelo puede necesitar un periodo de adaptación antes de participar en nuevas actividades.

Las intervenciones dirigidas a combatir la soledad son muy diversas. La evidencia reciente apunta a que los programas que combinan diferentes componentes pueden resultar especialmente interesantes. Una revisión sistemática de revisiones publicada en 2024 encontró que las intervenciones con objetivos múltiples (por ejemplo, mejorar las habilidades sociales, aumentar el apoyo y ampliar las oportunidades de interacción) presentaban resultados favorables con mayor frecuencia que las estrategias centradas en un único objetivo.

Las actividades grupales también pueden favorecer la creación de vínculos, siempre que respondan a los intereses de quienes participan. Talleres de actividad física, lectura, cocina, memoria, música, manualidades o educación para la salud pueden convertirse en espacios de encuentro además de cumplir su finalidad inicial.

La intervención debe buscar que la persona recupere progresivamente un papel activo. No se trata únicamente de acompañarla, sino de favorecer que pueda construir relaciones que continúen cuando la intervención sanitaria haya finalizado.

Intervenciones comunitarias y participación social:

Las estrategias frente a la soledad no deseada no pueden limitarse al ámbito sanitario. Aunque los profesionales de los cuidados pueden desempeñar un papel importante en la detección y orientación, las causas y circunstancias que favorecen la desconexión social suelen estar relacionadas también con el entorno, la vivienda, la situación económica, la movilidad, la participación comunitaria y las oportunidades de interacción.

La Organización Mundial de la Salud señala que las soluciones deben desarrollarse a diferentes niveles, desde las políticas públicas hasta las actuaciones comunitarias e individuales. Entre ellas se incluyen el fortalecimiento de espacios de encuentro, el apoyo a grupos locales y la creación de entornos que faciliten las relaciones sociales.

En este sentido, los recursos comunitarios pueden convertirse en una herramienta preventiva de gran utilidad. Centros cívicos, asociaciones, bibliotecas, centros de mayores, instalaciones deportivas, programas culturales o grupos vecinales ofrecen oportunidades para establecer relaciones y recuperar rutinas.

Sin embargo, la derivación a un recurso comunitario debe realizarse de manera individualizada. No todas las personas tienen los mismos intereses ni las mismas posibilidades de participación. Para alguien que nunca ha realizado actividades grupales, puede ser más adecuado comenzar con un acompañamiento individual o con una actividad de pequeño tamaño antes de incorporarse a un grupo numeroso.

Una estrategia interesante es facilitar la conexión entre los recursos sanitarios y los recursos existentes en la comunidad. Los profesionales pueden conocer qué actividades están disponibles en la zona y orientar a las personas hacia aquellas que se ajusten a sus necesidades. Esta coordinación permite ampliar las posibilidades de actuación más allá de la consulta sanitaria2.

También resulta importante favorecer la participación activa de las propias personas afectadas. Las actividades diseñadas sin contar con sus preferencias pueden tener una escasa aceptación. Por el contrario, cuando las personas participan en la elección y organización de las actividades, aumenta la posibilidad de que estas tengan sentido para ellas y se mantengan a largo plazo.

La OMS propone precisamente reforzar la denominada infraestructura social, entendida como los espacios y servicios que facilitan que las personas puedan encontrarse e interactuar. Parques, bibliotecas, transporte público, espacios culturales y otros lugares de uso comunitario pueden contribuir a generar oportunidades de conexión.

Acompañamiento, voluntariado y prescripción social:

El acompañamiento constituye otra estrategia especialmente útil cuando la persona presenta dificultades para iniciar por sí misma nuevas relaciones. En determinadas circunstancias, una persona puede conocer los recursos existentes, pero no sentirse capaz de acudir sola. El acompañamiento inicial puede convertirse en el paso necesario para facilitar posteriormente una mayor autonomía.

Los programas de voluntariado y acompañamiento telefónico o presencial pueden ofrecer apoyo emocional y favorecer la recuperación de rutinas. No sustituyen las relaciones personales significativas ni la atención profesional cuando esta es necesaria, pero pueden actuar como un recurso complementario.

La prescripción social se basa precisamente en conectar a las personas atendidas en los servicios sanitarios con recursos y actividades disponibles en su comunidad. Puede incluir actividades culturales, ejercicio físico, grupos de apoyo, asociaciones, voluntariado, formación o iniciativas comunitarias.

Este planteamiento resulta especialmente interesante porque permite abordar determinadas necesidades que no se resuelven mediante un tratamiento farmacológico o una intervención exclusivamente clínica. Una persona puede acudir repetidamente a los servicios sanitarios por malestar inespecífico y, tras una valoración adecuada, identificarse que una parte importante de su situación está relacionada con la falta de relaciones significativas, la pérdida de rutinas o la ausencia de participación social.

No obstante, la prescripción social no debería convertirse en una simple derivación. Es necesario comprobar posteriormente si la persona ha podido acceder al recurso, si se ha adaptado a él y si considera que le está resultando útil.

La continuidad permite además modificar la estrategia cuando la primera intervención no funciona. Una persona puede rechazar inicialmente una actividad grupal y, meses después, mostrarse interesada en participar tras haber superado determinadas dificultades personales.

La evidencia sobre las intervenciones para reducir la soledad muestra resultados variables según el tipo de intervención y las características de la población. La Comisión de la OMS sobre Conexión Social destaca la necesidad de ampliar aquellas intervenciones que hayan demostrado utilidad y, al mismo tiempo, mejorar la evaluación de los programas para conocer cuáles funcionan mejor en cada contexto3.

Uso de las tecnologías sin sustituir el contacto humano:

Las nuevas tecnologías han generado nuevas posibilidades para mantener las relaciones sociales, especialmente cuando existen barreras físicas para desplazarse. Las videollamadas, aplicaciones de mensajería y plataformas digitales pueden facilitar el contacto con familiares y amigos que viven lejos.

También pueden ser útiles para acceder a actividades grupales, talleres o programas de acompañamiento. En personas con dificultades de movilidad, determinadas herramientas digitales pueden evitar que el aislamiento físico se traduzca necesariamente en aislamiento social.

Sin embargo, el uso de tecnología debe plantearse como un recurso complementario. No todas las personas tienen las mismas competencias digitales ni disponen de dispositivos, conexión a internet o apoyo para utilizarlos. Además, una interacción digital no siempre proporciona el mismo tipo de experiencia que el contacto presencial.

La OMS advierte precisamente de la necesidad de utilizar las herramientas digitales de forma adecuada, como apoyo a las relaciones humanas y no como sustitución automática de estas.

Desde la atención sanitaria puede ser útil identificar las dificultades digitales que presenta cada persona. Enseñar a realizar una videollamada, utilizar una aplicación de mensajería o acceder a una actividad online puede convertirse en una intervención sencilla cuando existe interés por parte del usuario.

Al mismo tiempo, debe evitarse asumir que la tecnología es la solución para todas las situaciones de soledad. Una persona puede utilizar diariamente las redes sociales y continuar experimentando una profunda sensación de desconexión. Lo relevante no es únicamente la cantidad de interacciones, sino su calidad y significado.

Seguimiento y evaluación de las intervenciones:

Una de las dificultades de las estrategias frente a la soledad es determinar si realmente están produciendo cambios. La reducción del número de consultas sanitarias, por ejemplo, no significa necesariamente que la persona se encuentre mejor. Tampoco la asistencia puntual a una actividad demuestra que se haya producido una mejora mantenida en su bienestar.

Por ello, la evaluación debe contemplar diferentes aspectos: percepción de soledad, frecuencia y calidad de las relaciones sociales, participación en actividades significativas, estado emocional, autonomía y satisfacción con la intervención.

El seguimiento debe adaptarse a cada situación. En personas con una situación de vulnerabilidad importante puede ser necesario realizar un contacto periódico, mientras que en otras puede ser suficiente una revisión más espaciada.

También es importante establecer objetivos realistas. En ocasiones, el objetivo inicial no será conseguir una amplia red social, sino recuperar una relación significativa, salir de casa una vez por semana, volver a realizar una actividad abandonada o disponer de una persona de confianza con la que hablar.

Estos pequeños cambios pueden ser relevantes para la persona y constituir el primer paso hacia una recuperación progresiva de la participación social.

La valoración continuada permite además detectar situaciones que requieren una intervención diferente. Si durante el seguimiento aparecen síntomas depresivos, deterioro cognitivo, riesgo de maltrato, dificultades económicas graves o pérdida importante de autonomía, será necesario activar los recursos profesionales correspondientes.

Por tanto, la soledad no debe abordarse como un problema aislado. Puede coexistir con otras necesidades y, en algunos casos, ser una manifestación visible de una situación de mayor complejidad.

Papel de los profesionales de los cuidados en la prevención:

La prevención de la soledad no deseada requiere una actuación basada en la persona y no exclusivamente en su diagnóstico. La relación asistencial proporciona oportunidades para conocer aspectos de la vida cotidiana que pueden influir en la salud y que, en ocasiones, no aparecen reflejados en la historia clínica.

La observación resulta especialmente importante. Cambios en el comportamiento, menor participación, abandono de actividades habituales, dificultad para mantener rutinas o expresiones reiteradas de tristeza pueden justificar una valoración más profunda4.

La comunicación debe mantenerse desde el respeto y evitando cualquier juicio. La persona no debería sentirse culpable por experimentar soledad. Se trata de una experiencia humana que puede aparecer en diferentes momentos de la vida y que puede estar relacionada con circunstancias sobre las que el individuo no tiene un control completo.

Otro elemento fundamental es la coordinación. Cuando se identifica una situación de soledad persistente, puede ser necesario trabajar conjuntamente con profesionales de trabajo social, psicología, medicina, fisioterapia, terapia ocupacional u otros recursos comunitarios, dependiendo de las necesidades detectadas.

El abordaje coordinado evita que cada profesional actúe de manera aislada y facilita una respuesta más completa.

También resulta importante incorporar a la familia cuando la persona lo desea y cuando su participación puede resultar beneficiosa. La familia puede constituir una fuente de apoyo fundamental, pero no debe darse por supuesto que todas las personas disponen de una red familiar cercana o que esta red puede asumir todas las necesidades.

La intervención debe respetar siempre las preferencias y decisiones de la persona. El objetivo no consiste en obligarla a socializar, sino en ofrecer alternativas que le permitan recuperar conexiones que sean significativas para ella.

CONCLUSIÓN

La soledad no deseada ha dejado de considerarse únicamente una cuestión relacionada con el ámbito social para adquirir una relevancia creciente como problema de salud pública. La evidencia disponible muestra que la falta de conexión social puede afectar al bienestar y relacionarse con diferentes resultados adversos para la salud, mientras que las relaciones sociales satisfactorias constituyen un importante factor protector.

Su abordaje requiere una perspectiva amplia. La detección precoz, la escucha activa y la valoración integral permiten identificar situaciones que pueden permanecer ocultas durante mucho tiempo. A partir de ahí, las intervenciones deben adaptarse a las necesidades, capacidades, intereses y preferencias de cada persona.

Las estrategias comunitarias, el acompañamiento, la participación en actividades significativas, la prescripción social y el uso adecuado de las tecnologías pueden contribuir a recuperar vínculos y reducir situaciones de aislamiento. Sin embargo, ninguna intervención debería aplicarse de manera automática. Lo que resulta útil para una persona puede no serlo para otra.

Los profesionales de los cuidados ocupan una posición especialmente adecuada para detectar cambios en la situación social y funcional, establecer una relación de confianza y facilitar el acceso a los recursos disponibles. Su actuación debe integrarse dentro de equipos coordinados y en conexión con los servicios sociales y comunitarios.

La respuesta a la soledad tampoco puede recaer exclusivamente sobre el sistema sanitario. La OMS plantea que son necesarias actuaciones coordinadas entre diferentes sectores y que la conexión social debe incorporarse a las políticas de salud, las estrategias comunitarias y los entornos donde las personas desarrollan su vida cotidiana.

Prevenir la soledad no deseada significa, en definitiva, favorecer que las personas puedan mantener relaciones que consideren significativas, participar en su comunidad y conservar un papel activo en su propia vida. La atención sanitaria puede contribuir de manera importante a este objetivo cuando incorpora la dimensión social dentro de una valoración integral y continuada.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Ministerio de Sanidad. Recomendaciones para trabajar el envejecimiento saludable en los municipios [Internet]. Madrid: Ministerio de Sanidad; 2022 [citado 17 septiembre 2026]. Disponible en: Documento del Ministerio de Sanidad
  2. Instituto de Mayores y Servicios Sociales. La lucha contra la soledad no deseada de las personas mayores en España [Internet]. Madrid: Imserso; 2019 [citado 17 septiembre 2026]. Disponible en: Convenio publicado en el BOE
  3. Ministerio de Sanidad. Estrategia de Promoción de la Salud y Prevención en el Sistema Nacional de Salud [Internet]. Madrid: Ministerio de Sanidad [citado 17 septiembre 2026]. Disponible en: Ministerio de Sanidad
  4. Ministerio de Sanidad. Sistema de Información de Promoción y Educación para la Salud (SIPES): prevención de la soledad no deseada [Internet]. Madrid: Ministerio de Sanidad; 2026 [citado 17 septiembre 2026]. Disponible en: SIPES – Ministerio de Sanidad

 

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