AUTORES
- Raúl Martínez Labuena. Graduado en Fisioterapia. Fisioterapeuta en Roldán y Dieste.
- Sara Sebastián Aldea. Graduada en Fisioterapia. Fisioterapeuta en Fundación ADISLAF.
RESUMEN
El dolor es una experiencia multisensorial y subjetiva que puede afectar significativamente la calidad de vida de las personas. Sin embargo, cuando se trata de personas con discapacidad intelectual (DI), el manejo del dolor se convierte en un desafío aún mayor. A pesar de que pueden experimentar más dolor, tanto agudo como crónico, que la población general, las limitaciones en la comunicación, la comprensión y la autogestión, pueden dificultar la identificación y el tratamiento adecuado del dolor, lo que puede llevar a un deterioro adicional en su bienestar físico y emocional. Estas poblaciones especiales requieren una evaluación constante y continua, un tratamiento adecuado y una evaluación de las intervenciones para asegurar el mejor alivio posible del dolor.
PALABRAS CLAVE
Dolor, discapacidad intelectual, evaluación del dolor, manejo del dolor.
ABSTRACT
Pain is a multisensory and subjective experience that can significantly affect people’s quality of life. However, when it comes to people with intellectual disabilities (ID), pain management becomes even more of a challenge. Although they may experience more pain, both acute and chronic, than the general population, limitations in communication, understanding, and self-management can make it difficult to identify and appropriately treat pain, which can lead to further deterioration. in your physical and emotional well-being. These special populations require consistent, ongoing assessment, appropriate treatment, and evaluation of interventions to insure the best possible pain relief.
KEY WORDS
Pain, intellectual disability, pain assessment, pain management
DESARROLLO DEL TEMA
La discapacidad intelectual (DI) se define como un trastorno del desarrollo neurológico que se manifiesta durante el período de desarrollo y que afecta tanto a las capacidades intelectuales de un individuo, razonamiento, aprendizaje y resolución de problemas, como al funcionamiento adaptativo, que incluye de habilidades conceptuales, sociales y prácticas de la vida cotidiana1,2.
La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) ha revisado la definición de dolor como “una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada o similar a la asociada con un daño tisular real o potencial”1. El dolor agudo persiste dentro de la fase de curación de 3 meses después de una lesión y necesita tratamiento inmediato para evitar que se convierta en dolor crónico. El dolor crónico persiste más allá de la fase de curación de 3 meses después de una lesión, lo que reduce las posibilidades de tratamiento y tiene un impacto psicosocial en la vida diaria3.
Los informes clínicos y las pruebas sensoriales muestran que las personas con DI pueden experimentar un dolor similar al de la población general según el tipo y grado de discapacidad. Además, varias técnicas de imagen, respuestas endocrinas y potenciales evocados cerebrales registrados durante eventos nocivos han identificado que los individuos con discapacidad intelectual pueden experimentar más dolor, tanto agudo como crónico, que la población general1 debido a comorbilidades adicionales y condiciones secundarias4,5. Y aunque la expresión del dolor agudo pueda estar diferida, una vez que el dolor se registra, puede incluso haber una respuesta al dolor exagerada1. Sin embargo, enfrentan desigualdades en la atención relacionada con el dolor debido a las barreras de comunicación verbal y no verbal1,5 y a las pocas investigaciones sobre el dolor que involucran a esta población; en parte por su complejidad ética. En primer lugar, algunos de los métodos estándar para evaluar el dolor y la sensibilidad al dolor no son adecuados para personas con discapacidad intelectual grave, que a menudo no hablan y son incapaces de comprender o seguir instrucciones. En segundo lugar, los menores con discapacidad intelectual grave no pueden dar su consentimiento informado para participar en investigaciones sobre el dolor, y su desacuerdo no siempre es reconocido6.
VALORACIÓN DEL DOLOR:
Como el dolor es una experiencia multidimensional y subjetiva, teniendo en cuenta el reconocimiento de la complejidad de la percepción del dolor, todas estas cuestiones hacen que la experiencia y expresión del dolor por parte de las personas con discapacidad intelectual sean más desafiantes. Por lo tanto, el dolor asociado con una DI frecuentemente se subestima y se maneja mal1.
EPIDEMIOLOGÍA:
La prevalencia de dolor crónico en población con DI es difícil de estimar y muestra amplias variaciones, aunque probablemente sea alta. Anteriormente, la opinión común era que las personas con DI tenían una menor sensibilidad al dolor, debido a la relativamente poca conciencia del problema del dolor entre los cuidadores y las personas con DI. Sin embargo, la evidencia actual sugiere que las personas con DI pueden en realidad ser más sensibles a los estímulos dolorosos, tener mayores potenciales evocadores del dolor y tener más probabilidades de experimentar dolor crónico que la población general1. Según informes de los cuidadores, estudios previos sugieren que entre el 14 y el 15% de los adultos con DI tienen dolor crónico, con una duración promedio de 6 años3 mientras que estimaciones recientes mostraron que la prevalencia de dolor crónico en la DI es del 70%. El dolor crónico entre las personas con DI puede ser muy prevalente debido a la mayor frecuencia de discapacidad física asociada1, además de que ciertas afecciones dolorosas ocurren con más frecuencia en adultos mayores con DI que en adultos más jóvenes3, junto a otros factores de riesgo1.
La evaluación del dolor entre las personas con DI es un reto porque la evaluación del dolor se basa principalmente en el autoinforme como el “estándar de oro” y frecuentemente se obtiene mediante el uso de escalas de calificación. Sin embargo, las personas con DI pueden tener dificultades para expresar verbalmente su dolor al usar las escalas de calificación y para comprender las instrucciones necesarias o incluso, pueden evitar el autoinforme del dolor por miedo a la enfermedad o la muerte. Estas dificultades de comunicación, especialmente entre personas con DI moderada y grave, dificultan una prescripción adecuada de analgesia y requieren el uso de métodos sustitutos. Así, se han desarrollado un número de herramientas de evaluación observacional donde los cuidadores observan y califican la presencia de indicadores conductuales de dolor. Estos indicadores implican un conjunto de comportamientos verbales o no verbales observables que podrían considerarse una expresión y una reacción al dolor físico experimentado subjetivamente por el individuo. Así, el dolor agudo se asocia con indicadores como lágrimas, no moverse y cerrar los ojos con fuerza, mientras que el dolor crónico en personas con DI puede estar asociado con gemidos, comer menos y no cooperar. Sin embargo, la literatura sugiere que la observación conductual del dolor no es un método exento de dificultades. Una limitación es la diversidad de comportamientos y la dificultad para discriminar entre el dolor y otras causas como el malestar o la ansiedad3.
La evidencia es prometedora de que la incorporación de herramientas electrofisiológicas y de neuroimagen para la evaluación del dolor, pueden ayudar a superar las barreras de la comunicación en DI.
TRATAMIENTO:
Las estrategias de prevención son efectivas para reducir el dolor en pacientes con DI, pero la situación actual muestra que están infrautilizadas1.
El dolor en DI suele ser difícil de tratar por lo que lo ideal es que su tratamiento eficaz incluya enfoques multimodales para controlar el dolor y las condiciones médicas, psicológicas y psicosociales asociadas. Los enfoques multimodales incluyen modalidades farmacológicas y no farmacológicas1.
– El tratamiento farmacológico del dolor en personas con discapacidad intelectual debe estar dictado por los síntomas del individuo y basarse en los mismos principios que se aplican a aquellos sin discapacidad intelectual.
– Las modalidades no farmacológicas se pueden utilizar solas o en combinación con tratamiento médico según el dolor del paciente. Este enfoque multimodal tiene como objetivo tratar las dimensiones afectivas, cognitivas, conductuales y socioculturales del dolor.
Los principales objetivos de la fisioterapia son reducir la percepción del dolor y ayudar a las personas a afrontarlo. Para las personas con discapacidad intelectual, la fisioterapia puede incluir fortalecimiento muscular, entrenamiento postural, ejercicios y programas de rehabilitación así como la aplicación de herramientas simples como tratamiento con hielo o calor, baño caliente, masaje, acupuntura, vibración, estimulación nerviosa eléctrica transcutánea (TENS) y ventosas. El uso de tratamiento térmico inhibe el dolor mediante vasodilatación mientras que el tratamiento con frío aumenta el umbral del dolor y reduce el edema, la inflamación y el dolor experimentado. El TENS funciona transmitiendo muchos mensajes no dolorosos al mismo lugar en el asta dorsal de la médula espinal que recibe los mensajes de dolor y, al hacerlo, reduce los mensajes de dolor que se reciben e interpretan en el cerebro. Se afirma que el masaje es eficaz para inducir la relajación y reducir las conductas desafiantes en personas con discapacidad intelectual. Sin embargo, la literatura basada en evidencia que demuestra la efectividad de la terapia de masaje para apoyar la práctica clínica es extremadamente limitada1. También la actividad física tiene efectos positivos en la salud física y psicosocial de los jóvenes con discapacidad intelectual. Aunque el entrenamiento de resistencia muestra los mayores beneficios físicos, enseñar habilidades deportivas y de movimiento parece beneficiar su salud física y psicosocial7.
Los planes individualizados de manejo del dolor son cruciales para los pacientes con DI porque sus necesidades de manejo del dolor pueden variar significativamente de las de la población general. Un enfoque estandarizado para el manejo del dolor no es práctico para estos pacientes en particular. Para crear un plan personalizado de manejo del dolor que satisfaga las necesidades únicas del paciente, los profesionales de salud deben considerar su discapacidad, registros médicos y nivel de dolor para establecer un plan integral y multidisciplinario de manejo del dolor8.
CONCLUSIONES
La identificación de los métodos adecuados para la evaluación del dolor y los planes de tratamiento efectivos representan un gran desafío entre las poblaciones con DI. A pesar de los avances realizados en el tratamiento del dolor en pacientes con discapacidad, aún se necesita más investigación. Los estudios futuros deberían centrarse en desarrollar enfoques de manejo del dolor más eficaces y adaptados a las necesidades del paciente además de explorar el impacto del dolor en la calidad de vida de los pacientes con DI.
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