- Rocío Esteve Ibáñez. Centro de Salud Mental Lezkairu. Pamplona, Navarra, España.
- Paula García Ozcoz. Unidad de Psiquiatría Hospital Reina Sofía, Tudela. Navarra, España.
- Ana Guajardo Iguaz. Unidad de Psiquiatría Hospital Reina Sofía, Tudela. Navarra, España.
- Laura Llovera García. Unidad de Hospitalización Psiquiátrica A del Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
- María Camats Artaso. Unidad de Hospitalización Psiquiátrica A del Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
- Sandra Oliver Hernández. Unidad Psiquiatría Hospital Reina Sofía Tudela. Navarra, España.
RESUMEN
Se describe el caso de una mujer de 28 años con diagnóstico de trastorno de dismorfia corporal (TDC) agravado tras una cirugía estética facial fallida y exposición continuada a redes sociales. La paciente mostraba preocupación obsesiva por defectos mínimos percibidos, acompañada de comparaciones digitales compulsivas, ansiedad social y síntomas depresivos. Tras ingreso parcial, se instauró tratamiento con fluvoxamina, terapia cognitivo-conductual (TCC) y un plan de cuidados enfermeros centrado en la validación emocional, el control de conductas repetitivas y la educación digital. La evolución fue favorable en tres meses, con mejoría funcional y reducción de la distorsión corporal. Este caso destaca la influencia de los medios digitales en los trastornos de la imagen corporal y el valor del abordaje interdisciplinar.
PALABRAS CLAVE
Dismorfia corporal, redes sociales, cirugía estética, ansiedad social, enfermería.
ABSTRACT
We describe the case of a 28-year-old woman diagnosed with body dysmorphic disorder (BDD) aggravated by an unsuccessful cosmetic surgery and prolonged exposure to social media. The patient exhibited obsessive preoccupation with minor perceived defects, compulsive digital comparison behaviors, social anxiety, and depressive symptoms. After partial hospitalization, treatment included fluvoxamine, cognitive-behavioral therapy (CBT), and a nursing plan focused on emotional validation, behavior regulation, and digital education. Clinical outcome was favorable within three months, with improved functionality and reduced body distortion. This case highlights the impact of digital exposure on body image disorders and the importance of interdisciplinary management.
KEY WORDS
Body dysmorphic disorder, social media, cosmetic surgery, social anxiety, nursing.
INTRODUCCIÓN
El trastorno de dismorfia corporal (TDC) es un trastorno del espectro obsesivo-compulsivo caracterizado por una preocupación excesiva y persistente por defectos percibidos en la apariencia física, que resultan mínimos o inexistentes para los demás¹. Estas preocupaciones generan conductas repetitivas como la comprobación ante el espejo, la búsqueda de cirugía o la comparación constante con otras personas².
Su prevalencia estimada es del 2% en población general, pero se incrementa hasta el 15% en pacientes sometidos a cirugía estética³. Afecta con mayor frecuencia a mujeres jóvenes y se asocia a depresión, ansiedad social, baja autoestima y riesgo elevado de suicidio⁴.
En la última década, las redes sociales centradas en la imagen han emergido como un factor de riesgo relevante. La exposición prolongada a filtros y modelos de belleza digitalmente alterados fomenta la comparación social y la percepción distorsionada del propio cuerpo⁵. Este fenómeno, conocido como “dismorfia de Snapchat”, puede actuar como desencadenante o mantenedor del TDC⁶.
El tratamiento de elección combina terapia cognitivo-conductual (TCC), enfocada en la reestructuración de pensamientos distorsionados y exposición progresiva, con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS)⁷. La enfermería juega un papel esencial en la adherencia, la educación emocional, la monitorización de síntomas y la prevención de conductas autolesivas⁸.
PRESENTACIÓN DEL CASO CLÍNICO
Mujer de 28 años, soltera, trabaja como community manager. Sin antecedentes psiquiátricos previos de relevancia. Desde los 18 años manifiesta insatisfacción corporal centrada en la forma de su nariz, con conductas frecuentes de comparación en redes sociales. Pasaba más de seis horas diarias revisando su aspecto en fotografías digitales, utilizando filtros de belleza y buscando aprobación social a través de publicaciones.
Tras someterse a una rinoplastia estética seis meses antes del ingreso, percibió que “el resultado fue un desastre” y que “su cara había perdido simetría”. A partir de ese momento, comenzó a evitar reuniones sociales, eliminó la mayoría de sus fotografías y desarrolló rituales compulsivos de observación ante el espejo. Refería que “ninguna cámara refleja cómo soy realmente”.
Durante los meses siguientes, la ansiedad se intensificó. La paciente alternaba periodos de llanto con irritabilidad y episodios de aislamiento prolongado. En consulta ambulatoria refirió pensamientos de autodesprecio y deseo de “corregir” su rostro con nuevas cirugías. Finalmente, ante la aparición de ideación autolesiva sin plan, se decidió su ingreso parcial en unidad de salud mental.
Durante las primeras semanas, la paciente se mostraba retraída, con contacto visual escaso y discurso centrado en su “deformidad facial”. Pasaba largos periodos mirando su reflejo con angustia, pidiendo confirmación constante al personal sanitario. El equipo de enfermería adoptó una actitud de validación empática, evitando la confrontación directa de sus creencias (“sé que para ti esto es muy importante, pero trabajaremos para que puedas sentirte mejor con tu imagen”). Se instauró un registro diario de emociones y conductas frente al espejo, y se inició tratamiento con fluvoxamina 50 mg/día, incrementándose gradualmente hasta 150 mg/día.
A lo largo de la segunda y tercera semana, comenzaron las sesiones de TCC individuales. La paciente fue guiada para identificar pensamientos automáticos distorsionados (“mi cara es asimétrica, todos lo notan”) y sustituirlos por interpretaciones más realistas. En paralelo, el personal de enfermería la acompañaba en exposiciones graduadas al espejo, supervisando su tolerancia a la ansiedad y reforzando verbalmente los logros.
En la cuarta y quinta semana, la paciente mostró mejoría parcial del ánimo, aunque persistían momentos de desesperanza al revisar antiguas fotografías. Enfermería implementó estrategias de control digital, limitando el uso de redes sociales mediante aplicación de bloqueo temporal, y promovió actividades alternativas centradas en la autoaceptación y el autocuidado (lectura, ejercicio físico moderado, mindfulness).
Durante la sexta a octava semana, la paciente comenzó a participar activamente en grupos de apoyo sobre imagen corporal. Refirió sentirse “más consciente de cómo las redes me manipulan”. Las conductas compulsivas de comprobación disminuyeron a menos de una hora diaria. Los niveles de ansiedad medidos por la escala GAD-7 descendieron un 60% respecto al inicio.
En la novena a duodécima semana, la paciente consolidó su mejoría. Volvió a salir con amigos, retomó su trabajo a media jornada y comenzó a subir fotografías sin edición, describiendo la experiencia como “liberadora”. Negó ideación autolesiva y mantuvo adherencia completa al tratamiento. En la entrevista de alta parcial, expresó haber “aprendido a tolerar la imperfección”.
DISCUSIÓN-CONCLUSIONES
El caso presentado ejemplifica la relación bidireccional entre el trastorno de dismorfia corporal y la exposición intensiva a redes sociales, fenómeno que ha cobrado relevancia clínica en los últimos años¹,3. Diversas investigaciones demuestran que el uso prolongado de plataformas basadas en la imagen se asocia a insatisfacción corporal y síntomas obsesivo-compulsivos relacionados con la apariencia².
La cirugía estética no suele resolver la distorsión perceptiva subyacente, por el contrario, puede exacerbar los síntomas al reforzar la idea de imperfección³ En esta paciente, la rinoplastia insatisfactoria actuó como desencadenante de un cuadro obsesivo grave.
El tratamiento con ISRS, como la fluvoxamina, ha mostrado eficacia significativa en la reducción de los síntomas del TDC al modular la hiperactividad serotoninérgica en los circuitos corticoestriatales implicados en la obsesión y la compulsión⁴. La respuesta favorable en este caso se alinea con estudios que recomiendan mantener el tratamiento durante al menos 12 semanas para consolidar la remisión⁵,6.
La terapia cognitivo-conductual sigue siendo la intervención psicológica de primera elección, centrada en la reestructuración cognitiva, la exposición progresiva y la prevención de respuesta compulsiva. Su aplicación permitió en esta paciente una disminución sostenida de las conductas de verificación y una mayor autoaceptación corporal.
El rol enfermero fue fundamental para el éxito terapéutico: la observación continua de conductas, la validación emocional, la supervisión del uso digital y la educación sobre la autoimagen constituyeron intervenciones de gran impacto⁷. Además, la implicación enfermera permitió prevenir recaídas y fomentar la adherencia, demostrando el valor de un enfoque interdisciplinar en el manejo del TDC⁸.
En conclusión, este caso muestra cómo la interacción entre los ideales estéticos digitales, la vulnerabilidad emocional y las experiencias quirúrgicas puede desencadenar o agravar el trastorno de dismorfia corporal. Un abordaje integrador, combinando farmacoterapia, psicoterapia y cuidados enfermeros personalizados, resulta esencial para restaurar la funcionalidad y el bienestar psicológico.
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