AUTORES
- Sara Chocarro Arróniz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
- Leyre Lecumberri Alzueta. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
- Amaia Ros Maiz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
RESUMEN
Introducción: El edadismo comprende los estereotipos, prejuicios y conductas discriminatorias basadas en la edad. Cuando se dirige a las personas mayores puede actuar como un determinante social de la salud, limitar su participación y favorecer el malestar psicológico.
Objetivo: Analizar la relación entre el edadismo y la salud mental de las personas mayores, describiendo sus mecanismos, consecuencias y principales estrategias de prevención.
Metodología: Se realizó una revisión narrativa de publicaciones científicas, revisiones sistemáticas y documentos institucionales localizados en PubMed/MEDLINE, Scopus, PsycINFO, CINAHL, SciELO y fuentes de organismos internacionales. Se priorizaron trabajos publicados entre 2016 y 2026 en español o inglés.
Resultados: La evidencia relaciona el edadismo interpersonal, institucional y autodirigido con menor bienestar psicológico, síntomas depresivos y ansiosos, soledad, reducción de la autoestima y barreras para solicitar atención. La interiorización de estereotipos negativos puede convertir el envejecimiento en una expectativa de pérdida inevitable y retrasar el reconocimiento de problemas tratables. Las mujeres mayores, las personas con discapacidad, bajo nivel socioeconómico o dependencia y quienes pertenecen a minorías pueden experimentar formas acumulativas de discriminación. La educación, el contacto intergeneracional, la comunicación no estigmatizante, la participación de las personas mayores y la revisión de prácticas asistenciales muestran utilidad preventiva.
Discusión-conclusiones: El edadismo no es solo una actitud social, sino un factor que influye en la exposición a riesgos, el acceso a recursos y la utilización de servicios de salud mental. Su abordaje requiere acciones clínicas, comunitarias y políticas, así como formación de los profesionales y evaluación sistemática de prácticas discriminatorias.
PALABRAS CLAVE
Ageísmo, salud mental, anciano, aislamiento social, envejecimiento.
ABSTRACT
Introduction: Ageism includes stereotypes, prejudice and discriminatory practices based on age. When directed at older adults, it may operate as a social determinant of health by restricting participation, access to resources and psychological well-being.
Objective: To analyse the relationship between ageism and mental health in older adults, describing its mechanisms, consequences and main prevention strategies.
Methodology: A narrative review was conducted using scientific articles, systematic reviews and institutional documents identified in PubMed/MEDLINE, Scopus, PsycINFO, CINAHL, SciELO and international organisations’ sources. Publications in English or Spanish, mainly from 2016 to 2026, were prioritised.
Results: Evidence links interpersonal, institutional and self-directed ageism with poorer psychological well-being, depressive and anxiety symptoms, loneliness, reduced self-esteem and barriers to seeking care. Internalised negative stereotypes may frame distress as an inevitable part of ageing and delay recognition of treatable conditions. Older women, people with disabilities, low socioeconomic status or dependency, and members of minority groups may experience cumulative forms of discrimination. Education, intergenerational contact, non-stigmatising communication, participation of older adults and review of healthcare practices are promising preventive measures.
Discussion-conclusions: Ageism is not merely a social attitude; it affects exposure to risk, access to resources and use of mental healthcare. Addressing it requires clinical, community and policy action, professional training and systematic evaluation of discriminatory practices.
KEY WORDS
Ageism, mental health, aged, social isolation, aging.
INTRODUCCIÓN
El envejecimiento de la población constituye uno de los cambios demográficos más relevantes del siglo XXI. Este proceso no debe interpretarse únicamente desde la enfermedad o la dependencia, ya que la vejez es una etapa heterogénea en la que influyen la trayectoria vital, el entorno, las redes sociales, la situación económica y el acceso a servicios. Sin embargo, numerosos discursos continúan asociando la edad avanzada con deterioro inevitable, improductividad, fragilidad o incapacidad para tomar decisiones. Estas representaciones favorecen el edadismo y condicionan la manera en que las personas mayores son tratadas en la familia, la comunidad, los medios de comunicación y los sistemas sanitarios1.
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como el conjunto de estereotipos, prejuicios y discriminaciones dirigidos hacia otras personas o hacia uno mismo por razón de edad. Puede manifestarse en tres niveles interrelacionados: institucional, cuando normas o prácticas generan desventajas; interpersonal, cuando aparece en la interacción cotidiana; y autodirigido, cuando la persona interioriza mensajes negativos sobre su propio envejecimiento. Se estima que las actitudes edadistas están ampliamente extendidas y producen consecuencias sobre la salud, la participación social y la calidad de vida1,2.
Considerar el edadismo como determinante social de la salud permite comprender que sus efectos no dependen exclusivamente de decisiones individuales. Las oportunidades para mantener vínculos, acceder a empleo, vivienda, educación, tecnología o cuidados sanitarios se distribuyen de forma desigual. Una práctica aparentemente neutra puede resultar discriminatoria cuando excluye a una persona por su edad cronológica, sin valorar su capacidad funcional, preferencias o contexto. En salud mental, esta desigualdad puede traducirse en menor detección, atribución errónea de síntomas al envejecimiento y menor acceso a intervenciones psicológicas2,3.
La salud mental en la vejez está influida por factores protectores y de riesgo acumulados. Las pérdidas afectivas, la jubilación no deseada, la enfermedad crónica, el dolor, la limitación funcional, la sobrecarga de cuidados o la precariedad económica pueden aumentar la vulnerabilidad. No obstante, la depresión, la ansiedad o la soledad intensa no son consecuencias normales ni inevitables de envejecer. Cuando profesionales, familiares o las propias personas mayores aceptan esa idea, disminuye la probabilidad de identificar el sufrimiento y ofrecer una respuesta terapéutica adecuada4,5.
Las personas que perciben discriminación por edad pueden experimentar vergüenza, pérdida de control, inseguridad y menor sentido de pertenencia. A su vez, la interiorización de estereotipos negativos puede modificar expectativas, conductas de autocuidado y disposición para buscar ayuda. Estos mecanismos contribuyen a mantener el aislamiento y pueden agravar síntomas depresivos o ansiosos6,7.
El edadismo también puede coexistir con sexismo, capacitismo, racismo, pobreza o discriminación por orientación sexual. Esta perspectiva interseccional es especialmente relevante en las mujeres mayores, que con frecuencia acumulan desigualdades económicas y responsabilidades de cuidado, y en personas con discapacidad o deterioro cognitivo, cuya autonomía puede ser cuestionada de forma sistemática. La suma de estas experiencias incrementa el riesgo de invisibilidad y de recibir una atención poco individualizada8.
En el ámbito sanitario, el edadismo puede expresarse mediante un lenguaje infantilizante, decisiones tomadas sin participación de la persona, exclusión de tratamientos por edad, escasa exploración del estado emocional o normalización del sufrimiento. También puede estar presente en criterios de investigación que excluyen a personas mayores, en servicios digitales poco accesibles o en una oferta insuficiente de psicoterapia adaptada. Estas barreras reducen la equidad y pueden reforzar la desconfianza hacia el sistema2,9.
La prevención exige transformar las representaciones sociales del envejecimiento y revisar las estructuras que las sostienen. Las intervenciones educativas y el contacto intergeneracional de calidad han mostrado efectos favorables sobre conocimientos y actitudes. En el entorno asistencial, la formación, la comunicación centrada en la persona, la evaluación del malestar emocional y la participación compartida en decisiones son medidas aplicables. Por ello, resulta pertinente sintetizar la evidencia sobre la relación entre edadismo y salud mental e identificar acciones útiles para la práctica sanitaria y comunitaria10,11.
OBJETIVOS
A partir del problema planteado y de la evidencia disponible, los objetivos se orientan a comprender el edadismo no solo como una actitud social, sino como un factor que puede condicionar el bienestar psicológico, la participación y el acceso a los cuidados. Se pretende integrar sus distintas manifestaciones y señalar líneas de actuación aplicables en los ámbitos sanitario y comunitario.
Objetivo general:
Profundizar en la comprensión del edadismo como determinante social de la salud mental en las personas mayores, integrando la evidencia disponible sobre sus manifestaciones, consecuencias y posibilidades de intervención.
Objetivos específicos:
- Definir las diferentes formas de edadismo y su relación con los determinantes sociales de la salud.
- Examinar la asociación entre las experiencias de discriminación por edad y el bienestar psicológico.
- Reconocer las barreras que dificultan la detección y el abordaje de los problemas de salud mental desde una perspectiva libre de edadismo.
- Explorar los factores de vulnerabilidad y protección relacionados con el género, la discapacidad, la situación socioeconómica, el apoyo social y la participación comunitaria.
- Sintetizar las estrategias preventivas de carácter educativo, comunitario, clínico e institucional descritas en la literatura.
- Plantear implicaciones prácticas dirigidas a mejorar la actuación de los profesionales sanitarios y de los programas comunitarios.
METODOLOGÍA
Se llevó a cabo una revisión narrativa de la literatura con finalidad descriptiva, crítica e integradora. Este diseño se seleccionó porque permite reunir evidencia procedente de estudios cuantitativos, investigaciones cualitativas, revisiones sistemáticas y documentos institucionales, y facilita el análisis de un fenómeno complejo que combina dimensiones sociales, clínicas y culturales12. A diferencia de una revisión sistemática, el propósito no fue estimar un efecto agrupado, sino identificar patrones, mecanismos explicativos, áreas de consenso y vacíos de conocimiento relacionados con el edadismo y la salud mental.
La pregunta orientadora fue: ¿de qué manera el edadismo actúa como determinante social y se relaciona con la salud mental de las personas mayores? A partir de ella se definieron cuatro ejes de análisis: formas de edadismo, consecuencias psicológicas, barreras en la atención y estrategias de prevención. La población de interés estuvo constituida por personas de 60 años o más, aunque se aceptaron estudios con límites de edad diferentes cuando sus resultados permitían interpretar de forma específica la experiencia de la vejez.
La búsqueda bibliográfica se planteó en PubMed/MEDLINE, Scopus, PsycINFO, CINAHL, SciELO y Cochrane Library. También se consultaron documentos de la Organización Mundial de la Salud y otras instituciones de referencia. Se utilizaron descriptores DeCS/MeSH y términos libres, en español e inglés, relacionados con el edadismo, la discriminación por edad, la salud mental, la depresión, la ansiedad, el aislamiento social, la soledad y el acceso a los servicios sanitarios.
Se priorizaron publicaciones recientes en español e inglés. No obstante, se conservaron trabajos anteriores cuando aportaban modelos teóricos fundamentales o evidencia especialmente relevante, como la teoría de la incorporación de estereotipos13. La búsqueda se complementó mediante la revisión de las referencias de los documentos seleccionados para localizar estudios que no hubieran aparecido en las consultas iniciales.
Los criterios de inclusión fueron: estudios originales, revisiones sistemáticas, metaanálisis, síntesis cualitativas, documentos de consenso e informes institucionales que abordaran edadismo y al menos un resultado relacionado con bienestar psicológico, depresión, ansiedad, autoestima, soledad, aislamiento social, calidad de vida o acceso a atención de salud mental. Se incluyeron publicaciones en español o inglés y trabajos desarrollados en contextos comunitarios, sanitarios o residenciales.
Se excluyeron editoriales sin desarrollo analítico, resúmenes de congresos sin texto completo, estudios centrados exclusivamente en discriminación por otras causas sin resultados diferenciados por edad, trabajos pediátricos y publicaciones cuyo contenido no permitiera distinguir entre envejecimiento, enfermedad y edadismo. También se descartaron duplicados y documentos con información insuficiente sobre objetivos, población o resultados.
La selección se realizó en dos fases: lectura de títulos y resúmenes y, posteriormente, revisión del texto completo de los documentos potencialmente pertinentes. Al tratarse de una revisión narrativa, no se aplicó un diagrama PRISMA ni se efectuó una evaluación formal del riesgo de sesgo; sin embargo, se priorizaron revisiones sistemáticas, estudios con objetivos explícitos, muestras claramente descritas y métodos de análisis coherentes. Las afirmaciones se formularon atendiendo al diseño de cada fuente, evitando atribuir causalidad a asociaciones observadas en estudios transversales.
La información se organizó en una matriz temática con los siguientes campos: autor y año, país o ámbito, diseño, características de la población, nivel de edadismo estudiado, resultado de salud mental y principales conclusiones. Posteriormente se realizó una comparación narrativa para identificar convergencias y discrepancias. Los hallazgos se agruparon en siete categorías: exposición social, mecanismos psicosociales, depresión y ansiedad, soledad y participación, barreras asistenciales, desigualdades acumulativas y estrategias de intervención.
La revisión utilizó únicamente literatura publicada y documentos de acceso público, por lo que no requirió aprobación de un comité de ética. Se respetaron los principios de integridad académica, atribución de fuentes y presentación prudente de los resultados. Como medida de transparencia, se reconocen las limitaciones derivadas del carácter narrativo del diseño, de la heterogeneidad conceptual del edadismo y de la posible infrarrepresentación de estudios publicados en otros idiomas.
RESULTADOS
La síntesis de la evidencia permitió identificar resultados recurrentes en distintos contextos y diseños. Aunque la heterogeneidad de instrumentos y poblaciones impide establecer una estimación única del efecto, los trabajos revisados coinciden en que el edadismo puede influir en la salud mental a través de mecanismos sociales, cognitivos y asistenciales1,3,6. Los hallazgos se presentan por categorías temáticas para diferenciar la exposición al edadismo, sus posibles vías de impacto y las respuestas preventivas.
El edadismo como exposición social:
El edadismo opera a través de ideas generalizadas sobre lo que una persona puede o debe hacer según su edad. En su forma institucional se refleja en políticas, criterios de acceso y rutinas que utilizan la edad como sustituto de una valoración individual. En la interacción cotidiana aparece mediante bromas, invisibilización, paternalismo o cuestionamiento de la autonomía. La modalidad autodirigida se produce cuando la persona acepta esas creencias y limita sus propias expectativas1,2. La Tabla 1 recoge estas formas de edadismo y sus posibles repercusiones en la salud mental.
Los tres niveles se refuerzan mutuamente. Una cultura que presenta la vejez como declive legitima decisiones restrictivas; estas decisiones confirman el mensaje de incapacidad y facilitan que la persona lo interiorice. Por ello, el edadismo puede considerarse una exposición social repetida que modifica oportunidades, vínculos y percepción de control3,6.
Mecanismos que afectan a la salud mental:
La relación entre edadismo y salud mental puede explicarse mediante varios mecanismos. El primero es el estrés producido por experiencias de rechazo o trato injusto. El segundo es la reducción de recursos sociales, como empleo, ingresos, participación o apoyo. El tercero es la interiorización de estereotipos, que influye en la autoimagen y en las expectativas sobre el futuro. Finalmente, las barreras asistenciales pueden retrasar el diagnóstico y mantener problemas tratables6,7.
Las actitudes negativas hacia el propio envejecimiento se asocian con más síntomas psicopatológicos y menor calidad de vida. Las creencias centradas en pérdida psicosocial parecen especialmente relacionadas con peor salud mental, mientras que reconocer posibilidades de crecimiento y adaptación puede ejercer un efecto protector. La dirección de estas relaciones no siempre puede establecerse, pues la mayoría de estudios son observacionales7,13.
Depresión, ansiedad y autoestima:
Las revisiones disponibles muestran una asociación negativa entre edadismo y bienestar psicológico. Las experiencias discriminatorias pueden favorecer sentimientos de inutilidad, desesperanza y pérdida de autoestima. La depresión adquiere especial relevancia porque sus síntomas pueden atribuirse de manera errónea a la edad, a la jubilación o a la enfermedad física. Esta normalización reduce la búsqueda de ayuda y la derivación a tratamientos eficaces6,9,14.
La ansiedad también puede aumentar cuando la persona anticipa dependencia, enfermedad o rechazo. Los mensajes que presentan el envejecimiento como una amenaza permanente refuerzan la hipervigilancia y el temor al futuro. Además, la infantilización o la toma de decisiones sin consentimiento pueden disminuir el sentido de control, componente estrechamente relacionado con el bienestar emocional7,15.
Soledad, aislamiento y participación:
El edadismo puede limitar la participación social al suponer que las personas mayores no desean aprender, trabajar, usar tecnología o mantener relaciones afectivas. La exclusión de espacios comunitarios y digitales reduce oportunidades de contacto. A su vez, la soledad puede hacer más difícil cuestionar los estereotipos y aumentar la dependencia de entornos que reproducen actitudes paternalistas2,16.
La participación significativa actúa como factor protector. Mantener roles elegidos, contribuir a la comunidad y disponer de relaciones recíprocas favorece el sentido de identidad y pertenencia. No se trata de imponer un modelo de envejecimiento activo, sino de asegurar oportunidades reales y adaptadas a las preferencias y capacidades de cada persona16.
Barreras en la atención de salud mental:
Entre las barreras internas aparece la creencia de que sentirse triste, preocupado o solo es normal a determinada edad. También puede existir temor a ser considerado débil, incapaz o una carga. Entre las barreras externas destacan la escasa oferta de psicoterapia, dificultades de transporte, falta de accesibilidad digital, fragmentación entre atención primaria y salud mental y actitudes profesionales poco sensibles9,15,17.
Un estudio reciente observó que las barreras edadistas interiorizadas eran más frecuentes que las barreras externas percibidas y que quienes las respaldaban presentaban más síntomas depresivos y ansiosos. Este hallazgo indica que combatir el edadismo requiere actuar tanto sobre los servicios como sobre las creencias aprendidas durante toda la vida17.
En la práctica clínica, preguntar por el estado emocional, las experiencias de discriminación y las preferencias de tratamiento ayuda a evitar suposiciones. La edad cronológica no debe utilizarse como único criterio para excluir una intervención. La valoración funcional, cognitiva, social y clínica permite adaptar la atención sin reducir la autonomía2,9.
Desigualdades acumulativas:
El impacto no es homogéneo. Las mujeres mayores pueden acumular desventajas económicas y de género; las personas con discapacidad pueden sufrir simultáneamente edadismo y capacitismo; y quienes pertenecen a minorías étnicas o sexuales pueden afrontar estigma adicional. La dependencia funcional también aumenta el riesgo de que otras personas hablen o decidan en nombre del paciente8,18.
Estas intersecciones no deben interpretarse como características individuales aisladas, sino como efectos de sistemas sociales que distribuyen poder y recursos. Una respuesta equitativa debe identificar las barreras específicas de cada contexto y evitar considerar a la población mayor como un grupo uniforme8.
Estrategias de prevención y reducción:
La evidencia respalda tres líneas principales: políticas y normas que prohíban la discriminación; educación sobre envejecimiento; y contacto intergeneracional significativo. Los programas que combinan educación y contacto suelen obtener mejores resultados sobre actitudes y conocimientos que las intervenciones aisladas. La calidad del contacto es importante: debe existir cooperación, igualdad y objetivos compartidos10,11.
En los servicios sanitarios son útiles la formación sobre sesgos, la revisión de protocolos, la toma de decisiones compartida y el uso de lenguaje respetuoso. También resulta necesario incluir a personas mayores en el diseño y evaluación de programas. La participación evita intervenciones paternalistas y mejora la pertinencia de los mensajes1,2.
En el ámbito comunitario, las iniciativas contra la soledad, el aprendizaje a lo largo de la vida, la alfabetización digital y los proyectos intergeneracionales pueden ampliar redes y cuestionar estereotipos. Estas medidas deben acompañarse de recursos de salud mental accesibles, ya que cambiar actitudes sin facilitar atención limita su efecto11,16. La Tabla 2 resume las principales propuestas de actuación en cada uno de estos ámbitos.
DISCUSIÓN
Los hallazgos de esta revisión respaldan la consideración del edadismo como un determinante social de la salud mental. Su influencia no se limita a episodios explícitos de discriminación, sino que se manifiesta también en normas institucionales, expectativas culturales y creencias interiorizadas que condicionan la autonomía, la participación y el acceso a recursos. Esta interpretación amplía el enfoque individual de la salud mental y sitúa parte del riesgo psicológico en las condiciones sociales que rodean al envejecimiento1,18.
La asociación observada entre edadismo, síntomas depresivos, ansiedad, soledad y menor bienestar parece responder a mecanismos que se refuerzan entre sí. El trato injusto puede generar estrés, pérdida de control y sentimientos de inutilidad; al mismo tiempo, la exposición repetida a estereotipos negativos puede modificar la percepción que la persona tiene de sus propias capacidades3,6,13. Esta interacción ayuda a explicar por qué el edadismo autodirigido puede persistir incluso cuando no existe un episodio reciente de discriminación interpersonal.
Los resultados deben interpretarse con prudencia. Buena parte de la evidencia disponible procede de estudios transversales, por lo que no siempre es posible determinar si el edadismo precede al malestar psicológico o si las personas con peor salud mental perciben con mayor intensidad determinadas experiencias. Sin embargo, la consistencia entre revisiones, estudios cualitativos y modelos teóricos sugiere que la relación no puede reducirse a una única dirección causal3,14,19. Es probable que exista un proceso bidireccional en el que la discriminación agrave la vulnerabilidad y el malestar limite la capacidad de afrontamiento y participación.
La soledad merece una consideración específica. No debe interpretarse únicamente como falta de contactos, sino como ausencia de relaciones significativas, reconocimiento social y oportunidades de contribución. Las iniciativas que se limitan a aumentar el número de actividades pueden resultar insuficientes si mantienen una visión pasiva de las personas mayores. Las intervenciones más coherentes con los hallazgos son aquellas que ofrecen reciprocidad, capacidad de decisión y continuidad en el tiempo16,20.
En la práctica sanitaria, el edadismo puede adoptar formas difíciles de identificar: normalización de la tristeza, atribución de síntomas a la edad, comunicación dirigida a familiares, menor derivación a psicoterapia o exclusión de decisiones terapéuticas. Estas conductas no siempre responden a una intención discriminatoria, pero pueden reducir la detección y el tratamiento de problemas potencialmente reversibles7,9,21. Por ello, la evaluación clínica debería diferenciar envejecimiento, enfermedad y contexto social, e incorporar preguntas sobre estado emocional, apoyo social, experiencias de trato injusto y preferencias de atención.
La formación profesional es necesaria, aunque no suficiente. Las intervenciones educativas muestran mejores resultados cuando combinan información basada en evidencia, reflexión sobre sesgos y contacto significativo con personas mayores10,11,22. Una sesión aislada puede mejorar conocimientos sin modificar prácticas organizativas. Para lograr cambios sostenidos se requiere revisar protocolos, indicadores de calidad, criterios de derivación y formas de comunicación, además de ofrecer espacios donde los equipos analicen decisiones influenciadas por supuestos relacionados con la edad.
Las estrategias intergeneracionales presentan un potencial relevante, pero su diseño determina el resultado. El contacto superficial o paternalista puede reforzar estereotipos; en cambio, la cooperación continuada en tareas con objetivos compartidos favorece el reconocimiento mutuo y cuestiona imágenes homogéneas de la vejez11,20. Estas intervenciones deberían evitar presentar a las personas mayores únicamente como receptoras de ayuda y reconocer su experiencia, capacidad de aprendizaje y diversidad de proyectos vitales.
La respuesta al edadismo exige también medidas estructurales. Las campañas públicas pueden modificar discursos, pero su impacto será limitado si persisten barreras económicas, digitales, arquitectónicas o territoriales que reducen la participación y el acceso a cuidados. La perspectiva interseccional resulta esencial porque el efecto de la edad se combina con género, discapacidad, pobreza, origen cultural y orientación sexual8,18. En consecuencia, las políticas deben adaptar sus recursos a grupos con mayor exposición acumulada y no tratar a la población mayor como una categoría uniforme.
Esta revisión presenta limitaciones. El diseño narrativo favorece una comprensión amplia, pero no garantiza la exhaustividad de una revisión sistemática y puede estar influido por decisiones interpretativas. La diversidad de definiciones, escalas y edades de corte dificulta comparar resultados. Además, predominan estudios de países de renta alta y diseños observacionales. Futuras investigaciones deberían utilizar medidas validadas, análisis longitudinales y muestras culturalmente diversas, así como evaluar resultados sostenidos de intervenciones clínicas, comunitarias y legislativas.
CONCLUSIÓN
En conclusión, el edadismo institucional, interpersonal y autodirigido puede deteriorar la salud mental al restringir oportunidades, debilitar la autonomía, favorecer el aislamiento y retrasar el acceso a cuidados. Su prevención requiere integrar acciones educativas, clínicas, comunitarias y políticas. Para los profesionales sanitarios, ello implica reconocer los sesgos, escuchar las preferencias de la persona y evitar atribuir el sufrimiento psicológico a la edad. Para las instituciones, supone revisar normas y prácticas que generan exclusión. Abordar el edadismo no solo reduce discriminación: contribuye a una atención más equitativa y a un envejecimiento con mayor bienestar, participación y dignidad.
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ANEXOS
Tabla 1. Formas de edadismo y posibles repercusiones en salud mental:
| Forma | Ejemplos | Repercusiones posibles |
| Institucional | Límites de acceso basados solo en edad; servicios no adaptados; exclusión digital. | Menor acceso a apoyo, retraso diagnóstico, pérdida de confianza. |
| Interpersonal | Infantilización, bromas, invisibilización, decisiones sin participación. | Estrés, vergüenza, menor autonomía y autoestima. |
| Autodirigido | Aceptar que el malestar es inevitable; abandonar actividades por “ser demasiado mayor”. | Desesperanza, retraimiento, menor búsqueda de ayuda. |
Fuente: elaboración propia a partir de las referencias 1, 3 y 6.
Tabla 2. Propuestas de actuación para reducir el impacto del edadismo:
| Nivel | Medidas | Indicadores orientativos |
| Clínico | Explorar estado emocional; evitar atribuir síntomas a la edad; decisiones compartidas. | Derivaciones, uso de psicoterapia, experiencia del paciente. |
| Organizativo | Formación sobre sesgos; revisión de protocolos y accesibilidad. | Protocolos modificados, profesionales formados, tiempos de acceso. |
| Comunitario | Contacto intergeneracional, participación, alfabetización digital y apoyo social. | Participación, soledad percibida, actitudes hacia el envejecimiento. |
| Político | Normas antidiscriminatorias y evaluación del impacto por edad. | Denuncias, brechas de acceso, inclusión en programas. |
Fuente: elaboración propia a partir de las referencias 1, 10 y 11.