Estado nutricional y desnutrición en personas mayores institucionalizadas: prevalencia, factores de riesgo y estrategias de intervención nutricional

10 septiembre 2026

 

AUTORES

  1. Sara Chocarro Arróniz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
  2. Leyre Lecumberri Alzueta. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.
  3. Amaia Ros Maiz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra, España.

RESUMEN

Introducción: La desnutrición es uno de los síndromes geriátricos más frecuentes en las personas mayores institucionalizadas. Su elevada prevalencia se relaciona con el envejecimiento, la fragilidad, la pluripatología, el deterioro cognitivo y funcional y diversos factores sociales y ambientales propios del ámbito residencial. Además, incrementa la morbimortalidad, el riesgo de infecciones, úlceras por presión, caídas y hospitalizaciones, repercutiendo negativamente sobre la autonomía y la calidad de vida.

Objetivo: Analizar la evidencia científica disponible sobre el estado nutricional y la desnutrición en personas mayores institucionalizadas, describiendo su prevalencia, los principales factores de riesgo, las consecuencias clínicas y el papel de la enfermería en la valoración, prevención y abordaje nutricional.

Metodología: Se realizó una revisión narrativa mediante búsqueda bibliográfica en PubMed, Scopus, CINAHL y SciELO, complementada con documentos de la ESPEN, la OMS, la GLIM y el Ministerio de Sanidad. Se incluyeron publicaciones en español e inglés sobre valoración nutricional, desnutrición e intervenciones enfermeras en personas mayores institucionalizadas.

Resultados: La evidencia muestra que aproximadamente una quinta parte de los residentes presenta desnutrición y cerca de la mitad está en riesgo de desarrollarla. El cribado precoz mediante herramientas validadas, como el Mini Nutritional Assessment (MNA), junto con intervenciones nutricionales individualizadas, educación alimentaria, seguimiento clínico y cuidados enfermeros, mejora el estado nutricional, disminuye las complicaciones y favorece el mantenimiento de la capacidad funcional.

Discusión-conclusiones: La desnutrición continúa siendo un importante problema de salud en el ámbito sociosanitario. El cribado sistemático, el abordaje multidisciplinar y la participación activa de la enfermería son fundamentales para prevenirla, optimizar el estado nutricional y mejorar la calidad de vida de las personas mayores institucionalizadas.

PALABRAS CLAVE

Desnutrición, estado nutricional, anciano, hogares para ancianos, enfermería geriátrica, evaluación nutricional.

ABSTRACT

Introduction: Malnutrition is one of the most prevalent and clinically significant geriatric syndromes among institutionalised older adults. Its high prevalence is associated with ageing, frailty, multimorbidity, cognitive and functional impairment, as well as social and environmental factors related to long-term care facilities. Malnutrition increases morbidity and mortality, functional decline, infections, pressure injuries, falls and hospital admissions, negatively affecting quality of life and independence.

Objective: To analyse the available scientific evidence regarding nutritional status and malnutrition in institutionalised older adults, focusing on prevalence, risk factors, clinical consequences and the role of nursing in nutritional assessment, prevention and management.

Methodology: A narrative literature review was conducted using PubMed, Scopus, CINAHL and SciELO databases. Additional information was obtained from guidelines and publications issued by the European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN), the World Health Organization (WHO), the Global Leadership Initiative on Malnutrition (GLIM) and the Spanish Ministry of Health. Scientific articles published in English and Spanish addressing nutritional assessment, malnutrition and nursing interventions in institutionalised older adults were included.

Results: The reviewed evidence indicates that approximately one fifth of institutionalised older adults are malnourished and nearly half are at risk of malnutrition. Early detection using validated screening tools such as the Mini Nutritional Assessment (MNA), together with individualised nutritional interventions, dietary counselling, clinical monitoring and nursing care, significantly improves nutritional status, reduces complications and helps preserve functional capacity.

Discussion-conclusions: Malnutrition remains a major public health concern in long-term care settings. Systematic nutritional screening, multidisciplinary management and active nursing involvement are essential strategies for preventing malnutrition and improving the health outcomes and quality of life of institutionalised older adults.

KEY WORDS

Malnutrition, nutritional status, aged, homes for the aged, geriatric nursing, nutrition assessment.

INTRODUCCIÓN

El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales desafíos demográficos y sanitarios del siglo XXI. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la población de 60 años o más aumentará de forma considerable en las próximas décadas debido al incremento de la esperanza de vida y al descenso de la natalidad1. Esta transformación demográfica plantea un reto para los sistemas sanitarios y sociosanitarios, al asociarse con una mayor prevalencia de enfermedades crónicas, dependencia funcional y necesidad de cuidados de larga duración.

Quienes residen en centros sociosanitarios conforman un grupo especialmente vulnerable por la elevada frecuencia de pluripatología, deterioro cognitivo, fragilidad y dependencia para las actividades básicas de la vida diaria2–3. Estas circunstancias favorecen la aparición de diversos síndromes geriátricos, entre los que destaca la malnutrición, considerada uno de los problemas de salud más relevantes en este ámbito asistencial.

La desnutrición se define como un estado derivado de un aporte insuficiente de energía, proteínas u otros nutrientes que altera la composición corporal y compromete el funcionamiento físico y mental4. En el ámbito residencial suele instaurarse de forma progresiva y presenta un origen multifactorial, en el que intervienen los cambios fisiológicos asociados a la edad, las enfermedades crónicas, la disminución del apetito, las alteraciones de la deglución, el deterioro cognitivo, la polifarmacia y las condiciones del entorno4.

Los metaanálisis realizados mediante el Mini Nutritional Assessment estiman que alrededor de una quinta parte de los residentes presenta desnutrición y que cerca de la mitad se encuentra en riesgo de desarrollarla5. Las diferencias entre investigaciones dependen de las características de la población analizada y de los instrumentos empleados para la valoración; no obstante, existe consenso en que la malnutrición es un problema frecuente y de gran impacto sanitario.

Sus consecuencias van más allá de la pérdida de peso. El deterioro nutricional se asocia con una reducción de la masa y la fuerza muscular, lo que favorece la sarcopenia y la fragilidad, dos síndromes estrechamente vinculados con la pérdida de autonomía6. También incrementa el riesgo de caídas, fracturas, infecciones, úlceras por presión, retraso de la cicatrización, hospitalizaciones y mortalidad, con efectos negativos sobre la calidad de vida y el consumo de recursos sanitarios7.

La identificación precoz de los residentes en riesgo resulta fundamental para prevenir estas complicaciones. Las guías internacionales recomiendan efectuar un cribado nutricional desde el ingreso y repetir la evaluación periódicamente2. Entre los instrumentos disponibles, el Mini Nutritional Assessment (MNA) es uno de los más utilizados en geriatría por su sensibilidad y facilidad de aplicación8–9. Además, los criterios diagnósticos de la Global Leadership Initiative on Malnutrition (GLIM) han contribuido a homogeneizar el diagnóstico y facilitar la comparación entre estudios10.

El tratamiento requiere un abordaje multidisciplinar basado en la valoración integral de cada residente2. La adaptación individualizada de la dieta, el uso de suplementos nutricionales cuando estén indicados, la prevención y el tratamiento de la disfagia, la promoción de la actividad física y el seguimiento continuado constituyen las principales estrategias para optimizar el estado nutricional y preservar la capacidad funcional2.

En este abordaje, la enfermería desempeña una función esencial, ya que su contacto continuado con los residentes le permite detectar precozmente cambios en la ingesta, el peso o la capacidad para alimentarse11.

En los últimos años, organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN) han insistido en la necesidad de implantar medidas preventivas dirigidas a la población geriátrica1–2. Sus recomendaciones destacan el cribado sistemático, la atención centrada en la persona y la coordinación profesional como elementos fundamentales para mejorar la calidad asistencial y favorecer un envejecimiento saludable.

Pese al creciente interés por este problema, numerosos casos continúan sin diagnosticarse y el tratamiento suele iniciarse cuando ya se han producido complicaciones clínicas o funcionales difíciles de revertir11. Por ello, es necesario revisar la evidencia sobre la prevalencia, los factores asociados y las estrategias de prevención e intervención, con el propósito de identificar actuaciones que mejoren la atención nutricional en los centros residenciales.

En este contexto, la presente revisión narrativa tiene como finalidad analizar la evidencia científica actual sobre el estado nutricional en la población mayor institucionalizada, describiendo la prevalencia de desnutrición, sus principales factores de riesgo, las consecuencias clínicas y las estrategias de valoración e intervención, con especial atención al papel de la enfermería dentro del equipo multidisciplinar.

OBJETIVOS

Objetivo general:

Profundizar en el conocimiento del estado nutricional de las personas mayores institucionalizadas mediante una revisión de la evidencia sobre la desnutrición, sus factores asociados y las principales estrategias de intervención.

Objetivos específicos:

  • Cuantificar la prevalencia de la desnutrición y del riesgo nutricional en el ámbito residencial.
  • Reconocer los factores que favorecen el deterioro del estado nutricional en las personas mayores institucionalizadas.
  • Exponer las principales repercusiones clínicas, funcionales y sociales relacionadas con la desnutrición.
  • Revisar las herramientas de cribado y valoración nutricional empleadas en la práctica geriátrica.
  • Sintetizar las intervenciones nutricionales y los cuidados enfermeros orientados a la prevención y el tratamiento de la desnutrición.
  • Destacar la relevancia del trabajo multidisciplinar y del seguimiento continuado para preservar el estado nutricional y la calidad de vida.

METODOLOGÍA

Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica con el objetivo de recopilar, analizar y sintetizar la evidencia disponible sobre el estado nutricional y la desnutrición en personas mayores institucionalizadas, con especial atención a su prevalencia, los factores de riesgo, las consecuencias clínicas y funcionales, las herramientas de valoración y las estrategias de intervención nutricional y enfermera.

La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo en las bases de datos PubMed/MEDLINE, Scopus, CINAHL y SciELO. De forma complementaria, se consultó Google Scholar para localizar literatura adicional y se revisaron guías, documentos de consenso y publicaciones de organismos oficiales y sociedades científicas, entre ellos la Organización Mundial de la Salud y la European Society for Clinical Nutrition and Metabolism (ESPEN).

Para orientar la búsqueda se utilizaron descriptores DeCS y términos MeSH relacionados con desnutrición, estado nutricional, anciano, hogares para ancianos, enfermería geriátrica y evaluación nutricional. También se consideraron expresiones equivalentes en inglés y conceptos vinculados con residencia geriátrica, personas mayores institucionalizadas, sarcopenia, fragilidad, cribado nutricional e intervención nutricional.

Se incluyeron artículos originales, revisiones sistemáticas, metaanálisis, guías de práctica clínica y documentos de consenso publicados en español o inglés, centrados en personas de 65 años o más que vivieran en residencias o centros de larga estancia. Se priorizaron los trabajos publicados entre 2015 y 2026; no obstante, se incorporaron estudios anteriores cuando constituían referencias fundamentales para la validación de instrumentos, criterios diagnósticos o conceptos esenciales del tema.

Se excluyeron los documentos duplicados, los estudios realizados exclusivamente en población adulta no geriátrica, las investigaciones centradas únicamente en pacientes hospitalizados de corta estancia o en personas mayores que vivían en la comunidad, y las publicaciones cuyo contenido no abordaba de forma directa la desnutrición, el riesgo nutricional, su valoración o las intervenciones aplicables al ámbito residencial.

La selección de la evidencia se efectuó mediante una primera revisión de títulos y resúmenes y, posteriormente, mediante la lectura del texto completo de los documentos potencialmente relevantes. Se valoraron su pertinencia respecto a los objetivos del trabajo, la actualidad de la información, la claridad metodológica y la aplicabilidad de los resultados al contexto sociosanitario. Finalmente, se seleccionaron 20 referencias, que constituyeron la base documental de la revisión.

La información se organizó en seis áreas temáticas: prevalencia, factores de riesgo, consecuencias clínicas y funcionales, valoración del estado nutricional, intervenciones nutricionales y papel de la enfermería, y abordaje multidisciplinar y preventivo. Debido al carácter narrativo de la revisión, no se aplicó un protocolo de revisión sistemática ni se realizó metaanálisis; por ello, los resultados deben interpretarse como una síntesis crítica de la literatura seleccionada y no como una estimación cuantitativa exhaustiva.

RESULTADOS

1. Prevalencia de la desnutrición en personas mayores institucionalizadas:

La desnutrición constituye uno de los principales problemas nutricionales en los centros residenciales. Su frecuencia varía según las características de la población, el grado de dependencia, las enfermedades asociadas y el instrumento utilizado para la valoración; aun así, la evidencia coincide en que se trata de una alteración frecuente y con repercusiones clínicas relevantes5.

Los estudios realizados en residencias geriátricas sitúan la prevalencia de desnutrición aproximadamente entre el 20 % y el 35 %, mientras que entre un 30 % y un 50 % adicional presenta riesgo nutricional5,12. Estas cifras indican que una proporción considerable de residentes necesita seguimiento periódico y, en muchos casos, medidas preventivas o terapéuticas individualizadas.

La prevalencia aumenta en personas con deterioro cognitivo, enfermedades neurodegenerativas, disfagia, inmovilidad o dependencia para las actividades básicas de la vida diaria3,5,12. Los procesos agudos y los ingresos hospitalarios también pueden acelerar la pérdida de peso y de masa muscular, especialmente cuando se acompañan de reducción del apetito o de la ingesta12.

Debido a que el deterioro nutricional suele instaurarse de forma progresiva y puede pasar inadvertido en sus primeras fases, se recomienda efectuar un cribado desde el ingreso y repetirlo de manera periódica2,8. Esta actuación permite identificar a quienes presentan mayor riesgo e iniciar medidas antes de que aparezcan complicaciones funcionales o clínicas.

2. Factores de riesgo asociados a la desnutrición:

El origen de la desnutrición es multifactorial y combina factores biológicos, funcionales, psicológicos, sociales y organizativos2,12. Su interacción puede reducir la ingesta, aumentar los requerimientos metabólicos o dificultar la utilización adecuada de los nutrientes, generando un balance energético y proteico insuficiente.

Entre los cambios fisiológicos del envejecimiento destacan la disminución del gusto y del olfato, la menor salivación, los problemas bucodentales, la pérdida de eficacia masticatoria y la saciedad precoz3,12. Estas alteraciones disminuyen el interés por la comida y la cantidad consumida, al tiempo que los cambios en la composición corporal favorecen la pérdida de masa muscular7,12.

Las enfermedades crónicas, la demencia y otros trastornos neurodegenerativos incrementan el riesgo nutricional por sus efectos sobre el apetito, la movilidad y la capacidad para alimentarse de manera autónoma2–3,12. La disfagia merece especial atención, ya que limita el consumo de alimentos y líquidos y aumenta el riesgo de deshidratación, aspiración e infecciones respiratorias2,12.

La dependencia funcional y la inmovilidad también influyen de forma significativa3,12. Los residentes que requieren ayuda durante las comidas pueden presentar una ingesta insuficiente cuando el apoyo no se adapta a su ritmo o necesidades. Además, la reducción de la actividad física contribuye a la pérdida de fuerza y masa muscular3.

Otros factores frecuentes son la polifarmacia, la depresión, el aislamiento social, el duelo y la institucionalización reciente2,12. Algunos medicamentos pueden producir anorexia, náuseas, estreñimiento, sequedad bucal o alteraciones del gusto12. Del mismo modo, los menús poco adaptados, los horarios rígidos y un ambiente poco agradable durante las comidas pueden disminuir el consumo alimentario2.

La identificación conjunta de estos factores mediante una valoración integral permite reconocer necesidades modificables y diseñar intervenciones ajustadas a la situación clínica, funcional y social de cada residente2,12.

3. Consecuencias clínicas y funcionales de la desnutrición:

La desnutrición se asocia con un peor pronóstico clínico, funcional y vital3,6–7,12. Una de sus principales consecuencias es la pérdida de masa y fuerza muscular, que favorece la aparición de sarcopenia y fragilidad3,6. Esta combinación reduce la movilidad y aumenta el riesgo de caídas, fracturas y dependencia6,7.

El deterioro nutricional también afecta a la respuesta inmunitaria, incrementando la susceptibilidad frente a infecciones respiratorias, urinarias y cutáneas3,12. Asimismo, retrasa la cicatrización y favorece la aparición o evolución desfavorable de úlceras por presión, especialmente en personas con movilidad limitada3,12.

Desde el punto de vista funcional, se relaciona con una menor capacidad para caminar, levantarse, vestirse o alimentarse sin ayuda3,7,12. También se ha observado una asociación bidireccional con el deterioro cognitivo: una ingesta insuficiente puede agravar la función cognitiva, mientras que la demencia dificulta la alimentación y acelera la pérdida de peso3,12.

Además, los residentes desnutridos presentan más hospitalizaciones, estancias prolongadas y recuperación más lenta tras procesos agudos3,7,12. Estas consecuencias aumentan la carga asistencial y el consumo de recursos sanitarios7. La evidencia también señala una mayor mortalidad, sobre todo cuando coexisten fragilidad, sarcopenia o enfermedades crónicas avanzadas3,7,12.

4. Valoración del estado nutricional:

La valoración nutricional debe realizarse al ingreso y repetirse periódicamente, especialmente después de una enfermedad aguda, una hospitalización o una pérdida involuntaria de peso2,8. El cribado inicial permite identificar a las personas que necesitan una evaluación más completa y facilita el seguimiento de su evolución.

La evaluación debe integrar información clínica, dietética, antropométrica y funcional2,8. Entre los parámetros más utilizados se encuentran el peso, el índice de masa corporal, la pérdida ponderal reciente, las circunferencias del brazo y la pantorrilla, la cantidad de alimentos ingeridos y el grado de autonomía durante las comidas2,8. La exploración física puede revelar pérdida muscular, disminución del tejido adiposo, edema o alteraciones cutáneas2.

El Mini Nutritional Assessment (MNA) es una de las herramientas más utilizadas en geriatría por su sensibilidad y facilidad de aplicación8–9. Valora la ingesta, la pérdida de peso, la movilidad, el estado psicológico y diferentes medidas antropométricas, y permite clasificar al residente como bien nutrido, en riesgo o desnutrido8–9. La interpretación de sus puntuaciones se recoge en el Anexo II.

Cuando el cribado es positivo, los criterios GLIM permiten confirmar el diagnóstico mediante la presencia de al menos un criterio fenotípico y otro etiológico10. Los parámetros bioquímicos, como la albúmina, pueden aportar información complementaria, pero deben interpretarse con cautela y dentro de una valoración integral, ya que están condicionados por la inflamación y otras enfermedades2,4.

5. Intervenciones nutricionales y papel de la enfermería:

El tratamiento debe iniciarse de forma precoz e individualizarse según la situación clínica, funcional, cognitiva y las preferencias de cada persona2. El objetivo es garantizar un aporte adecuado de energía, proteínas y líquidos, preservar la masa muscular y prevenir las complicaciones asociadas al deterioro nutricional2.

La primera medida consiste en adaptar la alimentación habitual, enriqueciendo la dieta y modificando el tamaño o la frecuencia de las tomas cuando sea necesario2. Si estas medidas resultan insuficientes, pueden utilizarse suplementos nutricionales orales2. En presencia de disfagia deben ajustarse las texturas de los alimentos y la viscosidad de los líquidos para favorecer una ingesta segura13.

La hidratación adecuada, la asistencia durante las comidas y el ejercicio físico adaptado complementan la intervención nutricional2. La combinación de aporte proteico suficiente y actividad física ayuda a conservar la fuerza y la funcionalidad, especialmente en residentes con sarcopenia o fragilidad3,6.

La enfermería desempeña un papel esencial por su contacto continuado con los residentes11,14. Sus funciones incluyen realizar el cribado, controlar el peso y la ingesta, detectar dificultades de masticación o deglución, vigilar signos de deshidratación y comprobar la aceptación de la dieta o de los suplementos11,14. Los principales diagnósticos e intervenciones enfermeras se recogen en el Anexo I.

Asimismo, participa en la educación sanitaria de residentes y familiares, en la coordinación con el resto del equipo y en la evaluación de los resultados14. Las taxonomías NANDA, NIC y NOC facilitan la planificación de cuidados individualizados, la selección de intervenciones y el seguimiento objetivo de la evolución nutricional14–16.

6. Abordaje multidisciplinar y estrategias de prevención:

La prevención y el tratamiento requieren la coordinación de médicos, enfermeras, dietistas-nutricionistas, logopedas, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales y cuidadores2,13. Cada profesional aporta una valoración específica que permite abordar simultáneamente las causas clínicas, funcionales y ambientales del problema.

Las principales estrategias preventivas son el cribado sistemático, la valoración periódica, la adaptación de los menús, la supervisión de la ingesta y la detección precoz de problemas de masticación o deglución2,13. También es importante revisar la medicación y favorecer un entorno tranquilo, agradable y centrado en las preferencias de la persona durante las comidas2,13.

La formación continuada del personal y la participación de las familias mejoran la detección de cambios en el apetito, el peso o la capacidad para alimentarse2,13. En conjunto, una actuación coordinada y sostenida permite reducir el riesgo de desnutrición, preservar la autonomía y mejorar la calidad de vida de los residentes.

DISCUSIÓN-CONCLUSIONES

Los resultados obtenidos en la presente revisión ponen de manifiesto que la desnutrición continúa siendo uno de los principales problemas de salud en las personas mayores institucionalizadas5. Su elevada prevalencia, unida a las múltiples repercusiones clínicas y funcionales que ocasiona, la convierten en un importante desafío para los profesionales sanitarios y para los sistemas de atención sociosanitaria2,5. A pesar de los avances en las estrategias de cribado y en los criterios diagnósticos, una parte importante de los casos continúa sin detectarse de forma precoz, retrasando la instauración de intervenciones eficaces y favoreciendo la aparición de complicaciones potencialmente evitables2.

La elevada frecuencia de desnutrición descrita en la literatura coincide con los resultados de numerosos estudios nacionales e internacionales, que muestran una prevalencia significativamente superior en las personas mayores institucionalizadas respecto a aquellas que viven en la comunidad5. Esta situación puede explicarse por la mayor carga de enfermedades crónicas, el deterioro funcional, la fragilidad, la dependencia para las actividades básicas de la vida diaria y la elevada presencia de deterioro cognitivo y disfagia entre los residentes de centros sociosanitarios5.

La evidencia científica confirma el carácter multifactorial de la desnutrición3,12. Los cambios fisiológicos propios del envejecimiento, junto con la pluripatología, la polifarmacia, la pérdida de apetito, las alteraciones de la deglución y los factores psicosociales, interactúan favoreciendo un progresivo deterioro del estado nutricional3,12. Esta complejidad hace imprescindible una valoración integral que permita identificar de forma precoz los factores de riesgo modificables y establecer intervenciones individualizadas adaptadas a las necesidades de cada residente.

Otro aspecto especialmente relevante es la estrecha relación existente entre desnutrición, sarcopenia y fragilidad6,17. Estas entidades comparten mecanismos fisiopatológicos y se potencian mutuamente, favoreciendo la pérdida de masa y fuerza muscular, el deterioro funcional y el incremento del riesgo de caídas, fracturas y dependencia6,17. La coexistencia de estos procesos repercute negativamente sobre la calidad de vida de las personas mayores y aumenta la necesidad de cuidados sociosanitarios.

Asimismo, la desnutrición supone una importante carga para los sistemas sanitarios al asociarse con un incremento de las hospitalizaciones, una mayor duración de las estancias, un aumento de las complicaciones clínicas y un mayor consumo de recursos asistenciales7,17. Todo ello pone de manifiesto la necesidad de implantar programas de prevención y detección precoz que permitan reducir tanto el impacto clínico como el económico de este problema.

En este contexto, la utilización sistemática de herramientas de cribado como el Mini Nutritional Assessment (MNA)9,18–19, y la aplicación de los criterios diagnósticos GLIM10 constituyen estrategias fundamentales para la identificación precoz de las personas en riesgo de desnutrición. Su incorporación a la práctica clínica habitual facilita la detección temprana del deterioro nutricional y favorece la planificación de intervenciones adaptadas a cada residente.

Las intervenciones nutricionales descritas en la literatura muestran beneficios significativos cuando se instauran de forma precoz e individualizada2,20. La adaptación de la alimentación, el empleo de suplementos nutricionales cuando están indicados, la promoción de la actividad física, la prevención de la deshidratación y el seguimiento periódico permiten mejorar el estado nutricional, preservar la masa muscular y reducir la incidencia de complicaciones asociadas2,20.

La continuidad de estos cuidados a lo largo de toda la estancia convierte a la enfermería en una pieza clave para la prevención, detección y tratamiento de la desnutrición11.

No obstante, esta revisión presenta algunas limitaciones. Al tratarse de una revisión narrativa, la selección de estudios no sigue un protocolo sistemático, y la heterogeneidad metodológica de las investigaciones incluidas dificulta la comparación directa de los resultados. Además, persiste la necesidad de desarrollar estudios longitudinales y ensayos clínicos que permitan evaluar la efectividad de las diferentes intervenciones nutricionales en personas mayores institucionalizadas con distintos grados de dependencia y fragilidad.

En conclusión, la desnutrición constituye uno de los principales problemas de salud en las personas mayores institucionalizadas y representa un importante reto para la atención geriátrica integral5. Su elevada prevalencia y sus consecuencias sobre la funcionalidad, la morbimortalidad y la calidad de vida hacen imprescindible la implantación de programas sistemáticos de cribado y valoración nutricional desde el ingreso en los centros residenciales2,5.

La identificación precoz mediante herramientas validadas, el desarrollo de intervenciones nutricionales individualizadas y la participación coordinada de un equipo multidisciplinar permiten mejorar el estado nutricional de los residentes y reducir la aparición de complicaciones2,13. En este contexto, la enfermería desempeña un papel fundamental en la detección precoz, el seguimiento clínico, la educación sanitaria y la continuidad de los cuidados, contribuyendo de manera decisiva a preservar la autonomía, la capacidad funcional y el bienestar de las personas mayores institucionalizadas13. La consolidación de estas estrategias, junto con la formación continuada de los profesionales y la aplicación de recomendaciones basadas en la evidencia científica, constituye un elemento esencial para mejorar la calidad de la atención nutricional en el ámbito sociosanitario.

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ANEXOS

ANEXO I. Principales diagnósticos NANDA, intervenciones NIC y resultados NOC relacionados con la desnutrición

Diagnóstico NANDA Intervenciones NIC Resultados NOC
Desequilibrio nutricional: ingesta inferior a las necesidades corporales Manejo de la nutrición Estado nutricional
Riesgo de deshidratación Manejo de líquidos Hidratación
Deterioro de la deglución Terapia de deglución Estado de la deglución
Déficit de autocuidado: alimentación Ayuda con la alimentación Autocuidados: alimentación
Riesgo de aspiración Precauciones para evitar la aspiración Control del riesgo
Fragilidad del adulto mayor Vigilancia y promoción del ejercicio Estado funcional

Fuente: elaboración propia a partir de las referencias14-16.

ANEXO II. Interpretación del Mini Nutritional Assessment (MNA)

Puntuación Interpretación
24–30 puntos Estado nutricional adecuado
17–23,5 puntos Riesgo de desnutrición
<17 puntos Desnutrición

Fuente: elaboración propia, adaptado de la referencia18.

 

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