Educación para la salud y ejercicio terapéutico en mujeres con osteoporosis posmenopáusica: revisión narrativa de la evidencia científica

28 septiembre 2026

 

AUTORES

  1. Sara Pérez Puyuelo. Fisioterapeuta. Huesca. España.
  2. Paula López Bergua. Fisioterapeuta. Huesca. España.
  3. Ana Belén Arranz Álvarez. Fisioterapeuta-Osteópata. FISIOART: Osteopatía integral y Consciencia Corporal. Zaragoza. España.
  4. Laia León Rodrigo. Fisioterapeuta en Salud Pélvica. Huesca. España.
  5. Alberto Roche Gotor. Fisioterapeuta. Huesca. España.

RESUMEN

La osteoporosis es una enfermedad metabólica ósea caracterizada por la disminución de la densidad mineral ósea y el deterioro de la microarquitectura del tejido óseo, lo que incrementa significativamente el riesgo de fracturas por fragilidad. Su elevada prevalencia en mujeres tras la menopausia, junto con el progresivo envejecimiento de la población, la convierte en un importante problema de salud pública con repercusiones funcionales, sociales y económicas.

El objetivo de esta revisión narrativa fue analizar la evidencia científica disponible acerca del papel de la educación para la salud y del ejercicio terapéutico en el abordaje de la osteoporosis posmenopáusica, evaluando su eficacia sobre la densidad mineral ósea, la capacidad funcional, la prevención de caídas y la calidad de vida.

Se realizó una búsqueda bibliográfica en las bases de datos PubMed, PEDro y Cochrane Library entre octubre y diciembre de 2025. Se incluyeron revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos aleatorizados, guías clínicas y documentos de consenso publicados en español e inglés que abordasen la osteoporosis en mujeres posmenopáusicas y las intervenciones basadas en ejercicio terapéutico y educación para la salud.

La evidencia revisada muestra que los programas supervisados de ejercicio terapéutico, especialmente aquellos que combinan entrenamiento de fuerza, ejercicios con carga, trabajo del equilibrio y actividades funcionales, mejoran la densidad mineral ósea, incrementan la fuerza muscular y reducen el riesgo de caídas y fracturas. Asimismo, las intervenciones de educación para la salud favorecen la adherencia al tratamiento, promueven hábitos de vida saludables y mejoran la participación activa de las pacientes en el control de la enfermedad.

Se concluye que el abordaje multidisciplinar que integra tratamiento farmacológico, ejercicio terapéutico y educación para la salud constituye la estrategia más eficaz para prevenir fracturas, preservar la capacidad funcional y mejorar la calidad de vida de las mujeres con osteoporosis posmenopáusica.

PALABRAS CLAVE 

Osteoporosis, menopausia, educación en salud, servicios de fisioterapia, ejercicio terapéutico, densidad mineral ósea.

ABSTRACT

Osteoporosis is a metabolic bone disease characterized by reduced bone mineral density and deterioration of bone microarchitecture, leading to an increased risk of fragility fractures. Its high prevalence among postmenopausal women, together with population ageing, makes it a major public health concern with significant functional, social and economic consequences.

The aim of this narrative review was to analyse the available scientific evidence regarding the role of health education and therapeutic exercise in the management of postmenopausal osteoporosis, assessing their effects on bone mineral density, functional capacity, fall prevention and quality of life.

A literature search was conducted in PubMed, PEDro and the Cochrane Library between October and December 2025. Systematic reviews, meta-analyses, randomized controlled trials, clinical guidelines and consensus documents published in Spanish or English were included if they addressed postmenopausal osteoporosis and interventions based on therapeutic exercise and health education.

The available evidence indicates that supervised therapeutic exercise programmes, particularly those combining resistance training, weight-bearing exercise, balance training and functional activities, improve bone mineral density, increase muscle strength and reduce the risk of falls and fractures. In addition, health education interventions improve treatment adherence, encourage healthy lifestyle habits and promote active patient participation in disease management.

A multidisciplinary approach integrating pharmacological treatment, therapeutic exercise and health education appears to be the most effective strategy to prevent fractures, preserve functional independence and improve quality of life in postmenopausal women with osteoporosis.

KEY WORDS

Osteoporosis, menopause, health education, physical therapy services, therapeutic exercise, bone mineral density.

INTRODUCCIÓN

La osteoporosis constituye una de las enfermedades crónicas con mayor impacto sobre la salud pública debido a su elevada prevalencia, especialmente en mujeres tras la menopausia, y a las importantes consecuencias clínicas derivadas de las fracturas por fragilidad. Se trata de una enfermedad metabólica del hueso caracterizada por la disminución de la densidad mineral ósea y el deterioro de la microarquitectura del tejido óseo, factores que incrementan la susceptibilidad a sufrir fracturas ante traumatismos de baja energía¹.

Las fracturas osteoporóticas afectan principalmente a la columna vertebral, la cadera, el radio distal y el húmero proximal, ocasionando dolor, discapacidad, pérdida de autonomía e incremento de la morbimortalidad. Entre ellas, la fractura de cadera representa la complicación de mayor gravedad debido a su elevada mortalidad durante el primer año tras la lesión y a la importante repercusión funcional que genera en las personas mayores¹,².

El descenso de los niveles de estrógenos tras la menopausia acelera el proceso de remodelado óseo y favorece una rápida pérdida de masa ósea durante los primeros años posteriores al cese de la función ovárica. Este fenómeno explica que la osteoporosis posmenopáusica constituya la forma más frecuente de osteoporosis primaria y represente uno de los principales retos asistenciales para los profesionales sanitarios⁵,⁶.

Aunque el tratamiento farmacológico continúa siendo una herramienta fundamental para disminuir el riesgo de fracturas, en los últimos años ha aumentado el interés por las intervenciones no farmacológicas, especialmente el ejercicio terapéutico y la educación para la salud. Ambas estrategias han demostrado beneficios sobre la densidad mineral ósea, la fuerza muscular, el equilibrio, la prevención de caídas y la adherencia al tratamiento, contribuyendo a mejorar la calidad de vida de las pacientes²,¹³–¹⁴.

Desde el ámbito de la fisioterapia, la prescripción de programas de ejercicio individualizados y la educación sanitaria constituyen intervenciones esenciales para promover un envejecimiento activo y reducir las complicaciones asociadas a la osteoporosis. En este contexto, resulta necesario revisar la evidencia científica disponible con el fin de identificar las intervenciones más eficaces y fundamentar la práctica clínica basada en la evidencia¹³,¹⁴.

OBJETIVOS

Objetivo general:

Analizar la evidencia científica disponible sobre la eficacia de la educación para la salud y del ejercicio terapéutico en el abordaje de la osteoporosis posmenopáusica.

Objetivos específicos:

  • Describir las características clínicas y epidemiológicas de la osteoporosis posmenopáusica.
  • Analizar la influencia de la educación para la salud en la prevención y el tratamiento de la enfermedad.
  • Revisar la evidencia científica sobre los efectos del ejercicio terapéutico en la densidad mineral ósea, la fuerza muscular, el equilibrio y la prevención de caídas.
  • Describir las principales opciones de tratamiento farmacológico utilizadas en la osteoporosis.
  • Proponer recomendaciones de intervención fisioterápica basadas en la evidencia científica disponible.

METODOLOGÍA

Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica con el objetivo de recopilar y analizar la evidencia disponible sobre la educación para la salud y el ejercicio terapéutico en mujeres con osteoporosis posmenopáusica.

La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo entre los meses de octubre y diciembre de 2025 en las bases de datos PubMed, PEDro y Cochrane Library, por tratarse de fuentes de referencia en el ámbito de las ciencias de la salud y la fisioterapia. Se emplearon combinaciones de descriptores relacionados con osteoporosis, menopausia, ejercicio terapéutico, fisioterapia, prevención de caídas y educación para la salud, utilizando operadores booleanos para optimizar la estrategia de búsqueda.

Se incluyeron revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos aleatorizados, guías de práctica clínica y documentos de consenso publicados en español e inglés que abordasen la osteoporosis en mujeres posmenopáusicas y evaluasen intervenciones relacionadas con el ejercicio terapéutico, la educación para la salud o el tratamiento farmacológico.

Se excluyeron aquellos estudios centrados exclusivamente en osteoporosis secundaria, población pediátrica o masculina, publicaciones duplicadas, artículos sin acceso al texto completo y trabajos que no guardaban relación con los objetivos de la revisión.

La selección de los estudios se realizó mediante la lectura del título, resumen y texto completo, priorizando aquellos con mayor calidad metodológica y relevancia clínica. Posteriormente, la información obtenida se organizó de forma temática para facilitar el análisis de la evidencia disponible y la elaboración de las conclusiones.

RESULTADOS

Osteoporosis: concepto y relevancia clínica:

La osteoporosis es una enfermedad metabólica sistémica del tejido óseo caracterizada por una disminución de la densidad mineral ósea (DMO) y por el deterioro de la microarquitectura del hueso, lo que ocasiona un incremento de la fragilidad esquelética y del riesgo de fracturas por traumatismos de baja energía¹. Debido a su evolución habitualmente asintomática hasta la aparición de una fractura, se considera una enfermedad silente con un importante impacto sobre la salud pública¹.

Las fracturas osteoporóticas representan la principal complicación clínica de esta enfermedad. Las localizaciones más frecuentes incluyen la columna vertebral, el fémur proximal, el radio distal y el húmero proximal. Entre ellas, la fractura de cadera constituye la manifestación de mayor gravedad por su elevada morbimortalidad, la pérdida de independencia funcional y el importante consumo de recursos sanitarios que genera¹,².

La Organización Mundial de la Salud define la osteoporosis mediante criterios densitométricos obtenidos a través de absorciometría de rayos X de energía dual (DXA), estableciendo el diagnóstico cuando el valor de T-score es igual o inferior a −2,5 desviaciones estándar respecto a la masa ósea máxima de una población adulta joven sana ³. No obstante, el riesgo de fractura depende también de otros factores clínicos como la edad, los antecedentes personales de fractura, el riesgo de caídas y la presencia de comorbilidades¹.

Desde el punto de vista etiológico, la osteoporosis se clasifica en primaria y secundaria. La osteoporosis primaria comprende la forma posmenopáusica, consecuencia del déficit estrogénico, y la osteoporosis senil, relacionada con los cambios fisiológicos del envejecimiento. La osteoporosis secundaria aparece asociada a enfermedades endocrinas, inflamatorias, renales o digestivas, así como al uso prolongado de determinados fármacos, especialmente los glucocorticoides¹˒⁴.

En las últimas décadas, el incremento de la esperanza de vida ha favorecido un aumento de la prevalencia de la osteoporosis, convirtiéndola en una de las enfermedades crónicas con mayor repercusión sociosanitaria. Se estima que 1 de cada 3 mujeres mayores de 50 años sufrirá una fractura osteoporótica a lo largo de su vida, lo que pone de manifiesto la necesidad de desarrollar estrategias preventivas y terapéuticas eficaces².

Factores de riesgo y osteoporosis posmenopáusica:

La osteoporosis presenta una etiología multifactorial en la que intervienen factores genéticos, hormonales, ambientales y relacionados con el estilo de vida. Entre los factores no modificables destacan la edad avanzada, el sexo femenino, los antecedentes familiares de fractura osteoporótica y la raza caucásica o asiática. Por el contrario, factores como el sedentarismo, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, el bajo peso corporal o la ingesta insuficiente de calcio y vitamina D son potencialmente modificables y constituyen objetivos prioritarios de las estrategias de prevención⁵,⁶.

La menopausia representa el principal factor de riesgo para el desarrollo de osteoporosis primaria en la mujer. La disminución brusca de la producción de estrógenos altera el equilibrio del remodelado óseo al aumentar la actividad osteoclástica y reducir la formación de hueso nuevo. Como consecuencia, durante los primeros años posteriores a la menopausia se produce una pérdida acelerada de masa ósea que incrementa considerablemente el riesgo de fracturas⁶.

El envejecimiento también condiciona modificaciones en la estructura y calidad del tejido óseo, acompañándose de una disminución de la masa muscular, alteraciones del equilibrio y un mayor riesgo de caídas. La coexistencia de sarcopenia y osteoporosis, conocida como osteosarcopenia, constituye un importante factor de fragilidad que incrementa la discapacidad funcional y la dependencia en las personas mayores².

Diversos estudios han demostrado que la identificación precoz de los factores de riesgo permite instaurar medidas preventivas eficaces antes de que aparezcan las primeras fracturas. En este sentido, herramientas como FRAX®, junto con la valoración clínica y densitométrica, facilitan la estimación del riesgo individual de fractura y contribuyen a optimizar la toma de decisiones terapéuticas7,9.

Educación para la salud en la osteoporosis:

La educación para la salud constituye uno de los pilares fundamentales del abordaje no farmacológico de la osteoporosis. Su finalidad es proporcionar a las pacientes los conocimientos y habilidades necesarios para comprender la enfermedad, favorecer la adherencia al tratamiento y promover cambios sostenibles en los hábitos de vida que contribuyan a preservar la salud ósea2,7.

La evidencia científica indica que las intervenciones educativas mejoran la adherencia terapéutica, aumentan la práctica regular de ejercicio físico y favorecen el cumplimiento de las recomendaciones nutricionales. Asimismo, contribuyen a disminuir conductas de riesgo relacionadas con el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y el sedentarismo, factores estrechamente vinculados con la pérdida de masa ósea2,7.

Desde una perspectiva biopsicosocial, la educación sanitaria no debe limitarse a la transmisión de información. Es necesario fomentar la participación activa de la paciente en la toma de decisiones, promover el autocuidado y reforzar la percepción de autoeficacia para mantener las recomendaciones a largo plazo. La intervención educativa resulta especialmente efectiva cuando se integra en programas multidisciplinares que incluyen fisioterapia, nutrición y seguimiento clínico continuado 2,7.

Entre los contenidos prioritarios de los programas educativos destacan las recomendaciones sobre alimentación equilibrada, adecuada ingesta de calcio y vitamina D, exposición solar segura, prevención de caídas, ergonomía en las actividades de la vida diaria y práctica regular de ejercicio físico adaptado al nivel funcional de cada paciente2, 13-14.

Tratamiento farmacológico:

El tratamiento farmacológico de la osteoporosis tiene como objetivo reducir el riesgo de fracturas mediante la inhibición de la resorción ósea o el estímulo de la formación de nuevo tejido óseo. La elección del tratamiento depende del riesgo individual de fractura, la edad, las comorbilidades y la existencia de fracturas previas15-24.

Los bifosfonatos continúan siendo la primera línea terapéutica en la mayoría de las mujeres con osteoporosis posmenopáusica debido a su eficacia demostrada para disminuir la incidencia de fracturas vertebrales, no vertebrales y de cadera⁸. Entre los más utilizados se encuentran el alendronato, el risedronato y el ácido zoledrónico, este último administrado por vía intravenosa con periodicidad anual15-16.

El denosumab constituye otra alternativa de elevada eficacia, especialmente en pacientes con alto riesgo de fractura o intolerancia a los bifosfonatos. No obstante, la interrupción del tratamiento requiere una planificación adecuada debido al aumento del remodelado óseo y al riesgo de fracturas vertebrales múltiples descrito tras su suspensión17-18.

En pacientes con osteoporosis grave o con múltiples fracturas por fragilidad pueden emplearse tratamientos anabólicos como la teriparatida, la abaloparatida o el romosozumab. Estos fármacos estimulan la formación ósea y han demostrado incrementos significativos de la densidad mineral ósea y reducciones del riesgo de fractura en diversos ensayos clínicos¹9-22.

Aunque el tratamiento farmacológico constituye una herramienta esencial para disminuir la incidencia de fracturas, la evidencia científica coincide en que sus beneficios son mayores cuando se combina con programas estructurados de ejercicio terapéutico, educación sanitaria y corrección de los factores de riesgo modificables13,14.

Los principales tratamientos farmacológicos utilizados en la osteoporosis posmenopausica, junto con su mecanismo de acción y principales indicaciones clínicas, se resumen en la Tabla 1, disponible en el apartado de Anexos.

Papel de la fisioterapia en el abordaje de la osteoporosis:

La fisioterapia constituye uno de los pilares fundamentales del tratamiento no farmacológico de la osteoporosis posmenopáusica. Su intervención no se limita al tratamiento de las consecuencias derivadas de la enfermedad, sino que desempeña un papel esencial en la prevención de fracturas, la mejora de la capacidad funcional y el mantenimiento de la independencia durante el envejecimiento. La evidencia científica respalda la participación activa del fisioterapeuta en el diseño y supervisión de programas de ejercicio terapéutico individualizados, adaptados al estado funcional, al riesgo de fractura y a las características clínicas de cada paciente13,14.

La valoración fisioterápica debe incluir un análisis integral de la fuerza muscular, el equilibrio, la movilidad, la capacidad funcional y el riesgo de caídas. Asimismo, resulta recomendable valorar la presencia de dolor, alteraciones posturales, deformidades vertebrales y limitaciones en las actividades de la vida diaria, ya que estos factores condicionan tanto la selección de los ejercicios como la intensidad del programa terapéutico13,14.

La educación sanitaria forma parte de la intervención fisioterápica y debe orientarse a mejorar el conocimiento de la enfermedad, fomentar hábitos saludables y corregir conductas que incrementen el riesgo de fracturas. En este sentido, el fisioterapeuta desempeña un papel relevante en la enseñanza de medidas de higiene postural, técnicas de movilización, recomendaciones ergonómicas y estrategias para la prevención de caídas, favoreciendo la autonomía de la paciente y mejorando su confianza para realizar actividades cotidianas13-14.

Además de los beneficios sobre el sistema musculoesquelético, la intervención fisioterápica contribuye a reducir el miedo a caer, mejorar la percepción de calidad de vida y favorecer la adherencia a programas de ejercicio a largo plazo. Estos aspectos resultan especialmente relevantes en mujeres posmenopáusicas, donde la pérdida progresiva de masa ósea suele asociarse a disminución de la actividad física y deterioro funcional11,13,14.

Ejercicio terapéutico: evidencia científica:

El ejercicio terapéutico representa la intervención no farmacológica con mayor respaldo científico para el tratamiento conservador de la osteoporosis. Los estímulos mecánicos generados durante la actividad física favorecen el remodelado óseo, estimulan la formación de tejido óseo nuevo y contribuyen a preservar la densidad mineral ósea. Paralelamente, el fortalecimiento muscular y la mejora del equilibrio reducen el riesgo de caídas, principal mecanismo desencadenante de las fracturas por fragilidad10,12-14.

Las revisiones sistemáticas y los metaanálisis incluidos en esta revisión coinciden en señalar que los programas que combinan entrenamiento de fuerza, ejercicios con carga, impacto progresivo y entrenamiento del equilibrio producen mayores beneficios que aquellos basados exclusivamente en ejercicio aeróbico o de flexibilidad. La combinación de diferentes modalidades de ejercicio permite actuar simultáneamente sobre la salud ósea, la fuerza muscular, la coordinación y la estabilidad postural10,12-14.

El entrenamiento de fuerza constituye el componente principal de estos programas. Los ejercicios dirigidos a grandes grupos musculares favorecen el incremento de la masa muscular y generan estímulos mecánicos suficientes para mantener o aumentar la densidad mineral ósea, especialmente en columna lumbar y cuello femoral. Los mejores resultados se han observado en programas supervisados con progresión gradual de la carga y adecuada individualización de la intensidad10,12,13.

El trabajo del equilibrio también desempeña un papel esencial en la prevención de fracturas. La evidencia demuestra que los ejercicios destinados a mejorar la estabilidad postural disminuyen la incidencia de caídas y favorecen una mayor seguridad durante la marcha y las actividades de la vida diaria. Estas intervenciones adquieren especial importancia en mujeres de edad avanzada y en pacientes con antecedentes de fracturas vertebrales13,14.

El ejercicio aeróbico con carga, como la marcha rápida o la subida de escaleras, complementa el entrenamiento de fuerza y contribuye a mejorar la resistencia cardiorrespiratoria y la capacidad funcional. Aunque su efecto directo sobre la densidad mineral ósea es menor que el observado con el entrenamiento de resistencia, su inclusión dentro de programas combinados proporciona beneficios adicionales sobre la salud general y el mantenimiento de un estilo de vida activo12,13.

En los últimos años, diversos ensayos clínicos han demostrado que los programas de entrenamiento de fuerza de alta intensidad, correctamente supervisados, pueden aplicarse de forma segura en mujeres con osteoporosis. Estos estudios describen incrementos significativos de la densidad mineral ósea, mejoras de la fuerza muscular y reducciones del riesgo de caídas, cuestionando la antigua recomendación de evitar ejercicios de elevada intensidad en esta población. No obstante, la prescripción de este tipo de programas debe individualizarse y realizarse tras una valoración funcional exhaustiva10,13,14.

Propuesta de intervención fisioterápica basada en la evidencia:

A partir de la evidencia científica revisada, se propone un programa de ejercicio terapéutico dirigido a mujeres con osteoporosis posmenopáusica, orientado a mejorar la salud ósea, incrementar la capacidad funcional y disminuir el riesgo de fracturas por fragilidad10,13,14.

Se recomienda una duración mínima de ocho a doce meses, con una frecuencia de dos o tres sesiones semanales y una duración aproximada de 45 a 60 minutos por sesión. Durante las primeras semanas debe establecerse un periodo de adaptación que permita familiarizar a la paciente con los ejercicios y garantizar una correcta ejecución técnica. Posteriormente, la intensidad se incrementará de forma progresiva en función de la evolución clínica y de la tolerancia individual10,13,14.

Cada sesión puede estructurarse en tres fases:

Calentamiento:

El calentamiento tendrá una duración aproximada de 10 minutos e incluirá ejercicios de movilidad articular, marcha y activación muscular de baja intensidad. Su finalidad es preparar el organismo para el esfuerzo posterior y reducir el riesgo de lesiones.

Bloque principal:

El bloque principal combinará diferentes modalidades de ejercicio:

  • Entrenamiento de fuerza progresivo dirigido a los principales grupos musculares.
  • Ejercicios con carga e impacto adaptado cuando no existan contraindicaciones.
  • Entrenamiento del equilibrio y la coordinación.
  • Ejercicios funcionales orientados a las actividades de la vida diaria.
  • Trabajo de la postura y estabilidad del tronco.

La progresión de la carga deberá individualizarse y supervisarse por un fisioterapeuta, evitando incrementos bruscos de intensidad y garantizando una técnica adecuada durante toda la intervención.

Vuelta a la calma:

La sesión finalizará con ejercicios de movilidad, respiración y estiramientos suaves, favoreciendo la recuperación muscular y disminuyendo la percepción de fatiga.

Educación integrada en el programa:

La intervención fisioterápica debe complementarse con un programa de educación para la salud que incluya recomendaciones sobre:

  • Alimentación rica en calcio y vitamina D.
  • Práctica regular de actividad física.
  • Prevención de caídas en el domicilio.
  • Higiene postural durante las actividades cotidianas.
  • Importancia de la adherencia al tratamiento farmacológico.
  • Mantenimiento de hábitos de vida saludables.

La combinación de estas estrategias permite actuar de forma simultánea sobre los factores fisiológicos, funcionales y conductuales implicados en la osteoporosis, favoreciendo un abordaje integral de la enfermedad13,14.

En relación con las principales recomendaciones derivadas de la evidencia científica, se establecen una serie de pautas específicas respecto a la frecuencia, duración y características del programa de ejercicio. Estas recomendaciones destacan la importancia del entrenamiento de fuerza progresiva, complementado con ejercicios de carga, equilibrio y trabajo funcional, así como la supervisión por parte de un fisioterapeuta y la integración de la educación sanitaria durante el programa. En conjunto, estas intervenciones tienen como finalidad mejorar la densidad mineral ósea, la fuerza y el equilibrio, además de contribuir a la reducción del riesgo de caídas. Esta información se resume en la Tabla 2, disponible en el apartado de Anexos.

DISCUSIÓN

La presente revisión narrativa pone de manifiesto que la osteoporosis posmenopáusica constituye una de las enfermedades crónicas con mayor repercusión sobre la salud pública debido a su elevada prevalencia, al aumento progresivo de la esperanza de vida y a las importantes consecuencias funcionales derivadas de las fracturas por fragilidad. Los estudios analizados coinciden en señalar que el tratamiento de esta enfermedad debe abordarse desde una perspectiva multidisciplinar, integrando el tratamiento farmacológico con intervenciones no farmacológicas basadas en la evidencia científica13-15,18.

Uno de los principales hallazgos de esta revisión es la importancia del ejercicio terapéutico como estrategia fundamental para el manejo de la osteoporosis. La mayoría de los ensayos clínicos y revisiones sistemáticas incluidos describen mejoras significativas en la densidad mineral ósea, la fuerza muscular, el equilibrio y la capacidad funcional tras la aplicación de programas supervisados de entrenamiento de fuerza combinados con ejercicios de carga e impacto progresivo. Estos resultados respaldan la recomendación de incorporar el ejercicio terapéutico como parte del tratamiento habitual de las mujeres con osteoporosis posmenopáusica10,12-14.

Durante años existió la creencia de que los ejercicios de alta intensidad podían incrementar el riesgo de fractura en pacientes con osteoporosis. Sin embargo, la evidencia más reciente demuestra que, cuando estos programas son individualizados y supervisados por profesionales cualificados, resultan seguros y generan beneficios superiores a los obtenidos mediante programas de baja intensidad. No obstante, la intensidad del entrenamiento debe adaptarse al estado funcional de cada paciente, especialmente en presencia de fracturas vertebrales previas, dolor persistente o comorbilidades relevantes10,13,14.

La educación para la salud constituye otro de los pilares identificados en esta revisión. Diversos estudios muestran que las intervenciones educativas mejoran la adherencia al tratamiento farmacológico, favorecen la práctica regular de ejercicio y facilitan la adopción de hábitos de vida saludables relacionados con la alimentación, la prevención de caídas y el autocuidado. Estos resultados ponen de manifiesto que la información por sí sola resulta insuficiente y que las estrategias educativas deben orientarse a promover la participación activa del paciente en el control de su enfermedad2,7,13,14.

En relación con el tratamiento farmacológico, la literatura revisada confirma la eficacia de los bifosfonatos, el denosumab y los fármacos anabólicos para disminuir la incidencia de fracturas en pacientes con alto riesgo. Sin embargo, los estudios coinciden en señalar que el mayor beneficio clínico se obtiene cuando estas terapias se combinan con programas estructurados de ejercicio terapéutico y educación sanitaria, reforzando la necesidad de un abordaje integral15-22.

Desde la perspectiva de la fisioterapia, los resultados de esta revisión respaldan el papel del fisioterapeuta como profesional sanitario responsable de la valoración funcional, la prescripción del ejercicio terapéutico, la prevención de caídas y la educación para la salud. La intervención fisioterápica no solo contribuye a mejorar la función física, sino también a aumentar la confianza del paciente, reducir el miedo a caer y favorecer el mantenimiento de un estilo de vida activo13,14.

No obstante, esta revisión presenta algunas limitaciones. Al tratarse de una revisión narrativa, no se siguió una metodología sistemática para la selección de los estudios, por lo que existe un mayor riesgo de sesgo de selección. Además, la heterogeneidad de las intervenciones analizadas dificulta la comparación directa entre estudios y limita la elaboración de recomendaciones universales sobre la intensidad, frecuencia y duración óptimas de los programas de ejercicio.

Finalmente, los resultados obtenidos permiten considerar que la combinación de ejercicio terapéutico, educación para la salud y tratamiento farmacológico constituye la estrategia más eficaz para el abordaje de la osteoporosis posmenopáusica. La implantación de programas multidisciplinares basados en la evidencia puede contribuir a reducir la incidencia de fracturas, preservar la independencia funcional y mejorar la calidad de vida de las pacientes10-14.

CONCLUSIONES

La osteoporosis posmenopáusica representa un importante problema de salud pública debido a su elevada prevalencia y al impacto funcional, social y económico asociado a las fracturas por fragilidad1,2.

La evidencia científica revisada demuestra que el ejercicio terapéutico constituye una de las intervenciones no farmacológicas con mayor eficacia para mejorar la densidad mineral ósea, incrementar la fuerza muscular, optimizar el equilibrio y disminuir el riesgo de caídas, especialmente cuando se desarrolla mediante programas individualizados y supervisados por fisioterapeutas10,12-14.

La educación para la salud desempeña un papel esencial al favorecer la adherencia al tratamiento, promover hábitos de vida saludables y mejorar la implicación activa de las pacientes en el control de la enfermedad. Su integración dentro de programas multidisciplinares potencia los beneficios obtenidos mediante el tratamiento farmacológico y el ejercicio terapéutico2,7,13-14.

Los tratamientos farmacológicos continúan siendo imprescindibles en pacientes con riesgo elevado de fractura; sin embargo, la combinación de estas terapias con intervenciones educativas y programas de ejercicio ofrece mejores resultados clínicos que cualquiera de ellas de forma aislada15-22.

En consecuencia, el abordaje integral de la osteoporosis debe contemplar la participación coordinada de diferentes profesionales sanitarios, destacando el papel del fisioterapeuta en la valoración funcional, la prescripción del ejercicio terapéutico y la prevención de caídas13,14.

Finalmente, se considera necesario desarrollar nuevos estudios con diseños metodológicos homogéneos y seguimientos prolongados que permitan establecer recomendaciones más precisas sobre la prescripción del ejercicio en mujeres con osteoporosis posmenopáusica.

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  23. Ettinger B, Black DM, Mitlak BH, Knickerbocker RK, Nickelsen T, Genant HK, et al. Reduction of vertebral fracture risk in postmenopausal women with osteoporosis treated with raloxifene: results from a 3-year randomized clinical trial. JAMA. 1999;282(7):637-645.
  24. Rossouw JE, Anderson GL, Prentice RL, LaCroix AZ, Kooperberg C, Stefanick ML, et al. Risks and benefits of estrogen plus progestin in healthy postmenopausal women: principal results from the Women’s Health Initiative randomized controlled trial. JAMA. 2002;288(3):321-333.

ANEXOS

Tabla 1. Principales tratamientos farmacológicos utilizados en la osteoporosis posmenopáusica:
Fármaco Mecanismo de acción Principal indicación
Alendronato Antirresortivo Primeria línea
Risedronato Antirresortivo Primeria línea
Ácido zoledrónico Antirresortivo Alto riesgo de fractura
Denosumab Inhibidor de RANKL Alto riesgo o intolerancia a bifosfonatos
Teriparatida Anabólico Osteoporosis grave
Abaloparatida Anabólico Alto riesgo de fractura
Romosozumab Anabólico y antirresortivo Osteoporosis grave
Tabla 2. Principales recomendaciones derivadas de la evidencia científica:
Variable Recomendación
Frecuencia 2-3 sesiones por semana
Duración 45-60 minutos por sesión
Programa ≥ 8 meses
Entrenamiento principal Fuerza progresiva
Ejercicio complementario Carga, equilibrio y trabajo funcional
Supervisión Fisioterapeuta
Educación sanitaria Integrada durante el programa
Objetivos Mejorar densidad mineral ósea, fuerza, equilibrio y reducir caídas.

 

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