AUTORES
- Nuria Martínez Artigas. Licenciada en Derecho. Administrativa en Salud Aragón. Aragón, España.
- Ruth Santamarta Plaza. Diplomada en Trabajo Social. Trabajadora Social en Salud Aragón. Aragón, España.
- María Nuria Requeno Jarabo. Médica de familia. Centro de Salud San José Sur. Zaragoza, Aragón. Aragón, España.
- Sofia Cerdán Gómez. Diplomada en Trabajo Social. Trabajadora Social en Salud Aragón. Aragón, España.
- María Teresa Poyo Pozo. Graduada en Gestión y Administración Pública. Administrativa en Salud Aragón. Aragón, España.
- Ana Laura Jiménez Mendizábal. Diplomada en Trabajo Social. Trabajadora Social en Salud Aragón. Aragón, España.
RESUMEN
Los sistemas de salud a nivel mundial enfrentan una sobrecarga estructural debido a una demanda asistencial que crece más rápido que la capacidad de respuesta. El envejecimiento poblacional, el aumento acelerado de enfermedades crónicas no transmisibles, las secuelas persistentes de la pandemia de COVID-19, la escasez crónica de personal sanitario y la inflación médica sostenida configuran un escenario complejo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) proyecta un déficit global de aproximadamente 11 millones de trabajadores de la salud para 2030, con mayor impacto en países de ingresos bajos y medios. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en 2024 el gasto sanitario promedio alcanzó el 9,3 % del PIB en sus países miembros, superando los niveles prepandémicos, mientras que la inversión en prevención sigue siendo baja. Este artículo de revisión analiza las causas multifactoriales de la alta demanda, cuantificar sus impactos económicos, sanitarios y sociales, y propone un marco de estrategias integradas basadas en evidencia actualizada (2025–2026). Entre las principales recomendaciones destacan la transformación digital, el fortalecimiento de la atención primaria, políticas agresivas de retención de personal y un enfoque preventivo, indispensables para garantizar la sostenibilidad y la equidad en el acceso a la salud.
Sistemas de salud, demanda asistencial, escasez de personal sanitario, envejecimiento poblacional, enfermedades crónicas, inflación médica, sostenibilidad sanitaria.
ABSTRACT
Healthcare systems worldwide face structural overload due to a demand that is growing faster than their capacity to respond. Population aging, the accelerated increase of non-communicable chronic diseases, persistent post-COVID-19 sequelae, chronic healthcare workforce shortages, and sustained medical inflation create a complex scenario. The World Health Organization (WHO) projects a global shortage of approximately 11 million health workers by 2030, with the greatest impact on low- and middle-income countries. According to the Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD), in 2024 average healthcare expenditure reached 9.3% of GDP among member countries, surpassing pre-pandemic levels, while investment in prevention remains low. This review analyzes the multifactorial causes of rising demand, quantifies its economic, health, and social impacts, and proposes an integrated framework of evidence-based strategies updated to 2025–2026. Key recommendations include digital transformation, strengthening primary care, aggressive workforce retention policies, and a preventive approach, all essential to ensure sustainability and equitable access to healthcare.
KEY WORDS
Healthcare systems, healthcare demand, workforce shortage, population aging, chronic diseases, medical inflation, healthcare sustainability.
DESARROLLO DEL TEMA
Los sistemas de salud globales operan en un estado de tensión crónica. La demanda asistencial ha superado en múltiples regiones la capacidad instalada, generando listas de espera prolongadas, saturación de servicios de urgencias y deterioro en la calidad percibida por los usuarios. Este fenómeno no es coyuntural: responde a tendencias demográficas irreversibles, cambios epidemiológicos profundos y limitaciones estructurales en financiamiento y recursos humanos.
El envejecimiento poblacional acelera la carga de enfermedades crónicas, que ya representan más del 70–75 % de las muertes prematuras en muchos países¹. Simultáneamente, la pospandemia de COVID-19 ha dejado secuelas persistentes en la salud mental y cardiovascular, incrementando la utilización de servicios en un 15–25 % en varios sistemas de la OCDE². La inflación médica global se mantiene en niveles elevados: según el informe WTW Global Medical Trends 2026, se proyecta un aumento promedio del 10,3 % en costos médicos para este año, con picos del 14 % en Asia-Pacífico y 11,9 % en América Latina³.
En paralelo, la escasez y las condiciones laborales del personal sanitario agravan la situación. El déficit proyectado de 11 millones de trabajadores hacia 2030, con énfasis en enfermeras y médicos de atención primaria¹, junto con jubilaciones masivas, burnout post-pandemia, migración de talento y condiciones laborales precarias⁴–¹¹, limita la capacidad de respuesta de los sistemas de salud.
En conjunto, estas tendencias evidencian que la alta demanda asistencial no es solo un problema cuantitativo, sino un fenómeno estructural que impacta en todos los niveles del sistema sanitario, comprometiendo la calidad, la equidad y la sostenibilidad financiera. Esta revisión analiza las causas multifactoriales de la demanda creciente, sus impactos y posibles estrategias de respuesta basadas en evidencia actualizada (2025–2026).
CAUSAS PRINCIPALES DE LA ALTA DEMANDA:
La creciente presión sobre los sistemas de salud no responde a un único factor, sino a la interacción de múltiples elementos estructurales, demográficos y económicos. Comprender estos factores es fundamental para planificar estrategias efectivas y sostenibles. Entre los principales determinantes se encuentran el envejecimiento poblacional y la carga de enfermedades crónicas, la escasez y burnout del personal sanitario, el aumento sostenido de los costos médicos, y las desigualdades estructurales y territoriales. Cada uno de estos aspectos contribuye de manera directa al incremento de la demanda asistencial y será detallado a continuación.
1. Transformación demográfica y carga de enfermedades crónicas.
El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales motores del aumento de la demanda asistencial. En países de la OCDE, la proporción de personas mayores de 65 años supera el 20 % en varios casos, y se proyecta que alcance el 25–30 % para 2040¹. Este incremento en la población mayor no solo aumenta la prevalencia de enfermedades asociadas a la edad, sino que también conduce a un mayor número de personas con multimorbilidad, incluyendo hipertensión, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, cáncer y demencias².
Como resultado de este envejecimiento, las enfermedades crónicas no transmisibles (ENT) representan más del 75 % de las muertes prematuras en países de ingresos medios y bajos³. Paralelamente, factores de riesgo como la obesidad (19 % en adultos de la OCDE) y el tabaquismo (14,8 %) intensifican esta carga, manteniendo elevada la presión sobre los sistemas sanitarios². Asimismo, el aumento de la incidencia de cáncer en poblaciones más jóvenes, reportado en estudios recientes, incrementa la necesidad de tratamientos oncológicos especializados y de alto coste³.
En consecuencia, la transformación demográfica y la creciente carga de enfermedades crónicas requieren no solo un incremento en la utilización de los servicios de salud, sino también una reorganización estratégica de los recursos asistenciales. Esto incluye fortalecer la atención primaria resolutiva, mejorar la coordinación entre niveles asistenciales y promover estrategias preventivas de salud pública²,³.
2. Escasez y burnout del personal sanitario.
La Organización Mundial de la Salud proyecta un déficit global de aproximadamente 11 millones de trabajadores de la salud hacia 2030¹. Las enfermeras y los médicos de atención primaria son los más afectados, con un déficit estimado de 4,5 millones de enfermeras¹. En regiones como África subsahariana, la ratio es de apenas 2,3 profesionales por 1.000 habitantes, lejos del estándar recomendado de 4,5¹⁰.
Este déficit se ve agravado por jubilaciones masivas, burnout post-pandemia, migración de talento hacia países de ingresos altos y condiciones laborales precarias⁴–¹¹. Más del 80 % de los directivos sanitarios anticipan dificultades persistentes de contratación y retención de personal¹⁰. Como consecuencia, la escasez de profesionales contribuye a la sobrecarga asistencial y compromete la calidad de la atención, generando estrés laboral, fatiga y aumento del riesgo de errores médicos⁴–⁶.
3. Inflación médica y factores económicos pospandémicos.
Los costos médicos globales continúan en aumento. Según WTW Global Medical Trends 2026, se proyecta un incremento promedio del 10,3 % en costos médicos para 2026³, impulsado por nuevos tratamientos farmacológicos, tecnologías avanzadas y mayor utilización de servicios. En América Latina, el aumento alcanza el 11,9 %, y en Asia-Pacífico, el 14 %³.
La pandemia acumuló listas de espera y un repunte en problemas de salud mental, incrementando la demanda en un 15–20 % en sistemas desarrollados². Este escenario económico pospandémico amplifica la presión sobre los presupuestos sanitarios y limita la capacidad de expansión de los servicios, afectando la sostenibilidad de los sistemas de salud a mediano y largo plazo³.
4. Desigualdades estructurales y brechas territoriales.
La carga de la alta demanda recae desproporcionadamente en poblaciones vulnerables. Por ejemplo, el 44 % de personas en quintiles bajos reporta condiciones crónicas, frente al 28 % en quintiles altos³. Las zonas rurales y los países de bajos ingresos enfrentan déficits del 60–70 % en personal sanitario¹⁰.
Además, factores como conflictos, migraciones forzadas y cambio climático agravan la presión en regiones ya frágiles². Estas desigualdades estructurales generan un acceso inequitativo a la atención, mayor utilización de servicios de urgencia y sobrecarga de los niveles asistenciales centrales, perpetuando la brecha entre necesidades y capacidad de respuesta.
CONSECUENCIAS EN LOS SISTEMAS DE SALUD4-11:
La elevada demanda asistencial no solo incrementa la presión sobre los servicios, sino que también genera impactos estructurales, organizativos y económicos de gran alcance. Comprender estas consecuencias es clave para diseñar estrategias eficaces de mitigación y garantizar la sostenibilidad del sistema sanitario.
En primer lugar, uno de los efectos más evidentes es el incremento de los tiempos de espera para acceder a consultas especializadas, pruebas diagnósticas e intervenciones quirúrgicas. Este fenómeno no solo genera insatisfacción entre los pacientes, sino que también puede traducirse en un empeoramiento clínico, especialmente en patologías que requieren diagnóstico precoz. La demora en la atención favorece la progresión de enfermedades, incrementando la complejidad de los casos y, en consecuencia, el consumo de recursos sanitarios a medio y largo plazo.
En segundo lugar, la sobrecarga asistencial impacta directamente en el personal sanitario, considerado un recurso crítico dentro del sistema. La exposición prolongada a altos niveles de exigencia, junto con la presión por mantener estándares de calidad en contextos de limitación de recursos, contribuye al desarrollo de estrés crónico, fatiga laboral y síndrome de burnout. Este último, caracterizado por agotamiento emocional, despersonalización y disminución de la realización profesional, se asocia con menor rendimiento clínico, aumento de errores médicos y reducción de la calidad percibida por los pacientes⁶. Además, estas condiciones laborales adversas favorecen el absentismo, la rotación de personal y la migración de profesionales hacia otros sistemas o sectores, agravando la escasez de recursos humanos.
Por otra parte, la presión constante sobre los recursos disponibles puede derivar en ineficiencias organizativas y en una asignación subóptima de los mismos. Un ejemplo paradigmático es la saturación de los servicios de urgencias, que con frecuencia actúan como punto de entrada alternativo ante las dificultades de acceso a la atención primaria. Esta utilización inapropiada no solo incrementa los costes operativos, sino que también compromete la capacidad de respuesta ante verdaderas emergencias. Diversos estudios señalan que una proporción significativa de las consultas en urgencias podría resolverse en niveles asistenciales menos especializados, destacando la necesidad de reforzar la atención primaria como eje vertebrador del sistema.
La alta demanda también afecta a la continuidad asistencial y a la coordinación entre niveles de atención. La fragmentación de los servicios, sumada a la sobrecarga, dificulta el seguimiento adecuado de pacientes con enfermedades crónicas o multimorbilidad, lo que puede dar lugar a duplicidades en pruebas diagnósticas, errores en la medicación y menor adherencia terapéutica, comprometiendo los resultados en salud.
Finalmente, desde una perspectiva macroeconómica, el aumento sostenido de la demanda plantea serios desafíos para la sostenibilidad financiera de los sistemas de salud. El incremento del gasto sanitario, si no va acompañado de mejoras en eficiencia y resultados, puede generar tensiones presupuestarias y obligar a la toma de decisiones complejas en términos de priorización de recursos.
Estas consecuencias evidencian que la alta demanda no es únicamente un problema cuantitativo, sino un fenómeno que impacta de manera estructural en todas las dimensiones del sistema sanitario, requiriendo respuestas integrales basadas en planificación estratégica, innovación y fortalecimiento de los recursos humanos y organizativos.
ESTRATEGIAS DE RESPUESTA PERSPECTIVAS FUTURAS4-8:
Frente al aumento sostenido de la demanda asistencial, los sistemas de salud requieren estrategias integrales que no solo respondan a las necesidades actuales, sino que anticipen los desafíos futuros. Estas medidas deben abordar simultáneamente factores estructurales, organizativos, tecnológicos y sociales, buscando eficiencia, equidad y sostenibilidad.
En primer lugar, el fortalecimiento de la atención primaria se posiciona como una de las intervenciones más eficaces. La atención primaria actúa como puerta de entrada y eje coordinador de los servicios de salud, permitiendo resolver una gran proporción de problemas clínicos sin derivación a niveles especializados⁵. Diversos estudios muestran que sistemas con atención primaria sólida presentan mejores indicadores de salud, menor gasto sanitario y mayor equidad en el acceso. Esto requiere inversión en infraestructura, recursos humanos y formación, así como el aumento de la capacidad resolutiva del nivel primario.
En segundo lugar, la transformación digital constituye una herramienta clave para optimizar la gestión de la demanda. La implementación de historias clínicas electrónicas interoperables, la telemedicina y los sistemas basados en inteligencia artificial mejoran la coordinación entre niveles asistenciales, reducen tiempos de espera y facilitan el acceso a servicios, especialmente en zonas rurales o con escasez de profesionales. Además, el análisis de grandes volúmenes de datos (big data) contribuye a decisiones clínicas más precisas y a una gestión eficiente de los recursos.
Otra línea estratégica esencial es la gestión eficiente de los recursos humanos en salud. La escasez de profesionales y las condiciones laborales exigentes hacen necesario implementar políticas de retención, mejora de las condiciones de trabajo y bienestar del personal. Esto incluye reducción de la sobrecarga laboral, entornos saludables y programas de apoyo psicológico. También es fundamental planificar la formación de nuevos profesionales, garantizando el relevo generacional y evitando desequilibrios territoriales y por especialidad.
Asimismo, la promoción de la salud y la prevención de enfermedades deben ocupar un lugar central en las políticas sanitarias. La adopción de estilos de vida saludables, como alimentación equilibrada, actividad física regular y reducción de consumo de tabaco y alcohol, disminuye significativamente la incidencia de enfermedades crónicas. Intervenciones dirigidas a poblaciones vulnerables generan un alto impacto en la reducción de la demanda asistencial a largo plazo.
Finalmente, la mejora de la gestión y organización de los servicios sanitarios mediante modelos asistenciales integrados y centrados en el paciente es crucial. La coordinación entre atención primaria, especializada y sociosanitaria garantiza continuidad asistencial, especialmente en pacientes con enfermedades crónicas o multimorbilidad. Modelos como la atención integrada o la medicina basada en valor optimizan recursos y mejoran resultados en salud.
En cuanto a las perspectivas futuras, los sistemas deberán adaptarse a un entorno cada vez más complejo, con cambios demográficos, avances tecnológicos y nuevas amenazas sanitarias. La resiliencia del sistema será determinante para afrontar crisis como pandemias o emergencias de salud pública. La planificación estratégica, inversión sostenida y cooperación internacional adquieren relevancia fundamental para garantizar eficiencia, equidad y sostenibilidad.
CONCLUSIÓN
La alta demanda asistencial en los sistemas de salud es un fenómeno complejo y multifactorial, impulsado por factores demográficos, epidemiológicos, económicos y estructurales.
Esta demanda creciente tiene impactos directos en la eficiencia de los servicios, la calidad de la atención y la satisfacción de los pacientes, generando además efectos sobre la salud y bienestar del personal sanitario.
Las desigualdades estructurales y territoriales amplifican la presión sobre los servicios, afectando de manera desproporcionada a poblaciones vulnerables.
Para garantizar la sostenibilidad y equidad de los sistemas de salud, se requiere un enfoque integral que combine fortalecimiento de la atención primaria, transformación digital, gestión eficiente de recursos humanos y promoción de la salud y prevención de enfermedades.
La planificación estratégica, inversión sostenida, innovación tecnológica y cooperación internacional son fundamentales para enfrentar los desafíos futuros y construir sistemas resilientes.
La alta demanda en los sistemas de salud plantea retos significativos para la sostenibilidad y equidad de la atención. Abordar este problema requiere una combinación de estrategias que incluyan inversión, innovación tecnológica, fortalecimiento de la atención primaria y políticas centradas en el bienestar del personal sanitario. Solo a través de un enfoque coordinado y basado en la evidencia será posible garantizar sistemas de salud resilientes y capaces de responder a las necesidades de la población en el siglo XXI.
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