AUTORES
- Laura Báguena Sancho. Trabajadora social. Hospital Universitario Miguel Servet. (Zaragoza). Aragón. España.
- Ana Isabel Navarro Pérez. Auxiliar Administrativa y TCAE. CME San José. (Zaragoza). Aragón. España.
- María Yébenes Delgado. Trabajadora social. Hospital Universitario Miguel Servet (Zaragoza). Aragón. España.
- Natividad Aragüés Saz. Trabajadora social y TCAE. Hospital Universitario Miguel Servet. (Zaragoza). Aragón. España.
- Eva Ibáñez Mily. Licenciada en Odontología. Aragón. España.
- Sonia Pascual Martín. Trabajadora social. Instituto Aragonés de Servicios Sociales. Aragón. Aragón. España.
RESUMEN
La pobreza energética es un fenómeno creciente en muchos países, asociado a la incapacidad de los hogares para mantener unas condiciones adecuadas de confort térmico por razones económicas. Este problema no solo tiene implicaciones en la calidad de vida, sino que representa un determinante social de la salud que contribuye al aumento de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y trastornos de salud mental. En el presente artículo se realiza una revisión documental sobre el impacto de la pobreza energética en la salud y se proponen posibles líneas de actuación para su abordaje.
El estudio destaca la necesidad de intervenciones multisectoriales que incluyan políticas públicas de vivienda, ayudas económicas y educación energética, así como la integración de este problema en la agenda sanitaria. Además, se identifican los principales grupos de riesgo, entre los que se encuentran personas mayores, infancia y personas con enfermedades crónicas, que requieren una especial atención en el diseño de programas de prevención y mitigación.
PALABRAS CLAVE
Pobreza energética, salud pública, determinantes sociales, desigualdad social, políticas sociales.
ABSTRACT
Energy poverty is a growing phenomenon in many countries, linked to households’ inability to maintain adequate thermal comfort due to economic reasons. This issue not only affects quality of life but is also a social determinant of health, contributing to increased respiratory, cardiovascular, and mental health disorders. This article presents a literature review on the health impact of energy poverty and proposes possible action lines for addressing it.
The study highlights the need for multisectoral interventions including public housing policies, financial aid, and energy education, as well as the integration of this issue into the health agenda. Moreover, it identifies key at-risk groups, such as older people, children, and individuals with chronic diseases, who require special attention in prevention and mitigation programs.
KEY WORDS
Energy poverty, public health, social determinants, social inequality, social policies.
INTRODUCCIÓN
La pobreza energética ha adquirido una creciente relevancia en el ámbito de los servicios sociales y la salud pública. Este fenómeno, definido como la dificultad de un hogar para disponer de los servicios energéticos esenciales a un coste asequible, afecta especialmente a colectivos vulnerables y se relaciona con una mayor prevalencia de enfermedades y mortalidad evitable. En un contexto de crisis energética y encarecimiento de los suministros básicos, resulta fundamental abordar su impacto en la salud y las posibles respuestas desde los diferentes sectores implicados.
OBJETIVOS
- Analizar el impacto de la pobreza energética en la salud de la población.
- Identificar los principales grupos vulnerables afectados por la pobreza energética.
- Proponer posibles estrategias y actuaciones para su abordaje desde una perspectiva intersectorial.
METODOLOGÍA
Se realizó una revisión documental a partir de artículos científicos, informes técnicos y normativa vigente consultados en bases de datos como Scielo, Dialnet, PubMed, y documentos oficiales de organismos como la OMS, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, y literatura académica disponible. Se seleccionaron fuentes publicadas entre 2015 y 2024.
DESARROLLO
La pobreza energética constituye un fenómeno complejo que se deriva de la interacción de tres factores principales: los bajos ingresos de los hogares, el alto coste de la energía y la baja eficiencia energética de las viviendas. En España, estas condiciones afectan de forma desigual a la población, con una mayor incidencia en zonas rurales, en viviendas de construcción antigua y en aquellos hogares encabezados por personas mayores o en situación de vulnerabilidad socioeconómica1, Según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, estos colectivos presentan mayores tasas de carencia material severa y dificultades para mantener una temperatura adecuada en invierno, lo que los convierte en grupos especialmente expuestos a este fenómeno2.
El concepto de pobreza energética ha evolucionado desde su origen en los años setenta en el Reino Unido hasta convertirse en un desafío global vinculado a los derechos humanos, el bienestar y la equidad social. La definición más aceptada en Europa es la de aquellos hogares que no pueden acceder a los servicios energéticos necesarios para satisfacer sus necesidades domésticas básicas a un coste razonable.
Impacto de la pobreza energética en la salud:
Los efectos de la pobreza energética en la salud son múltiples y se manifiestan tanto a corto como a largo plazo. En el plano físico, el insuficiente acondicionamiento térmico de los hogares se asocia con un mayor riesgo de enfermedades respiratorias, como el asma, la bronquitis crónica y las infecciones de las vías respiratorias superiores3. Estas patologías afectan de manera especial a la población infantil y a las personas mayores, grupos que presentan un sistema inmunitario más vulnerable.
Por otra parte, la exposición prolongada a temperaturas inadecuadas incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Estudios epidemiológicos en Europa han demostrado un aumento de la mortalidad por infarto de miocardio y accidente cerebrovascular durante los periodos de frío extremo, particularmente entre la población que reside en viviendas sin calefacción eficiente4.
La pobreza energética también impacta de manera significativa en la salud mental. La incapacidad para mantener una temperatura confortable en el hogar, sumada al estrés económico de las facturas impagadas, genera ansiedad, depresión y sensación de aislamiento social. Las personas que sufren pobreza energética a menudo limitan sus interacciones sociales al no poder invitar a familiares o amistades a su hogar debido a la falta de confort, lo que contribuye al deterioro de su bienestar emocional.
Los efectos indirectos incluyen una mayor propensión a adoptar conductas de riesgo para la salud, como el uso de braseros o estufas de combustión sin ventilación adecuada, lo que incrementa el riesgo de incendios domésticos e intoxicaciones por monóxido de carbono.
Grupos de población más afectados:
Entre los colectivos más vulnerables destacan las personas mayores, quienes suelen pasar más tiempo en casa y son más sensibles a los cambios de temperatura debido a los cambios fisiológicos propios del envejecimiento. Las niñas y niños también son especialmente susceptibles, ya que su desarrollo físico y cognitivo puede verse afectado por vivir en ambientes fríos y húmedos5.
Otros grupos de riesgo incluyen las personas con enfermedades crónicas, las personas con diversidad funcional y las familias monoparentales, que enfrentan mayores dificultades para afrontar los costes energéticos. En estos hogares, la pobreza energética se suma a otros factores de exclusión social, generando un círculo vicioso difícil de romper.
Actuaciones y políticas frente a la pobreza energética:
Para hacer frente a este problema es imprescindible un enfoque integral que combine medidas estructurales y de carácter paliativo. En el ámbito de las políticas públicas destacan las ayudas económicas directas, como los bonos sociales eléctricos y térmicos, que permiten a los hogares con menores ingresos afrontar las facturas energéticas6. Sin embargo, diversos estudios subrayan que estas ayudas son insuficientes y que es necesario complementarlas con intervenciones de rehabilitación de viviendas y fomento de la eficiencia energética, tal y como recoge la Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética 2019-2024 impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica7.
La rehabilitación energética de edificios, a través de mejoras en el aislamiento, sustitución de ventanas o modernización de sistemas de calefacción, constituye una de las medidas más efectivas para reducir el impacto de la pobreza energética a medio y largo plazo. Los programas de rehabilitación deben priorizar a los hogares en situación de vulnerabilidad, evitando así que las intervenciones perpetúen las desigualdades existentes.
En el ámbito sanitario, se plantea la necesidad de incorporar el diagnóstico de pobreza energética en la práctica clínica habitual, especialmente en atención primaria. La inclusión de preguntas específicas en la anamnesis podría facilitar la identificación de casos y la derivación a los servicios sociales correspondientes.
Los servicios sociales, con profesionales del trabajo social como figuras clave, se configuran como agentes fundamentales para liderar procesos de cambio frente a la pobreza energética. Su papel resulta esencial tanto en la detección de situaciones de vulnerabilidad como en la articulación de respuestas coordinadas con otros sectores. Desde una perspectiva comunitaria e inclusiva, se propone reforzar su capacidad de intervención en este ámbito, promoviendo una atención integral que tenga en cuenta las condiciones estructurales y relacionales que perpetúan esta forma de exclusión8,9.
Por otro lado, la educación energética desempeña un papel clave. Informar y formar a la población sobre el uso eficiente de la energía y los recursos disponibles contribuye a reducir el riesgo de pobreza energética y a empoderar a la ciudadanía en la defensa de sus derechos como consumidores.
Finalmente, es esencial reforzar la coordinación entre los sectores de salud, servicios sociales, vivienda y energía. El abordaje de la pobreza energética no puede depender exclusivamente de un sector, sino que debe ser resultado de una acción concertada e intersectorial que permita dar respuestas integrales y sostenibles.
CONCLUSIONES
La pobreza energética es un problema estructural que vulnera derechos básicos y genera profundas desigualdades en la salud de la población. Sus efectos, tanto directos como indirectos, afectan a la salud física y mental de millones de personas y agravan las condiciones de vida de los grupos más vulnerables.
Abordar la pobreza energética exige ir más allá de medidas paliativas y apostar por intervenciones estructurales como la rehabilitación energética del parque de viviendas, el desarrollo de políticas de precios justos y el fomento de energías renovables a nivel doméstico. Es imprescindible también reforzar los mecanismos de detección temprana en el ámbito sanitario y social, promoviendo un modelo de atención integrada que permita actuar de manera eficaz ante los casos detectados.
Las políticas deben contemplar la perspectiva de equidad y priorizar a los colectivos en situación de mayor vulnerabilidad. Solo mediante un enfoque coordinado e intersectorial, que combine actuaciones preventivas, paliativas y estructurales, se podrá avanzar en la erradicación de la pobreza energética y sus consecuencias sobre la salud. Además, se requiere un compromiso sostenido en el tiempo por parte de las administraciones y la sociedad civil, acompañado de una adecuada financiación y evaluación de las intervenciones.
BIBLIOGRAFÍA
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