AUTORES
- Manuel Piazuelo Guíu. Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Cristina Antón Gutiérrez. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- María Calejero Martínez. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Jorge Fle Usón Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Alba García Varona. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Jaime Sahún Calavia. Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
La disentería es una infección intestinal aguda caracterizada por diarrea sanguinolenta, dolor abdominal y malestar general. Sus principales agentes etiológicos son Shigella spp. (disentería bacilar) y Entamoeba histolytica (disentería amebiana). Aunque en España la incidencia autóctona es muy baja gracias a las mejoras en saneamiento y abastecimiento de agua, la disentería sigue siendo un importante problema de salud pública a nivel global, especialmente en regiones en vías de desarrollo. La disentería bacilar provoca millones de casos y cientos de miles de muertes anuales, principalmente en niños menores de cinco años. La amebiasis, por su parte, sigue siendo una causa relevante de morbilidad en áreas tropicales y subtropicales. El diagnóstico clínico debe complementarse con técnicas microbiológicas y moleculares que permitan identificar con precisión el agente causal y orientar el tratamiento. La terapia incluye medidas de soporte, como rehidratación oral o intravenosa, así como el uso de antimicrobianos específicos según la etiología. Los cuidados de enfermería resultan fundamentales tanto en el manejo clínico del paciente como en la prevención de complicaciones y la promoción de hábitos de higiene y salud pública. Es esencial individualizar la atención considerando factores como la edad, el estado nutricional y las condiciones de vida del paciente. Además, la educación sanitaria desempeña un papel crucial en la prevención de nuevos casos, fomentando prácticas seguras relacionadas con el consumo de agua y alimentos. Un enfoque integral que combine diagnóstico preciso, tratamiento adecuado y cuidados de enfermería de calidad contribuye significativamente a mejorar los resultados clínicos y a reducir la transmisión de esta enfermedad.
PALABRAS CLAVE
Disentería, Amebiasis, Shigelosis, diagnóstico molecular, cuidados de enfermería, rehidratación oral.
ABSTRACT
Dysentery is an acute intestinal infection characterized by bloody diarrhea, abdominal pain, and general malaise. Its main causative agents are Shigella spp. (bacillary dysentery) and Entamoeba histolytica (amoebic dysentery). Although the incidence of autochthonous cases is very low in Spain thanks to improved sanitation and water supply, dysentery remains a major public health issue globally, especially in developing regions. Bacillary dysentery causes millions of cases and hundreds of thousands of deaths annually, mainly among children under five years old. Amoebiasis remains a significant cause of morbidity in tropical and subtropical areas. Clinical diagnosis should be complemented by microbiological and molecular techniques to accurately identify the causative agent and guide treatment. Therapy includes supportive measures, such as oral or intravenous rehydration, and specific antimicrobials depending on etiology. Nursing care is fundamental both in clinical management and in preventing complications and promoting hygiene and public health practices. It is essential to individualize care, considering factors such as age, nutritional status, and living conditions. Moreover, health education plays a crucial role in preventing new cases by encouraging safe practices related to water and food consumption. A comprehensive approach combining accurate diagnosis, appropriate treatment, and high-quality nursing care significantly contributes to improving clinical outcomes and reducing disease transmission.
KEY WORDS
Dysentery, Amoebiasis, Shigellosis, molecular diagnosis, nursing care, oral rehydration.
DESARROLLO DEL TEMA
La disentería es una enfermedad infecciosa que se caracteriza por una diarrea acuosa y sanguinolenta, causada habitualmente por uno de dos patógenos: Shigella o Entamoeba histolytica¹. En España, esta patología ha sido prácticamente erradicada gracias a la mejora en infraestructuras de agua potable y saneamiento durante el siglo XX. Los casos actuales suelen estar vinculados a viajes a zonas endémicas o a personas migrantes provenientes de dichas regiones. Solo se ha reportado un caso autóctono en 2011, sin antecedentes de viaje².
Sin embargo, a nivel global, la diarrea causada por estos patógenos sigue siendo una de las principales causas de mortalidad, especialmente en países de Asia y África, donde las condiciones de salubridad y acceso al agua segura son limitadas³. En este contexto, el papel del personal sanitario resulta esencial para identificar factores de riesgo y aplicar un tratamiento oportuno, contribuyendo así a reducir la tasa de mortalidad asociada.
ETIOLOGÍA:
La disentería bacilar está causada principalmente por bacterias del género Shigella, bacilos gram negativos, anaerobios facultativos, no esporulados e inmóviles, pertenecientes a la familia Enterobacteriaceae⁴,⁵. Su reservorio natural es el ser humano, y se transmite por contacto directo o mediante agua y alimentos contaminados con materia fecal⁵,⁶.
Existen cuatro subgrupos de Shigella con 43 serotipos diferenciados por características bioquímicas y antigénicas: S. flexneri, S. boydii, S. sonnei y S. dysenteriae⁴. S. flexneri es la más común globalmente en casos endémicos; S. boydii predomina en el subcontinente indio; S. dysenteriae se asocia a brotes en contextos de emergencia humanitaria y S. sonnei tiende a causar infecciones más leves⁶.
La disentería amebiana es provocada por el protozoo Entamoeba histolytica, cuya transmisión se da por la ingestión de agua o alimentos contaminados con quistes del parásito⁷. Esta infección es endémica en regiones de América Central y del Sur, África occidental y septentrional, e India⁸.
EPIDEMIOLOGÍA:
Disentería bacilar:
Se estima que la shigelosis provoca alrededor de 164,7 millones de casos anuales a nivel mundial. De estos, el 98 % se produce en países en vías de desarrollo, mientras que el 2 % restante ocurre en países industrializados. Se atribuyen aproximadamente 600.000 muertes anuales a esta infección, siendo una de las principales causas de mortalidad infantil, con un 69 % de los fallecimientos en menores de cinco años⁹,¹⁰.
En España, los casos deben ser notificados individualmente al Centro Nacional de Epidemiología a través de la RENAVE. En situaciones de brote, los informes deben enviarse al CNE en un plazo de tres meses. Si el brote supera el ámbito autonómico, debe notificarse al CCAES y, si procede, al Sistema de Alerta de la Unión Europea y a la OMS, conforme al Reglamento Sanitario Internacional¹¹. Son de especial riesgo las infecciones por S. dysenteriae, S. flexnerii y S. boydii en contextos de baja higiene, contacto con niños en edad preescolar, personal sociosanitario o manipuladores de alimentos¹¹.
Disentería amebiana:
La amebiasis provoca entre 40.000 y 100.000 muertes cada año y es la cuarta causa de muerte por protozoos. De los 500 millones de personas que podrían estar infectadas por Entamoeba, solo un 10 % presentan la especie E. histolytica. La prevalencia varía según la región: del 1–2 % en climas templados hasta el 50 % en países tropicales¹².
En contextos no industrializados, esta prevalencia se relaciona con la disponibilidad de agua potable y saneamiento. En países desarrollados, afecta con mayor frecuencia a hombres que tienen sexo con hombres, viajeros, inmigrantes, inmunodeprimidos o personas institucionalizadas¹³.
PATOGENIA:
La Shigella dysenteriae logra atravesar las barreras del cuerpo tras ser ingerida por vía oral. A pesar del ambiente ácido gástrico, sobrevive y alcanza el intestino, donde invade el epitelio del íleon, colon y recto ¹⁴,¹⁵. Su sistema de secreción tipo III le permite introducir proteínas en las células huésped a través de un canal que facilita la infección. Es fagocitada por células M, lo que le da acceso al tejido linfoide. Allí, destruye macrófagos mediante piroptosis, desencadenando inflamación y formación de úlceras¹⁶,¹⁷.
La bacteria se multiplica, invade células adyacentes y libera la toxina Shiga, que puede llegar al riñón y causar un síndrome hemolítico urémico¹⁵.
En el caso de Entamoeba histolytica, la infección se inicia con la ingestión de quistes presentes en agua o alimentos contaminados. Los trofozoítos liberados colonizan el colon y forman nuevos quistes que se eliminan por las heces. Solo los quistes sobreviven en el ambiente externo. Los trofozoítos, si logran atravesar la mucosa intestinal, pueden alcanzar el hígado, pulmón o cerebro gracias a la lectina Gal/GalNAc. La evolución clínica depende de la cepa, la respuesta inmunológica del huésped y la microbiota intestinal¹⁸.
CLÍNICA:
La disentería se caracteriza por deposiciones sanguinolentas con moco, acompañadas de calambres abdominales y tenesmo. También pueden aparecer fiebre, fatiga, malestar general y anorexia19-21. En casos graves, se pierden entre 200 y 300 ml diarios de proteínas en las heces, lo que conlleva desnutrición y retraso del crecimiento. Algunos pacientes pueden llegar a evacuar más de 20 veces al día¹⁹. Esta situación puede complicarse con bacteriemia, sepsis, colitis fulminante, megacolon tóxico, úlceras o perforaciones colónicas²⁰,²¹.
Disentería bacilar:
La evolución clínica depende de la especie de Shigella y del estado del huésped. Usualmente, la enfermedad se manifiesta entre las 24 y 48 horas tras el contagio con una diarrea acuosa inicial que precede a la disentería, pudiendo derivar en cuadros graves¹⁹.
Disentería amebiana:
Entamoeba histolytica puede cursar de forma asintomática o presentar síntomas leves como diarrea y dolor abdominal, aunque también puede provocar un síndrome disentérico severo. Los síntomas pueden alternarse con periodos de estreñimiento o remisión²⁰.
DIAGNÓSTICO:
El diagnóstico clínico de la disentería, tanto bacteriana como amebiana, comienza con una anamnesis detallada y evaluación de la sintomatología por parte del profesional sanitario. Si el cuadro es grave, se recurre a pruebas específicas para confirmar la etiología.
Disentería bacilar:
El examen microscópico de las heces puede revelar leucocitos y hematíes, pero el coprocultivo es la prueba de elección. Permite identificar la cepa y su resistencia antibiótica, aunque su sensibilidad es baja y puede verse afectada por el transporte o almacenamiento inadecuado²¹,²². La PCR representa una alternativa más sensible y rápida, aunque su elevado coste limita su uso rutinario²¹.
Disentería amebiana:
La microscopía convencional es la prueba inicial, pero no permite distinguir entre E. histolytica (patógena) y E. dispar (no patógena) 6. El ELISA permite detectar antígenos específicos en las heces con buena sensibilidad y especificidad, aunque su rendimiento baja si el paciente ha recibido tratamiento antibiótico6-14. La PCR ofrece una identificación genética precisa, pero también tiene un coste elevado6-14. En ciertos casos, se puede requerir colonoscopia o ecografía abdominal para detectar lesiones asociadas a la infección⁷.
TRATAMIENTO:
Durante las primeras fases de la infección se recomienda mantener una dieta líquida y realizar una adecuada reposición de líquidos y electrolitos, preferiblemente por vía oral. En casos con vómitos persistentes o deterioro del estado general, se recurre a la rehidratación intravenosa. Una vez que las deposiciones disminuyen a 3–4 al día, se introduce una dieta astringente, evitando lácteos, dulces, frutas y verduras crudas, y alimentos grasos o especiados⁷.
Disentería bacilar:
Dado que Shigella fue una de las primeras bacterias con resistencia múltiple documentada, el tratamiento antibiótico ha supuesto un reto constante²3. Las formas leves o asintomáticas suelen resolverse sin antibioterapia en 4–8 días, recurriendo únicamente a la rehidratación⁷. La OMS recomienda antibióticos solo en cuadros moderados o graves 21. La elección dependerá de la edad del paciente y del patrón de resistencia regional. Los antibióticos más utilizados incluyen fluoroquinolonas, azitromicina y cefalosporinas de tercera generación7-24. No deben emplearse antidiarreicos como loperamida, ya que pueden prolongar la enfermedad⁷.
Disentería amebiana:
Se basa en la combinación de amebicidas tisulares (metronidazol, tinidazol, nitazoxanida) con luminales (yodoquinol, paromomicina o furoato de diloxanida)⁷-24,25. El tratamiento oral suele durar entre 3 y 10 días. Para eliminar los quistes intestinales, los fármacos tisulares no son suficientes, por lo que se combinan con luminales. En pacientes que eliminan quistes por heces se recomienda incluir paromomicina, para evitar recurrencias o contagios. El metronidazol y el tinidazol están contraindicados en embarazadas y deben evitarse con alcohol por riesgo de efecto disulfiram⁷.
CUIDADOS DE ENFERMERÍA:
Los cuidados se fundamentan en dos pilares: reposo y una correcta hidratación del paciente26. Su planificación debe individualizarse según la edad, el estado general y el agente etiológico. En ancianos, el riesgo de deshidratación es mayor, mientras que en niños pequeños las diarreas agudas pueden ser especialmente graves²¹-27.
Disentería amebiana:
Requiere control del equilibrio hidroelectrolítico, vigilancia de constantes vitales, administración del tratamiento prescrito, registro de la evolución clínica y medidas de higiene para prevenir lesiones cutáneas. Se debe garantizar una nutrición adecuada28.
Disentería bacilar:
Se suma el aislamiento entérico durante la fase aguda (manejo seguro de heces y objetos contaminados) y un refuerzo de la higiene personal, dado que la dosis infectante puede ser tan baja como 10 bacterias¹¹. Con una hidratación adecuada, la enfermedad suele ser autolimitada28.
La rehidratación oral es la vía preferente, reservando la intravenosa para casos graves, niños y ancianos29. Este método reduce complicaciones y el riesgo de infecciones nosocomiales. En cuanto a la alimentación, la enfermera debe supervisar que el paciente comprenda la dieta indicada y su relación con la recuperación29.
La prevención es esencial. La enfermera debe fomentar el lavado de manos, prácticas sexuales seguras, uso responsable de antibióticos, alimentación equilibrada y lactancia materna exclusiva los primeros 6 meses de vida²⁰-26. También debe informar sobre la importancia del saneamiento del agua y la inocuidad de los alimentos. Una valoración inicial completa facilitará un abordaje adecuado y el seguimiento clínico29.
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