Intervenciones no farmacológicas en la dismenorrea primaria: ejercicio, alimentación, termoterapia y educación enfermera

12 septiembre 2026

 

AUTORES

  1. Natalia Vega Doñate Torán. Enfermera en el CRP San Juan de Dios, Teruel. España.
  2. Alba Jarque Fuertes. Enfermera en el Hospital Obispo Polanco, Teruel. España.
  3. Candela Abril Rubio. Enfermera en el Centro de Salud de Calamocha. Teruel. España.
  4. Sara Lázaro Mora. Enfermera en el Hospital Obispo Polanco, Teruel. España.
  5. Benjamín Civera Domingo. Enfermero en el Hospital Obispo Polanco, Teruel. España.

RESUMEN

La dismenorrea primaria es el dolor menstrual recurrente que aparece sin una enfermedad pélvica identificable. Su elevada frecuencia y su repercusión en la vida diaria justifican un abordaje que vaya más allá del tratamiento farmacológico. El objetivo de este trabajo es analizar las estrategias no farmacológicas que ayuden al autocuidado de la dismenorrea primaria y definir el papel de la enfermería.

Se realizó una revisión bibliográfica narrativa en PubMed, utilizando revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos y estudios sobre ejercicio, termoterapia, alimentación, suplementación y educación sanitaria. Así pues, la literatura revisada indica que el ejercicio de forma regular, el calor local y una alimentación equilibrada y sin restricciones innecesarias, pueden favorecer la salud menstrual y mejorar los síntomas asociados.

El papel de la enfermera es imprescindible para valorar la intensidad y características del dolor, identificar signos de dismenorrea secundaria, enseñar estrategias de autocuidado y promover las revisiones médicas cuando el dolor sea incapacitante o resistente al tratamiento. Cabe destacar que las intervenciones no farmacológicas deben ser individualizadas y no deben retrasar el estudio de otras causas orgánicas.

PALABRAS CLAVE

Dismenorrea, ejercicio físico, dieta, autocuidado, enfermería, manejo del dolor.

ABSTRACT

Primary dysmenorrhea is recurrent menstrual pain that occurs in the absence of any identifiable pelvic disease. Its high prevalence and its impact on daily life justify an approach that goes beyond pharmacological treatment. The aim of this study is to analyze non-pharmacological strategies that support self-care in primary dysmenorrhea and to define the role of nursing in its management.

A narrative literature review was conducted using PubMed, including systematic reviews, meta-analyses, clinical trials, and studies on exercise, thermotherapy, nutrition, dietary supplementation, and health education. The reviewed literature indicates that regular physical exercise, the application of local heat, and a balanced diet without unnecessary restrictions may promote menstrual health and improve associated symptoms.

The role of nurses is essential in assessing the intensity and characteristics of pain, identifying signs suggestive of secondary dysmenorrhea, educating patients on self-care strategies, and encouraging medical evaluation when pain is severe, disabling, or unresponsive to treatment. It should be emphasized that non-pharmacological interventions must be individualized and should not delay the investigation of other possible underlying organic causes.

KEY WORDS

Dysmenorrhea, exercise, diet, self-care, nursing, pain management.

INTRODUCCIÓN

La dismenorrea consiste en la aparición de dolor asociado a la menstruación y puede ser primaria (cuando no existen patologías pélvicas identificables) o secundaria (cuando se relaciona con endometriosis, adenomiosis, enfermedad inflamatoria pélvica, alteraciones anatómicas u otras enfermedades ginecológicas)1,2.

La dismenorrea primaria suele comenzar en la adolescencia, una vez establecidos los ciclos ovulatorios. Se manifiesta mediante dolor cólico en el hipogastrio que puede irradiarse hacia la región lumbar o los muslos. Además, se puede acompañar de náuseas, diarrea, cefalea, cansancio, mareo y alteraciones emocionales.

Su prevalencia es elevada, aunque las cifras varían por las diferencias entre poblaciones y métodos de medición. Se ha observado que una proporción mayoritaria de mujeres jóvenes padecen dolor moderado o intenso y se asocia con absentismo y disminución del rendimiento académico3. Asimismo, las adolescentes y adultas jóvenes recurren al autocuidado, a recomendaciones familiares o a analgésicos de venta libre, mientras que una gran parte no solicita valoración profesional a pesar de que el dolor les afecta en su vida cotidiana4,5.

El mecanismo fisiopatológico se relaciona con una producción elevada de prostaglandinas durante la menstruación, favoreciendo las contracciones uterinas intensas, la vasoconstricción e isquemia transitoria, causando dolor y síntomas sistémicos1,2. Así pues, los antiinflamatorios no esteroideos y los anticonceptivos hormonales son los tratamientos principales, pero ciertas mujeres presentan contraindicaciones, efectos adversos, respuesta insuficiente o preferencias individuales por estrategias complementarias. Algunas de las intervenciones no farmacológicas pueden ayudar a controlar el dolor, favorecer la sensación de autonomía y reducir el impacto funcional, siempre que se utilicen de forma segura y no sustituyan una valoración clínica cuando existan signos de alarma6.

OBJETIVOS

El objetivo general de este trabajo es analizar las principales intervenciones no farmacológicas utilizadas en la dismenorrea primaria y su aplicación desde los cuidados de enfermería.

Además, como objetivos específicos se plantean los siguientes:

  • Describir la literatura revisada sobre ejercicio físico, termoterapia y alimentación
  • Identificar las limitaciones relacionadas con la suplementación nutricional
  • Establecer las actuaciones enfermeras dirigidas a la valoración, educación sanitaria, seguimiento y detección de posibles causas secundarias.

METODOLOGÍA

Para la elaboración de este trabajo se realizó una revisión bibliográfica narrativa mediante una búsqueda en PubMed. Se combinaron los términos MeSH y palabras libres “Dysmenorrhea”, “Primary Dysmenorrhea”, “Exercise”, “Physical Activity”, “Heat Therapy”, “Diet”, “Nutrition”, “Self Care”, “Health Education” y “Nursing”. Por otra parte, se priorizaron revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos y estudios observacionales publicados en inglés o español durante los últimos diez años. También se incorporaron revisiones clínicas relevantes para la definición, fisiopatología y valoración diagnóstica. Por último, la información se organizó en cinco áreas: valoración inicial, ejercicio físico, aplicación de calor, alimentación y suplementación, y educación enfermera.

DESARROLLO

Valoración inicial y diferenciación de la dismenorrea secundaria:

En primer lugar, se debe descartar que el cuadro de dolor sea debido a una dismenorrea secundaria. Por ello, es importante realizar una entrevista que recoja la edad de la menarquia, regularidad y duración del ciclo, momento de aparición de dolor, intensidad, localización, irradiación, síntomas asociados, sangrado, actividad sexual, antecedentes ginecológicos, medicación utilizada y su respuesta.

El dolor es una característica fundamental para la diferenciación de la dismenorrea primaria y secundaria, considerándose de causa secundaria el dolor que aparece varios años después de la menarquia, empeora progresivamente, aparece fuera de la menstruación o se acompaña de sangrados anormales, dispareunia, fiebre, flujo patológico, infertilidad o falta de respuesta a medidas habituales. Además, se recomiendan las escalas numéricas o visuales para cuantificar el dolor y comprobar su evolución1,2.

El papel de enfermería es clave a la hora de detectar estas características y poder derivar a un especialista. No se debe normalizar un dolor incapacitante ya que puede retrasar el diagnóstico de una enfermedad orgánica.

Ejercicio físico:

El ejercicio regular es una de las intervenciones no farmacológicas más estudiadas. Sus posibles mecanismos incluyen la liberación de endorfinas, la modulación de la percepción dolorosa, la disminución del estrés, la mejora de la circulación pélvica y la reducción de la tensión muscular. Una revisión sobre autocuidado encontró efectos favorables del ejercicio, aunque señaló heterogeneidad y riesgo de sesgo en parte de los estudios6.

Por otra parte, las revisiones más recientes indican que los programas aeróbicos pueden reducir la intensidad y la duración del dolor menstrual. En un metaanálisis de ensayos aleatorizados publicado en 2025 se observaron resultados beneficiosos en adolescentes y mujeres jóvenes, aunque la respuesta dependía del tipo, frecuencia y duración del programa7. Otra revisión en red que incluyó diferentes modalidades mostró mejoría con ejercicios de relajación, fuerza, actividad aeróbica, yoga, ejercicios combinados y maniobras de suelo pélvico, con resultados más consistentes después de varias semanas de práctica8.

En este sentido, desde una perspectiva enfermera, la recomendación debe ser progresiva e individualizada. Puede proponerse actividad aeróbica moderada, como caminar a paso ligero, bicicleta estática o natación, junto con estiramientos, movilidad, respiración diafragmática y relajación muscular. Se debe tener en cuenta que no existe un único programa válido y que el objetivo principal es la práctica regular de ejercicio. Además, durante los días de mayor dolor puede reducirse la intensidad y priorizar el movimiento suave o suspender la actividad si aparece aumento importante de los síntomas.

Termoterapia:

La aplicación de calor en el abdomen inferior o la región lumbar es una estrategia de bajo coste y fácil acceso. El aumento local de temperatura produce vasodilatación, relajación muscular y disminución de la percepción dolorosa.

Una revisión sistemática encontró una reducción del dolor frente a placebo o ausencia de tratamiento y resultados favorables frente a algunos analgésicos, aunque el número de estudios era reducido9. Otra revisión sobre estimulación nerviosa eléctrica transcutánea y calor también identificó beneficios potenciales, pero destacó la heterogeneidad metodológica10.

Por otra parte, la educación enfermera debe contar con medidas de seguridad: usar bolsas o dispositivos diseñados para termoterapia, comprobar la temperatura antes de aplicarlos, interponer una tela cuando sea necesario, evitar el contacto prolongado sobre la misma zona y revisar el estado de la piel. Además, debe extremarse la precaución en personas con alteraciones de sensibilidad, problemas circulatorios o lesiones cutáneas.

Alimentación y hábitos dietéticos:

La relación entre dieta y dismenorrea es compleja. Los estudios observacionales sugieren que una alimentación con suficiente presencia de frutas, verduras, pescado y productos lácteos se asocia en algunas poblaciones con menor intensidad del dolor, mientras que omitir comidas, seguir dietas restrictivas para perder peso o mantener patrones nutricionales de baja calidad puede relacionarse con síntomas más intensos11. Sin embargo, estas asociaciones no demuestran causalidad y existen diferencias importantes entre los métodos utilizados.

Por otra parte, una revisión sobre prácticas nutricionales para síntomas relacionados con el ciclo menstrual encontró resultados prometedores para determinados nutrientes y compuestos, pero concluyó que la diversidad de dosis, duración, población y medición de resultados impide establecer pautas universales12. Por ello, la recomendación enfermera debe centrarse en hábitos generales: asegurar una ingesta energética suficiente, mantener horarios regulares, priorizar alimentos frescos, consumir proteínas de calidad, hidratos de carbono complejos y grasas saludables, y mantener una hidratación adecuada.

En este sentido, algunas revisiones han descrito posibles beneficios de la vitamina D y del zinc sobre la intensidad del dolor13,14. Sin embargo, los resultados deben interpretarse con prudencia por la heterogeneidad, el reducido número de ensayos y las diferencias en el estado nutricional previo. La suplementación no debe recomendarse automáticamente. Antes de utilizar dosis elevadas o tratamientos prolongados se deben valorar la dieta, los antecedentes, la posibilidad de déficit, las interacciones y los límites seguros de ingesta. Cuando exista sospecha de carencia nutricional o sangrado menstrual abundante, es adecuado derivar para evaluación clínica y analítica.

Educación sanitaria y autocuidado desde enfermería:

Por una parte, enfermería ocupa una posición cercana para proporcionar información basada en evidencia y corregir creencias erróneas sobre el dolor menstrual. Un programa educativo puede mejorar el conocimiento, aumentar el uso de medidas no farmacológicas y disminuir la intensidad de los síntomas y el consumo de analgésicos15. En estudiantes universitarias españolas se ha observado una elevada utilización de estrategias aprendidas en el ámbito familiar, lo que evidencia la necesidad de reforzar fuentes profesionales fiables4.

Por otra parte, el plan educativo puede incluir un registro menstrual durante varios ciclos con fechas, intensidad del dolor, cantidad de sangrado, síntomas asociados, impacto sobre las actividades y medidas utilizadas. Este diario ayuda a identificar patrones y facilita la consulta. También debe explicarse que el autocuidado no excluye el tratamiento farmacológico indicado y que la combinación de estrategias puede ser necesaria.

En este sentido, entre las intervenciones enfermeras se encuentran la valoración sistemática del dolor, la enseñanza del uso seguro del calor, la planificación de ejercicio tolerable, la promoción de una alimentación equilibrada, la prevención de la automedicación inadecuada y la evaluación periódica de resultados. Deben establecerse indicadores concretos, como disminución del dolor, menor interferencia en las actividades, reducción del absentismo, mejor descanso y mayor capacidad para reconocer signos de alarma. Las revisiones sobre adolescentes muestran que persisten necesidades informativas y un impacto considerable sobre la calidad de vida5.

DISCUSIÓN

Tras revisar la literatura, las intervenciones no farmacológicas ofrecen ventajas relevantes: son accesibles, favorecen la participación y pueden integrarse con el tratamiento convencional. La evidencia es más consistente para el ejercicio regular y la aplicación local de calor, aunque los estudios presentan variaciones en la selección de participantes, tipos de intervención, escalas de dolor y duración del seguimiento6-10. Por tanto, no es adecuado prometer una desaparición completa del dolor ni recomendar el mismo protocolo a todas las mujeres.

En cuanto a la alimentación, se debe promover un patrón dietético saludable, pero hay que ser cautelosos con las prescripciones de suplementos11-14. Además, el papel enfermero incluye identificar prácticas restrictivas y valorar el riesgo de ingestas insuficientes.

En cuanto a las limitaciones, una limitación de esta revisión es su carácter narrativo, que no permite realizar una estimación cuantitativa propia del efecto de cada intervención. Además, la mayoría de las investigaciones se concentra en adolescentes y adultas jóvenes, por lo que la generalización a otros grupos se debe realizar con prudencia. Sin embargo, la combinación de valoración clínica, educación y seguimiento permite trasladar la evidencia a recomendaciones seguras y comprensibles.

CONCLUSIONES

Según lo expuesto, la dismenorrea primaria puede afectar de forma importante a la calidad de vida, al estudio, al trabajo y a la participación social. El ejercicio físico regular y la termoterapia son medidas complementarias con evidencia favorable para reducir el dolor. Una alimentación equilibrada, suficiente y sin restricciones innecesarias debe formar parte de la educación sanitaria, mientras que la suplementación requiere valoración individual y no puede recomendarse de manera general.

Por todo ello, enfermería debe evaluar el dolor y su impacto, enseñar estrategias seguras de autocuidado, comprobar la respuesta y detectar signos que sugieran una causa secundaria. El objetivo no es normalizar el sufrimiento menstrual ni sustituir la valoración médica, sino aumentar la autonomía de la paciente y facilitar una atención temprana, individualizada y basada en la mejor evidencia disponible.

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