AUTORES
- Carlos Ignacio Díaz-Calderón Horcada. Farmacia Hospitalaria. Hospital Ernest Lluch, Calatayud. Zaragoza, España.
- Pilar Rivero Sobreviela. Oncología médica. Hospital Ernest Lluch, Calatayud. Zaragoza, España.
- Giuliano Boselli Oporto. Reumatología. Hospital Comarcal de Alcañiz. Teruel, España.
- Amaya Medrano Pardo. Bioquímica Clínica. Hospital Ernest Lluch, Calatayud. Zaragoza, España.
- Alberto Gallardo García. Inmunología. Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa, Zaragoza. España.
RESUMEN
La hipertensión arterial pulmonar (HAP) es una enfermedad rara, progresiva y potencialmente letal, cuyo diagnóstico se establece mediante cateterismo cardiaco derecho cuando la presión arterial pulmonar media es >20 mmHg, la presión capilar pulmonar ≤15 mmHg y la resistencia vascular pulmonar ≥3 unidades Wood1–3. Su prevalencia se estima en 15–25 casos por millón de habitantes en Europa, con predominio en mujeres y una edad media de diagnóstico cercana a los 50 años2,4. La fisiopatología de la HAP implica una compleja interacción de vasoconstricción, inflamación, trombosis y remodelado vascular, que conduce a la sobrecarga y al fallo ventricular derecho1,2,5.
El abordaje terapéutico actual combina medidas generales, tratamiento de soporte y fármacos específicos dirigidos a tres vías fundamentales: antagonistas de los receptores de endotelina, inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 o estimuladores de la guanilato ciclasa soluble, y análogos o agonistas de la prostaciclina. El uso de terapias combinadas, inicialmente orales y con progresión a esquemas que incluyan prostaciclinas o selexipag, ha demostrado mejorar la capacidad funcional y retrasar la progresión clínica3,4,6.
En los últimos años, macitentán y selexipag han consolidado su papel como opciones de primera línea dentro de las estrategias combinadas4, mientras que sotatercept ha surgido como un agente innovador capaz de modular la señalización de la familia TGF-β y revertir parcialmente el remodelado vascular5,6. A pesar de estos avances, la supervivencia mediana sigue siendo limitada, lo que resalta la importancia del diagnóstico precoz, la estratificación pronóstica y el manejo en centros especializados1,3.
PALABRAS CLAVE
Hipertensión arterial pulmonar, antagonistas de los receptores de endotelina, iloprost, citrato de sildenafilo.
ABSTRACT
Pulmonary arterial hypertension (PAH) is a rare, progressive, and potentially fatal disease, diagnosed by right heart catheterization when mean pulmonary arterial pressure is >20 mmHg, pulmonary capillary wedge pressure is ≤15 mmHg, and pulmonary vascular resistance is ≥3 Wood units1–3. Its prevalence in Europe is estimated at 15–25 cases per million inhabitants, with a predominance in women and a mean age at diagnosis of around 50 years2,4. The pathophysiology of PAH involves a complex interplay of vasoconstriction, inflammation, thrombosis, and vascular remodeling, ultimately leading to right ventricular overload and failure1,2.
Current therapeutic strategies combine general measures, supportive treatment, and specific drugs targeting three key pathways: endothelin receptor antagonists, phosphodiesterase type 5 inhibitors or soluble guanylate cyclase stimulators, and prostacyclin analogues or receptor agonists. Combination therapy, initially with oral agents and later escalating to regimens including prostacyclins or selexipag, has been shown to improve functional capacity and delay clinical worsening3,4,6.
In recent years, macitentan and selexipag have consolidated their role as first-line options within combination strategies4, while sotatercept has emerged as an innovative agent capable of modulating TGF-β family signaling and partially reversing vascular remodeling5,6. Despite these advances, median survival remains limited, underscoring the importance of early diagnosis, risk stratification, and management in specialized centers1,3.
KEY WORDS
Pulmonary arterial hypertension, endothelin receptor antagonists, iloprost, sildenafil citrate.
DESARROLLO DEL TEMA
La hipertensión arterial pulmonar (HAP) es un trastorno poco frecuente, pero de gran relevancia clínica debido a su carácter progresivo y su elevada morbimortalidad. Se define hemodinámicamente por la presencia de una presión arterial pulmonar media (PAPm) superior a 20 mmHg, medida mediante cateterismo cardiaco derecho, acompañada de una presión capilar pulmonar ≤15 mmHg y una resistencia vascular pulmonar (RVP) ≥3 unidades Wood1–3. Este conjunto de parámetros permite diferenciar la HAP de otras formas de hipertensión pulmonar, en las que el aumento de la presión se debe a cardiopatías izquierdas, enfermedades pulmonares, tromboembolismo crónico u otros mecanismos multifactoriales3.
Desde el punto de vista fisiopatológico, la HAP se caracteriza por un proceso complejo de remodelado vascular que incluye proliferación y disfunción de las células endoteliales, hipertrofia del músculo liso vascular, inflamación, fibrosis perivascular y fenómenos trombóticos in situ1,2,5. Estos mecanismos contribuyen al incremento progresivo de la RVP, lo que conlleva sobrecarga del ventrículo derecho y, en fases avanzadas, insuficiencia cardiaca derecha y muerte prematura. A diferencia de otras formas de hipertensión pulmonar, la HAP afecta de forma exclusiva al lecho arterial pulmonar, lo que justifica su clasificación como un subtipo diferenciado con abordaje terapéutico específico1,3.
En cuanto a su epidemiología, la HAP es considerada una enfermedad rara. En Europa, la prevalencia estimada oscila entre 15 y 25 casos por millón de habitantes, con una incidencia anual aproximada de 5–10 casos por millón2,4. Se observa un claro predominio en mujeres, que representan hasta dos tercios de los diagnósticos, y la edad media de aparición se sitúa en torno a los 50 años, aunque la enfermedad puede presentarse tanto en población pediátrica como en adultos jóvenes1,2,4. La carga clínica es considerable, ya que los síntomas iniciales (disnea de esfuerzo, fatiga, mareos o síncope) suelen ser inespecíficos, lo que retrasa el diagnóstico en fases tempranas y condiciona el pronóstico3.
Durante las dos últimas décadas se han producido avances significativos en el tratamiento de la HAP. La introducción de fármacos dirigidos a las tres vías fisiopatológicas fundamentales (la vía de la endotelina, la del óxido nítrico y la de la prostaciclina) ha permitido mejorar la capacidad funcional, la hemodinámica y la calidad de vida de los pacientes3,4,6. Entre estos agentes destacan los antagonistas de los receptores de endotelina (ARE) como bosentán, ambrisentán y macitentán; los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 (PDE-5) como sildenafilo y tadalafilo; el estimulador de la guanilato ciclasa soluble riociguat; y los análogos y agonistas de la prostaciclina como epoprostenol, iloprost, treprostinil y selexipag3,4. El uso de combinaciones terapéuticas ha demostrado ser más eficaz que la monoterapia en la mayoría de los pacientes, especialmente en aquellos con enfermedad avanzada o factores de riesgo de progresión rápida3,4,6.
Pese a estos progresos, la supervivencia de los pacientes con HAP sigue siendo limitada, con una mediana de 5 a 7 años tras el diagnóstico, lo que pone de manifiesto la necesidad de continuar desarrollando terapias innovadoras5. En este sentido, sotatercept ha surgido recientemente como un fármaco prometedor. Este agente, primer inhibidor de la señalización de activinas y factor de diferenciación de crecimiento de su clase, actúa modulando la vía del TGF-β y ha demostrado, en ensayos clínicos de fase 3, mejorar la capacidad funcional, reducir la RVP y revertir parcialmente el remodelado vascular5,6.
En este escenario, la HAP representa un modelo paradigmático de enfermedad rara en la que los avances en el conocimiento fisiopatológico han impulsado el desarrollo de terapias específicas. No obstante, la alta morbimortalidad asociada continúa planteando importantes retos clínicos, que hacen imprescindible el diagnóstico precoz, la estratificación pronóstica rigurosa y el tratamiento en centros especializados con experiencia en el manejo integral de esta patología1,3,5.
FISIOPATOLOGIA Y MANIFESTACIONES CLINICAS:
La hipertensión arterial pulmonar (HAP) es consecuencia de un proceso fisiopatológico complejo y multifactorial en el que confluyen vasoconstricción, proliferación celular, inflamación, fibrosis y trombosis in situ, dando lugar a un remodelado progresivo de las arteriolas pulmonares que conduce al aumento sostenido de la resistencia vascular pulmonar (RVP) y a la sobrecarga crónica del ventrículo derecho (VD)1,2,5. Este remodelado afecta a todas las capas de la pared vascular y se manifiesta por engrosamiento de la íntima, hipertrofia del músculo liso en la media, fibrosis en la adventicia y la formación de lesiones plexiformes, consideradas patognomónicas de la enfermedad1,6. La disfunción endotelial desempeña un papel central, caracterizada por un desequilibrio entre mediadores vasodilatadores y vasoconstrictores. Existe una reducción en la producción de óxido nítrico y prostaciclina, acompañada de un incremento en la expresión de endotelina-1, tromboxano A2 y serotonina, lo que favorece un estado de vasoconstricción persistente y proliferación anómala de células endoteliales y del músculo liso vascular1,3,6. Asimismo, se observa una resistencia a la apoptosis y un incremento en la producción de factores proinflamatorios que potencian la progresión de la enfermedad5,6.
En el ámbito molecular, se ha descrito la implicación de la vía del factor de crecimiento transformante beta (TGF-β), en especial mutaciones en el gen BMPR2, presentes en una proporción significativa de los casos de HAP hereditaria, que alteran la señalización antiproliferativa y facilitan la expansión celular patológica5,6. Otros genes como ALK-1, endoglina, SMAD9, CAV1 y KCNK3 también se han relacionado con esta disfunción, reforzando la importancia de la señalización aberrante en el remodelado vascular2,5. De manera adicional, ligandos como activina A, activina B y los factores de diferenciación del crecimiento 8 y 11 (GDF8 y GDF11) contribuyen a la proliferación vascular y a la pérdida de homeostasis; su inhibición mediante sotatercept ha demostrado revertir parcialmente estos procesos, consolidándose como una prometedora alternativa terapéutica5,6. A estos fenómenos se suma la inflamación crónica, caracterizada por infiltrados de células inmunes en la pared vascular y la producción de citocinas, así como un estado protrombótico que favorece la formación de trombos locales, agravando la obstrucción arterial1,2,5.
Las consecuencias hemodinámicas de estos procesos se traducen en un incremento progresivo de la poscarga del VD, que inicialmente responde con hipertrofia adaptativa, pero que con el tiempo evoluciona hacia dilatación, disfunción contráctil y fracaso ventricular derecho, principal causa de mortalidad en la HAP1,3,5. En cuanto a la expresión clínica, los síntomas son generalmente inespecíficos y de inicio insidioso, lo que explica el retraso diagnóstico. La disnea de esfuerzo progresiva es el signo cardinal y suele acompañarse de fatiga, debilidad, intolerancia al ejercicio, mareos y síncope, reflejo de la incapacidad del corazón derecho para aumentar el gasto cardiaco durante la actividad física1-3. El dolor torácico, habitualmente de tipo anginoso, puede estar relacionado con la isquemia del VD o con la dilatación de la arteria pulmonar. En fases avanzadas aparecen signos de insuficiencia cardiaca derecha como edemas periféricos, ascitis, hepatomegalia congestiva y distensión yugular, que marcan un estadio de enfermedad avanzada y peor pronóstico3,4.
La clasificación funcional de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se emplea para estratificar la gravedad clínica, abarcando desde la clase I (sin limitación de la actividad física) hasta la clase IV (síntomas en reposo e incapacidad para realizar cualquier actividad sin malestar), y constituye un marcador pronóstico robusto que orienta las decisiones terapéuticas. En ausencia de tratamiento, la historia natural de la HAP es desfavorable, con una supervivencia media de apenas 2,8 años tras el diagnóstico2,4. Si bien las terapias actuales han mejorado la calidad de vida y los parámetros funcionales y hemodinámicos, la supervivencia mediana permanece limitada, de 5 a 7 años, lo que subraya la necesidad de un diagnóstico precoz, una monitorización estrecha y un abordaje multidisciplinar en centros especializados3,5,6.
DIAGNÓSTICO:
El diagnóstico de la hipertensión arterial pulmonar (HAP) representa un reto clínico importante, ya que los síntomas iniciales son inespecíficos y comunes a enfermedades mucho más prevalentes, como la insuficiencia cardiaca izquierda o las enfermedades pulmonares crónicas. Esto condiciona un retraso diagnóstico que en muchas ocasiones supera los dos años desde el inicio de los síntomas, lo que repercute negativamente en el pronóstico1–3. La disnea progresiva de esfuerzo es la manifestación clínica más habitual y suele acompañarse de fatiga, intolerancia al ejercicio, mareos, síncopes o dolor torácico. Sin embargo, estas características clínicas no son suficientes para establecer un diagnóstico, por lo que se requiere un abordaje sistemático que combine pruebas de cribado no invasivas con confirmación hemodinámica invasiva.
La ecocardiografía transtorácica constituye la principal herramienta de cribado y permite estimar de forma indirecta la presión sistólica en la arteria pulmonar, valorar la morfología y función del ventrículo derecho, identificar signos de sobrecarga de presión y descartar la presencia de cardiopatías izquierdas. Aunque no tiene valor confirmatorio, su utilidad radica en seleccionar a los pacientes que requieren una evaluación más profunda2,3. En paralelo, los biomarcadores séricos como el péptido natriurético tipo B (BNP) y su fracción aminoterminal (NT-proBNP) reflejan la sobrecarga del ventrículo derecho y se correlacionan con la gravedad y el pronóstico, por lo que forman parte de la evaluación inicial y del seguimiento1,6. Asimismo, se recomienda la realización de pruebas de función pulmonar, que en la HAP idiopática suelen mostrar un patrón normal o mínimamente alterado, salvo por una reducción desproporcionada de la capacidad de difusión de monóxido de carbono (DLCO), hallazgo que ayuda a diferenciarla de la hipertensión pulmonar asociada a enfermedad pulmonar obstructiva o intersticial3.
Las pruebas de imagen también desempeñan un papel fundamental. La tomografía computarizada de alta resolución es útil para identificar enfermedades pulmonares parenquimatosas, mientras que la angiografía pulmonar por tomografía computarizada permite descartar la hipertensión pulmonar tromboembólica crónica. A pesar de ello, la gammagrafía de ventilación/perfusión sigue siendo la técnica más sensible para esta entidad y se considera obligatoria en todo paciente con sospecha de hipertensión pulmonar, ya que la detección de defectos segmentarios de perfusión con ventilación conservada es altamente sugestiva de tromboembolismo crónico2,3.
En la evaluación funcional destacan la prueba de marcha de seis minutos, que aporta información pronóstica y permite monitorizar la respuesta al tratamiento, y la ergometría cardiopulmonar, que mide de forma más precisa la limitación al ejercicio y ayuda a diferenciar entre causas cardiacas y respiratorias de disnea. Aunque esta última no es de uso rutinario, está disponible en centros especializados y aporta datos complementarios de gran valor1,3,6.
El diagnóstico definitivo de la HAP requiere la realización de un cateterismo cardiaco derecho, considerado el estándar de oro. Este procedimiento permite medir de manera directa la presión arterial pulmonar media (PAPm), la presión capilar pulmonar (PCP) y la resistencia vascular pulmonar (RVP). De acuerdo con la definición hemodinámica actual, se establece el diagnóstico de HAP cuando la PAPm es superior a 20 mmHg en reposo, la PCP es igual o inferior a 15 mmHg y la RVP es igual o superior a 3 unidades Wood2,3. En pacientes seleccionados se recomienda además la realización de una prueba de vasorreactividad aguda con óxido nítrico inhalado, adenosina intravenosa o epoprostenol. La respuesta positiva, definida como una reducción de al menos 10 mmHg en la PAPm hasta alcanzar un valor final inferior a 40 mmHg sin disminución del gasto cardiaco, identifica a un grupo reducido de pacientes que pueden beneficiarse del tratamiento con bloqueadores de los canales de calcio a dosis altas2,4.
Tras la confirmación diagnóstica, la estratificación inicial del riesgo adquiere una importancia capital, ya que integra parámetros clínicos, funcionales, ecocardiográficos, hemodinámicos y de biomarcadores, y permite clasificar a los pacientes en categorías de bajo, intermedio o alto riesgo de mortalidad a corto plazo. Esta información es determinante para guiar la estrategia terapéutica y planificar la monitorización del paciente. Entre los parámetros más relevantes se incluyen la clase funcional de la Organización Mundial de la Salud, la distancia recorrida en la prueba de marcha de seis minutos, los niveles de BNP o NT-proBNP, la función del ventrículo derecho evaluada por ecocardiografía o resonancia magnética cardiaca y los valores de presión auricular derecha, índice cardiaco y RVP medidos en el cateterismo2,3,6.
En definitiva, el diagnóstico de la HAP exige un alto grado de sospecha clínica, la aplicación de pruebas no invasivas de cribado, la confirmación mediante cateterismo cardiaco derecho y una posterior estratificación pronóstica. El retraso diagnóstico continúa siendo un obstáculo relevante y se asocia a peor supervivencia, por lo que la detección precoz y la derivación temprana a centros especializados constituyen elementos fundamentales para mejorar los resultados clínicos1–3,6.
TRATAMIENTO:
El tratamiento de la hipertensión arterial pulmonar (HAP) ha experimentado un notable progreso en las últimas dos décadas, pasando de un manejo exclusivamente sintomático a la disponibilidad de múltiples fármacos específicos dirigidos a dianas moleculares concretas. El objetivo terapéutico actual es mejorar la capacidad funcional, la calidad de vida y la supervivencia, a través de la reducción de la resistencia vascular pulmonar, la preservación de la función del ventrículo derecho y la prevención de la progresión clínica1–3.
El abordaje terapéutico se inicia con medidas generales como la vacunación frente a la gripe y el neumococo, la recomendación de evitar esfuerzos extremos, la oxigenoterapia en caso de hipoxemia, la anticoagulación en pacientes seleccionados y el consejo de evitar el embarazo, dado el elevado riesgo materno-fetal2,3. A ello se suma el tratamiento de soporte con diuréticos para el control de la congestión, digoxina en casos de fibrilación auricular o disfunción ventricular derecha significativa, y oxígeno suplementario en presencia de hipoxemia persistente2.
El eje del tratamiento lo constituyen los fármacos específicos que actúan sobre tres vías fisiopatológicas clave: la vía de la endotelina, la vía del óxido nítrico y la vía de la prostaciclina. Los antagonistas de los receptores de endotelina (ARE), como bosentán, ambrisentán y macitentán, han demostrado mejorar la capacidad funcional, retrasar la progresión de la enfermedad y reducir las hospitalizaciones, constituyendo opciones de primera línea en la mayoría de los pacientes2,4. Los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 (PDE-5), como sildenafilo y tadalafilo, potencian la vía del óxido nítrico incrementando los niveles de GMPc y favoreciendo la vasodilatación; junto con el estimulador de la guanilato ciclasa soluble riociguat, conforman alternativas ampliamente utilizadas, especialmente en pacientes con HAP idiopática o asociada a enfermedades del tejido conectivo2,3. Por otra parte, los análogos de la prostaciclina, como epoprostenol, iloprost y treprostinil, junto con el agonista selectivo del receptor IP selexipag, actúan restaurando la señalización prostaciclínica, reduciendo la proliferación celular y la vasoconstricción. Estos agentes se emplean habitualmente en fases más avanzadas de la enfermedad o en estrategias de combinación para pacientes con riesgo intermedio o alto3,4.
La estrategia terapéutica recomendada actualmente se basa en la estratificación del riesgo. Los pacientes de bajo riesgo suelen iniciar tratamiento con terapia combinada oral, habitualmente un ARE asociado a un inhibidor de PDE-5, dado que esta aproximación ha demostrado superioridad frente a la monoterapia en la reducción de eventos clínicos y en la mejoría de la capacidad funcional2,3. En pacientes con riesgo intermedio-alto o con progresión clínica, se recomienda intensificar el tratamiento con la adición de prostaciclinas por vía parenteral o inhalada, o bien con el agonista oral selexipag, lo que ha demostrado retrasar la progresión de la enfermedad y mejorar el pronóstico3,4. La combinación secuencial o inicial de múltiples fármacos se ha consolidado como el estándar de tratamiento, sustituyendo progresivamente el uso de monoterapia aislada2,3.
A pesar de estos avances, la supervivencia de los pacientes con HAP sigue siendo limitada, lo que ha impulsado el desarrollo de nuevas terapias dirigidas a vías fisiopatológicas distintas de las clásicas. Entre ellas, sotatercept, un agente biológico que actúa como inhibidor selectivo de la señalización de activinas y factores de diferenciación del crecimiento de la familia TGF-β, ha demostrado en ensayos clínicos de fase 3 mejorar la capacidad de ejercicio, reducir la resistencia vascular pulmonar y disminuir el riesgo de eventos adversos clínicos mayores, abriendo una nueva era en el tratamiento de la enfermedad5,6.
En conjunto, el manejo de la HAP debe ser individualizado y dinámico, basado en la evaluación continua del riesgo y la respuesta al tratamiento, y llevado a cabo en centros especializados con experiencia multidisciplinaria. La optimización terapéutica, el inicio precoz de terapia combinada y la incorporación de nuevas estrategias farmacológicas emergentes son los pilares fundamentales para mejorar la supervivencia y la calidad de vida de los pacientes1–3,5,6.
PRONÓSTICO Y PERSPECTIVAS FUTURAS:
El pronóstico de la hipertensión arterial pulmonar (HAP) ha mejorado de manera significativa en las últimas décadas gracias a la comprensión de los mecanismos fisiopatológicos de la enfermedad, el desarrollo de múltiples terapias específicas y la implementación de estrategias de tratamiento combinadas. Antes de la introducción de los fármacos dirigidos a la vía de la endotelina, el óxido nítrico y la prostaciclina, la supervivencia mediana tras el diagnóstico era de apenas 2,8 años. Actualmente, con los tratamientos modernos, esta se ha ampliado a una media de entre 5 y 7 años, aunque persiste una elevada mortalidad, con una tasa anual estimada de 5 a 10% según la etiología, la clase funcional de la OMS y la respuesta al tratamiento1–3,7. La función del ventrículo derecho sigue siendo el principal determinante pronóstico, y la presencia de insuficiencia ventricular derecha manifiesta constituye el evento de peor desenlace2,7.
La estratificación del riesgo basada en múltiples parámetros clínicos, funcionales, hemodinámicos y de imagen permite categorizar a los pacientes en grupos de bajo, intermedio o alto riesgo de mortalidad, con un impacto directo en la elección de la estrategia terapéutica. El logro y mantenimiento del estatus de bajo riesgo se asocia con mayor supervivencia, lo que subraya la importancia de una evaluación periódica y dinámica en centros especializados2,3,7. Sin embargo, un número considerable de pacientes permanece en categorías de riesgo intermedio o alto pese al tratamiento óptimo, lo que refleja la necesidad de terapias más efectivas y de abordajes innovadores.
En cuanto a las perspectivas futuras, se están explorando múltiples vías terapéuticas más allá de las clásicas. Entre ellas destaca el desarrollo de fármacos que modulan la señalización de la familia del factor de crecimiento transformante β (TGF-β), como sotatercept, que ha demostrado beneficios clínicos y hemodinámicos en el ensayo de fase 3 STELLAR, con reducción significativa del riesgo de empeoramiento clínico y mejoras en capacidad funcional y parámetros de remodelado vascular, sugiriendo un efecto de remodelado inverso no alcanzado con las terapias convencionales5,7. Otras estrategias emergentes incluyen inhibidores de tirosina quinasas como imatinib inhalado o seralutinib, agentes antiinflamatorios e inmunomoduladores como rituximab, tocilizumab o el antagonista de IL-6 satralizumab, terapias basadas en células progenitoras endoteliales y moduladores metabólicos como metformina o análogos de estrógenos7.
Además, la innovación en los ensayos clínicos constituye una perspectiva esencial. La complejidad de la enfermedad, la heterogeneidad de los pacientes y la reducción de la tasa de eventos debido a las terapias combinadas de base plantean la necesidad de endpoints alternativos que vayan más allá de la distancia en la prueba de marcha de seis minutos, incluyendo medidas compuestas de empeoramiento clínico, biomarcadores, parámetros de imagen, dispositivos de monitorización implantables y resultados reportados por los pacientes. Asimismo, los diseños adaptativos y las plataformas multicéntricas podrían acelerar la identificación de terapias eficaces y facilitar el acceso a ensayos en poblaciones subrepresentadas, como niños, ancianos y pacientes de regiones de bajos recursos7.
CONCLUSIÓN
En conclusión, aunque la HAP sigue siendo una enfermedad grave y limitante, los avances recientes en la comprensión de su fisiopatología y la aparición de terapias dirigidas a nuevas dianas biológicas ofrecen perspectivas prometedoras. La integración de estos tratamientos emergentes, junto con estrategias más precisas de estratificación de riesgo, medicina personalizada y ensayos clínicos innovadores, permitirá en el futuro no solo mejorar la supervivencia, sino también aspirar a modificar el curso natural de la enfermedad y acercarse al objetivo de lograr una verdadera reversión del remodelado vascular pulmonar1–3,5,7.
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