- Ana García Rodrigo. Enfermera en Hospital Clínico Lozano Blesa. Zaragoza, España.
- Laura Rodríguez Pedraz. Enfermera en Centro de Salud Actur Sur. Zaragoza, España.
- Carmen Marchand Romeu. Enfermera en Hospital Nuestra Señora de Gracia. Zaragoza, España.
- Gonzalo Enrique Arbués Redondo. Enfermero en Hospital Miguel Servet. Zaragoza, España.
- María Faure Germán. Enfermera en Hospital Clínico Lozano Blesa. Zaragoza, España.
RESUMEN
La adolescencia comprende una etapa del ciclo vital caracterizada por múltiples cambios a nivel social, familiar, afectivo, psicológico, biológico y relacional. Este periodo de transformación, unido al proceso de construcción de la identidad, la búsqueda de autonomía, la necesidad de aceptación y el esfuerzo continuo de adaptación al entorno, puede generar elevados niveles de estrés emocional. Cuando el adolescente no dispone de herramientas personales ni redes de apoyo para afrontar esta situación, el malestar puede cronificarse y dar paso a sentimientos de desesperanza, vacío, incomprensión o incapacidad para gestionar lo que siente.
Si la carga emocional supera su capacidad de regulación, pueden aparecer pensamientos intrusivos relacionados con la muerte o el suicidio, ideación autolítica e, incluso, tentativa o conducta autolesiva. En los casos más graves, estos pensamientos pueden evolucionar hasta la planificación o consumación del acto suicida.
Existen además factores que aumentan la vulnerabilidad, denominados factores de riesgo, entre los que destacan los problemas de dinámicas familiares, la ausencia de comunicación afectiva, el abuso o negligencia, los trastornos emocionales como ansiedad o depresión, el aislamiento o retraimiento social, el acoso escolar, el ciberbullying, la baja autoestima, los estilos de afrontamiento ineficaces, el consumo de sustancias o la falta de acceso a recursos sociosanitarios. También es relevante analizar los métodos empleados en los intentos suicidas, ya que su elección se ve influida por la disponibilidad existente, la impulsividad del acto, el entorno sociocultural y el nivel de letalidad que el adolescente percibe.
Finalmente, es esencial comprender las fases del proceso suicida, desde la ideación hasta la ejecución, atendiendo a las señales de alerta, cambios conductuales o verbales y signos emocionales que permitan detectarlo de forma precoz. Del mismo modo, resulta imprescindible conocer los recursos, estrategias de ayuda e intervenciones disponibles, subrayando que la prevención debe ser multidisciplinar, centrada en la intervención temprana, la escucha activa, el acompañamiento emocional, la psicoeducación, el fortalecimiento familiar y comunitario y la promoción de la salud mental como eje prioritario para proteger la vida1.
PALABRAS CLAVE
Suicidio, adolescente, prevención del suicidio.
ABSTRACT
Adolescence is a stage of the life cycle characterized by multiple social, family, emotional, psychological, biological, and relational changes. This period of transformation, together with the process of identity construction, the search for autonomy, the need for acceptance, and the continuous effort to adapt to the environment, can generate high levels of emotional stress. When adolescents do not have personal coping tools or adequate support networks to face this situation, distress can become chronic, giving rise to feelings of hopelessness, emptiness, misunderstanding, or an inability to manage their emotions.
If the emotional burden exceeds their capacity for regulation, intrusive thoughts related to death or suicide may appear, leading to suicidal ideation and, even, self-harm attempts or behaviors. In the most severe cases, these thoughts may progress toward planning or the completion of a suicidal act.
There are also factors that increase vulnerability, known as risk factors, including dysfunctional family dynamics, lack of emotional communication, abuse or neglect, emotional disorders such as anxiety or depression, social isolation or withdrawal, school bullying, cyberbullying, low self-esteem, ineffective coping styles, substance use, or limited access to health and social care resources. It is also relevant to analyze the methods used in suicide attempts, since their choice is influenced by availability, impulsivity, the sociocultural environment, and the level of lethality perceived by the adolescent.
Finally, it is essential to understand the different stages of the suicidal process, from ideation to execution, by paying attention to early warning signs, behavioral or verbal changes and emotional indicators that allow early detection. Likewise, it is crucial to know the available resources, assistance strategies, and interventions, emphasizing that prevention must be multidisciplinary, focusing on early intervention, active listening, emotional support, psychoeducation, family and community strengthening, and the promotion of mental health as a central priority for safeguarding life1.
KEY WORDS
Suicide, adolescent, suicide prevention.
DESARROLLO DEL TEMA
¿Qué lleva a una persona a acabar con su propia vida? ¿Qué procesos internos, vivencias o ausencias de recursos le hacen llegar a pensar que el suicidio es la única salida posible? Hoy en día, el suicidio sigue siendo una realidad silenciosa, invisibilizada en muchas ocasiones y rodeada aún de tabú, pese a influir de manera significativa en las tasas de mortalidad a nivel global. No distingue por condición social, económica o cultural y su impacto se extiende más allá de quien lo sufre, afectando profundamente al entorno familiar y social.
Concretamente, el suicidio en adolescentes, cuestión principal que se abordará en el presente trabajo, constituye un problema de gran magnitud que, bajo mi punto de vista, requiere una mayor visibilidad, sensibilización y preocupación social. La adolescencia es una etapa crítica del desarrollo humano, en la que no solo se viven cambios físicos, sino también un intenso proceso de transformación psicológica y social, marcado por la búsqueda de identidad, el deseo de aceptación y la necesidad de pertenencia. Cuando estos procesos se ven desbordados por la presión, el dolor emocional no resuelto o la falta de acompañamiento adecuado, algunos adolescentes pueden llegar a percibir la muerte como un alivio frente al sufrimiento que no saben ni pueden gestionar1.
Pese al elevado impacto que genera carece con frecuencia de la atención proporcional que merece. A menudo se detecta tarde, no se le da el enfoque preventivo necesario o se confunde con “una etapa difícil”, restándole gravedad. Por ello, en este trabajo se analizarán las causas, los factores que pueden influir en su aparición, las señales de alerta que pueden permitir detectarlo de forma temprana y, especialmente, las alternativas y recursos de ayuda que pueden ofrecerse desde distintos ámbitos profesionales y sociales, con el objetivo de promover la prevención, la intervención temprana y la protección de la vida.
El propósito final será comprender el problema en profundidad y, sobre todo, transmitir un mensaje fundamental: existen formas seguras y acompañadas de encontrar alivio al sufrimiento, lo que hace necesario que los jóvenes sepan que no están solos y que pedir ayuda no es un acto de debilidad, sino de valentía.
¿Qué es el suicidio?
Hablar de suicidio es hablar de un problema de salud pública de gran preocupación a nivel mundial cuya epidemiología es difícil de estudiar ya que muchos casos no llegan a identificarse. En España constituye la segunda causa más reiterada de muerte. Afecta a toda la población, aunque requiere especial vigilancia en los adolescentes. Mil jóvenes de entre 15 y 24 años de edad se suicidan cada año en España2. No obstante, nuestro país presenta una de las menores tasas si la comparamos con las de países como, Rusia, Lituania, Kazajistán, Eslovenia… En relación con el origen étnico, se observa que las cifras de suicidio suelen ser menores en población hispana y afroamericana en comparación con la europea. Sin embargo, en Estados Unidos se ha identificado un incremento progresivo de la conducta suicida dentro de la comunidad afroamericana, lo que indica un cambio preocupante en la tendencia. Por otra parte, algunas investigaciones apuntan a que la práctica religiosa podría actuar como un factor protector, ya que muchas creencias y doctrinas rechazan o condenan el suicidio, lo que puede influir en una percepción de mayor autocontención ante estas conductas. En contraste, se ha evidenciado que las tasas más elevadas se encuentran en personas que no profesan credos religiosos, especialmente en población que se identifica como atea, donde esta influencia normativa o moral no está presente3.
¿Pero qué es realmente el suicidio? Son muchas las definiciones que podemos encontrar, pero todos los autores hacen referencia al acto de conducta consciente del que se conoce el resultado final, la muerte. Según la definición de la OMS, la cual podemos tomar como referencia, se conoce como “el acto premeditado que realiza una persona para provocarse la muerte”. De acuerdo con un informe de la OMS, experimentar pensamientos suicidas de forma esporádica no debe interpretarse necesariamente como algo patológico o inusual. En muchas ocasiones, este tipo de ideas forman parte del propio proceso evolutivo en la infancia y la adolescencia, especialmente cuando los jóvenes intentan dar respuesta a inquietudes de carácter existencial. Durante esta etapa, es habitual que se planteen preguntas profundas sobre el propósito de la vida, el significado de la muerte o su propia identidad, en un intento de encontrar sentido a experiencias que perciben como complejas o difíciles de resolver4.
¿Por qué ocurre? Factores de riesgo implicados:
El suicidio es sin duda un comportamiento multifactorial, los factores que dan lugar al suicidio constituyen un abanico muy amplio que abarca desde trastornos psiquiátricos; es decir, enfermedades mentales, las cuales constituyen un factor muy importante, algo constatado por Harris y Barraclough (1997)2, hasta factores biológicos y psicosociales. Según un estudio llevado a cabo por el departamento de Psicología de la Universidad de Jaén, los factores por lo que tiene lugar esta práctica son los siguientes: sufrir un trastorno afectivo, abandono escolar o poca motivación académica, abuso de alcohol o sustancias, antecedentes de intento autolítico o muerte por este mismo motivo por parte de un familiar, ansiedad, antecedentes de consumo de tóxicos o alcohol en la familia, ser víctima de bullying, ser víctima de maltrato infantil, tener un bajo nivel económico, ser mujer, llevar a cabo conductas autolesivas no suicidas, haber sufrido violencia en pareja, haber vivido una muerte parental por otras causas o tener antecedentes familiares de depresión5. Un dato curioso y llamativo es que la pandemia que se vivió a causa del COVID-19 ha aumentado el número de suicidios, “la pandemia es la tormenta perfecta”, impulsa a llevar a cabo esta acción por la preocupación existente en ese momento de crisis6.
Clasificación de la conducta suicida:
El intento de suicidio junto al suicidio propiamente dicho son las dos formas que tienen más representatividad de esta conducta, pero no son las únicas. Hablamos de suicidio o suicidio consumado al referirnos al acto auto lesivo intencionado cuyo resultado es la muerte y de intento de suicidio, tentativa de suicidio o parasuicidio cuando hacemos referencia al acto auto lesivo cuyo fin es la muerte pero que finalmente no tiene resultado fatal. Dicha conducta puede provocar o no lesiones1.
Métodos por los que se lleva a cabo:
Han sido y son muchos los métodos empleados para llevar a cabo esta práctica. A la hora de elegir uno u otro, se tiene en cuenta la repercusión que va a tener a nivel cultural, el grado de satisfacción acorde a lo que se busca, es decir, la muerte y la accesibilidad a los recursos.
Atendiendo a la clasificación que establecen numerosos autores podemos distinguir entre métodos activos (precipitación, ahorcamiento…) y pasivos (gases, consumo de estupefacientes…). También entre violentos y no violentos. Cabe destacar que, en relación a esta última clasificación, está demostrado que las mujeres utilizan métodos menos agresivos que los hombres1.
Si tomamos como referencia un estudio de carácter retrospectivo realizado en España a través de datos proporcionados por el INE (Instituto Nacional de Estadística), podemos ver que los procedimientos más llevados a cabo son el envenenamiento y los agentes violentos no tóxicos. Según el CIE-10 (Clasificación Internaciones de Enfermedades, edición número 10) atendiendo a las 2 causas más dadas en España, se contemplan dentro de estas los siguientes agentes causales:
Por agentes tóxicos:
- Envenenamiento autoinfligido, intencionalmente por, y exposición a analgésicos no narcóticos, antipiréticos y antirreumáticos.
- Envenenamiento autoinfligido, intencionalmente por, y exposición a drogas antiepilépticas, sedantes, hipnóticas, antiparksonianas y psicotrópicas, no clasificadas en otra parte.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a narcóticos y psicodislépticos (alucinógenos), no clasificados en otra parte.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a otras drogas que actúan sobre el sistema nervioso autónomo.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a otras drogas, medicamentos y sustancias biológicas, y los no especificados
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a alcohol.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a disolventes orgánicos e hidrocarburos halogenados y sus vapores.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a plaguicidas.
- Envenenamiento autoinfligido intencionalmente por, y exposición a otros productos químicos y sustancias nocivas y los no especificados.
Por agentes no tóxicos:
- Lesión autoinfligida intencionalmente por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por ahogamiento y sumersión.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por disparo de arma corta.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por disparo de rifle, escopeta y arma larga.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por disparo de otras armas de fuego, y las no especificadas.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por material explosivo.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por humo, fuego y llamas.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por vapor de agua, vapores y objetos calientes.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por objeto cortante.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por objeto romo o sin filo.
- Lesión autoinfligida intencionalmente al saltar desde un lugar elevado.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por arrojarse o colocarse delante de un objeto en movimiento.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por colisión de vehículo de motor.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por otros medios especificados.
- Lesión autoinfligida intencionalmente por otros medios no especificados7.
Fases:
Como todo proceso, el suicidio sigue un curso. Podemos atender a distintas clasificaciones. Según Klonsky, May, y Saffer (2015) se distinguen las siguientes: la representación de la ideación suicida o primera fase, la planificación de esta idea, lo que correspondería con la segunda fase, y la tercera y última que es la materialización de esos pensamientos, llevando a cabo un intento suicida, que puede terminar dando lugar a una conducta suicida consumada8.
En cambio, según Pöldinger (psiquiatra, autor de “La tendencia al suicidio”) se distinguen 3 fases por las que un sujeto
pasa cuando se encuentra en esta situación:
- Fase I o fase de consideración: Fase en la que la persona considera el suicidio como una buena salida para poner fin a la situación de angustia en la que se encuentra.
- Fase I o fase de ambivalencia: Es aquella en la que la persona experimenta una indecisión por llevar a cabo dicha práctica, piensa los beneficios y contraindicaciones de suicidarse.
- Fase III o fase de decisión: Ya no hay vuelta atrás, la persona está segura de su decisión y tiene pensado cual va a ser el método que va a seguir para lograr su fin, la muerte9.
No se puede atender por lo tanto a una sola clasificación.
Qué podemos hacer desde salud mental. Prevención:
“La vida no merece la pena”, “A veces quisiera no despertarme” o “En la muerte encontraré la paz” entre otras muchas, son expresiones que un suicida nos hace llegar. Ante una persona con dichos pensamientos debemos actuar. La primera toma de contacto que tenemos que establecer con la persona suicida es de gran importancia. Se debe tener en cuenta el sitio en el que se entablará una primera entrevista clínica para así poder mantener un diálogo tranquilo y manteniendo en todo momento la privacidad. El tiempo también va a ser un factor a tener en cuenta, puesto que no es una situación fácil y la persona afectada necesitará tiempo para explicarse y desahogarse10,11.
Es importante indagar sobre el grado de maduración de la idea de suicidio para así poder establecer una idea del nivel de urgencia que existe. Para ello, existen numerosas escalas que sirven de ayuda como puede ser la escala SSI (Scale for Suicide Ideation), la SIS (Suicide Intent Scale), IS PATH WARM o SAD PERSON, entre otras2. En esta última se da respuesta (si o no, sumando 1 en caso afirmativo y atribuyendo una puntuación 0 si está ausente) a los siguientes ítems: sexo masculino; edad, menor de 20 años o mayor de 45; depresión; tentativa de suicidio previa; abuso de alcohol; falta de pensamiento racional (psicosis o trastornos cognitivos); carencia de apoyo social; carencia de apoyo social, plan organizado de suicidio y no pareja o cónyuge. La interpretación de los resultados se lleva a cabo de la siguiente manera:
- De 0 a 2: Alta médica al domicilio con seguimiento ambulatorio.
- De 3 a 4: Seguimiento ambulatorio intensivo, considerar ingreso.
- De 5 a 6: Recomendado ingreso sobre todo si hay ausencia de apoyo social.
- De 7 a 10: Ingreso obligado incluso en contra de su voluntad.
Posteriormente a esto, se deberá asegurar la supervivencia del paciente con la elaboración de un plan que incluya intervenciones de carácter psicofarmacológicas, psicoterapeutas y sociofamiliares. Será necesario también realizar una valoración de necesidad de hospitalización y cuidados continuados en régimen de internamiento10,11.
El Colegio Oficial de Psicólogos del Principado de Asturias establece en una guía de su propia elaboración como debe ser la ayuda por parte del profesional en un primer momento. Dice que, ante una conducta suicida, la respuesta debe ser siempre inmediata, serena y planificada, partiendo de un principio básico: cualquier verbalización o gesto que insinúe intención de morir debe valorarse como una emergencia real, pues incluso los intentos impulsivos o ambivalentes pueden entrañar riesgo vital. Es fundamental designar un profesional o interviniente principal que mantenga el contacto continuo durante toda la actuación, actuando como figura de referencia estable para la persona en crisis, a la vez que resulta recomendable que exista un segundo interviniente cercano que ofrezca apoyo logístico o emocional sin competir en la comunicación. El primer objetivo no es hacer que la persona renuncie para siempre al suicidio en ese instante, sino lograr que decida detener o aplazar el acto en ese momento específico, asegurando primero su integridad física y emocional, para que más tarde, equipos especializados puedan continuar el abordaje terapéutico a través de farmacología, psicoterapia y acompañamiento familiar o social si fuera necesario, valorando también la posible hospitalización. El establecimiento del vínculo verbal y visual es crucial, debiendo sostenerse desde el primer intercambio hasta poder situarse físicamente a su lado, siempre con un acercamiento gradual y prudente, evitando movimientos o decisiones bruscas que puedan aumentar la inestabilidad. Presentarnos con un mensaje claro, afirmativo y tranquilizador, usar su nombre cuando lo facilite, modular la voz de forma pausada pero firme, validar que hable de su sufrimiento y también de su plan sin reforzar la muerte como única salida, respetar los silencios sin ansiedad, devolverle verbalmente que se le está comprendiendo y abrir espacio a que explore otras formas posibles de afrontar lo que vive, son acciones clave que favorecen la confianza. Mostrar interés genuino, aceptarle y comprender su dolor sin respaldar la autodestrucción como mejor opción, permite acompañarle en un proceso de apertura cognitiva que incluya reflexión, tiempo, opciones alternativas y seguridad emocional. Si la situación se volviera irrecuperable o surgiera una respuesta violenta extrema, la contención física sólo debe aplicarse como último recurso, finalizando la intervención in situ garantizando el traslado a un recurso sanitario seguro, reforzando siempre su decisión de mantenerse con vida, transmitiéndole que no está solo y acompañándole, si es posible, hasta ser atendido de forma continuada11.
CRÍTICA:
Desde un análisis crítico, el suicidio continúa siendo un problema invisibilizado en comparación con otras enfermedades que cuentan con campañas masivas tales como son, por ejemplo, el cáncer, impulsadas por organizaciones de gran alcance como la Asociación Española Contra el Cáncer o iniciativas globales como el Día Mundial contra el Cáncer, que han conseguido situarse como prioridades sociales indiscutibles, mientras que el suicidio, pese a registrar un número de muertes superior en población joven, sigue recibiendo menos inversión preventiva, menor presencia en medios y un discurso público aún condicionado por el miedo a nombrarlo abiertamente. Esta estigmatización obstaculiza la detección temprana y limita la búsqueda de ayuda por parte de los adolescentes, quienes muchas veces interpretan su sufrimiento como un fracaso personal en lugar de una crisis emocional que se puede tratar.
Asimismo, el gasto público en salud mental no ha evolucionado al mismo ritmo que el problema. España sigue destinando menos presupuesto en atención psicológica que otros países europeos, lo que se refleja en ratios insuficientes de personal, saturación asistencial y barreras de acceso en servicios como atención primaria, urgencias psiquiátricas o programas infanto-juveniles.
Dado que erradicar el suicidio es un reto que resulta muy complejo, la prioridad no debe limitarse al abordaje del episodio en crisis, sino promover una estrategia combinada que incluya más aspectos.
Finalmente, la sociedad no debe adoptar una postura pasiva ni normalizar el sufrimiento adolescente como “algo propio de la edad”, sino reconocerlo como una crisis de salud de respuesta colectiva, accesible y libre de estigma.
CONCLUSIONES
- El suicidio es sin duda una de las prácticas más dramáticas que puede llevar a cabo una persona.
- Por cada persona que se suicida, hay muchos más que lo intentan. Las cifras existentes de esta práctica son realmente preocupantes.
- La muerte es un fenómeno que se da de forma natural, sin embargo, una muerte por suicidio es un acontecimiento muy traumatizante que implica un gran duelo a la familia y allegados del fallecido.
- Ya que se trata de un problema de carácter grave, requiere de especial atención, siendo desafortunadamente complicada tanto su prevención como control sobre todo por tratarse de un tema tabú.
- Cuando es detectable se puede intervenir. El poder hablarlo es el primer eslabón a seguir con una persona que se encuentre en esta situación. Debemos dar a entender a la persona que existen otras maneras de aliviar el dolor.
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