AUTORES
- Marcos Mené Gálvez. Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- María Merino Maestro. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Natalia Sierra Arcos. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Alba Millán Elvira. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Paula Nasarre Grasa. Enfermera Especialista en Salud Mental. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Noelia Núñez Descalzo. Graduada en Enfermería. Aragón, España.
RESUMEN
El Accidente Cerebrovascular (ACV) es una emergencia médica caracterizada por una alteración súbita del flujo sanguíneo cerebral, que puede ser isquémica o hemorrágica. Constituye una de las principales causas de muerte y discapacidad a nivel mundial. Entre sus factores de riesgo destacan la hipertensión arterial, diabetes mellitus, tabaquismo, obesidad y sedentarismo. Las manifestaciones clínicas dependen del área cerebral afectada, siendo frecuentes la pérdida súbita de fuerza muscular unilateral, trastornos del habla y alteraciones visuales o de equilibrio. El diagnóstico precoz mediante neuroimagen (TAC o RM) es crucial para determinar la naturaleza del ACV y guiar el tratamiento. La intervención terapéutica incluye medidas farmacológicas como trombolíticos en eventos isquémicos agudos, manejo quirúrgico en ciertos casos hemorrágicos y rehabilitación intensiva para minimizar secuelas neurológicas. La prevención, mediante el control de factores de riesgo y educación sanitaria, es fundamental para reducir su incidencia y recurrencia.
PALABRAS CLAVE
Accidente cerebrovascular, isquemia cerebral, hemorragia cerebral, factores de riesgo, diagnóstico por imagen, terapia trombolítica, rehabilitación neurológica.
ABSTRACT
Stroke is a medical emergency characterized by a sudden disruption of cerebral blood flow, which can be ischemic or hemorrhagic. It remains a leading cause of death and disability worldwide. Major risk factors include hypertension, diabetes mellitus, smoking, obesity, and sedentary lifestyle. Clinical manifestations depend on the affected brain area, commonly presenting as sudden unilateral muscle weakness, speech disorders, and visual or balance disturbances. Early diagnosis via neuroimaging (CT or MRI) is critical to determine stroke type and guide management. Therapeutic interventions encompass pharmacological treatments, such as thrombolytics for acute ischemic events, surgical management in specific hemorrhagic cases, and intensive rehabilitation to reduce neurological deficits. Prevention strategies through risk factor control and health education are essential to lower stroke incidence and recurrence.
KEY WORDS
Stroke, cerebral ischemia, cerebral hemorrhage, risk factors, diagnostic imaging, thrombolytic therapy, neurological rehabilitation.
DESARROLLO DEL TEMA
El accidente cerebrovascular (ACV), también denominado ictus, representa una de las principales causas de discapacidad y mortalidad en todo el mundo, constituyendo un verdadero problema de salud pública por su elevada incidencia, su impacto socioeconómico y las secuelas que genera en los pacientes y sus familias. El ACV se produce cuando el flujo sanguíneo cerebral se interrumpe de manera brusca, ya sea por obstrucción de una arteria (isquemia cerebral) o por rotura de un vaso sanguíneo (hemorragia cerebral), provocando la muerte de tejido neuronal por falta de oxígeno y nutrientes. Aproximadamente el 85% de los ictus son de origen isquémico, mientras que el 15% restante corresponde a formas hemorrágicas, aunque estas últimas suelen asociarse a mayor letalidad1.
En términos epidemiológicos, el accidente cerebrovascular afecta especialmente a personas mayores de 65 años, aunque su incidencia está aumentando en personas jóvenes debido al incremento de factores de riesgo modificables, como hipertensión arterial, diabetes mellitus, dislipemias, tabaquismo, sedentarismo y obesidad. Asimismo, se ha observado una relación estrecha entre el ACV y patologías cardíacas como la fibrilación auricular, que incrementa de forma significativa el riesgo de fenómenos embólicos cerebrales1.
Las consecuencias de un ACV dependen de múltiples factores, como el territorio vascular afectado, el tamaño del área cerebral comprometida, el tiempo transcurrido hasta el inicio del tratamiento y la existencia de enfermedades asociadas previas. Entre las secuelas más frecuentes se incluyen déficits motores, alteraciones cognitivas, problemas del lenguaje, trastornos de la deglución y trastornos emocionales, que repercuten de manera drástica en la autonomía y la calidad de vida del paciente1.
Durante las últimas décadas, se han logrado avances importantes en la prevención primaria, el tratamiento agudo y la rehabilitación del ictus. La implementación de unidades específicas de ictus, el desarrollo de protocolos de trombólisis intravenosa y de trombectomía mecánica, junto con estrategias de educación sanitaria para el reconocimiento precoz de los síntomas, han permitido mejorar significativamente la supervivencia y la funcionalidad de los pacientes afectados2.
No obstante, persisten desafíos relevantes, entre ellos las desigualdades en el acceso a los recursos sanitarios, el retraso en el diagnóstico en zonas rurales o con baja cobertura de emergencias, y la falta de programas de rehabilitación integrales. Por tanto, es imprescindible continuar trabajando en la concienciación de la población general sobre los signos de alarma del ACV, así como en la capacitación de los profesionales para optimizar la respuesta asistencial de forma coordinada y multidisciplinar2.
CAUSAS Y FACTORES DE RIESGO:
El ACV tiene una fisiopatología compleja que combina factores hemodinámicos, vasculares, metabólicos y hematológicos. Su causa principal es la interrupción súbita del flujo sanguíneo cerebral, ya sea por obstrucción arterial (ictus isquémico) o por ruptura vascular (ictus hemorrágico). En el ictus isquémico, el mecanismo más habitual es la aterotrombosis, consistente en la formación de placas de ateroma que estrechan progresivamente la luz arterial y favorecen la formación de trombos in situ. Otra causa frecuente es el embolismo, sobre todo de origen cardiogénico, asociado a fibrilación auricular no anticoagulada o a valvulopatías3.
En el ictus hemorrágico, las causas más frecuentes son la hipertensión arterial mal controlada, que provoca micro aneurismas con riesgo de rotura, y las malformaciones arteriovenosas, especialmente en pacientes jóvenes. Otras etiologías menos prevalentes incluyen coagulopatías, consumo de drogas vasoconstrictoras (como cocaína o anfetaminas), traumatismos craneoencefálicos o rotura de aneurismas saculares3.
Los factores de riesgo tradicionales del ACV se agrupan en modificables y no modificables. Entre los no modificables destacan la edad avanzada, el sexo masculino y la predisposición genética o antecedentes familiares de ictus. En cuanto a los factores modificables, sobresalen la hipertensión arterial (considerada el principal factor de riesgo para todos los tipos de ACV), la diabetes mellitus, la dislipemia, el tabaquismo, el sedentarismo y la obesidad. Asimismo, la fibrilación auricular cuadruplica el riesgo de accidente cerebrovascular isquémico, por lo que su detección y anticoagulación adecuada son fundamentales3.
Otros factores contribuyentes incluyen el abuso de alcohol, las dietas poco saludables con alto contenido en sal y grasas saturadas, el estrés crónico, y la apnea obstructiva del sueño, que se ha identificado recientemente como factor de riesgo independiente. Además, las desigualdades sociales y económicas desempeñan un papel determinante, ya que limitan el acceso a la prevención, el diagnóstico precoz y los tratamientos oportunos, incrementando la incidencia y la gravedad de los eventos cerebrovasculares3.
En los últimos años, se ha puesto especial énfasis en la prevención de factores de riesgo desde edades tempranas, dado que la aterosclerosis y la hipertensión pueden comenzar a desarrollarse ya en la adolescencia y progresar durante décadas antes de manifestarse clínicamente como un ictus. Por tanto, intervenciones preventivas basadas en estilos de vida saludables, control de la tensión arterial, tratamiento de la fibrilación auricular y la promoción de actividad física regular son herramientas clave para reducir la incidencia de accidentes cerebrovasculares3.
SÍNTOMAS:
El ACV se caracteriza por la aparición brusca de signos neurológicos focales, reflejo de la disfunción en la región cerebral afectada, cuya duración suele superar las 24 horas o bien conducir al fallecimiento. Los síntomas dependen del territorio vascular comprometido, la extensión del área isquémica o hemorrágica y la rapidez de instauración del tratamiento4.
Entre los síntomas más habituales del ACV isquémico destacan la debilidad o parálisis súbita de una extremidad o de la mitad del cuerpo (hemiparesia o hemiplejía), la pérdida de sensibilidad unilateral, alteraciones en la coordinación de movimientos (ataxia), y trastornos del habla, como la afasia, que consiste en la incapacidad de producir o comprender el lenguaje. Asimismo, la desviación de la comisura labial (boca torcida) es un signo muy característico, fácilmente reconocible por los familiares o testigos4.
En el caso de accidentes cerebrovasculares hemorrágicos, los síntomas pueden ser similares, pero con mayor frecuencia se acompañan de cefalea intensa de inicio súbito, náuseas, vómitos, alteración progresiva del nivel de conciencia e incluso crisis convulsivas secundarias a la irritación cortical. Estas manifestaciones suelen evolucionar de manera más dramática y son motivo de alta letalidad4.
Otros signos neurológicos frecuentes incluyen visión doble, pérdida de campo visual (hemianopsia), vértigo o inestabilidad para caminar. Cuando se afecta el tronco encefálico, pueden observarse alteraciones en la deglución (disfagia), disartria (dificultad para articular palabras) y alteraciones respiratorias, debido a la afectación de núcleos nerviosos esenciales para las funciones vitales4.
Es fundamental que tanto la población general como los profesionales de la salud reconozcan de forma precoz los signos de alarma de un ACV para activar de inmediato el protocolo de código ictus. La herramienta FAST (por sus siglas en inglés: Face, Arms, Speech, Time) facilita la identificación rápida de los principales síntomas: caída de la cara, debilidad en el brazo, alteración del habla y la urgencia de llamar a los servicios de emergencia4.
Es importante señalar que hasta un tercio de los accidentes cerebrovasculares pueden cursar inicialmente con síntomas transitorios, conocidos como accidentes isquémicos transitorios (AIT), en los que los síntomas remiten espontáneamente en menos de 24 horas. Sin embargo, constituyen una señal de alarma que exige atención médica urgente para prevenir un ictus mayor en los días o semanas posteriores4.
DIAGNÓSTICO Y TRATAMIENTO:
El diagnóstico del accidente cerebrovascular se fundamenta principalmente en la clínica, es decir, en la identificación de síntomas neurológicos de inicio súbito, lo que obliga a una actuación urgente para confirmar la etiología y decidir el tratamiento más adecuado. La evaluación inicial debe incluir una valoración rápida de las funciones vitales, nivel de conciencia, exploración neurológica y recogida de antecedentes, prestando especial atención a los factores de riesgo cardiovascular5.
Las técnicas de neuroimagen son importantes en el diagnóstico. La tomografía computarizada (TC) craneal sin contraste es la prueba de elección inicial por su disponibilidad y rapidez, permitiendo diferenciar un ictus isquémico de un ictus hemorrágico, dato imprescindible para instaurar la terapia de reperfusión en caso necesario. En algunos centros se dispone de resonancia magnética (RM), que ofrece mayor sensibilidad para lesiones isquémicas de pequeño tamaño, especialmente en el territorio posterior o en fases muy precoces5.
Además de la imagen, se realizan pruebas complementarias como analítica básica, perfil de coagulación, electrocardiograma, ecocardiograma y monitorización continua del ritmo cardíaco, con el objetivo de detectar arritmias, alteraciones metabólicas o cardiopatías embolígenas. En determinados casos, la ecografía Doppler de troncos supra aórticos y la angio-TC permiten valorar la presencia de estenosis carotídea significativa, que puede ser subsidiaria de tratamiento quirúrgico o endovascular5.
El tratamiento del ACV debe iniciarse cuanto antes, siguiendo la estrategia conocida como “tiempo es cerebro”. En el ictus isquémico, la trombólisis intravenosa con activador tisular del plasminógeno está indicada en las primeras 4,5 horas desde el inicio de los síntomas, siempre que no existan contraindicaciones. En determinados pacientes con oclusiones de grandes vasos, puede realizarse trombectomía mecánica hasta las 24 horas en centros especializados5.
En el ictus hemorrágico, las opciones de tratamiento se orientan al control de la hipertensión arterial, la reversión de coagulopatías y el manejo de la hipertensión intracraneal, reservando la cirugía a casos seleccionados, como hematomas cerebelosos voluminosos con efecto de masa6.
Tras la fase aguda, la rehabilitación precoz es fundamental para maximizar la recuperación funcional. Los programas de fisioterapia, terapia ocupacional, logopedia y neuropsicología contribuyen a mejorar las secuelas motoras, cognitivas y del lenguaje, así como la calidad de vida de los pacientes. El seguimiento en consultas especializadas debe incluir control estricto de factores de riesgo vascular, prescripción de fármacos antiagregantes o anticoagulantes según la causa del ictus, y educación sanitaria para prevenir recurrencias6.
COMPLICACIONES Y SIGNOS DE ALARMA:
El accidente cerebrovascular conlleva un alto riesgo de complicaciones tanto en la fase aguda como a medio y largo plazo, que pueden condicionar el pronóstico funcional y vital de los pacientes. Estas complicaciones derivan de la lesión cerebral directa, de la inmovilización prolongada y de las comorbilidades asociadas7.
Entre las complicaciones más frecuentes destacan los trastornos motores, como la hemiparesia o hemiplejía persistente, que limitan gravemente la autonomía y favorecen la aparición de úlceras por presión, contracturas y trombosis venosa profunda. Las alteraciones del lenguaje (afasia) y cognitivas (demencia vascular, deterioro de la memoria, síndrome disejecutivo) afectan a la calidad de vida y dificultan la reintegración social y laboral de los supervivientes7.
Los problemas de deglución (disfagia) son especialmente relevantes, ya que incrementan el riesgo de neumonía aspirativa, complicación potencialmente mortal, además de favorecer la desnutrición y la deshidratación. A nivel emocional, la depresión post-ictus constituye una de las secuelas más habituales y con mayor impacto en la recuperación, pudiendo afectar hasta al 30% de los pacientes. La ansiedad, la apatía o la irritabilidad son también manifestaciones psicológicas que requieren un abordaje multidisciplinar7.
En cuanto a las complicaciones cardiovasculares, es frecuente la aparición de arritmias, inestabilidad tensional y episodios de insuficiencia cardíaca en personas con cardiopatías previas. Asimismo, las infecciones urinarias, secundarias al sondaje vesical prolongado, y las infecciones respiratorias, derivadas de la inmovilidad o de la disfagia, son complicaciones a vigilar estrechamente durante la hospitalización7.
Respecto a los signos de alarma que deben motivar una atención sanitaria urgente, se incluyen la reaparición de debilidad o parálisis de un lado del cuerpo, alteraciones súbitas del habla o de la visión, cefalea brusca e intensa acompañada de vómitos o pérdida de conciencia, y convulsiones. Estos síntomas pueden indicar un nuevo ictus, una transformación hemorrágica o la aparición de un hematoma cerebral secundario. Es fundamental que tanto pacientes como cuidadores reconozcan estos signos de alarma y soliciten asistencia de inmediato8.
Otra situación de riesgo es la recaída precoz. Hasta un 10% de los pacientes puede sufrir un nuevo evento cerebrovascular en los primeros 3 meses tras el ictus inicial, especialmente si persisten factores de riesgo mal controlados. Esto subraya la importancia de un seguimiento estrecho y de la educación sanitaria durante la rehabilitación para garantizar la adherencia a la medicación y a las modificaciones del estilo de vida8.
CONCLUSIONES
El accidente cerebrovascular es uno de los principales desafíos de salud pública a nivel mundial, dada su elevada prevalencia, la discapacidad que genera y el impacto socioeconómico que supone tanto para las familias como para los sistemas sanitarios. A pesar de los avances en las estrategias de prevención, diagnóstico y tratamiento, sigue siendo la segunda causa de muerte y la primera causa de discapacidad adquirida en adultos en muchos países.
El ACV es el resultado de una compleja interacción de factores genéticos, ambientales y conductuales, siendo la hipertensión arterial el principal factor de riesgo modificable. Otros determinantes clave son la diabetes mellitus, la dislipemia, el tabaquismo, la fibrilación auricular y los hábitos de vida poco saludables, que deben ser abordados mediante estrategias de prevención primaria y secundaria.
Los signos clínicos de un ACV aparecen de forma brusca, lo que convierte la atención precoz en un elemento crítico para reducir la mortalidad y las secuelas. La creación de unidades de ictus especializadas y la difusión de campañas educativas para reconocer síntomas de alarma han demostrado un impacto muy positivo en la disminución del daño neurológico. Igualmente, el desarrollo de terapias de reperfusión, como la trombólisis y la trombectomía, ha mejorado notablemente el pronóstico de pacientes seleccionados.
No obstante, persisten retos importantes, como las desigualdades en el acceso a la atención sanitaria, especialmente en áreas rurales o zonas con recursos limitados, y la falta de continuidad en la rehabilitación posterior al alta hospitalaria, factores que pueden limitar la recuperación funcional de muchos pacientes.
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