- Noelia Núñez Descalzo. Graduada en Enfermería. Aragón, España.
- María Merino Maestro. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Natalia Sierra Arcos. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Alba Millán Elvira. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Paula Nasarre Grasa. Enfermera Especialista en Salud Mental. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Marcos Mené Gálvez. Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
La obesidad es una enfermedad crónica, multifactorial y compleja, caracterizada por una acumulación excesiva de tejido adiposo que puede comprometer la salud física, metabólica y psicosocial del individuo. En población pediátrica, la obesidad se define según los patrones de crecimiento ajustados por edad y sexo. En niños mayores de 2 años, se considera obesidad cuando el IMC se sitúa por encima del percentil 95, y sobrepeso entre los percentiles 85 y 94. Además, se han establecido subclasificaciones: obesidad clase I (IMC entre 2.0–2.5 desviaciones estándar), clase II (2.5–3.5 DE) y clase III o mórbida (>3.5 DE). En menores de 2 años, se considera obesidad si el IMC supera el percentil 97⁽³⁾.
La obesidad infantil ha experimentado un crecimiento alarmante en las últimas décadas, convirtiéndose en uno de los principales problemas de salud pública en países industrializados. Aunque en un pequeño porcentaje puede estar causada por síndromes genéticos o endocrinopatías, en más del 99 % de los casos se trata de obesidad nutricional o exógena.
La enfermera ocupa una posición estratégica en la prevención y el abordaje de la obesidad infantil, gracias a su cercanía con el paciente, su enfoque integral y su capacidad para intervenir en múltiples niveles del sistema sanitario.
PALABRAS CLAVE
Obesidad infantil, IMC, complicaciones, riesgos.
ABSTRACT
Obesity is a chronic, multifactorial, and complex disease characterized by excessive accumulation of adipose tissue that can compromise an individual’s physical, metabolic, and psychosocial health. In the pediatric population, obesity is defined according to growth patterns adjusted for age and sex. In children over 2 years of age, obesity is defined as a BMI above the 95th percentile, and overweight is defined as a BMI between the 85th and 94th percentiles. In addition, subclassifications have been established: class I obesity (BMI between 2.0–2.5 standard deviations), class II (2.5–3.5 SD), and class III or morbid obesity (>3.5 SD). In children under 2 years of age, obesity is defined as a BMI above the 97th percentile.
Childhood obesity has experienced alarming growth in recent decades, becoming one of the main public health problems in industrialized countries. Although a small percentage of cases may be caused by genetic syndromes or endocrinopathies, more than 99% of cases are due to nutritional or exogenous obesity.
Nurses occupy a strategic position in the prevention and management of childhood obesity, thanks to their closeness to the patient, their comprehensive approach, and their ability to intervene at multiple levels of the healthcare system.
KEY WORDS
Childhood obesity, BMI, complications, risks.
DESARROLLO DEL TEMA
La obesidad es una enfermedad crónica, multifactorial y compleja, caracterizada por una acumulación excesiva de tejido adiposo que puede comprometer la salud física, metabólica y psicosocial del individuo¹. En el ámbito clínico, se utiliza el índice de masa corporal (IMC) como herramienta principal para su diagnóstico. El IMC se calcula dividiendo el peso (kg) entre la talla (m²), y aunque no mide directamente la grasa corporal, se correlaciona con el riesgo de comorbilidades asociadas².
En población pediátrica, la obesidad se define según los patrones de crecimiento ajustados por edad y sexo. En niños mayores de 2 años, se considera obesidad cuando el IMC se sitúa por encima del percentil 95, y sobrepeso entre los percentiles 85 y 94³. Además, se han establecido subclasificaciones: obesidad clase I (IMC entre 2.0–2.5 desviaciones estándar), clase II (2.5–3.5 DE) y clase III o mórbida (>3.5 DE)³. En menores de 2 años, se considera obesidad si el IMC supera el percentil 97³.
La obesidad infantil ha experimentado un crecimiento alarmante en las últimas décadas, convirtiéndose en uno de los principales problemas de salud pública en países industrializados⁴. En España, según el estudio PASOS 2022, el 33,4 % de la población infantojuvenil (8 a 16 años) presenta exceso de peso, con un 11,8 % de obesidad, incluyendo un 1,5 % de obesidad severa³. Esta tendencia se ha visto agravada por factores como el sedentarismo, el consumo de alimentos ultraprocesados, la disminución de la actividad física y el impacto de la pandemia de COVID-19⁵.
Las consecuencias de la obesidad infantil son múltiples y afectan tanto al plano físico como emocional. A corto plazo, se asocia con hipertensión, resistencia a la insulina, dislipemia, apnea del sueño y alteraciones ortopédicas⁶. En el plano psicológico, los niños con obesidad pueden sufrir baja autoestima, ansiedad, depresión y exclusión social⁷. A largo plazo, existe una alta probabilidad de que la obesidad persista en la edad adulta, aumentando el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer⁶.
Desde el enfoque enfermero, la obesidad infantil requiere una intervención integral y multidisciplinar. La enfermera desempeña un papel clave en la detección precoz, el seguimiento clínico, la educación sanitaria y la promoción de hábitos saludables tanto en el niño como en su entorno familiar⁸. Además, su labor en el ámbito comunitario y escolar permite implementar estrategias preventivas eficaces, adaptadas a las necesidades socioculturales de cada población⁹.
CAUSAS Y FACTORES DE RIESGO:
La obesidad infantil es una enfermedad compleja y multifactorial que surge de la interacción entre predisposición genética, estilos de vida poco saludables y condiciones sociales y ambientales desfavorables. Aunque en un pequeño porcentaje puede estar causada por síndromes genéticos o endocrinopatías, en más del 99 % de los casos se trata de obesidad nutricional o exógena¹.
Desde el punto de vista biológico, los factores genéticos juegan un papel importante en la susceptibilidad individual al desarrollo de obesidad. Se han identificado variantes genéticas que influyen en la regulación del apetito, el metabolismo energético y la distribución de la grasa corporal¹. Además, el peso al nacer, el crecimiento acelerado en los primeros meses de vida y una ingesta elevada de proteínas durante la lactancia se han asociado con un mayor riesgo de obesidad en etapas posteriores¹. Sin embargo, estos factores por sí solos no explican el aumento exponencial de la prevalencia en las últimas décadas, lo que pone de relieve el papel predominante de los factores ambientales.
Los hábitos alimentarios poco saludables son uno de los principales determinantes. El consumo excesivo de alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares añadidos, grasas saturadas y sal, se ha convertido en una constante en la dieta infantil². La baja ingesta de frutas, verduras y fibra, junto con el abandono de patrones dietéticos tradicionales como la dieta mediterránea, contribuye al desequilibrio energético que favorece el aumento de peso¹. Además, la calidad del desayuno —una comida clave en la infancia— suele ser deficiente en los niños con obesidad, quienes tienden a omitir o a consumir productos de bajo valor nutricional⁴.
El sedentarismo es otro factor crítico. El tiempo dedicado a actividades físicas ha disminuido notablemente, mientras que el uso de pantallas (televisión, videojuegos, móviles) ha aumentado de forma significativa. Muchos niños con obesidad disponen de dispositivos electrónicos en su habitación, lo que no solo favorece el sedentarismo, sino que también interfiere en la calidad y cantidad del sueño⁴. Dormir menos horas de las recomendadas altera el equilibrio hormonal relacionado con el apetito y el metabolismo, incrementando el riesgo de obesidad⁵.
El entorno familiar y social también influye de manera decisiva. La falta de tiempo para cocinar, el estrés parental, la escasa educación nutricional y la ausencia de rutinas saludables en el hogar son factores que afectan directamente a los hábitos de los menores⁶. Además, los niños que viven en hogares con rentas bajas tienen el doble de probabilidades de desarrollar obesidad, debido a un menor acceso a alimentos frescos, espacios seguros para jugar y servicios sanitarios adecuados⁸. Esta brecha social ha sido especialmente evidente durante y después de la pandemia de COVID-19, que exacerbó las desigualdades en salud infantil¹.
Por último, los determinantes culturales y estructurales también deben ser considerados. La publicidad dirigida a menores, especialmente de productos poco saludables, influye en sus preferencias alimentarias y en la presión de consumo⁷. La urbanización, la falta de espacios verdes y la inseguridad en algunos barrios limitan las oportunidades de juego activo y ejercicio físico, dificultando el desarrollo de estilos de vida saludables⁸.
En conjunto, la obesidad infantil no puede entenderse como el resultado de una única causa, sino como la consecuencia de múltiples factores interrelacionados que actúan desde las primeras etapas del desarrollo. Por ello, su abordaje requiere una visión integral que contemple tanto la prevención como la intervención desde el entorno familiar, escolar, sanitario y comunitario.
CONSECUENCIAS DE LA OBESIDAD INFANTIL:
La obesidad infantil tiene repercusiones profundas en la salud física, emocional y social del menor, tanto a corto como a largo plazo. Lejos de ser un problema meramente estético, se trata de una enfermedad crónica que compromete el bienestar integral del niño y su calidad de vida desde edades tempranas⁸.
En el plano físico, los niños con obesidad presentan un mayor riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas como la diabetes tipo 2, dislipemias e hipertensión arterial, incluso antes de alcanzar la adolescencia⁹. También se observan alteraciones osteoarticulares, como dolor en rodillas y espalda, y mayor incidencia de problemas respiratorios como apnea del sueño². Estas condiciones no solo afectan su desarrollo físico, sino que pueden limitar su capacidad para realizar actividad física, perpetuando el círculo vicioso del sedentarismo y el aumento de peso.
Las consecuencias psicológicas son igualmente relevantes. La baja autoestima, la ansiedad y la depresión son frecuentes en niños con obesidad, especialmente cuando sufren estigmatización, burlas o exclusión social por parte de sus iguales¹. El bullying escolar y la presión social pueden generar trastornos de la conducta alimentaria como la anorexia o la bulimia, así como comportamientos de riesgo en la adolescencia, incluyendo el consumo de sustancias nocivas².
En el ámbito social, la obesidad infantil puede dificultar la integración del menor en actividades escolares, deportivas y recreativas, afectando su desarrollo emocional y sus habilidades sociales. Esta exclusión puede reforzar el aislamiento y la dependencia de entornos digitales, donde el niño encuentra refugio pero también se expone a nuevos riesgos².
A largo plazo, la obesidad infantil se asocia con una alta probabilidad de persistencia en la edad adulta. Se estima que hasta el 80 % de los niños con obesidad serán adultos con obesidad, lo que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, ciertos tipos de cáncer y mortalidad prematura⁴. Además, el impacto económico y social de esta condición es considerable, tanto por el coste sanitario como por la pérdida de productividad y calidad de vida en la población afectada⁵.
Desde una perspectiva de salud pública, estas consecuencias refuerzan la necesidad de una intervención temprana, integral y sostenida. La prevención de la obesidad infantil no solo mejora la salud individual, sino que contribuye al desarrollo social y económico de las comunidades, reduciendo desigualdades y promoviendo entornos más saludables para todos⁶.
ROL DE LA ENFERMERA ANTE LA OBESIDAD INFANTIL:
La enfermera ocupa una posición estratégica en la prevención y el abordaje de la obesidad infantil, gracias a su cercanía con el paciente, su enfoque integral y su capacidad para intervenir en múltiples niveles del sistema sanitario. En atención primaria, la enfermera pediátrica participa activamente en los programas de seguimiento del niño sano, donde puede detectar precozmente desviaciones en el crecimiento ponderoestatural mediante la valoración antropométrica, el cálculo del IMC y el análisis de los hábitos de vida del menor⁷.
Más allá del diagnóstico, la enfermera tiene una función educativa fundamental. A través de sesiones individuales o grupales, promueve estilos de vida saludables, fomenta una alimentación equilibrada y estimula la práctica regular de actividad física. Esta labor se extiende al entorno familiar, donde se trabaja con los cuidadores para modificar rutinas, mejorar la calidad de la alimentación y establecer dinámicas que favorezcan el bienestar del niño⁸. La educación para la salud, cuando se realiza de forma continuada y adaptada a la realidad sociocultural de cada familia, ha demostrado ser una herramienta eficaz para reducir la prevalencia de obesidad infantil⁶.
En el ámbito escolar, la figura de la enfermera escolar —presente en países como Estados Unidos en más del 80 % de los centros educativos— ha demostrado tener un impacto positivo en la reducción del sobrepeso y la obesidad infantil. Su presencia permite realizar intervenciones preventivas, seguimiento personalizado y coordinación con docentes y familias para implementar programas de salud adaptados al entorno escolar⁷.
En casos más complejos, la enfermera forma parte de equipos multidisciplinares junto a pediatras, dietistas y psicólogos, contribuyendo al diseño de planes de cuidados individualizados. La aplicación del Proceso de Atención de Enfermería (PAE), con diagnósticos NANDA, resultados esperados NOC e intervenciones NIC, permite estructurar la atención y evaluar su impacto de forma sistemática⁸. Además, la enfermería comunitaria tiene la capacidad de liderar proyectos de intervención en barrios vulnerables, donde la obesidad infantil se presenta con mayor frecuencia, abordando los determinantes sociales de la salud desde una perspectiva inclusiva y participativa¹.
Este enfoque integral, centrado en la persona y su entorno, convierte a la enfermera en una figura clave para revertir la tendencia creciente de obesidad infantil y promover una infancia más saludable.
ESTRATEGIAS Y PROGRAMAS PREEXISTENTES:
En España, el abordaje de la obesidad infantil se ha reforzado en los últimos años con la implementación de políticas públicas y programas específicos que buscan actuar sobre los entornos donde los niños viven y crecen. El más destacado es el Plan Estratégico Nacional para la Reducción de la Obesidad Infantil (2022–2030), impulsado por el Ministerio de Sanidad en colaboración con entidades científicas, educativas y sociales. Este plan propone reducir la prevalencia de obesidad infantil en un 25 % en la próxima década, mediante un enfoque integral que contemple la alimentación, la actividad física, el bienestar emocional y el descanso².
Entre sus líneas de acción se incluyen: la promoción de la actividad física en el currículo escolar, la mejora del acceso a alimentos saludables en comedores y entornos deportivos, la regulación de la publicidad dirigida a menores, y el refuerzo del bienestar emocional. También se contempla la creación de unidades asistenciales pediátricas especializadas en hospitales, con equipos multidisciplinares que incluyan enfermeros, pediatras, dietistas y profesionales de la actividad física³.
A nivel comunitario, destaca el programa NAOS (Nutrición, Actividad física y prevención de la Obesidad), desarrollado por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), que promueve campañas de sensibilización, formación en centros educativos y guías para profesionales sanitarios⁴. Este programa ha sido complementado por iniciativas del tercer sector, como las impulsadas por la Gasol Foundation, que combinan deporte, educación emocional y participación familiar para fomentar hábitos saludables desde la infancia⁵.
Además, se han desarrollado guías clínicas y protocolos de actuación para profesionales sanitarios, que permiten estandarizar la atención y mejorar la coordinación entre niveles asistenciales. La Asociación Española de Pediatría (AEP) ha participado activamente en la elaboración de estas estrategias, destacando la necesidad de establecer unidades asistenciales especializadas y reforzar el papel de la enfermería en el seguimiento y tratamiento de los casos de obesidad infantil³.
Estas estrategias reflejan un cambio de paradigma: pasar de intervenciones aisladas a políticas estructurales que garanticen el derecho de los niños a crecer sanos, independientemente de su origen social o territorial. La enfermería, como disciplina comprometida con la promoción de la salud, tiene un papel protagonista en la implementación y evaluación de estas acciones.
CONCLUSIÓN
La obesidad infantil representa uno de los desafíos más urgentes en salud pública, no solo por su elevada prevalencia, sino por las múltiples consecuencias que acarrea en la salud física, emocional y social del menor. En las últimas décadas, su incidencia se ha multiplicado por diez a nivel mundial, y en España afecta ya a más del 40 % de la población infantil y adolescente, con especial impacto en los hogares con menor nivel socioeconómico³.
Las causas de esta epidemia son complejas y multifactoriales, incluyendo factores genéticos, estilos de vida sedentarios, alimentación poco saludable, alteraciones del sueño y determinantes sociales como la pobreza, la falta de espacios seguros para jugar y la exposición a publicidad alimentaria dirigida a menores¹⁰⁻¹⁷. Las consecuencias, por su parte, se manifiestan desde edades tempranas, con un aumento de enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, hipertensión, apnea del sueño y trastornos emocionales como ansiedad, depresión y baja autoestima⁸⁻10.
Ante esta realidad, el papel de la enfermera es fundamental. Su capacidad para detectar precozmente casos de obesidad, educar a las familias, coordinarse con otros profesionales y liderar intervenciones comunitarias la convierte en una figura clave para revertir esta tendencia⁷. La aplicación del Proceso de Atención de Enfermería y el trabajo en entornos escolares y comunitarios refuerzan su impacto en la promoción de hábitos saludables.
Las estrategias nacionales, como el Plan Estratégico para la Reducción de la Obesidad Infantil (2022–2030) y el programa NAOS, marcan un camino claro hacia la transformación de los entornos donde los niños viven y crecen³. Sin embargo, su éxito dependerá de la implicación activa de todos los agentes sociales, especialmente de los profesionales de enfermería, cuya labor debe ser reconocida, fortalecida y visibilizada.
En definitiva, abordar la obesidad infantil exige una respuesta integral, sostenida y comprometida. La enfermería, con su enfoque holístico y su vocación comunitaria, tiene el potencial de liderar este cambio y garantizar que todos los niños y niñas tengan la oportunidad de crecer sanos, felices y con igualdad de oportunidades.
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