Envejecimiento y corazón. Aspectos clínicos y terapéuticos

19 agosto 2025

 

AUTORES

  1. Pablo Juan Bermúdez Cervilla. Graduado en Medicina, Granada, España.
  2. Laura Latorre Rando. Servicio de Oftalmología, Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.
  3. Blanca Sandoval Ollo. Servicio de Oftalmología, Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.
  4. Javier José Bermúdez Cervilla. Servicio de Oftalmología, Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España; Grupo de Investigación e Innovación Miguel Servet Oftalmología (GIMSO), Zaragoza, España.
  5. Anna Ferrer Preixens. Servicio de Oftalmología, Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.
  6. Elena Malo Navarro. Servicio de Oftalmología, Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.

 

RESUMEN

El envejecimiento cardiovascular implica transformaciones estructurales y funcionales que convierten al corazón del adulto mayor en un órgano con reservas limitadas y fenotipos clínicos propios. La hipertrofia concéntrica, la fibrosis intersticial y la calcificación valvular reducen la distensibilidad ventricular y elevan la poscarga, favoreciendo la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada (HFpEF). Paralelamente, la degeneración del nodo sinusal y la fibrosis del sistema de conducción incrementan la prevalencia de fibrilación auricular y bloqueos atrioventriculares. La rigidez arterial acelera la hipertensión sistólica aislada, aumentando el riesgo de eventos cerebrocardiovasculares.

En clínica, estos cambios modulan la presentación de las cardiopatías: el infarto puede cursar con disnea o confusión, y la HFpEF se acompaña de multimorbilidad y fragilidad. La farmacocinética alterada y la polifarmacia requieren titulación cuidadosa de betabloqueantes, anticoagulantes o diuréticos. La evaluación sistemática de la fragilidad, mediante escalas validadas, orienta la selección terapéutica y la intensidad de las intervenciones.

Los avances en técnicas mínimamente invasivas —TAVI, reparación mitral transcatéter, ablación de FA— han ampliado las opciones en octogenarios considerados inoperables, mientras que la rehabilitación cardíaca adaptada a la edad mejora la capacidad funcional y la calidad de vida. Modelos asistenciales centrados en objetivos, con toma de decisiones compartida y coordinación geriátrico-cardiológica, optimizan resultados y respetan la autonomía del paciente. La investigación en senescencia celular, inflammaging y biomarcadores específicos abre vías para intervenciones dirigidas a modular el envejecimiento miocárdico y preservar la función cardiovascular.

PALABRAS CLAVE

Envejecimiento, sistema cardiovascular, insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada, fibrilación auricular, fragilidad, terapéutica mínimamente invasiva.

ABSTRACT

Cardiovascular ageing encompasses structural and functional changes that reduce cardiac reserve and generate distinctive clinical phenotypes. Concentric left-ventricular hypertrophy, interstitial fibrosis and valvular calcification decrease compliance and raise afterload, underpinning heart failure with preserved ejection fraction (HFpEF). Sinus node cell loss and conduction-system fibrosis heighten the incidence of atrial fibrillation (AF) and atrioventricular block, while arterial stiffening drives isolated systolic hypertension and increases cerebro-cardiovascular risk.

These alterations modify disease presentation: myocardial infarction in older adults often manifests as dyspnoea, syncope or confusion, and HFpEF is tightly linked to multimorbidity and frailty. Age-related pharmacokinetic and pharmacodynamic shifts necessitate cautious dosing of β-blockers, anticoagulants and diuretics; polypharmacy and adverse drug interactions are pervasive. Systematic frailty assessment with validated scales guides therapeutic intensity and procedure selection.

Minimally invasive technologies—transcatheter aortic valve implantation, percutaneous mitral repair and catheter ablation for AF—have become viable in octogenarians previously deemed inoperable, while age-tailored cardiac rehabilitation programmes enhance functional capacity and quality of life. Goal-oriented, multidisciplinary care models that integrate geriatrics, cardiology and palliative principles optimise outcomes and uphold patient autonomy. Translational research into telomere biology, inflammaging and ageing-related biomarkers promises targeted interventions aimed at modulating myocardial senescence and preserving cardiovascular function.

KEY WORDS

Aging, cardiovascular system, heart failure with preserved ejection fraction, atrial fibrillation, frailty, minimally invasive therapy.

INTRODUCCIÓN

El estudio de la relación entre el envejecimiento y el sistema cardiovascular ha sido una preocupación constante desde los albores de la medicina. Ya en la antigua Grecia, Hipócrates observó que el pulso de los ancianos era más débil, irregular y lento que el de los jóvenes. Aunque estas descripciones eran eminentemente empíricas, mostraban una intuición temprana sobre los efectos del tiempo sobre el corazón y la circulación. No fue hasta el siglo XVII, con la consolidación de la anatomía patológica y los estudios de William Harvey sobre la circulación sanguínea, que se empezó a teorizar sobre los cambios estructurales cardíacos asociados a la edad1.

A lo largo del siglo XIX, la medicina comenzó a reconocer las entidades clínicas vinculadas a la senescencia cardiovascular, como la arteriosclerosis, las alteraciones del ritmo y la insuficiencia cardíaca senil. Sin embargo, la visión de la vejez como una etapa fisiológicamente uniforme y en declive inevitable limitó el abordaje científico del envejecimiento como un proceso activo y multifactorial. Recién en el siglo XX, con el auge de la medicina geriátrica y la cardiología moderna, se empezó a entender que el corazón envejecido no es simplemente un corazón “gastado”, sino un órgano sujeto a mecanismos adaptativos complejos que deben interpretarse en contexto clínico2.

Desde el punto de vista estructural, el envejecimiento cardíaco se caracteriza por un conjunto de modificaciones progresivas que incluyen el engrosamiento de la pared ventricular, la fibrosis intersticial, la pérdida de elasticidad miocárdica y la calcificación de las válvulas. Estas alteraciones no obedecen necesariamente a patología subyacente, sino a mecanismos fisiológicos de adaptación que, sin embargo, reducen las reservas funcionales del corazón ante situaciones de estrés hemodinámico. La rigidez arterial progresiva y la poscarga elevada contribuyen además a la remodelación concéntrica del ventrículo izquierdo, fenómeno típico en pacientes mayores con presión arterial sistólica elevada3.

En términos electrofisiológicos, el nodo sinusal muestra una disminución del número de células marcapasos, lo que explica la mayor prevalencia de disfunción sinusal y bradicardia en adultos mayores. La fibrosis del sistema de conducción contribuye a la aparición de bloqueos auriculoventriculares y a la mayor incidencia de arritmias, especialmente la fibrilación auricular, cuyo riesgo se duplica por cada década de vida después de los 60 años. Estas alteraciones tienen implicaciones terapéuticas importantes, tanto en la elección del tratamiento farmacológico como en la indicación de dispositivos como marcapasos o desfibriladores4.

A nivel clínico, el envejecimiento modifica la presentación de las enfermedades cardiovasculares. El infarto agudo de miocardio en pacientes ancianos suele cursar sin dolor torácico típico, y se manifiesta en cambio como disnea, confusión o síncope. De igual modo, la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada (HFpEF) —históricamente subdiagnosticada— ha emergido como una de las principales causas de hospitalización en mayores de 75 años. En estos casos, la comorbilidad asociada, como la hipertensión, la obesidad, la diabetes y la enfermedad renal crónica, desempeña un rol patogénico determinante, complicando tanto el diagnóstico como el manejo clínico5.

El envejecimiento también afecta la respuesta a los fármacos cardiovasculares. La alteración de la farmacocinética y la farmacodinámica con la edad —por disminución del aclaramiento renal, cambios en la distribución de volumen y sensibilidad aumentada a ciertos principios activos— obliga a una titulación cuidadosa de los tratamientos. Betabloqueantes, antiarrítmicos, anticoagulantes y diuréticos, entre otros, requieren un balance cuidadoso entre eficacia y riesgo, siendo fundamental una evaluación individualizada del beneficio terapéutico frente a los potenciales efectos adversos, especialmente en el contexto de polifarmacia y fragilidad6.

En este escenario, la fragilidad ha surgido como un concepto clave para la cardiología geriátrica contemporánea. Definida como una disminución multisistémica de la reserva fisiológica, la fragilidad condiciona los resultados clínicos de cualquier intervención, desde la optimización médica hasta los procedimientos quirúrgicos o percutáneos. La evaluación sistemática de la fragilidad, mediante escalas validadas como la Clinical Frailty Scale o el índice de Fried, ha sido incorporada a múltiples guías internacionales de práctica clínica, particularmente en pacientes con valvulopatías, insuficiencia cardíaca avanzada o en evaluación para trasplante o implante de dispositivos7.

Desde el punto de vista terapéutico, los avances en técnicas mínimamente invasivas han revolucionado el abordaje cardiovascular en adultos mayores. Procedimientos como el implante percutáneo de válvula aórtica (TAVI), la reparación mitral transcatéter, y la ablación de fibrilación auricular mediante crioenergía o radiofrecuencia se han posicionado como opciones seguras y eficaces en poblaciones tradicionalmente consideradas de alto riesgo quirúrgico. Estos avances han permitido redefinir el pronóstico de pacientes octogenarios y nonagenarios con enfermedad cardiovascular estructural significativa8.

La rehabilitación cardíaca adaptada a la edad es otro componente crucial en la atención del paciente mayor. Lejos de ser una intervención exclusiva para pacientes jóvenes postinfarto, la rehabilitación multidisciplinar centrada en el ejercicio, la educación y el control de factores de riesgo ha demostrado mejorar la capacidad funcional, reducir la rehospitalización y mejorar la calidad de vida en pacientes geriátricos con cardiopatía establecida. Programas personalizados, que contemplen la fragilidad, la comorbilidad y la situación funcional basal, son ahora recomendados incluso en contextos como la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada9.

En el ámbito de la prevención primaria y secundaria, la medicina cardiovascular del envejecimiento ha evolucionado desde una actitud conservadora hacia una estrategia proactiva, aunque cuidadosamente balanceada. El control de la hipertensión arterial sistólica aislada, la estatina en prevención secundaria tras eventos cardiovasculares, y el uso de anticoagulación oral directa en fibrilación auricular no valvular son hoy pilares de tratamiento también en pacientes de edad avanzada, siempre que se evalúe cuidadosamente la expectativa de vida, el riesgo hemorrágico y la funcionalidad global10.

El envejecimiento cardiovascular ha sido también un campo fértil para la investigación traslacional. El estudio de los telómeros, la senescencia celular, los mecanismos epigenéticos del envejecimiento miocárdico y la inflamación crónica de bajo grado (inflammaging) ha abierto nuevas perspectivas terapéuticas. Se exploran actualmente estrategias para modular el envejecimiento celular mediante senolíticos, antioxidantes mitocondriales y moduladores del metabolismo energético, con el objetivo de preservar la función cardiovascular más allá de la prevención de eventos agudos11.

La inteligencia artificial y el análisis de grandes bases de datos han permitido mejorar la estratificación del riesgo cardiovascular en pacientes mayores, integrando variables clínicas, de imagen, bioquímicas y sociales. Esta medicina personalizada, basada en modelos predictivos complejos, busca superar las limitaciones de las escalas tradicionales diseñadas en poblaciones más jóvenes. Asimismo, el desarrollo de biomarcadores específicos del envejecimiento cardíaco —como la galectina-3, la ST2 soluble o ciertos microARN— podría permitir en un futuro próximo una mejor identificación de pacientes en riesgo de progresión a insuficiencia cardíaca o deterioro funcional8.

Finalmente, el envejecimiento del corazón no puede disociarse del entorno biopsicosocial del paciente mayor. La atención cardiológica en esta población requiere una visión holística que incorpore no solo la evidencia científica y las herramientas terapéuticas más avanzadas, sino también los valores, expectativas y calidad de vida del individuo. La toma de decisiones compartida, la integración de la medicina paliativa en fases terminales, y el respeto por la autonomía y la dignidad del paciente constituyen principios fundamentales en la práctica cardiovascular del siglo XXI, especialmente en el contexto de una población mundial que envejece de forma sostenida5.

HIPÓTESIS

En referencia a la hipótesis de la presente revisión sistemática, se espera que el conocimiento clínico y fisiopatológico actual en torno a los efectos del envejecimiento sobre el sistema cardiovascular sea robusto, multidimensional y respaldado por evidencia de alto nivel. Se vaticina que los estudios recientes habrán caracterizado con precisión los cambios estructurales y funcionales asociados a la senescencia cardíaca, incluyendo remodelado miocárdico, disfunción diastólica, alteraciones del sistema de conducción y pérdida de reserva funcional. Asimismo, se anticipa que las estrategias terapéuticas en adultos mayores con cardiopatía estarán alineadas con los principios de la medicina personalizada, teniendo en cuenta la fragilidad, la multimorbilidad y las modificaciones farmacodinámicas propias de la edad avanzada. Finalmente, se presume que la integración de enfoques multidisciplinares, junto con tecnologías mínimamente invasivas y modelos asistenciales adaptativos, ejercerá un impacto clínico positivo en términos de supervivencia funcional, autonomía del paciente y calidad de vida cardiovascular en la población geriátrica.

OBJETIVOS

Describir y analizar en profundidad los principales cambios estructurales, funcionales y electrofisiológicos que sufre el sistema cardiovascular con el envejecimiento, con especial énfasis en su repercusión clínica en patologías prevalentes como la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada, la fibrilación auricular y la hipertensión sistólica aislada.

Evaluar críticamente las estrategias terapéuticas contemporáneas en el paciente geriátrico con enfermedad cardiovascular, considerando la influencia de la fragilidad, la polifarmacia y la reserva funcional reducida, así como la aplicación de modelos asistenciales individualizados y tecnologías mínimamente invasivas en la optimización de resultados clínicos y funcionales.

METODOLOGÍA

Para la realización de esta revisión sistemática, se utilizaron bases de datos biomédicas reconocidas internacionalmente, incluyendo PubMed, Scopus, Web of Science, Google Scholar, ProQuest, DOAJ, Embase, SpringerLink, Index Copernicus, DOAB y Walden University Repository.

Los criterios de inclusión considerados fueron los siguientes:

Tipos de estudio: metaanálisis, revisiones sistemáticas, ensayos clínicos aleatorizados, estudios observacionales prospectivos y retrospectivos.

Participantes: individuos adultos mayores (≥65 años) con diagnóstico clínico de enfermedad cardiovascular (como insuficiencia cardíaca, fibrilación auricular, cardiopatía isquémica o valvulopatías) y/o con signos de envejecimiento cardiovascular fisiológico documentado.

Resultados: estudios que aporten datos relevantes sobre cambios fisiopatológicos inducidos por la edad en el sistema cardiovascular, impacto clínico del envejecimiento en la presentación y evolución de enfermedades cardíacas, respuesta al tratamiento farmacológico o intervencionista en pacientes geriátricos, y modelos asistenciales adaptados al paciente mayor con cardiopatía.

Idioma: publicaciones en español o inglés, o traducidas oficialmente a alguno de estos dos idiomas.

Se establecieron los siguientes criterios de exclusión:

Estudios no revisados por pares.

Publicaciones centradas exclusivamente en modelos animales o poblaciones pediátricas.

Investigaciones cuyo foco no estuviese directamente vinculado al envejecimiento cardiovascular o a las implicaciones clínicas del mismo.

Resultados sin aplicabilidad clínica o con escaso rigor metodológico.

RESULTADOS

El envejecimiento del sistema cardiovascular es un fenómeno progresivo y multifactorial que afecta de manera simultánea la estructura, la función y la conducción eléctrica del corazón. A nivel estructural, el miocardio experimenta hipertrofia concéntrica del ventrículo izquierdo, en respuesta a la rigidez vascular progresiva y el aumento sostenido de la poscarga. Este engrosamiento no está mediado por incremento de miocitos, sino por hipertrofia celular y deposición intersticial de colágeno, con transformación del fenotipo miocárdico hacia una arquitectura más rígida y menos elástica. La disfunción endotelial, sumada a la calcificación valvular, especialmente aórtica, y el incremento del estrés oxidativo, contribuyen a una remodelación estructural que reduce la capacidad adaptativa del corazón frente a situaciones de sobrecarga hemodinámica o metabólica12.

En términos funcionales, uno de los cambios más relevantes con el envejecimiento es la pérdida de distensibilidad ventricular durante la diástole, lo que genera una disfunción diastólica progresiva, incluso en ausencia de enfermedad cardiovascular manifiesta. Esta alteración, unida a una frecuencia cardíaca más baja por reducción de la sensibilidad betaadrenérgica, conduce a un llenado ventricular más dependiente de la contracción auricular y de una correcta sincronía atrioventricular. La consecuencia clínica es la aparición de insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada (HFpEF), patología cuya incidencia se dispara a partir de los 70 años y que representa más del 50 % de los ingresos por insuficiencia cardíaca en mayores. Su fisiopatología está directamente relacionada con el aumento de la rigidez miocárdica, la disfunción vascular y la inflamación sistémica de bajo grado propias del envejecimiento13.

Desde el punto de vista electrofisiológico, el nodo sinusal y el sistema de conducción presentan una reducción progresiva en el número de células especializadas y una fibrosis creciente del tejido de conducción. Esto predispone a alteraciones del ritmo como bradicardias, bloqueos atrioventriculares y, fundamentalmente, fibrilación auricular. La prevalencia de fibrilación auricular aumenta de forma exponencial con la edad, alcanzando cifras superiores al 10 % en mayores de 80 años. La aurícula izquierda sufre remodelado estructural y eléctrico, con dilatación, fibrosis y desorganización de la conducción, lo que favorece la reentrada eléctrica y la perpetuación del ritmo arrítmico. Esta entidad se convierte en una fuente mayor de eventos tromboembólicos, deterioro hemodinámico y progresión hacia insuficiencia cardíaca, incluso en ausencia de enfermedad estructural grave14.

Otro hallazgo clave del envejecimiento cardiovascular es la alteración de la función arterial. Las grandes arterias elásticas, como la aorta, pierden progresivamente su capacidad de amortiguar la onda de pulso debido a la fragmentación de las fibras de elastina y el depósito de colágeno. Esto se traduce clínicamente en una hipertensión sistólica aislada, con aumento de la presión de pulso y sobrecarga de la poscarga ventricular izquierda. Esta forma de hipertensión es altamente prevalente en ancianos y se asocia a un mayor riesgo de eventos cardiovasculares, incluyendo accidente cerebrovascular, infarto de miocardio y progresión de la disfunción ventricular. Además, el aumento de la velocidad de la onda de pulso y de la presión sistólica central contribuye al deterioro de la función renal y cognitiva en esta población15.

La combinación de estos factores —disfunción diastólica, alteraciones del ritmo y rigidez vascular— genera un fenotipo cardiovascular típico del paciente geriátrico, caracterizado por una mayor susceptibilidad al descompensamiento clínico, una respuesta atenuada al ejercicio y una elevada tasa de eventos adversos incluso ante estímulos fisiológicos menores. La disminución de la reserva cronotrópica y la pérdida de capacidad para modular el gasto cardíaco dificultan la adaptación a demandas fisiológicas, como fiebre, anemia, infección o cirugía. Esta reducción de la homeostasis cardiovascular representa un punto crítico en la evolución clínica y demanda una evaluación precisa y específica para guiar tanto el diagnóstico como las decisiones terapéuticas en pacientes mayores16.

El abordaje terapéutico del paciente geriátrico con enfermedad cardiovascular representa un desafío creciente para la cardiología contemporánea, debido a la interacción de múltiples factores que alteran la eficacia y tolerancia de los tratamientos convencionales. La fragilidad —entendida como un síndrome clínico caracterizado por disminución de la reserva fisiológica y mayor vulnerabilidad ante situaciones de estrés— modifica sustancialmente la evolución clínica de entidades como la insuficiencia cardíaca, la fibrilación auricular o la cardiopatía isquémica. Este perfil obliga a replantear la estratificación del riesgo tradicional, incorporando herramientas como el índice de fragilidad clínica (CFS) o la valoración geriátrica integral para guiar decisiones terapéuticas complejas17.

La polifarmacia, habitual en este grupo etario, se asocia con mayor incidencia de efectos adversos, interacciones medicamentosas y errores de prescripción. En el contexto cardiovascular, este fenómeno adquiere particular relevancia debido al uso crónico de fármacos que afectan la hemodinámica, la función renal o el sistema de conducción. Inhibidores del sistema renina-angiotensina, anticoagulantes, betabloqueantes o diuréticos requieren un ajuste individualizado y una monitorización constante en pacientes con función renal fluctuante o riesgo de hipotensión ortostática. La deprescripción racional y la simplificación terapéutica se posicionan como estrategias clave para preservar la adherencia y reducir eventos iatrogénicos18.

La reserva funcional reducida, tanto a nivel cardiovascular como multiorgánico, limita la tolerancia del anciano a tratamientos invasivos o agresivos. Esta situación es especialmente crítica en escenarios de revascularización coronaria, reemplazo valvular o ablación por fibrilación auricular. La decisión entre tratamiento médico optimizado, cirugía convencional o intervenciones transcatéter (TAVI, MitraClip, angioplastia de bajo contraste) debe contemplar no solo los scores anatómicos tradicionales (STS, EuroSCORE II), sino también parámetros funcionales como la capacidad de marcha, la sarcopenia o el estado nutricional. En este sentido, la medicina cardiovascular geriátrica se apoya en modelos multidisciplinares que integran cardiología, geriatría, anestesiología y rehabilitación para seleccionar el mejor enfoque terapéutico19.

La incorporación de tecnologías mínimamente invasivas ha modificado el paradigma terapéutico en pacientes de edad avanzada, permitiendo reducir el trauma operatorio, los tiempos de recuperación y las complicaciones perioperatorias. Procedimientos como el implante percutáneo de válvula aórtica (TAVI), la reparación transcatéter de la válvula mitral o la denervación simpática renal han demostrado eficacia incluso en octogenarios con múltiples comorbilidades. La clave del éxito terapéutico en este contexto reside en una adecuada selección del paciente, una planificación meticulosa del procedimiento y una coordinación postoperatoria orientada a la recuperación funcional precoz20.

En paralelo, la necesidad de modelos asistenciales individualizados se ha hecho evidente en el manejo del paciente cardiovascular geriátrico. El concepto de “medicina centrada en objetivos” sustituye el enfoque exclusivamente biomédico, priorizando la preservación de la autonomía, la calidad de vida y la toma compartida de decisiones. La hospitalización innecesaria, el encarnizamiento terapéutico y la medicalización del envejecimiento son aspectos que deben evitarse mediante rutas asistenciales específicas, programas de transición al alta, y seguimiento ambulatorio coordinado con atención primaria y cuidados paliativos cuando corresponda21.

CONCLUSIONES

Conclusión: El envejecimiento produce una transformación profunda del sistema cardiovascular, que va más allá de un simple deterioro funcional. La remodelación estructural del miocardio, la pérdida de distensibilidad ventricular, la degeneración del sistema de conducción y el endurecimiento progresivo de la vasculatura central generan un entorno fisiológico propenso al desarrollo de enfermedades cardiovasculares con fenotipos particulares, como la HFpEF, la fibrilación auricular y la hipertensión sistólica aislada. Estos cambios requieren una aproximación diagnóstica y terapéutica refinada, que contemple no sólo las alteraciones anatómicas y hemodinámicas, sino también la reserva funcional, la fragilidad y la coexistencia de comorbilidades. La comprensión detallada de estos mecanismos es esencial para optimizar el manejo clínico del adulto mayor y diseñar estrategias terapéuticas personalizadas, capaces de preservar la autonomía funcional, prevenir eventos agudos y mejorar la calidad de vida en esta población en crecimiento12–16.

La terapéutica cardiovascular en el paciente anciano no puede sustentarse únicamente en los algoritmos clásicos de guías clínicas que han sido diseñadas en poblaciones más jóvenes o menos complejas. Evaluar críticamente las estrategias disponibles implica reconocer la heterogeneidad funcional del adulto mayor, la coexistencia de síndromes geriátricos, y la distinta priorización de objetivos terapéuticos según el contexto vital del paciente. La integración de escalas funcionales, la racionalización farmacológica, la expansión de técnicas mínimamente invasivas y la construcción de equipos asistenciales interdisciplinares constituyen los pilares sobre los que se asienta una cardiología geriátrica moderna, ética y orientada a resultados clínicos y funcionales significativos. Este enfoque no sólo mejora la supervivencia, sino que preserva lo más valioso en el envejecimiento: la dignidad y la independencia17–21.

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