- Julia Membrado Garde. Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa. Aragón. España.
- Laura Lázaro Pérez. Hospital Universitario Royo Villanova. Aragón. España.
- Manuel Sánchez Arazuri. Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa. Aragón. España.
- Silvia Gallego Moreno. Hospital Universitario Miguel Servet. Aragón. España.
- Silvia Martínez Francisco. Hospital Universitario Royo Villanova. Aragón. España.
CARTA AL EDITOR
Sr. Editor:
El envejecimiento poblacional constituye uno de los principales retos sanitarios del siglo XXI. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), para el año 2050 se espera que más del 20% de la población mundial supere los 60 años¹. Esta transición demográfica obliga a replantear el modelo de atención en salud, especialmente en lo que se refiere al cuidado del paciente geriátrico, cuya complejidad clínica, funcional y social requiere enfoques más integrales y personalizados.
La persona mayor no puede ser atendida como un adulto más con comorbilidades. La coexistencia de enfermedades crónicas, la fragilidad, la polifarmacia, el deterioro funcional y los factores psicosociales exigen una valoración geriátrica integral. Esta herramienta, ampliamente validada, permite identificar necesidades específicas y orientar intervenciones centradas en la persona, con el objetivo de mantener la autonomía y la calidad de vida el mayor tiempo posible².
Desde la perspectiva enfermera, este enfoque cobra especial relevancia. El contacto continuo con el paciente geriátrico sitúa a la enfermera en una posición clave para detectar signos tempranos de deterioro, coordinar el plan de cuidados y fomentar la participación activa del paciente en su autocuidado. La relación terapéutica, basada en la empatía, la escucha y el respeto a los valores del mayor, es esencial para establecer intervenciones efectivas y éticas³.
Uno de los síndromes geriátricos más relevantes es la fragilidad, condición que incrementa la vulnerabilidad ante eventos adversos como caídas, hospitalizaciones o dependencia. Detectarla precozmente permite iniciar intervenciones dirigidas a mejorar la función física, el estado nutricional y el entorno social del paciente⁴. Junto con la fragilidad, otro reto frecuente es la polifarmacia, definida como el uso de cinco o más medicamentos diarios. La revisión periódica del tratamiento, la educación sanitaria y el fomento de la adherencia terapéutica forman parte del rol enfermero para minimizar riesgos derivados del uso excesivo de fármacos.
A todo ello se suma la necesidad de humanizar la atención. El paciente geriátrico suele enfrentarse a situaciones de soledad, institucionalización o pérdida de rol social. Promover su autonomía, escuchar sus preferencias y evitar un enfoque paternalista resulta imprescindible. De lo contrario, se corre el riesgo de caer en prácticas edadistas que invisibilizan sus derechos y su capacidad para decidir sobre su salud⁵.
En conclusión, atender adecuadamente al paciente geriátrico exige un cambio de paradigma, pasando de una visión centrada en la enfermedad a una centrada en la persona. La enfermería, por su cercanía y enfoque humanista, puede liderar este cambio, promoviendo cuidados individualizados, continuos y respetuosos con la dignidad del mayor.
BIBLIOGRAFÍA
- World Health Organization. Ageing and health [Internet]. 2022 [citado 2025 Jul 7]. Disponible en: https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health
- Ellis G, Gardner M, Tsiachristas A, Langhorne P, Harwood RH. Comprehensive geriatric assessment for older adults admitted to hospital. Cochrane Database Syst Rev. 2017;9:CD006211.
- Romero-Ortuno R, O’Shea D. Frailty and aging: does the phenotype model hold in older adults? Clin Interv Aging. 2018;13:1899–908.
- Clegg A, Young J, Iliffe S, Rikkert MO, Rockwood K. Frailty in elderly people. The Lancet. 2013;381(9868):752–62.
- Leung DYP, Wu Y, Loke AY. Conceptualization of ageism in health care settings: A systematic review. Int J Nurs Stud. 2021;120:103977.