- Carmen Candela Medina Blasco. Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE). TCAE en Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Sergio Marcuello Guallar. Celador. Aragón, España.
- Elena Lacueva Zapater. Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE). TCAE en Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Juan Carlos Sáez Moreno. Celador. Celador en Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Rocío del Carmen Gavilanes Escobar. Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE). TCAE en Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza. Aragón, España.
- Jennifer Bomati Quintana. Técnico en Cuidados Auxiliares de Enfermería (TCAE). TCAE en Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
La peste porcina africana (PPA) es una enfermedad viral altamente contagiosa que afecta a cerdos domésticos y jabalíes, considerada actualmente una de las principales amenazas para la producción porcina mundial. Causada por un virus ADN de la familia Asfarviridae, se caracteriza por tasas de mortalidad que pueden alcanzar el 100% en animales infectados y por la ausencia de vacuna o tratamiento eficaz disponible. Aunque no representa riesgo para la salud humana, su impacto económico y social es significativo, debido a las pérdidas directas en la producción, los costes de control sanitario y las restricciones comerciales internacionales.
En los últimos años, la expansión de la PPA desde África hacia Europa y Asia ha puesto de manifiesto la necesidad de estrategias globales de vigilancia y control. Las medidas actuales se centran en la bioseguridad de granjas, el control de poblaciones de jabalíes, la detección temprana mediante pruebas moleculares y la implementación de planes de contingencia nacionales e internacionales. Sin embargo, la complejidad epidemiológica y la diversidad de escenarios geográficos hacen que la PPA siga siendo un desafío para la sanidad animal.
PALABRAS CLAVE
Fiebre porcina africana, salud pública veterinaria, epidemiología, contención de riesgos biológicos, costo de enfermedad.
ABSTRACT
African swine fever (ASF) is a highly contagious viral disease affecting domestic pigs and wild boar, currently considered one of the main threats to global pork production. Caused by a DNA virus of the Asfarviridae family, it is characterized by mortality rates that can reach 100% in infected animals and by the absence of an available vaccine or effective treatment. Although it does not pose a risk to human health, its economic and social impact is significant due to direct production losses, the costs of disease control, and international trade restrictions.
In recent years, the spread of ASF from Africa to Europe and Asia has highlighted the need for global surveillance and control strategies. Current measures focus on farm biosecurity, wild boar population control, early detection through molecular testing, and the implementation of national and international contingency plans.
However, the epidemiological complexity and the diversity of geographical scenarios mean that ASF remains a challenge for animal health.
KEY WORDS
African swine fever, veterinary public health, epidemiology, containment of biohazards, cost of illness.
DESARROLLO DEL TEMA
La peste porcina africana (PPA) constituye una de las enfermedades más relevantes de la sanidad animal contemporánea. Se trata de una virosis altamente contagiosa que afecta a cerdos domésticos y jabalíes, caracterizada por tasas de mortalidad que pueden alcanzar el 100% en los animales infectados¹. Fue descrita por primera vez en Kenia en 1921 y desde entonces se ha expandido a diferentes continentes, convirtiéndose en una amenaza global para la producción porcina². Aunque no representa riesgo para la salud humana, su impacto económico y social es devastador, debido a las pérdidas directas en la producción, los costes de control sanitario y las restricciones comerciales internacionales³.
El agente causal de la PPA es un virus ADN perteneciente a la familia Asfarviridae, único entre los virus de animales domésticos por su pertenencia a esta familia. Este virus presenta una gran resistencia ambiental, pudiendo sobrevivir durante semanas en carne refrigerada y meses en productos cárnicos curados⁴. Los hospedadores principales son los cerdos domésticos y los jabalíes, aunque también se ha descrito la participación de garrapatas blandas del género Ornithodoros como vectores biológicos⁵. Esta capacidad de persistencia en el ambiente y en productos derivados del cerdo hace que la enfermedad sea especialmente difícil de controlar y erradicar.
Históricamente, la PPA llegó a la península ibérica en la década de 1960 y se convirtió en un problema endémico durante más de treinta años. España logró erradicarla en 1995 gracias a un programa intensivo de control, sacrificio sanitario, restricciones de movimiento y vigilancia epidemiológica sostenida⁶. Sin embargo, la reciente detección de casos en jabalíes en Cataluña en 2025 demuestra que la enfermedad puede reintroducirse y que la vigilancia debe mantenerse de manera constante⁷. Este hecho subraya la importancia de los programas de bioseguridad y de la cooperación internacional para evitar nuevas oleadas de contagio.
La epidemiología de la PPA es compleja. En África subsahariana se mantiene en un ciclo silvático entre jabalíes y garrapatas, pero en las últimas décadas se ha expandido hacia Europa y Asia, generando brotes de gran magnitud⁸. En China, por ejemplo, la enfermedad provocó una reducción drástica de la población porcina en 2018, con consecuencias directas en el mercado mundial de carne⁹. La globalización, el comercio internacional y el movimiento de animales han favorecido la dispersión del virus, que se ha convertido en un problema de alcance mundial.
La transmisión del virus ocurre principalmente por contacto directo entre animales infectados y sanos. También puede producirse a través de fluidos corporales como sangre, saliva y heces, así como por el consumo de carne contaminada¹⁰. Los fómites, como ropa, vehículos y utensilios, representan otra vía de dispersión, especialmente en contextos de baja bioseguridad¹¹. La persistencia del virus en el ambiente y en productos cárnicos dificulta su erradicación y favorece la aparición de nuevos brotes¹². Asimismo, la presencia de reservorios silvestres complica el control, pues los jabalíes pueden mantener la circulación viral y reintroducir el patógeno en explotaciones domésticas cuando las medidas de bioseguridad son insuficientes⁵.
Los signos clínicos de la PPA incluyen fiebre alta, pérdida de apetito, apatía, cianosis, hemorragias cutáneas y viscerales, y muerte súbita en pocos días¹³. La elevada mortalidad y la rapidez de progresión hacen que la enfermedad sea fácilmente reconocible en brotes agudos, aunque existen formas subagudas y crónicas con sintomatología menos evidente, lo que complica el diagnóstico diferencial con otras patologías hemorrágicas porcinas¹⁴. La variabilidad clínica depende de la virulencia de las cepas y de factores del hospedador, incluyendo edad, estado inmunitario y condiciones de manejo.
El diagnóstico de la PPA se basa en pruebas moleculares y serológicas. La PCR es la técnica más utilizada para la detección del ADN viral, con alta sensibilidad y especificidad, mientras que el ELISA se emplea para identificar anticuerpos en animales expuestos¹⁵. La confirmación de casos debe realizarse en laboratorios de referencia, siguiendo protocolos internacionales establecidos por la Organización Mundial de Sanidad Animal (WOAH), que incluyen requisitos de bioseguridad y trazabilidad de muestras¹⁶. La rapidez en la detección es fundamental para implementar medidas de control eficaces y evitar la propagación del virus; por ello, los sistemas de vigilancia activa y pasiva, y la notificación inmediata, son pilares del control sanitario.
Actualmente no existe vacuna eficaz y ampliamente disponible contra la PPA, lo que obliga a implementar medidas estrictas de control. Entre ellas destacan el sacrificio sanitario de animales infectados, la restricción de movimientos de ganado, la bioseguridad en granjas y la vigilancia epidemiológica en fauna silvestre¹⁷. La educación y concienciación de ganaderos, transportistas y trabajadores de mataderos resultan fundamentales para prevenir la propagación, especialmente en lo relativo a la limpieza y desinfección de vehículos, la gestión de residuos y el control de accesos¹⁸. La experiencia demuestra que las medidas de bioseguridad, aunque costosas y exigentes, son la herramienta más efectiva para contener la enfermedad en ausencia de una vacuna.
En los últimos años, diversos grupos de investigación han trabajado en el desarrollo de vacunas experimentales basadas en virus atenuados, deleciones génicas y plataformas recombinantes. Aunque algunos ensayos han mostrado resultados prometedores en términos de protección parcial o total, persisten retos importantes relacionados con la seguridad (reversión de virulencia), la duración de la inmunidad, la protección frente a múltiples genotipos y la producción a gran escala¹⁹. La inversión sostenida en investigación y el acceso coordinado a biobancos y cepas de referencia son cruciales para disponer de una herramienta preventiva que permita reducir la dependencia de las medidas de sacrificio masivo y las restricciones comerciales.
La PPA genera pérdidas millonarias en la industria porcina, afectando tanto a grandes productores como a pequeños ganaderos. Las restricciones comerciales internacionales derivadas de los brotes limitan la exportación de carne y productos derivados, lo que repercute en la economía de los países afectados²⁰. Además, la enfermedad tiene un fuerte impacto social en comunidades rurales, donde la producción porcina constituye una fuente esencial de ingresos y sustento²¹. La necesidad de apoyo institucional y fondos de compensación se hace evidente en cada brote, pues los productores no pueden asumir por sí solos las consecuencias económicas y la reposición de cabañas.
La PPA constituye una amenaza global que requiere cooperación internacional, inversión en investigación para el desarrollo de vacunas, fortalecimiento de las medidas de bioseguridad y armonización de políticas sanitarias. La experiencia reciente en España, con la reactivación de la vigilancia ante hallazgos en fauna silvestre, demuestra que la vigilancia constante, la coordinación interadministrativa y la rápida respuesta son esenciales para contener la enfermedad²². El equilibrio entre seguridad sanitaria y sostenibilidad económica será clave para mitigar su impacto en la industria porcina y garantizar la seguridad alimentaria mundial.
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