AUTORES
- Carlota Buen Pueyo. Servicio de Cirugía y Digestivo, Hospital San Jorge de Huesca, España.
- Hugo Escudero Casajus. Servicio de Urgencias, Hospital de Jaca, Servicio Aragonés de Salud, Jaca, España.
- Irati Cuadrado Noain. CS de Jaca, Servicio Aragonés de Salud, Jaca, España.
- Ignacio Bellosta Soler. Servicio Pull. Hospital San Jorge, Servicio Aragonés de Salud, Huesca, España.
- María Emilia Statie Statie Servicio de Truma/Uro/Onco/Oto. Hospital San Jorge, Servicio Aragonés de Salud, Huesca, España.
- Raúl Tricas Peralta. Servicio de Truma/Uro/Onco/Oto. Hospital San Jorge, Servicio Aragonés de Salud, Huesca, España.
RESUMEN
Las úlceras por presión constituyen un problema frecuente en pacientes con movilidad reducida. Su aparición puede provocar dolor, complicaciones, aumento de la estancia hospitalaria y una disminución de la calidad de vida. La prevención es fundamental y el personal de enfermería desempeña un papel esencial en la valoración del riesgo y en la aplicación de medidas preventivas. El objetivo de este trabajo es destacar las principales intervenciones de enfermería para prevenir las úlceras por presión.
PALABRAS CLAVE
Úlcera por presión, enfermería, prevención, seguridad del paciente.
Pressure ulcers are a common problem in patients with reduced mobility. Their appearance may cause pain, complications, longer hospital stays and a decrease in quality of life. Prevention is essential, and nursing professionals play an important role in risk assessment and the implementation of preventive measures. The aim of this paper is to highlight the main nursing interventions for the prevention of pressure ulcers.
KEY WORDS
Pressure ulcer, nursing, prevention, patient safety.
Las úlceras por presión son lesiones que pueden aparecer como consecuencia de una presión mantenida sobre determinadas zonas del cuerpo. Los pacientes encamados o con movilidad reducida presentan un mayor riesgo.
La prevención debe comenzar con una valoración individualizada del paciente. El personal de enfermería puede identificar factores de riesgo como la inmovilidad, la humedad, el estado nutricional o la alteración de la sensibilidad¹.
Las úlceras por presión representan un indicador relevante de la calidad y seguridad de los cuidados, ya que muchas de estas lesiones pueden prevenirse mediante una identificación temprana de los factores de riesgo y la aplicación sistemática de medidas preventivas. El riesgo no depende únicamente del tiempo que una persona permanece en cama, sino también de la capacidad para cambiar de posición, la percepción sensorial, la perfusión, el estado de la piel, la humedad, la nutrición y la presencia de enfermedades o dispositivos que puedan ejercer presión. Por ello, la prevención debe entenderse como un proceso continuo y no como una actuación aislada¹,⁴.
En este contexto, la enfermería ocupa una posición privilegiada para realizar una valoración integral, planificar cuidados individualizados y comprobar la respuesta del paciente a las intervenciones. La observación diaria permite identificar cambios que pueden pasar inadvertidos si únicamente se considera una escala de riesgo. La reevaluación adquiere especial importancia cuando existe un cambio en la movilidad, aparece deterioro del estado general, se modifica la situación nutricional o el paciente pasa de un entorno asistencial a otro⁴,⁵.
La valoración inicial del riesgo permite establecer un plan de cuidados adaptado a las necesidades del paciente. Las escalas de valoración pueden ser herramientas útiles para identificar a las personas con mayor riesgo de desarrollar lesiones².
Una de las principales medidas preventivas es la realización de cambios posturales. La movilización periódica permite disminuir la presión mantenida sobre determinadas zonas del cuerpo.
También es importante mantener la piel limpia, seca e hidratada. La presencia de humedad puede favorecer la aparición de lesiones, especialmente en pacientes con incontinencia.
La nutrición y la hidratación adecuadas también forman parte de la prevención. Un estado nutricional deficiente puede afectar a la integridad de la piel y aumentar el riesgo de lesiones.
La educación sanitaria dirigida al paciente y a sus familiares puede favorecer su participación en las medidas preventivas, especialmente en aquellos pacientes que continúan sus cuidados en el domicilio.
Además, la prevención requiere una vigilancia continuada durante la estancia del paciente. La valoración del estado de la piel debe integrarse en los cuidados habituales, prestando especial atención a las zonas sometidas a presión y a aquellas en las que puedan aparecer cambios relacionados con la humedad o la inmovilidad. La observación sistemática permite detectar de forma precoz alteraciones en la piel y adaptar las intervenciones a la evolución del paciente. El registro de los cuidados realizados también facilita la continuidad asistencial entre los distintos profesionales y turnos3.
El personal de enfermería debe considerar las características individuales de cada paciente al establecer las medidas preventivas. La capacidad para movilizarse, el grado de dependencia, la presencia de incontinencia y las necesidades nutricionales pueden variar a lo largo del proceso asistencial. Por este motivo, las medidas preventivas deben revisarse cuando se producen cambios en el estado general o en la movilidad3.
La colaboración con otros profesionales sanitarios y la participación del paciente y de la familia contribuyen a mantener una estrategia preventiva coordinada. La educación sanitaria debe incluir recomendaciones sencillas y comprensibles sobre movilización, cuidado de la piel, alimentación e hidratación, de manera que puedan mantenerse los cuidados también después del alta hospitalaria. Estas actuaciones forman parte de una atención centrada en la prevención y en la seguridad del paciente3.
La valoración del riesgo debe integrarse en la valoración enfermera global. Las escalas estructuradas pueden facilitar la identificación de pacientes vulnerables y ayudar a organizar los cuidados, pero no deben sustituir el juicio clínico ni la observación directa de la piel. La situación funcional y clínica puede cambiar durante una hospitalización, por lo que una puntuación inicial no debe considerarse definitiva. La reevaluación permite adaptar el plan de cuidados a la evolución real del paciente y priorizar las medidas que resulten necesarias en cada momento²,⁴.
La movilización y la redistribución de la presión constituyen elementos centrales de la prevención. Los cambios de posición deben realizarse de forma individualizada, teniendo en cuenta la tolerancia, el estado clínico, la movilidad y las características de la superficie de apoyo. La evidencia más reciente indica que, aunque la movilización continúa siendo una estrategia habitual, no existe suficiente certeza para establecer un único intervalo de reposicionamiento válido para todos los adultos. Por ello, la frecuencia y el tipo de movilización deben adaptarse a las necesidades de cada persona y combinarse con otras medidas preventivas⁴.
Las superficies de apoyo también pueden contribuir a disminuir la presión mantenida sobre determinadas zonas corporales. Su elección debe relacionarse con el riesgo del paciente, su movilidad, su situación clínica y el entorno en el que recibe los cuidados. No se trata de sustituir los cambios posturales por una superficie específica, sino de integrar diferentes medidas dentro de un plan preventivo. Los programas que combinan varias actuaciones han mostrado mayor utilidad que la aplicación aislada de una única intervención, lo que refuerza la importancia de los cuidados en forma de conjunto o paquete preventivo⁵.
El cuidado de la piel requiere una inspección sistemática, especialmente en prominencias óseas y en las zonas sometidas a humedad, fricción o presión. La limpieza debe realizarse evitando procedimientos agresivos que puedan alterar la barrera cutánea. En pacientes con incontinencia es importante controlar la exposición prolongada a la humedad y establecer medidas que mantengan la piel protegida. También debe prestarse atención a la presencia de enrojecimiento u otros cambios que puedan indicar una alteración inicial, comunicando y registrando los hallazgos para favorecer una intervención precoz¹,⁵.
La nutrición y la hidratación forman parte de la prevención porque el estado general y la integridad de los tejidos están relacionados con el aporte adecuado de energía y nutrientes. La enfermería puede detectar dificultades para comer o beber, pérdida de peso, disminución del apetito o dependencia para la alimentación y comunicar estos hallazgos al equipo responsable. Cuando existe riesgo nutricional, la intervención debe realizarse de manera coordinada con los profesionales correspondientes, evitando considerar la alimentación como una actuación independiente del resto de los cuidados¹.
Los dispositivos sanitarios merecen una vigilancia específica. Sondas, mascarillas, férulas, sistemas de fijación y otros elementos pueden generar presión localizada y producir lesiones relacionadas con dispositivos. Por este motivo, durante la higiene y la valoración habitual debe comprobarse la piel situada debajo o alrededor de estos elementos, procurando que su colocación sea adecuada y que no exista presión innecesaria. La detección temprana de alteraciones permite modificar la medida preventiva antes de que la lesión progrese⁵.
La educación sanitaria constituye otra intervención enfermera relevante. El paciente y la familia deben conocer el motivo de los cambios posturales, la importancia de observar la piel y las medidas que pueden mantenerse en el domicilio. La información debe adaptarse al nivel de comprensión de cada persona y reforzarse cuando sea necesario. Implicar al paciente favorece que las medidas preventivas no dependan exclusivamente del profesional y facilita la continuidad de los cuidados después del alta. La participación familiar puede ser especialmente útil cuando existe dependencia para la movilidad o para otras actividades básicas⁵.
El registro de las actuaciones permite conocer qué medidas se han aplicado, cómo ha evolucionado la piel y qué cambios se han producido en el nivel de riesgo. Una documentación clara facilita la comunicación entre turnos y entre diferentes niveles asistenciales. Además, permite identificar necesidades pendientes y reducir la posibilidad de que una intervención preventiva se interrumpa por falta de información. La prevención debe formar parte de un proceso asistencial compartido en el que todos los profesionales conozcan las medidas establecidas y sus motivos.
Finalmente, la prevención de las lesiones por presión debe considerar la seguridad y la dignidad del paciente. Las movilizaciones deben realizarse procurando minimizar el dolor, explicar previamente las actuaciones y respetar las preferencias y capacidades de la persona. El enfoque individualizado permite equilibrar las necesidades de prevención con otros objetivos clínicos y con el bienestar del paciente. La actuación enfermera no consiste únicamente en realizar técnicas, sino también en valorar, educar, coordinar, registrar y reevaluar de manera continuada⁴,⁵.
La prevención de las úlceras por presión es una parte fundamental de los cuidados de enfermería. La valoración del riesgo, los cambios posturales, el cuidado de la piel y una adecuada nutrición son algunas de las principales medidas preventivas.
La actuación precoz y la aplicación de cuidados individualizados pueden reducir la aparición de estas lesiones y mejorar la calidad de vida de los pacientes.
La valoración sistemática del riesgo, junto con la vigilancia continuada del estado de la piel, permite detectar situaciones de riesgo y actuar antes de que aparezcan lesiones. En este sentido, los cambios posturales y la movilización, adaptados a las características y posibilidades de cada persona, constituyen medidas esenciales para disminuir la presión mantenida sobre las zonas de riesgo.
Asimismo, el mantenimiento de una piel limpia, seca e hidratada y la prevención de la humedad asociada a la incontinencia son intervenciones importantes dentro del plan de cuidados. Estas actuaciones deben complementarse con una adecuada valoración del estado nutricional y de la hidratación, ya que ambos factores están relacionados con el mantenimiento de la integridad cutánea.
La educación sanitaria del paciente y de sus familiares también representa un elemento relevante, ya que favorece su participación activa en las medidas preventivas y facilita la continuidad de los cuidados después del alta hospitalaria. Del mismo modo, el registro de las intervenciones y la coordinación entre los diferentes profesionales contribuyen a garantizar una atención continuada y segura.
En definitiva, la prevención de las úlceras por presión requiere una actuación enfermera sistemática, individualizada y mantenida en el tiempo. La combinación de valoración del riesgo, movilización, cuidados de la piel, atención nutricional, educación sanitaria y seguimiento permite abordar de forma integral los principales factores asociados a su aparición y contribuye a mejorar la seguridad y la calidad de vida del paciente.
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