AUTORES
- María García Magán. Enfermera Instituto de Evaluaciones Médicas y Doctora en Ciencias de la Antigüedad. Aragón, España.
- Nuria Durán Artigas. Enfermera Cardiología/Cirugías Cardíaca, Hospital Universitario Miguel Servet. Aragón, España.
- Elías Rafael Herrera Ruiz. Enfermero Medicina Interna, Hospital Universitario Miguel Servet. Aragón, España.
- Ana María Barceló Labuena. Enfermera Urgencias Hospital Universitario Miguel Servet. Aragón, España.
- Joaquín Juste Giménez. Enfermero 061 Aragón. Aragón, España.
- Miriam Artal Rillo. Enfermera Quirófano Materno Infantil, Hospital Universitario Miguel Servet. Aragón, España.
RESUMEN
El objetivo del presente estudio es analizar quiénes desempeñaron los cuidados de la mujer en la Roma antigua. Mediante el examen de los testimonios recogidos en fuentes literarias, epigráficas e iconográficas, así como de las investigaciones modernas que se han ocupado del tema, se pretende conocer cuáles fueron las características socioeconómicas y culturales de obstetrices y medicae —es decir, de aquellas mujeres que pueden considerarse las predecesoras de las actuales matronas. En este sentido, las fuentes históricas indican que la gran mayoría de obstetrices y medicae tuvieron orígenes humildes, motivo que probablemente contribuyó a crear la imagen peyorativa que dibujan algunas fuentes sobre estas figuras. Sin embargo, los testimonios históricos también revelan el gran valor que la sociedad romana atribuyó a su trabajo, así como su gran relevancia a nivel social.
PALABRAS CLAVE
Historia, historia de la enfermería, partería, Roma.
ABSTRACT
The aim of this study is to analyze who performed the care of women in Ancient Rome. By examining the testimonies collected in literary, epigraphic and iconographic sources, as well as modern research on the subject, this paper tries to find out the socioeconomic and cultural background of obstetrices and medicae -that is, those women who can be considered the predecessors of today’s midwives. In this regard, historical sources indicate that the vast majority of obstetrices and medicae had humble origins, which probably contributed to the pejorative image that some sources portray. However, historical testimonies also reveal the great value that Roman society attributed to their work, as well as their great social relevance.
KEY WORDS
History, history of nursing, midwifery, Rome.
INTRODUCCIÓN
En la comedia Andria, compuesta y presentada por Terencio en el siglo II a.C., aparece Lesbia, una partera u obstetrix —en lengua latina— a la que presentan como una vieja alcohólica, poco digna de atender un parto (Ter.An.1.4). Sin embargo, más adelante, Lesbia no solo demuestra que es capaz de asistir el parto que le encomiendan de forma eficaz, sino también de valorar el estado del recién nacido y prescribir cuidados postparto a la reciente madre: “Ahora, en primer lugar, ten cuidado y que tome un baño; luego, después de eso, adminístrale lo que ordené que se le diera a beber y en la dosis que le prescribí”, dice la vieja obstetrix (Ter.An.3.2). ¿Fueron las parteras de la antigua Roma “viejas borrachas” poco confiables tal y como primeramente se describen en la obra de Terencio, o deberíamos quedarnos con la imagen que presenta posteriormente de una competente experta en los cuidados de la mujer y el recién nacido? ¿Quiénes se encargaron de atender los partos y proveer los cuidados de las mujeres en su etapa reproductiva y sexual en la antigua Roma?
OBJETIVOS
El objetivo del presente trabajo es dar respuesta a esta última pregunta. Lo que se pretende, pues, es presentar una semblanza de aquellas figuras que se dedicaron al cuidado de las mujeres en la Roma Antigua, utilizando para ello las fuentes históricas disponibles y, especialmente, la bibliografía moderna que ha investigado sobre el tema. El fin último es, en consecuencia, conocer y comprender las raíces de la profesión actual de matrona, exponiendo las características sociales, económicas y culturales de sus predecesoras.
METODOLOGÍA
Este artículo es el resultado de una investigación de tipo cualitativo que se ha valido de la metodología histórica en su desarrollo. Por tanto, se ha combinado la consulta de fuentes históricas primarias con la revisión bibliográfica de las fuentes de carácter secundario. En el caso de las fuentes primarias, se han consultado autores latinos y griegos como Terencio, Plinio o Sorano, quienes aparecen referenciados en el texto según las convenciones utilizadas en el ámbito de las Humanidades (véase, Ter.An.1.4, por ejemplo). Para la lectura de los textos en latín y griego y sus correspondientes traducciones, se ha recurrido a la herramienta online “Perseus Digital Library”. Además, como fuente primaria, también se ha hecho uso de la epigrafía —es decir, la disciplina que estudia las inscripciones en diversos soportes—, para lectura y búsqueda se ha recurrido a la base de datos epigráfica “Clauss-Slavy”.
Es importante señalar que, en el ámbito de la Roma clásica, la palabra latina matrona se utilizó para designar a las mujeres romanas libres y respetables, y cuenta con otro tipo de connotaciones diferentes al término actual en lengua española (que obviamente deriva del anterior). No obstante, para facilitar la labor del lector, en este artículo utilizaremos el término en lengua española “matrona” como traducción de la palabra latina obstetrix, para hacer referencia a aquellas mujeres que se dedicaron en el pasado romano a los cuidados de sus congéneres.
En cuanto a la búsqueda de la bibliografía secundaria se han utilizado dos buscadores: PubMed, para el ámbito de Ciencias de la Salud, y Google Scholar, para las investigaciones enmarcadas en las Ciencias de la Antigüedad. Como palabras clave se han utilizado los descriptores “partería”, “Roma”, “historia de la enfermería”, “midwifery”, “Rome”, “History of Nursing”, combinándolos mediante diversos operadores boleanos. Todo ello ha dado como resultado una extensa lista de referencias bibliográficas de las que se han seleccionado aquellos títulos más relevantes para la investigación. A continuación, se exponen y discuten los resultados de la lectura crítica de estas fuentes.
En la Antigüedad, y en consonancia con el resto de sociedades preindustriales, la mortalidad perinatal, tanto de la madre como del feto o recién nacido, era muy elevada. Algunos autores apuntan a que entre del 5 al 10% de las madres morían durante el parto, mientras que la mortalidad neonatal se estima en torno al 200 ‰1 e incluso 300‰2. Las fuentes literarias también muestran que el parto era concebido como un importante riesgo para la madre, tal y como expresa Sorano en su obra Gynaikeia – tratado de gran importancia para nuestro estudio. También los epitafios conservados revelan el dolor que sufrían los familiares de aquellas mujeres que no lograban sobrevivir al parto, como el caso de Cándida, cuyo marido le erigió un monumento funerario en Salona (actual Croacia), en el que se indica que, tras cuatro días de extenuantes dolores, la madre murió intentando alumbrar a su hijo (CIL III 2267)3. Por tanto, la salud reproductiva y sexual de las mujeres en la Roma antigua constituía una preocupación de primer nivel. No es de extrañar que, en consonancia con el resto de sociedades del Mediterráneo antiguo, existieran figuras especializadas en el cuidado de la mujer.
Las fuentes señalan que, en la Antigüedad, los cuidados de la mujer eran dispensados por otras mujeres. Es bien sabido que los partos eran atendidos por matronas con diversos grados de profesionalización y tan solo en caso de complicaciones se requería la intervención de un médico varón (Sor.Gyn.2.63)2. Las fuentes atribuyen esta división sexual del trabajo a prejuicios morales: el pudor era la principal causa por la que las mujeres preferían ser atendidas por personas de su mismo sexo4. En el caso de Roma, la investigación ha señalado a dos figuras como las artífices de estos cuidados: las obstetrices y las medicae. Desafortunadamente, no contamos con ningún testimonio de primera mano sobre estas mujeres. Al igual que en el resto de ámbitos de la Historia Antigua, las voces de las mujeres fueron silenciadas y resulta difícil hallar testimonios que puedan atribuírseles. No obstante, en las últimas décadas, la investigación ha realizado un importante esfuerzo, profundizando en las fuentes y recabando aquellos testimonios que, si bien generalmente no provienen de las voces propias de las mujeres, sí que nos proporcionan información sobre las mismas —un fenómeno que también ocurre en el caso de obstetrices y medicae.
Medicae:
Comenzado con las medicae, esta figura ha sido objeto de debate en el seno de la investigación. La palabra latina médica (medicae en plural) es el femenino del sustantivo masculino medicus, que se traduce en español como “médico” o “doctor”, es decir, aquel profesional dedicado a tratar la salud de las personas —a pesar de que sus funciones, formación y concepción han variado ostensiblemente de la Antigüedad hasta nuestros días. En las fuentes antiguas sí que encontramos una larga tradición que describe y se encarga de detallar las funciones de estos hombres medici (plural de medicus), además de proporcionarnos información sobre su extracción social. Sin embargo, las fuentes son mucho más parcas a la hora de proporcionar datos sobre sus homólogas femeninas. Parte de la investigación —haciendo uso de las escasas fuentes que tratan sobre las medicae—, sostiene que probablemente estas figuras no podrían considerarse equiparables a los medici, puesto que tan solo se encargarían de los cuidados de la mujer en sus aspectos reproductivo y sexual. Para ello se basan en algunos indicios como, por ejemplo, el ara funeraria de Iulia Saturnina (CIL II 487), hallada en Augusta Emerita (actual Mérida) y que data de los siglos II-III d.C. En este monumento funerario quedó grabado el epitafio que Casio Filipo le dedicó a su mujer Julia Saturnina tras su muerte. En él se indica que Saturnina no solo fue una “esposa virtuosísima” (uxuri incomparabili), sino también una “doctora excelente” (medicae optimae)5. No obstante, la presencia en una de las caras del altar funerario de un relieve que representa a un recién nacido fajado ha conducido a parte de la investigación a pensar que Iulia Saturnina sería más bien una obstetra, antes que una “médica” en un sentido más amplio6.
Sin embargo, no todos los investigadores piensan que las medicae se dedicaran exclusivamente a los cuidados de la mujer, siendo sus funciones prácticamente iguales a las de la obstetrix. De hecho, existe un amplio debate sobre el tema. La mayor parte de la investigación considera que los estudiosos han restringido de forma errónea las funciones de las medicae a la ginecología y la obstetricia, proyectando en el pasado prejuicios contemporáneos7, como la mayor seriedad atribuida tradicionalmente a la profesión médica —que hasta hace unas décadas fue desempeñada mayoritariamente por hombres. En la actualidad, estos investigadores sostienen que las medicae no solo se encargarían de las patologías ginecológicas de la mujer, sino que sus funciones serían más amplias, ocupándose de otros problemas de salud8. De hecho, se conocen dos casos de medicae que probablemente trataron a varones: una doctora anónima que cuidó de la salud del propio emperador (Caesaris médica) y el de Melitine, a la que denominan “doctora de Apuleyo”4,9. Por tanto, se deduce de ello que las medicae no restringieron su actividad a la obstetricia y la ginecología. Además, recientemente se ha publicado una inscripción datada en el siglo I d.C., en la que Publicia Procula se describe a sí misma simultáneamente como médica y obstetrix, lo que implica que se trataría de dos profesiones diferenciadas y no de dos términos para designar la misma ocupación (AE 2018, 00451)4. Este epitafio cuenta con paralelismos con otra famosa inscripción griega (IG II2 6873) mucho anterior —siglo IV a.C.—, en la que se describe a la difunta Fanóstrate como matrona y médico (maia kai iatros)10. Por lo que se deduce que también en la época clásica griega estas dos profesiones estuvieron diferenciadas.
De hecho, otros hallazgos epigráficos nos proporcionan más información socioeconómica sobre las medicae e indican la existencia de diferencias con las obstetrices. En el minucioso de Alonso Alonso, esta investigadora señala que, aunque la mayoría de medicae de las que se ha podido deducir su extracción social tuvieran un origen servil, algunas de ellas nacieron libres —a diferencia de las obstetrices, todas ellas nacidas como servae (esclavas)4,9. Esto quiere decir que la mayoría de medicae ejercieron su profesión siendo esclavas, otras tantas siendo libertas (es decir, mujeres que nacieron como esclavas, pero a las que les fue concedida la libertad posteriormente) y, algunas fueron mujeres libres de pleno derecho desde su nacimiento. El origen servil de las medicae no debe sorprendernos, puesto que en la Antigüedad clásica este estatus era común también entre sus homólogos varones5,9.
Algunos indicios apuntan a que otra de las diferencias entre obstetrices y medicae es que estas últimas poseerían una mayor preparación teórica. Así parecen indicarlo algunas fuentes, como el epitafio de Naevia Clara, una difunta que es descrita como médica philologa (AE 2001, 263). Este último adjetivo ha llevado a pensar a parte de la investigación que Clara habría sido una médica que, además de su preparación práctica, habría contado con instrucción teórica1,4,9. Esta suposición no resulta descabellada, puesto que, en la Antigüedad, algunas mujeres como Cleopatra, Aspasia, Elephantis u Olympias fueron consideradas como verdaderas autoridades en el uso de hierbas medicinales y fármacos10,11,12. Del mismo modo, otras mujeres como Metrodora o Cleopatra escribieron tratados médicos que se han conservado de forma fragmentaria hasta nuestros días —aunque Flemming mantiene que algunos de ellos podrían haber sido escritos por varones bajo un pseudónimo femenino13. En cualquier caso, el hecho de que se ponga en entredicho que las mujeres también pudieron poseer una preparación teórica en Medicina durante la Antigüedad tal vez responda una vez más a prejuicios modernos, antes que a una indiscutible realidad histórica.
Obstetrices:
La palabra obstetrix proviene del verbo latino obstare, que está conformado por la preposición ob (delante) y el verbo stare (estar), por lo que, literalmente, obtetrix significa “la que está delante”. Con ello se hace referencia a la colocación que la obstetrix tomaba durante el parto, preparada para recibir al recién nacido1,7,11. De hecho, esta disposición está representada en un famoso relieve de Ostia datado en el siglo II d.C. y perteneciente a la tumba de la obstetrix Escribonia Ática. En la imagen se observa a una parturienta sobre una silla de parto, acompañada por otra mujer que la sujeta por la espalda y, finalmente, a la propia Ática. La obstetrix, que aparece sentada a un nivel más bajo, extiende sus manos entre las piernas de la mujer con el objetivo de recibir al recién nacido. No obstante, las fuentes iconográficas no son las únicas que nos informan sobre las funciones de las obstetrices. Su cometido es más profundamente conocido a través de las fuentes literarias. En especial, destaca el tratado de Sorano, Gynaikeia, pero también encontramos alusiones en otros autores que se ocuparon de escribir sobre temas relativos a la Medicina —como Plinio el Viejo o Celso—, e incluso a través de referencias indirectas en fuentes de naturaleza variada —como obras teatrales o fuentes jurídicas. Aunque el cometido de las obstetrices será tratado en futuras investigaciones —puesto que este artículo se centra en analizar su trasfondo socioeconómico y cultural—, baste por el momento indicar que sus funciones fueron mucho más allá de la asistencia a los partos, haciéndose cargo de los cuidados de la mujer a lo largo de todo su ciclo reproductivo y sexual e incluso desarrollando un importante papel a nivel jurídico.
Plinio el Viejo compone una imagen muy peyorativa de las obstetrices e indica que utilizaban tratamientos y remedios más cercanos a la brujería y a la superstición que al arte de la medicina (Pl.Nat.28.67;70;255). En este sentido, la investigación presume que la mayoría de parteras de la Antigüedad no habrían recibido una educación formal, sino que su conocimiento sería eminentemente práctico y basado en la experiencia11. No obstante, para responder a la pregunta de quiénes fueron las obstetrices en el pasado romano no se puede pasar por alto al ya mencionado Sorano —médico griego que vivió a caballo entre los siglos I y II d.C.—, quien proporciona una imagen mucho más profesionalizada de las matronas. Hay que tener en cuenta que, durante esta época — y a pesar de encontrarse sometida a la dominación de Roma—, la parte oriental Imperio seguía manteniendo el griego como lengua propia. En consecuencia, Sorano, nacido en Éfeso, escribió en esa lengua. Por tanto, en los escritos de Sorano no debemos buscar a las obstetrices, sino a las maiai —la palabra griega para designar esta profesión.
De especial relevancia es el famoso pasaje en el que el autor describe a la “maia ideal” (Sor.Gyn.1.3-4). En primer lugar, Sorano indica que las maiai, además de experiencia práctica, deben saber leer, poseer cierto nivel de conocimiento teórico y formación. La investigación coincide en señalar que estos requerimientos de Sorano responden más a un ideal que a una realidad ampliamente extendida, dado que, en la práctica diaria, el conocimiento entre parteras habría sido transmitido de forma oral y habría estado basado en la experiencia práctica3. Ello no obsta para que existieran maiai bien formadas e incluso alfabetizadas, tal vez aquellas que prestaran sus servicios a los sectores más prominentes de la sociedad y para las que Sorano podría haber dirigido su Gynaikeia como un manual teórico14. De hecho, el propio Sorano admite que la formación de las maiai podía variar mucho: desde las que no poseían una formación teórica, pero sí una amplia experiencia práctica; hasta las que sí que contaron con conocimientos teóricos en obstetricia y ginecología, y que son consideradas por Sorano como las “mejores matronas”11. Mustio, un comentarista de la obra de Sorano mucho posterior, indica que el objetivo de su trabajo es traducir al latín la obra de Sorano, puesto que cada vez son menos las obstetrices de su época capaces de leer griego12.
En cuanto a sus capacidades cognitivas, Sorano indica que la maia debe tener buena memoria, precisamente para retener los conocimientos y órdenes que se le transmiten, y tener la capacidad de estar alerta sobre lo que ocurre y se dice durante su trabajo. Además, debe saber mantener la calma y transmitir seguridad y empatía a sus pacientes. Asimismo, las maiai también deben poseer, según el médico griego, ciertas cualidades morales. En primer lugar, deben ser honradas, dado que, debido a la naturaleza de su trabajo, están en contacto con la intimidad de las familias que requieren sus servicios. Por ello, deben guardarse de revelar sus secretos —algo que, traducido a términos actuales, puede entenderse como la obligación de guardar el secreto profesional. Además, Sorano subraya que las maiai deben permanecer sobrias, tal vez respondiendo a la imagen popular de las parteras que aparece reflejada en la comedia, tal y como veíamos al inicio de este artículo. Sorano añade que han de ser disciplinadas y han de evitar la avaricia en sus cobros —lo que parece revelar precisamente que la profesión de las maiai estaría bien remunerada. Según Ecca, estas normas morales expuestas por Sorano muestran importantes paralelismos con los preceptos éticos promulgados por el corpus hipocrático, por lo que la investigadora sostiene que, durante los primeros siglos del periodo imperial, obstetrices y médicos compartirían un modelo ético común, difundido entre los profesionales de la salud15.
Por otro lado, Sorano también señala una serie de características físicas que deben poseer las maiai: no tener problemas de vista, oído y tacto; ser robustas; poseer extremidades firmes, manos suaves, largos dedos y uñas cortas. Asimismo, Sorano indica que, en contra de algunas opiniones de su época, no es necesario que la maia haya sido madre, sino que tan solo debe saber empatizar con el dolor de la mujer, aunque ella misma no lo haya sufrido. Además, también añade que, en contra de lo que algunos de sus coetáneos mantienen, tampoco es necesario que la matrona sea joven —aunque sí que posea los atributos físicos que le permitan ejercer su profesión de forma competente. Por último, el griego subraya que la perfecta maia debe alejarse de la superstición y de las creencias populares. Para algunos investigadores, la necesidad de Sorano de incluir esta exhortación revelaría precisamente que la práctica de las obstetrices sí que habría estado ligada a la superstición y a los saberes populares3 —algo tal vez confirmado por reproches que algunos autores como Plinio lanzan contra las obstetrices.
En cualquier caso, la investigación coincide en señalar que todas estas características que expone Sorano corresponden a un ideal más que a una realidad extendida entre las obstetrices. Por tanto, se debe recurrir a otro tipo de fuentes cuyos datos puedan ser comparados con la imagen descrita por el médico griego. Para ello, de nuevo la epigrafía desempeña un papel fundamental. Se conocen 32 inscripciones —la mayoría datadas en el siglo I d.C.— en las que aparece la palabra obstetrix, de las cuales 18 proceden de la ciudad de Roma y otras 12 del resto del Imperio9. A pesar de lo escueto de las mismas —la mayoría de ellas de carácter funerario—, se pueden deducir varios datos de interés sobre la identidad de estas obstetrices.
Algunos de los epitafios hallados especifican la edad de la difunta obstetrix cuando falleció. Gracias a ello sabemos que algunas de ellas ejercieron su profesión a una edad tan temprana como los 21 años (CIL VI 9723). Estas obstetrices sí que cumplirían con el ideal de juventud que defendían aquellas voces contra las que se manifiesta Sorano. Además, la asociación en la epigrafía de las obstetrices con otros familiares que también ejercieron como profesionales de la salud puede ser indicativo de que existieron estirpes familiares en los que el conocimiento médico se transmitió y fluyó en el seno de la familia, y cuyos individuos pudieron trabajar de forma conjunta9. Por ejemplo, en el ya citado monumento funerario de Escribonia Ática también se conmemora la muerte de su esposo, Marco Ulpio Amerino, que ejerció de médico y al que también se muestra practicando su profesión en otro relieve. También es el caso de Irene, una obtetrix esclava, asociada en su epitafio con un médico con el que probablemente mantuviera una relación informal (CIL VIII, 4896)4,9.
En cuanto a su estatus socioeconómico, cabe reseñar que, a diferencia de las medicae, no se ha identificado ninguna obstetrix de nacimiento libre4,9. No obstante, esto no quiere decir que vivieran sumidas en la pobreza. Los soportes sobre los que se inscribieron sus epitafios fueron generalmente placas de mármol de no más de 30 cm, pero existen algunos monumentos, como el de las ya mencionadas Julia Saturnina y Escribonia Ática, que demuestran cierto poder adquisitivo9. En el mismo sentido, una de las inscripciones demuestra que la obstetrix Gratia Hilara poseyó un liberto propio, lo que de nuevo indica una buena posición económica. De hecho, en una obra del cómico romano Plauto, una matrona pide 40 dracmas por sus servicios (Pl.Mil.697), una suma nada desdeñable para la época3,11. No cabe duda de que sus servicios eran bien valorados en términos económicos, pues según el Código Justiniano –una fuente jurídica tardoantigua–, el valor de los esclavos médicos era el mismo que el de las esclavas parteras, siendo estas últimas las de mayor valor entre las mujeres esclavas8,11,12,16.
CONCLUSIONES
A pesar de que las fuentes sobre las figuras que se dedicaron al cuidado de la mujer son escasas, podemos extraer varias conclusiones de su análisis. Los cuidados a la mujer fueron dispensados tanto por medicae como por obstetrices. Sin embargo, estos dos términos no pueden ser considerados como sinónimos, puesto que parece probable que el ámbito de actuación de las medicae fuera más amplio, incluyendo otros problemas de salud no relacionados con la obstetricia y la ginecología. Aunque la investigación considera que la mayoría de los cuidados de la mujer poseyeron una naturaleza eminentemente práctica y los conocimientos fueron transmitidos de forma oral entre las parteras, las fuentes muestran que algunas mujeres —que posiblemente tuvieran acceso a tratados ginecológicos y médicos como el de Sorano— contaron también con formación teórica. Los orígenes tanto de las medicae y como de las obstetrices fueron humildes. Al igual que la mayoría de los médicos varones, y exceptuando algunas medicae, las mujeres que se dedicaron a la salud fueron esclavas que pudieron ser liberadas posteriormente, convirtiéndose en libertad y ejerciendo su labor profesional como tales. Debido a esta baja extracción social es posible que fueran consideradas de forma peyorativa, lo que se vería agravado por su género, determinante en una sociedad profundamente machista como la romana. En cualquier caso, esto no quiere decir que su labor no fuera valorada. Por el contrario, las fuentes muestran que el trabajo de obstetrices y medicae fue no solo remunerado, sino considerado imprescindible por sus coetáneos. En este sentido, el retrato de la obstetrix que presenta Terencio en la obra teatral a la que se hacía referencia al principio de este artículo muestra bien esa dualidad: por un lado, la pobre consideración de la sociedad romana hacia la obstetrix como persona; por otro, su imprescindible papel en la vida cotidiana, así como su indiscutible valor como profesional.
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