Exacerbaciones de la EPOC y riesgo cardiovascular: importancia de un abordaje integral desde el manejo inicial

8 abril 2026

 

AUTORES

  1. Andrea Barrado Ballestero. Médico Interno Residente de Medicina de Familia y Comunitaria del Centro de Salud San José Centro, Zaragoza. España.
  2. Clara María Muñoz Villanova. Médico Interno Residente de Medicina de Familia y Comunitaria del Centro de Salud San José Centro, Zaragoza. España.
  3. Félix Úbeda Azuara. Médico Interno Residente de Medicina de Familia y Comunitaria del Centro de Salud San José Centro, Zaragoza. España.
  4. Pablo Chicapar Machín. Médico Interno Residente de Medicina de Familia y Comunitaria del Centro de Salud San José Centro, Zaragoza. España.
  5. Inés Morales Benedí. Médico Interno Residente de Medicina de Familia y Comunitaria del Centro de Salud San Pablo, Zaragoza. España.
  6. Pablo Sampietro Buil. Residente de Medicina Interna del Hospital Royo Villanova, Zaragoza. España.

 

RESUMEN

La enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) se asocia con una elevada prevalencia de comorbilidades cardiovasculares, que influyen de forma significativa en el pronóstico y en el manejo clínico de las exacerbaciones agudas. La presencia de cardiopatía isquémica, insuficiencia cardiaca o arritmias incrementa el riesgo de eventos cardiovasculares y mortalidad tras una exacerbación, particularmente en el periodo inmediato posterior al episodio agudo. El manejo inicial de la exacerbación de la EPOC en pacientes con comorbilidad cardiovascular supone un reto diagnóstico y terapéutico, ya que la disnea es un síntoma común a ambas entidades y ciertos tratamientos respiratorios pueden tener repercusión cardiovascular. Una valoración integral precoz resulta esencial para diferenciar el origen de la clínica, optimizar el tratamiento respiratorio y prevenir la descompensación cardiovascular. En este artículo se revisa la relación entre las exacerbaciones de la EPOC y el aumento del riesgo cardiovascular, así como los principales aspectos del manejo inicial en pacientes con comorbilidad cardiovascular. Se presenta un caso clínico ilustrativo y se discuten las implicaciones clínicas de un abordaje integral desde el primer contacto asistencial.

PALABRAS CLAVE

EPOC, exacerbación de EPOC, riesgo cardiovascular, comorbilidad cardiovascular, disnea, manejo inicial.

ABSTRACT

Chronic obstructive pulmonary disease (COPD) is frequently associated with cardiovascular comorbidities, which significantly influence prognosis and clinical management, particularly during acute exacerbations. The coexistence of ischemic heart disease, heart failure, or arrhythmias increases the risk of cardiovascular events and mortality following exacerbations, especially in the early post-exacerbation period. Initial management of COPD exacerbations in patients with cardiovascular comorbidity represents a diagnostic and therapeutic challenge, as dyspnea is a common symptom of both conditions and some respiratory treatments may have cardiovascular effects. Early comprehensive assessment is essential to identify the underlying cause of symptoms, optimize respiratory therapy, and prevent cardiovascular decompensation. This article reviews the relationship between COPD exacerbations and increased cardiovascular risk, as well as key aspects of initial management in patients with cardiovascular comorbidity. A representative clinical case is presented, and the clinical implications of an integrated approach from the first healthcare contact are discussed.

KEY WORDS

COPD, COPD exacerbation, cardiovascular risk, cardiovascular comorbidity, dyspnea, initial management.

INTRODUCCIÓN

La enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) es una enfermedad respiratoria crónica de elevada prevalencia y una de las principales causas de morbimortalidad a nivel mundial1. Muy frecuentemente se asocia a comorbilidades, entre las que destacan las enfermedades cardiovasculares tanto por su alta prevalencia como por su impacto pronóstico en la vida del paciente. Múltiples estudios han demostrado que un porcentaje considerable entre el 30 y el 50 % de los pacientes con diagnóstico de EPOC presentan además un diagnóstico de enfermedad cardiovascular como cardiopatía isquémica, insuficiencia cardiaca, arritmias o enfermedad cerebrovascular, comorbilidades que influyen de forma significativa en la evolución clínica, la calidad de vida, la frecuencia de exacerbaciones y la mortalidad global2-4.

Más allá de factores de riesgo compartidos como el tabaco, la edad o la inactividad física, la asociación entre EPOC y enfermedad cardiovascular sugiere una interacción fisiopatológica que no puede explicarse únicamente por variables clínicas convencionales1,3,4.

La evidencia actual subraya que la coexistencia de la EPOC y la enfermedad cardiovascular no es casual, sino que deriva de vías fisiopatológicas compartidas cuya interacción sinérgica condiciona el pronóstico del paciente. Dentro de estos mecanismos, desempeñan un papel importante la inflamación sistémica crónica de bajo grado, el estrés oxidativo y la disfunción endotelial, junto con la hiperactivación del sistema nervioso simpático y el mantenimiento de un estado protrombótico persistente. Estos procesos no solo contribuyen al desarrollo de la enfermedad cardiovascular en el paciente con EPOC, sino que incrementan drásticamente la vulnerabilidad frente a eventos cardiovasculares agudos durante las exacerbaciones de EPOC3,5-7. Además, favorecen la progresión de la aterosclerosis y la inestabilidad de la placa de ateroma, lo que empeora de la patología cardiovascular prevalente en los pacientes con EPOC5-7. Asimismo, la hipoxemia crónica y las oscilaciones de la oxigenación durante el ejercicio o el sueño facilitan la aparición de arritmias y la descompensación de cardiopatías preexistentes1-4.

Durante las exacerbaciones agudas de la EPOC, estos mecanismos fisiopatológicos se aumentan de forma significativa. El aumento brusco de la inflamación sistémica, el estrés fisiológico y la hipoxemia se relacionan a un aumento del riesgo de presentar eventos cardiovasculares agudos, como infarto agudo de miocardio, insuficiencia cardiaca descompensada, arritmias malignas o ictus, especialmente en las primeras semanas tras el episodio agudo5,6.

Dado que la vulnerabilidad cardiovascular se prolonga más allá de la fase aguda de la exacerbación, es fundamental garantizar una vigilancia continua, no solo en el momento tras la exacerbación. Asimismo, es esencial implementar un adecuado plan terapéutico y un seguimiento estrecho de estos pacientes, ya que la prevención de nuevas exacerbaciones constituye un pilar clave en la reducción de eventos cardiovasculares. En este contexto, el abordaje precoz e integral de la exacerbación no solo resulta fundamental para el control de los síntomas respiratorios, sino también para la prevención de complicaciones cardiovasculares potencialmente graves y la mejora del pronóstico a corto y medio plazo1,5-7.

PRESENTACIÓN DEL CASO CLÍNICO

Presentamos un caso de un paciente varón de 78 años, exfumador desde hace 5 años, con diagnóstico de EPOC grave GOLD E, mMRC basal de 2. Otros antecedentes personales del paciente, presenta cardiopatía isquémica crónica, hipertensión arterial, dislipemia e insuficiencia cardiaca con fracción de eyección preservada. En tratamiento habitual con triple terapia inhalatoria formoterol fumarato dihidrato, glicopirronio y budesonida, ramipril 10 mg cada 24 horas, rosuvastatina de 20 mg cada 24 horas, bisoprolol 5 mg cada 24 horas y furosemida 40 mg en desayuno.

Nuestro paciente acude a urgencias por disnea progresiva de 24 horas de evolución, acompañada de tos y aumento de expectoración de coloración verdoso-amarillenta. Refiere que además desde hace 48h-72 horas presenta ortopnea leve y aumento del edema maleolar y pretibial en los últimos días. El aumento de disnea habitual lo clasificamos de mMRC habitual de 2 a mMRC 3-4. No presenta fiebre ni dolor torácico de características isquémicas. Adecuada adherencia terapéutica tanto a terapia oral, como inhalada, y adecuado uso de los mismos.

En la exploración física destaca taquipnea de reposo en torno a 30-35 rpm, saturación de oxígeno basal de 87 % y frecuencia cardiaca de 110 lpm. En la auscultación pulmonar muestra sibilancias difusas y crepitantes bibasales. Dada la insuficiencia respiratoria que presenta el paciente se decide realizar una gasometría arterial evidencia hipoxemia sin acidosis respiratoria y ampliamos con una analítica sanguínea completa, añadiendo reactantes de fase aguda y marcadores de congestión vascular e insuficiencia cardiaca. Y tras realizarse se inicia oxigenoterapia con cánulas nasales con oxígeno a 2 litros para mantener una saturación de oxígeno entre 91-93%.

Solicitamos una radiografía de tórax urgente donde se objetivan signos de congestión vascular leve, con borramiento de seno costofrénico izquierdo, sin infiltrados alveolares, ni otras alteraciones pleuroparenquimatosas de evolución aguda.

Tras una valoración integral de nuestro paciente, se diagnostica una exacerbación de EPOC moderada asociada a descompensación cardiaca leve. Se inicia tratamiento broncodilatador de acción corta con nebulizaciones de salbutamol en combinación con anticolinérgicos como bromuro de ipratropio, asociado a la oxigenoterapia controlada, en nuestro paciente no hubo necesidad de escalar tratamiento más allá de cánulas nasales. A nivel de insuficiencia cardiaca se realiza un ajuste del tratamiento diurético, con furosemida 40 mg intravenoso, durante su estancia en urgencias, y se pautó un aumento de la dosis que previamente tomaba, pasando a tomar 1-1-0 hasta revaluación por su médico de familia, con evolución clínica favorable.

DISCUSIÓN

Los pacientes con numerosas exacerbaciones de la EPOC se asocian a un aumento significativo del riesgo de eventos cardiovasculares, entre los que destacan infarto agudo de miocardio, insuficiencia cardiaca aguda, arritmias y muerte súbita1-5. Este riesgo es especialmente elevado durante los primeros días tras la exacerbación, aunque prevalece las semanas posteriores al episodio, incluso puede mantenerse incrementado durante varios meses, lo que resalta la importancia de una vigilancia estrecha tras la resolución clínica de la exacerbación2,3. Estudios recientes han demostrado que incluso exacerbaciones moderadas incrementan el riesgo de hospitalización por eventos cardiovasculares graves, lo que conlleva un aumento de mortalidad cardiovascular a corto y medio plazo1,4.

Durante las exacerbaciones de la EPOC se produce una respuesta sistémica aguda caracterizada por un marcado aumento del estrés fisiológico, que tiene repercusiones directas sobre el sistema cardiovascular1,3. La combinación de hipoxemia aguda, aumento del trabajo respiratorio y activación neurohormonal genera un incremento de la demanda miocárdica de oxígeno, que puede superar la capacidad de reserva coronaria, especialmente en pacientes con enfermedad cardiovascular subyacente2,4. Este desequilibrio entre aporte y consumo de oxígeno favorece la aparición de isquemia miocárdica silente o clínicamente manifiesta, así como la descompensación de insuficiencia cardiaca previamente estable3,5.

Además, las exacerbaciones se asocian a alteraciones hemodinámicas transitorias, como aumento de la presión arterial pulmonar y sobrecarga del ventrículo derecho, que pueden agravar la disfunción ventricular global y facilitar la aparición de arritmias cardiacas4,6. Estudios recientes de la literatura científica han demostrado que la respuesta inflamatoria sistémica y la activación plaquetaria durante la exacerbación de EPOC se correlacionan con un mayor riesgo de eventos cardiovasculares graves, independientemente de la gravedad basal de la enfermedad respiratoria1,2. Este ayuda a explicar por qué incluso exacerbaciones moderadas de EPOC se asocian a un incremento significativo de hospitalizaciones cardiovasculares y mortalidad en el periodo posterior al episodio agudo2,3.

La disnea es el síntoma principal de las exacerbaciones de EPOC y de la insuficiencia cardiaca o la isquemia miocárdica, lo que dificulta el diagnóstico diferencial y puede retrasar la instauración de un tratamiento adecuado4, 5. Aunque es frecuente la coexistencia de ambas enfermedades, y la falta de una evaluación sistemática puede conducir a infradiagnóstico o a iniciar un tratamiento subóptimo a la situación clínica del paciente. Por ello, la valoración inicial debe incluir una anamnesis dirigida, exploración física completa, gasometría arterial, electrocardiograma y radiografía de tórax, considerando un umbral bajo para solicitar biomarcadores cardiacos cuando exista sospecha clínica3,5,6.

El uso de broncodilatadores con agonistas β2 de acción corta sigue siendo el tratamiento fundamental en la exacerbación de la EPOC, pero su uso puede provocar efectos secundarios como aumento de la frecuencia cardiaca, arritmias o descompensación cardiaca en pacientes con enfermedad cardiovascular establecida1,4. Por ello, se recomienda utilizar la dosis mínima eficaz, monitorizar estrechamente la respuesta clínica del paciente y ajustar el tratamiento de manera individualizada.

La oxigenoterapia debe administrarse de forma controlada, con monitorización estrecha de la saturación de oxígeno, evitando tanto la hipoxemia como la administración excesiva de oxígeno. En los pacientes con EPOC, un aporte elevado de oxígeno puede favorecer la retención de CO₂ debido a alteraciones en la relación ventilación-perfusión y al efecto Haldane, con el consiguiente riesgo de acidosis respiratoria y de aumento de la carga cardiovascular, especialmente en aquellos con comorbilidad cardiaca4,5. Asimismo, es fundamental no suspender de forma rutinaria los tratamientos cardioprotectores durante la exacerbación de la EPOC, como los betabloqueantes o los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina, salvo que exista una contraindicación clara. La retirada injustificada de estos fármacos puede favorecer la descompensación de la insuficiencia cardiaca, el mal control de la cardiopatía isquémica o la aparición de arritmias, contribuyendo a un peor pronóstico cardiovascular. La evidencia actual demuestra que los betabloqueantes cardioselectivos son seguros en pacientes con EPOC y se asocian a una reducción de la mortalidad y de los eventos cardiovasculares, incluso en el contexto de exacerbaciones, por lo que su suspensión sistemática no está justificada. Del mismo modo, los inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina y otros fármacos del eje renina-angiotensina-aldosterona desempeña un papel clave en la protección cardiovascular y deben mantenerse siempre que la situación clínica lo permita1,3,6.

Un enfoque integral e individualizado permite optimizar el manejo de la clínica respiratoria sin comprometer la estabilidad cardiovascular del paciente, reduciendo el riesgo de complicaciones agudas y mejorando el pronóstico a corto y medio plazo1,6. Este abordaje requiere coordinación entre los distintos niveles asistenciales, incluyendo atención primaria y urgencias, y subraya la importancia de protocolos que integren la valoración cardiopulmonar desde el primer contacto clínico1,2,5.

CONCLUSIONES

Las exacerbaciones de la EPOC constituyen un periodo de alto riesgo cardiovascular, especialmente en pacientes con comorbilidad previa. El manejo inicial debe basarse en una valoración integral que permita identificar descompensaciones cardiovasculares asociadas y guiar un tratamiento individualizado y seguro.

La prevención de exacerbaciones, la optimización del tratamiento crónico y la coordinación entre niveles asistenciales son estrategias clave para mejorar el pronóstico de estos pacientes.

BIBLIOGRAFÍA

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