Manejo hospitalario de la crisis epiléptica: evaluación inicial, tratamiento del estado epiléptico y organización asistencial

2 octubre 2026

 

AUTORES

  1. Leyre Lecumberri Alzueta. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.
  2. Sara Chocarro Arróniz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.
  3. Amaia Ros Maiz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.

RESUMEN

Las crisis epilépticas constituyen un motivo habitual de atención urgente y su manejo hospitalario exige diferenciar con rapidez las crisis autolimitadas de aquellas que requieren intervención inmediata, especialmente el estado epiléptico. El objetivo de este trabajo es revisar el abordaje hospitalario integral de la crisis epiléptica, con especial atención al reconocimiento precoz del estado epiléptico, la estabilización inicial, el tratamiento farmacológico escalonado, la monitorización electroencefalográfica, la búsqueda etiológica y la organización de los circuitos asistenciales. Se realizó una revisión narrativa de recomendaciones clínicas y literatura científica relevante, priorizando documentos de sociedades científicas, guías de práctica clínica, ensayos clínicos aleatorizados y revisiones recientes. La definición operacional de estado epiléptico convulsivo establece un umbral temporal de cinco minutos para iniciar tratamiento urgente, dado que la probabilidad de remisión espontánea disminuye y aumenta el riesgo de complicaciones. El tratamiento debe comenzar simultáneamente con la estabilización cardiorrespiratoria y la identificación de causas reversibles. Las benzodiacepinas constituyen el tratamiento inicial, mientras que levetiracetam, fosfenitoína/fenitoína o valproato representan alternativas de segunda línea, sin evidencia de superioridad clara entre ellas en el ensayo ESETT. El electroencefalograma, especialmente la monitorización continua, adquiere un papel fundamental cuando persiste la alteración de conciencia o existe sospecha de actividad epiléptica no convulsiva. El manejo hospitalario óptimo requiere protocolos multidisciplinares, disponibilidad precoz de medicación y electroencefalografía, criterios claros de escalada a cuidados intensivos y planificación del seguimiento. La estandarización de procesos puede reducir retrasos terapéuticos y mejorar la seguridad del paciente.

PALABRAS CLAVE

Epilepsia, estado epiléptico, convulsiones, anticonvulsivos, benzodiazepinas, electroencefalografía.

ABSTRACT

Epileptic seizures are a common reason for emergency medical assessment, and hospital management requires rapid differentiation between self-limited seizures and conditions requiring immediate intervention, particularly status epilepticus. The aim of this article is to review the comprehensive hospital management of epileptic seizures, focusing on early recognition of status epilepticus, initial stabilization, sequential pharmacological treatment, electroencephalographic monitoring, etiological investigation, and healthcare pathway organization. A narrative review of relevant clinical recommendations and scientific literature was conducted, prioritizing clinical practice guidelines, scientific society recommendations, randomized controlled trials, and recent reviews. The operational definition of convulsive status epilepticus establishes a five-minute threshold for initiating emergency treatment because the likelihood of spontaneous seizure termination decreases while the risk of complications increases. Treatment should be initiated alongside cardiorespiratory stabilization and identification of reversible causes. Benzodiazepines are the first-line treatment, whereas levetiracetam, fosphenytoin/phenytoin, or valproate are second-line options, with no clear evidence of superiority among them in the ESETT trial. Electroencephalography, particularly continuous monitoring, plays a crucial role when impaired consciousness persists or non-convulsive seizure activity is suspected. Optimal hospital management requires multidisciplinary protocols, early availability of antiseizure medication and electroencephalography, clear criteria for escalation to intensive care, and appropriate follow-up planning. Standardized care pathways may reduce treatment delays and improve patient safety.

KEY WORDS

Epilepsy, status epilepticus, seizures, anticonvulsants, benzodiazepines, electroencephalography.

INTRODUCCIÓN

Las crisis epilépticas constituyen una manifestación neurológica habitual y heterogénea que puede presentarse desde episodios breves y autolimitados hasta situaciones potencialmente mortales que requieren intervención inmediata. El contexto hospitalario resulta especialmente relevante porque permite integrar la estabilización inicial, la confirmación diagnóstica, el tratamiento etiológico y anticonvulsivantes, la monitorización neurológica y la planificación posterior de cuidados.

Desde el punto de vista operativo, el estado epiléptico debe considerarse una emergencia neurológica. La Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) estableció un marco temporal que permite evitar la espera de la resolución espontánea cuando la duración de la crisis eleva el riesgo de persistencia y lesión neuronal. En el estado epiléptico convulsivo se considera un tiempo operacional de cinco minutos (T1) para iniciar tratamiento, mientras que el segundo punto temporal (T2), situado aproximadamente en 30 minutos, se relaciona con el riesgo creciente de consecuencias neurológicas a largo plazo¹.

La relevancia clínica del problema reside no solo en la actividad convulsiva visible. Una crisis puede haber cesado clínicamente y persistir como actividad electroencefalográfica, especialmente en pacientes con alteración prolongada del nivel de conciencia. Por tanto, el abordaje hospitalario debe integrar la semiología, la situación clínica, la etiología probable y el electroencefalograma.

Las recomendaciones actuales señalan que el estado epiléptico convulsivo requiere tratamiento inmediato, con administración de manera precoz de una benzodiacepina y posterior escalada terapéutica cuando la primera intervención no consigue controlar la crisis². La rapidez de actuación constituye uno de los principales determinantes modificables de la calidad asistencial.

OBJETIVO

El objetivo de esta revisión es presentar un modelo de manejo hospitalario integral de la crisis epiléptica, con especial atención al estado epiléptico y a la organización asistencial necesaria para disminuir retrasos diagnósticos y terapéuticos.

METODOLOGÍA

Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica y de documentos de referencia relacionados con el manejo hospitalario de las crisis epilépticas y el estado epiléptico. Se priorizaron guías de práctica clínica, documentos de sociedades científicas, ensayos clínicos aleatorizados, revisiones sistemáticas y revisiones narrativas publicadas en revistas biomédicas indexadas.

Se consideraron especialmente las recomendaciones de la ILAE, National Institute for Health and Care Excellence (NICE) y American Epilepsy Society (AES), así como la evidencia derivada del ensayo ESETT sobre el tratamiento farmacológico de segunda línea y los documentos de consenso sobre monitorización electroencefalográfica continua. También se incorporó literatura reciente sobre estado epiléptico refractario y superrefractario y sobre modelos organizativos hospitalarios.

El análisis se estructuró en torno a seis dimensiones: valoración inicial y estabilización, identificación del estado epiléptico, tratamiento farmacológico escalonado, monitorización electroencefalográfica, investigación etiológica y organización hospitalaria. Se excluyeron referencias no relacionadas directamente con el manejo agudo o aquellas cuyo contenido no aportase información aplicable al objetivo del manuscrito.

RESULTADOS

La atención inicial debe comenzar con una valoración estructurada de las funciones vitales. La prioridad es identificar y tratar inmediatamente alteraciones potencialmente reversibles que puedan precipitar o mantener la actividad epiléptica.

La valoración debe incluir permeabilidad de la vía aérea, ventilación, oxigenación y situación circulatoria, acompañadas de una evaluación neurológica rápida. La determinación inmediata de glucemia capilar es esencial, dado que la hipoglucemia constituye una causa potencialmente reversible de alteración de conciencia y actividad convulsiva. Además, debe obtenerse información sobre antecedentes de epilepsia, medicación anticonvulsivante habitual, adherencia terapéutica, consumo o retirada de alcohol y otras sustancias, traumatismos, fiebre, infecciones, embarazo, enfermedad cerebrovascular y posibles alteraciones metabólicas.

La guía NICE recomienda tratamiento urgente ante un estado epiléptico convulsivo definido operacionalmente por una duración de cinco minutos o más². El tratamiento y la estabilización no deben plantearse como procesos sucesivos, sino simultáneos: mientras se asegura la vía aérea y se obtiene acceso vascular, debe prepararse el tratamiento anticonvulsivante.

En pacientes con epilepsia conocida resulta de especial utilidad disponer de un plan individualizado de emergencia cuando exista. Dicho plan puede especificar el tratamiento de rescate previamente acordado y facilitar una intervención precoz².

La ausencia de recuperación del nivel de conciencia después de una crisis debe evitar interpretarse automáticamente como un período postictal prolongado. Cuando la recuperación es más lenta de lo esperado, debe considerarse la posibilidad de estado epiléptico no convulsivo, lesión cerebral aguda, alteraciones metabólicas, intoxicaciones u otras causas de encefalopatía.

El reconocimiento temprano del estado epiléptico constituye uno de los elementos centrales del manejo hospitalario. La definición de la ILAE permite establecer una conducta terapéutica basada en el tiempo, evitando retrasos derivados de la espera de una resolución espontánea¹.

El estado epiléptico convulsivo generalizado suele presentar actividad motora evidente, pero puede evolucionar hacia una fase en la que las manifestaciones motoras se reducen mientras persiste actividad epiléptica cerebral. Por este motivo, la ausencia de convulsiones visibles no equivale necesariamente a resolución electroclínica.

Desde una perspectiva práctica, debe sospecharse estado epiléptico cuando existe actividad convulsiva continua o recurrente sin recuperación adecuada de la conciencia, especialmente cuando se supera el umbral de cinco minutos. Asimismo, debe considerarse ante alteración persistente de conciencia inexplicada después de una crisis, movimientos sutiles repetitivos, desviación ocular, automatismos, mioclonías o cambios fluctuantes del estado mental.

La identificación etiológica debe realizarse desde el inicio. Entre las causas potenciales se encuentran la suspensión o incumplimiento del tratamiento anticonvulsivante, alteraciones metabólicas, intoxicaciones o abstinencia de sustancias, infección del sistema nervioso central, accidente cerebrovascular, traumatismo craneoencefálico, tumores y enfermedades autoinmunes2,3.

La etiología tiene además implicaciones pronósticas. En los casos refractarios, el tratamiento debe orientarse simultáneamente al control de la actividad epiléptica y a la causa subyacente⁴.

Las benzodiacepinas constituyen el tratamiento inicial del estado epiléptico convulsivo. La administración debe realizarse tan pronto como exista indicación clínica, evitando retrasos derivados de procedimientos diagnósticos no imprescindibles.

Cuando existe acceso intravenoso y disponibilidad de medios de reanimación, el lorazepam intravenoso constituye una opción de primera línea. Cuando el acceso intravenoso no está disponible de forma inmediata, pueden emplearse alternativas como midazolam por vía bucal o intramuscular, de acuerdo con el contexto clínico y los protocolos locales2,5.

La respuesta debe reevaluarse inmediatamente después de la administración. La persistencia de la actividad convulsiva no debe conducir a una espera prolongada. NICE recomienda administrar una segunda dosis de benzodiacepina si la primera no consigue controlar la crisis, generalmente después de un intervalo de aproximadamente 5-10 minutos, siempre considerando la dosis acumulada y el riesgo de depresión respiratoria².

El tratamiento debe acompañarse de vigilancia cardiorrespiratoria. El uso de benzodiacepinas exige preparación para soporte ventilatorio, especialmente en pacientes con comorbilidades, intoxicaciones, edad avanzada o administración repetida.

La práctica clínica debe evitar un error habitual: administrar dosis insuficientes por temor a los efectos adversos y, posteriormente, retrasar la escalada terapéutica. El objetivo es utilizar una dosis adecuada de tratamiento de rescate y mantener simultáneamente la capacidad de soporte vital.

Si el estado epiléptico persiste después de una estrategia adecuada con benzodiacepinas, debe iniciarse rápidamente un tratamiento anticonvulsivante intravenoso de segunda línea. Las principales opciones incluyen levetiracetam, fosfenitoína/fenitoína y valproato2,5.

El ensayo ESETT comparó directamente levetiracetam, fosfenitoína y valproato en pacientes con estado epiléptico convulsivo resistente a benzodiacepinas. No se identificó una superioridad estadísticamente significativa de ninguno de los tres tratamientos. El control del estado epiléptico y la mejoría del nivel de conciencia a los 60 minutos se alcanzaron aproximadamente en la mitad de los pacientes tratados⁶.

El análisis posterior por grupos de edad tampoco demostró diferencias relevantes de eficacia entre estos fármacos en niños, adultos y personas de edad avanzada⁷.

Por tanto, la elección debe individualizarse. Deben considerarse comorbilidades cardiovasculares, función hepática y renal, interacciones farmacológicas, disponibilidad hospitalaria, rapidez de preparación y administración, experiencia del equipo y características clínicas del paciente.

Levetiracetam puede presentar ventajas organizativas por su facilidad de preparación y administración y por un perfil de interacciones relativamente favorable. NICE señala que puede considerarse una opción preferente de segunda línea, aunque reconoce que levetiracetam, fenitoína y valproato pueden utilizarse en este contexto debido a la ausencia de evidencia de superioridad clara entre ellos².

En relación con el valproato, las recomendaciones de seguridad actualizadas en 2025 obligan a aplicar las precauciones regulatorias correspondientes. Esto es especialmente importante cuando se plantea el inicio o mantenimiento del tratamiento a largo plazo. Las restricciones de seguridad no deben interpretarse como una exclusión absoluta del valproato intravenoso en una emergencia, sino como la necesidad de realizar una valoración individualizada y aplicar las medidas regulatorias y protocolizadas correspondientes².

Se considera refractario el estado epiléptico que persiste pese al tratamiento adecuado con benzodiacepina y un fármaco anticonvulsivante de segunda línea. La persistencia de la actividad epiléptica en este contexto exige una escalada rápida del tratamiento y valoración por neurología, cuidados intensivos y, cuando sea necesario, una unidad especializada en epilepsia o neurocríticos4,8.

El manejo del estado epiléptico refractario debe orientarse a conseguir el control electroclínico evitando al mismo tiempo complicaciones derivadas del tratamiento. En pacientes con estado epiléptico convulsivo persistente puede ser necesaria la utilización de anestésicos intravenosos y ventilación mecánica. La estrategia debe individualizarse según la etiología, semiología, estado neurológico y respuesta a los tratamientos previos4,8.

La monitorización electroencefalográfica continua adquiere especial importancia en este escenario, tanto para confirmar el control de las crisis como para detectar recurrencias eléctricas no acompañadas de manifestaciones motoras⁹.

El estado epiléptico superrefractario representa una situación todavía más compleja, en la que la actividad persiste o recurre pese al tratamiento anestésico. En estos casos puede ser necesario combinar distintas estrategias farmacológicas y no farmacológicas, además de realizar una investigación etiológica ampliada⁴.

La ketamina ha adquirido interés en este contexto debido a su acción antagonista sobre los receptores NMDA. La evidencia disponible sugiere que puede ser una opción terapéutica factible en casos superrefractarios; no obstante, la literatura está constituida fundamentalmente por estudios observacionales y existe ausencia de ensayos aleatorizados robustos que permitan establecer su eficacia definitiva¹⁰. Por ello, su utilización debe reservarse a contextos especializados y protocolizados.

El electroencefalograma constituye una herramienta básica en el manejo hospitalario de pacientes con sospecha de estado epiléptico no convulsivo o con alteración persistente del nivel de conciencia.

La monitorización EEG continua está recomendada para detectar crisis no convulsivas y estado epiléptico no convulsivo, así como para evaluar la respuesta al tratamiento⁹. Su importancia se eleva en pacientes sedados, intubados o sometidos a coma farmacológico, en quienes la semiología clínica puede quedar parcialmente enmascarada.

El EEG no debe considerarse exclusivamente una prueba diagnóstica tardía. En pacientes seleccionados forma parte del proceso terapéutico porque permite determinar si el cese de las manifestaciones motoras se corresponde realmente con el control de la actividad epiléptica.

La disponibilidad de EEG continuo puede estar limitada por recursos humanos y tecnológicos. Por consiguiente, los hospitales deben establecer criterios de priorización. Entre los pacientes con mayor necesidad se encuentran aquellos con sospecha de estado epiléptico no convulsivo, alteración inexplicada de conciencia después de una crisis, estado epiléptico refractario y pacientes sometidos a sedación profunda⁹.

El control de la crisis no debe cerrar la investigación diagnóstica. Una vez estabilizado el paciente, debe determinarse por qué se produjo la crisis o por qué evolucionó hacia un estado epiléptico.

La evaluación inicial debe incluir, según el contexto, glucemia, electrolitos, función renal, función hepática, hemograma y otras pruebas dirigidas por la sospecha clínica. La determinación de concentraciones plasmáticas de medicamentos anticonvulsivantes puede ser útil cuando exista sospecha de incumplimiento terapéutico, toxicidad o alteraciones farmacocinéticas.

Las pruebas de neuroimagen deben seleccionarse según la situación clínica. La tomografía computarizada puede ser especialmente útil en el contexto agudo cuando existe sospecha de hemorragia, traumatismo, accidente cerebrovascular u otra lesión estructural que requiera una decisión inmediata.

La resonancia magnética cerebral puede aportar mayor sensibilidad para determinadas lesiones estructurales o inflamatorias y debe considerarse cuando la situación clínica lo permita.

En pacientes con fiebre, inmunosupresión, alteración persistente de conciencia u otros datos sugestivos de infección del sistema nervioso central debe considerarse el estudio microbiológico y, cuando esté indicado, el análisis del líquido cefalorraquídeo.

En estados epilépticos de etiología no aclarada, especialmente cuando existe un curso refractario, debe ampliarse el estudio hacia causas autoinmunes, metabólicas, tóxicas, infecciosas y paraneoplásicas. La identificación etiológica es de especial importancia en los cuadros de inicio reciente y refractarios4,8.

La calidad del manejo hospitalario depende de la coordinación entre neurología, medicina de urgencias, enfermería, cuidados intensivos, farmacia hospitalaria, electrofisiología clínica y otros profesionales implicados.

En enfermería, la prioridad inicial es garantizar la seguridad del paciente, mantener la vía aérea, monitorizar constantes, prevenir traumatismos y administrar el tratamiento prescrito de manera rápida y segura.

Durante una crisis convulsiva deben evitarse intervenciones potencialmente lesivas, como introducir objetos en la boca o intentar contener violentamente los movimientos. Debe protegerse la cabeza, retirar objetos peligrosos y facilitar una posición que permita mantener la permeabilidad de la vía aérea cuando las condiciones clínicas lo permitan.

Después de la crisis es necesario registrar la duración estimada, características de la actividad motora, nivel de conciencia, medicación administrada y respuesta obtenida. Estos datos son esenciales para determinar si se trata de una crisis autolimitada, una recurrencia o un posible estado epiléptico.

Desde una perspectiva de seguridad, resulta recomendable disponer de kits o carros de medicación de rescate claramente identificados, algoritmos visibles y protocolos que indiquen las responsabilidades de cada profesional.

No todas las crisis epilépticas precisan ingreso hospitalario. La decisión debe individualizarse considerando la etiología, recuperación neurológica, riesgo de recurrencia, comorbilidades, hallazgos en pruebas complementarias y posibilidad de seguimiento.

La persistencia de alteración del nivel de conciencia, sospecha de estado epiléptico, recurrencia de crisis, lesión estructural aguda, infección del sistema nervioso central, alteraciones metabólicas graves o necesidad de soporte ventilatorio constituyen motivos para una vigilancia hospitalaria intensiva.

El ingreso en una unidad de cuidados intensivos debe considerarse ante insuficiencia respiratoria, inestabilidad hemodinámica, necesidad de ventilación mecánica, tratamiento anestésico, estado epiléptico refractario o necesidad de monitorización intensiva.

La revisión de guías internacionales muestra que existe un consenso amplio respecto a la necesidad de tratamiento precoz, pero persisten diferencias entre recomendaciones en aspectos del estado epiléptico establecido, refractario y superrefractario³. Esta variabilidad refuerza la importancia de protocolos locales consensuados y de la disponibilidad de especialistas.

El manejo de las crisis epilépticas no debe depender exclusivamente de la experiencia individual del profesional que atiende al paciente. La creación de circuitos asistenciales estructurados permite reducir la variabilidad y facilitar la administración precoz del tratamiento.

Un modelo de especial interés en España es el desarrollado en la Comunidad de Madrid, basado en una red asistencial específica para la atención aguda de las crisis epilépticas. El modelo integra atención prehospitalaria, urgencias, hospitalización, hospitales de referencia, electroencefalografía, cuidados intensivos, alta y seguimiento, además de formación, investigación y evaluación de calidad¹¹.

La implementación de protocolos de este tipo puede ser especialmente útil en hospitales donde el acceso a neurología o EEG no es inmediato. El protocolo debería definir: criterios de activación del circuito de crisis epiléptica, responsabilidades de los profesionales implicados, disponibilidad de medicación de primera y segunda línea, criterios de consulta urgente a neurología, indicaciones y prioridad del EEG, criterios de traslado a cuidados intensivos, criterios de derivación a un centro de referencia, documentación obligatoria de tiempos y tratamientos y planificación del alta y seguimiento.

El uso de indicadores de calidad permite evaluar el funcionamiento real del circuito. Entre los indicadores potencialmente útiles se encuentran el tiempo desde el inicio de la crisis hasta la primera dosis de benzodiacepina, tiempo hasta la administración del tratamiento de segunda línea, tiempo hasta la realización del EEG cuando esté indicado, porcentaje de pacientes con glucemia determinada, porcentaje de pacientes con tratamiento correctamente documentado, necesidad de intubación, recurrencia de crisis y reingreso hospitalario.

La estandarización del proceso permite transformar el manejo del estado epiléptico desde una respuesta reactiva a un sistema organizado de atención urgente.

Una vez controlada la crisis y descartadas las causas que requieren hospitalización, debe realizarse una valoración individualizada de las necesidades de seguimiento.

En pacientes con epilepsia conocida es necesario comprobar la adherencia al tratamiento, revisar posibles factores precipitantes y confirmar que el paciente comprende el plan de actuación ante una nueva crisis. Cuando exista un tratamiento de rescate domiciliario, debe verificarse que el paciente y sus cuidadores conocen su indicación y administración.

En pacientes con una primera crisis no provocada o con sospecha de epilepsia, el alta debe incluir una vía de seguimiento neurológico adecuada. NICE recomienda valoración especializada tras una primera crisis sospechosa, con especial atención al riesgo de recurrencia y a la necesidad de pruebas complementarias¹².

La educación sanitaria debe abordar la prevención de nuevos episodios, adherencia terapéutica, sueño adecuado, consumo de alcohol y sustancias, seguridad durante actividades potencialmente peligrosas y cumplimiento de las recomendaciones legales relacionadas con la conducción.

La transición desde urgencias o el hospital hacia atención especializada debe ser documentada. La continuidad asistencial constituye un componente fundamental de la calidad, ya que el episodio agudo puede representar la primera manifestación de una enfermedad neurológica que requiere evaluación longitudinal.

DISCUSIÓN

El manejo hospitalario de las crisis epilépticas ha evolucionado desde una aproximación centrada exclusivamente en el control visible de las convulsiones hacia un modelo integral que incorpora tiempo de tratamiento, etiología, EEG, cuidados críticos y organización asistencial.

La definición temporal de la ILAE ha permitido establecer un punto de intervención precoz¹. Esta cuestión es de especial relevancia porque la eficacia de los tratamientos puede reducir a medida que el estado epiléptico se prolonga, mientras que aumentan las complicaciones sistémicas y neurológicas.

Las benzodiacepinas continúan siendo el tratamiento inicial de referencia2,5. Sin embargo, una proporción significativa de pacientes necesita tratamiento adicional. El ensayo ESETT proporciona evidencia de alta calidad para orientar la elección de segunda línea y demuestra que levetiracetam, fosfenitoína y valproato presentan una eficacia global similar6,7.

Este resultado tiene una implicación práctica importante: la selección del segundo fármaco no debe basarse exclusivamente en la búsqueda de un medicamento universalmente superior. La decisión debe considerar las características individuales del paciente y la capacidad del hospital para administrarlo con rapidez y seguridad.

El EEG representa otro elemento esencial. La persistencia de alteración de conciencia después de una crisis puede reflejar actividad epiléptica no convulsiva, y la monitorización continua permite detectar situaciones que no pueden identificarse mediante observación clínica⁹.

En el estado epiléptico refractario, la complejidad se eleva y requiere coordinación multidisciplinar4,8. La utilización de anestésicos, ventilación mecánica y monitorización EEG continua debe realizarse en entornos preparados para el manejo de las complicaciones derivadas del tratamiento.

La evidencia disponible sobre terapias avanzadas, incluida la ketamina, es prometedora pero todavía limitada¹⁰. En consecuencia, no debe trasladarse automáticamente la evidencia observacional a recomendaciones universales.

Finalmente, el manejo óptimo no depende únicamente de la farmacología. Los modelos organizativos basados en circuitos asistenciales específicos muestran la importancia de integrar urgencias, neurología, cuidados intensivos, EEG y seguimiento¹¹. La calidad asistencial debe evaluarse mediante indicadores objetivos de proceso y resultado.

CONCLUSIONES

La crisis epiléptica constituye una situación clínica heterogénea que requiere una evaluación hospitalaria estructurada. La prioridad inicial debe ser estabilizar al paciente, identificar causas reversibles y determinar de manera rápida si existe un estado epiléptico.

El estado epiléptico convulsivo debe tratarse como una emergencia médica desde los primeros cinco minutos de actividad continua o recurrente sin recuperación adecuada1,2. Las benzodiacepinas constituyen el tratamiento inicial y deben administrarse precozmente con monitorización cardiorrespiratoria.

Cuando la primera línea resulta insuficiente, levetiracetam, fosfenitoína/fenitoína y valproato representan alternativas de segunda línea. La evidencia disponible no demuestra una superioridad clara entre ellos, por lo que la selección debe individualizarse6,7.

La persistencia de alteración de conciencia debe motivar una valoración de posible estado epiléptico no convulsivo y considerar la realización precoz de EEG, especialmente mediante monitorización continua en pacientes seleccionados⁹.

El estado epiléptico refractario requiere una estrategia multidisciplinar, escalada terapéutica y, cuando sea necesario, atención en cuidados intensivos. Las terapias avanzadas, incluida la ketamina, deben reservarse para contextos especializados debido a la limitada calidad de la evidencia disponible4,10.

Por último, la mejora del manejo hospitalario exige protocolos asistenciales estructurados, formación del personal, disponibilidad inmediata de tratamientos y EEG, indicadores de calidad y una adecuada continuidad asistencial. La organización en circuitos específicos puede disminuir la variabilidad y favorecer una respuesta más rápida y segura¹¹.

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