Manejo de enfermería de los pacientes con insuficiencia cardíaca

2 octubre 2026

 

AUTORES

  1. Leyre Lecumberri Alzueta. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.
  2. Amaia Ros Maiz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.
  3. Sara Chocarro Arróniz. Hospital Universitario de Navarra. Navarra. España.

RESUMEN

Introducción: La insuficiencia cardíaca constituye un síndrome clínico de alta prevalencia, que se asocia a síntomas, limitación funcional, hospitalizaciones recurrentes y mortalidad. La enfermería desempeña un papel clave en la valoración clínica, vigilancia de la congestión, administración segura del tratamiento, educación sanitaria y continuidad de cuidados.

Objetivo: describir las principales intervenciones de enfermería dirigidas al paciente adulto con insuficiencia cardíaca en el ámbito hospitalario y durante la transición al domicilio.

Metodología: se realizó una revisión bibliográfica narrativa de guías de práctica clínica, documentos de sociedades científicas y estudios clínicos relevantes sobre insuficiencia cardíaca, autocuidado, tratamiento farmacológico, hospitalización y seguimiento.

Resultados: las intervenciones enfermeras más importantes comprenden la valoración sistemática de signos y síntomas, control de constantes, peso y balance hídrico, detección precoz del deterioro, vigilancia de función renal y electrolitos, administración y educación sobre el tratamiento, promoción del autocuidado, recomendaciones individualizadas sobre alimentación y actividad física, prevención de complicaciones y planificación del alta. La educación estructurada y el seguimiento precoz son especialmente importantes tras una descompensación.

Conclusiones: la enfermería contribuye de forma esencial para una atención integral y segura de las personas con insuficiencia cardíaca. La actuación debe ser individualizada, coordinada con el equipo multidisciplinar y orientada a reducir la congestión, detectar de forma precoz las descompensaciones, mejorar la adherencia terapéutica y favorecer la autonomía.

PALABRAS CLAVE

Insuficiencia cardíaca, cuidados de enfermería, hospitalización, autocuidado, educación del paciente, seguridad del paciente.

ABSTRACT

Introduction: Heart failure is a prevalent clinical syndrome associated with symptoms, functional limitation, recurrent hospitalisations and mortality. Nursing plays a key role in clinical assessment, monitoring of congestion, safe treatment administration, patient education and continuity of care.

Objective: to describe the main nursing interventions for adult patients with heart failure in hospital settings and during transition to home care.

Method: a narrative literature review was conducted using clinical practice guidelines, scientific society documents and relevant clinical studies addressing heart failure, self-care, pharmacological treatment, hospitalisation and follow-up.

Results: relevant nursing interventions include systematic assessment of signs and symptoms, monitoring of vital signs, body weight and fluid balance, early recognition of clinical deterioration, surveillance of renal function and electrolytes, treatment administration and education, promotion of self-care, individualised dietary and physical-activity advice, prevention of complications and discharge planning. Structured education and early follow-up are particularly important after an episode of decompensation.

Conclusions: nursing contributes substantially to comprehensive and safe care for people with heart failure. Nursing management should be individualised, coordinated with the multidisciplinary team and focused on reducing congestion, identifying decompensation early, improving treatment adherence and promoting patient autonomy.

KEY WORDS

Heart failure, nursing care, hospitalization, self-care, patient education, patient safety.

INTRODUCCIÓN

La insuficiencia cardíaca (IC) es un síndrome clínico caracterizado por síntomas y signos derivados de una alteración estructural o funcional del corazón que condiciona una disminución del gasto cardíaco y/o el aumento de las presiones intracardíacas. Su evolución suele ser crónica y fluctuante, con períodos de estabilidad interrumpidos por episodios de descompensación que pueden requerir atención hospitalaria. Las guías europeas establecen distintos fenotipos según la fracción de eyección ventricular izquierda y recomiendan un abordaje adaptado a las características clínicas de cada paciente1,2.

El impacto asistencial de la IC es significativo debido a la edad avanzada de muchos pacientes, la coexistencia de hipertensión, cardiopatía isquémica, diabetes, enfermedad renal, fibrilación auricular y otras comorbilidades, así como a la alta frecuencia de reingresos. El ingreso hospitalario representa una oportunidad para identificar factores precipitantes, optimizar el tratamiento y reforzar las capacidades de autocuidado antes del alta1,3.

En este contexto, la enfermería mantiene una posición clave para realizar una valoración continuada, identificar cambios clínicos sutiles, garantizar la correcta administración de los tratamientos y proporcionar educación adaptada a la capacidad cognitiva, funcional y sociocultural de cada persona. Actualmente las recomendaciones conceden especial importancia a la atención multidisciplinar, la participación activa del paciente y la continuidad asistencial1,2.

OBJETIVO

El objetivo de esta revisión es describir las principales intervenciones de enfermería para el manejo integral del paciente adulto con insuficiencia cardíaca, con especial atención a la valoración hospitalaria, control de la congestión, tratamiento, prevención de complicaciones, educación sanitaria y planificación del alta.

METODOLOGÍA

Se realizó una revisión bibliográfica narrativa orientada a la práctica enfermera. Se consultaron documentos de sociedades científicas y publicaciones indexadas relacionadas con el diagnóstico y tratamiento de la IC, la atención hospitalaria, la educación del paciente y el autocuidado. Se priorizaron las guías de la European Society of Cardiology y la American Heart Association/American College of Cardiology/Heart Failure Society of America, así como ensayos clínicos relevantes que han modificado el tratamiento contemporáneo de la IC1,2,3.

Se incluyeron publicaciones en español e inglés de especial relevancia clínica, dando prioridad a documentos de consenso, guías actualizadas, ensayos clínicos aleatorizados y revisiones con aplicación directa a la práctica asistencial. La síntesis se estructuró en los siguientes ámbitos: valoración enfermera, manejo de la congestión, tratamiento y seguridad farmacológica, oxigenación y soporte respiratorio, movilidad y nutrición, educación sanitaria, prevención de complicaciones y planificación del alta.

RESULTADOS

Al ingreso, la enfermera debe realizar una valoración integral que permita establecer una situación basal y detectar signos de descompensación. Deben registrarse presión arterial, frecuencia cardíaca, frecuencia respiratoria, saturación de oxígeno, temperatura, nivel de conciencia y presencia de dolor torácico o palpitaciones. La valoración respiratoria debe incluir la presencia de disnea en reposo o con mínimos esfuerzos, ortopnea, disnea paroxística nocturna, tos y características de los ruidos respiratorios. La exploración periférica debe valorar edemas, perfusión, temperatura de extremidades y cambios de peso1,2.

El control del peso corporal es una intervención sencilla que permite seguir indirectamente la evolución del estado de volumen. Debe realizarse en condiciones comparables y registrarse de forma sistemática. El balance hídrico, cuando esté indicado, requiere contabilizar entradas y salidas y comunicar cambios significativos al equipo responsable. Una reducción de la diuresis, un aumento rápido de peso, aumento de edemas o empeoramiento de la disnea pueden indicar progresión de la congestión y requieren reevaluación clínica1.

La enfermera debe prestar especial atención a los factores precipitantes de una descompensación, entre ellos infecciones, arritmias, hipertensión no controlada, isquemia, alteraciones renales, incumplimiento terapéutico, exceso de sodio o líquidos y utilización de medicamentos potencialmente perjudiciales. La identificación temprana de estos factores permite actuar antes de que se produzca un deterioro hemodinámico significativo1,2.

La congestión es uno de los principales motivos de ingreso por IC aguda. El objetivo del tratamiento hospitalario es aliviar los síntomas y conseguir una descongestión adecuada sin producir hipotensión, deterioro renal o alteraciones electrolíticas clínicamente relevantes. Los diuréticos de asa constituyen una herramienta fundamental cuando existe sobrecarga de volumen1.

Desde enfermería se debe controlar la respuesta al tratamiento mediante diuresis, peso, balance hídrico, presión arterial, síntomas respiratorios y edema. También deben vigilarse los resultados analíticos indicados por el equipo médico, especialmente sodio, potasio, magnesio y función renal. La aparición de hipotensión sintomática, oliguria, debilidad marcada, alteraciones del ritmo o cambios analíticos relevantes debe comunicarse de forma precoz.1,2

El manejo no debe limitarse a la administración del diurético. Es necesario comprobar la adherencia, revisar la técnica de administración cuando proceda y explicar al paciente el propósito del tratamiento y los signos que deben motivar consulta. El paciente debe comprender que el objetivo no es únicamente aumentar la diuresis, sino mantener un estado de volumen estable y reducir el riesgo de nuevas descompensaciones.

El tratamiento de la IC ha evolucionado hacia estrategias farmacológicas dirigidas a modificar el pronóstico además de aliviar los síntomas. En pacientes con fracción de eyección reducida, las recomendaciones actuales incluyen, según la situación clínica, ARNI o inhibidores del sistema renina-angiotensina, betabloqueantes, antagonistas de los receptores mineralocorticoides e inhibidores SGLT2, además de diuréticos para el control de la congestión2,3.

Los ensayos DAPA-HF y EMPEROR-Reduced demostraron beneficios clínicos de los inhibidores SGLT2 en pacientes con IC y fracción de eyección reducida, independientemente de la presencia de diabetes4,5. En pacientes con fracción de eyección ligeramente reducida o preservada, el ensayo DELIVER también mostró disminución del riesgo combinado de empeoramiento de la IC o muerte cardiovascular con dapagliflozina6.

En el ámbito enfermero, estos avances implican una vigilancia específica de presión arterial, frecuencia cardíaca, función renal, electrolitos, signos de hipovolemia y posibles reacciones adversas. La administración debe realizarse siguiendo la prescripción y los protocolos del centro, comprobando previamente parámetros clínicos relevantes y posibles contraindicaciones. También es esencial explicar al paciente para qué sirve cada medicamento, cómo debe tomarlo y qué efectos adversos debe comunicar.

La educación farmacológica debe evitar mensajes excesivamente complejos. Es preferible utilizar un lenguaje claro, confirmar la comprensión mediante preguntas abiertas y, cuando sea necesario, implicar a familiares o cuidadores. La conciliación de la medicación en el ingreso y en el alta es especialmente importante para evitar duplicidades, omisiones y errores relacionados con cambios recientes de tratamiento2,3.

La disnea es uno de los síntomas más incapacitantes de la IC descompensada. La enfermera debe valorar su intensidad, evolución, relación con la posición y respuesta al tratamiento. La colocación del paciente en posición semifowler o sentado puede mejorar el confort y facilitar la ventilación. La oxigenoterapia debe usarse cuando exista indicación clínica y siguiendo los objetivos de saturación establecidos para cada paciente1.

En los cuadros de edema agudo de pulmón o insuficiencia respiratoria, el paciente requiere vigilancia estrecha y actuación coordinada. La ventilación no invasiva puede ser necesaria en determinados casos y requiere monitorización de la tolerancia, saturación, frecuencia respiratoria, estado de conciencia y respuesta clínica. La aparición de agotamiento respiratorio, alteración del nivel de conciencia, hipotensión o empeoramiento de la hipoxemia requiere una respuesta inmediata1.

El reposo prolongado puede favorecer deterioro funcional, debilidad muscular, estreñimiento, lesiones por presión y pérdida de autonomía. Es por eso que, una vez estabilizado el paciente, la movilización debe progresar de forma individualizada, teniendo en cuenta la situación hemodinámica, la capacidad funcional y la tolerancia al esfuerzo. La rehabilitación y la actividad física adaptada forman parte del abordaje integral de la IC estable1,2.

Durante la movilización deben observarse disnea, mareo, dolor torácico, palpitaciones, fatiga desproporcionada, hipotensión y cambios en la saturación. La enfermera debe coordinarse con fisioterapia y otros profesionales cuando exista deterioro funcional significativo. En pacientes con riesgo de caídas, deben aplicarse medidas preventivas y adaptar el entorno.

La prevención de lesiones cutáneas requiere valorar movilidad, perfusión, humedad, nutrición y presencia de edema. En personas con movilidad reducida se deben establecer cambios posturales y medidas de protección individualizadas. La prevención del estreñimiento y la valoración del sueño también forman parte de unos cuidados centrados en la persona.

La educación nutricional debe individualizarse. Por lo general, se recomienda evitar una ingesta elevada de sodio y adoptar un patrón alimentario cardiosaludable, evitando alimentos ultraprocesados con alto contenido de sal. Las restricciones de líquidos no deben aplicarse de manera sistemática a todos los pacientes; deben adaptarse a la situación clínica, congestión, función renal y prescripción terapéutica1,2.

La enfermera puede enseñar a interpretar etiquetas nutricionales, identificar fuentes ocultas de sodio y planificar comidas realistas. Asimismo, debe valorar el riesgo de desnutrición, obesidad o sarcopenia, especialmente en pacientes de edad avanzada y con múltiples comorbilidades. Cuando sea necesario, se solicitará valoración por nutrición o dietética.

El autocuidado es un componente básico del manejo de la IC. El paciente y su entorno deben conocer los síntomas habituales y los cambios que pueden indicar deterioro. Se debe enseñar a reconocer el aumento progresivo de disnea, aparición o incremento de edemas, ganancia rápida de peso, disminución de la tolerancia al esfuerzo, mareo, síncope, palpitaciones y dolor torácico.

El peso diario puede ser útil en pacientes concretos, siempre que se realice de forma homogénea y se haya explicado qué cambios deben motivar contacto con los profesionales sanitarios. También deben proporcionarse instrucciones claras sobre cuándo consultar de forma urgente. La educación debe comprobarse mediante la técnica de retorno de la información, solicitando al paciente que explique con sus propias palabras qué hará ante cada situación.

El autocuidado incluye además adherencia farmacológica, abandono del tabaco, moderación o evitación del alcohol cuando esté indicado, vacunación según recomendaciones vigentes, actividad física adaptada y asistencia a las revisiones. El enfoque debe ser realista y respetar las preferencias, capacidades y contexto social de la persona1,2.

El alta debe comenzar a planificarse desde el ingreso. La enfermera debe comprobar que el paciente conoce el diagnóstico, comprende el tratamiento, puede realizar las actividades básicas necesarias y dispone de apoyo suficiente en su domicilio. Debe revisarse la medicación final, los cambios realizados durante el ingreso y las citas previstas.

La transición tras una hospitalización por IC es un período de especial vulnerabilidad. El estudio STRONG-HF mostró que una estrategia de seguimiento estrecho y optimización rápida del tratamiento, cuando resulta apropiada y se realiza con vigilancia clínica, puede mejorar resultados después de un episodio de IC aguda7. Esto refuerza la importancia de establecer un plan estructurado de seguimiento y de asegurar que el paciente sabe a quién contactar ante un empeoramiento.

El informe de continuidad debe incluir la evolución clínica, peso, necesidades de oxigenoterapia si existen, capacidad funcional, educación realizada, situación de la piel, necesidades de apoyo y cualquier incidencia relevante. La coordinación entre hospital, atención primaria, consultas de cardiología y enfermería especializada puede facilitar la continuidad asistencial y reducir fallos de comunicación.

La IC requiere una atención multidisciplinar en la que participan medicina, enfermería, farmacia, fisioterapia, nutrición, trabajo social y otros profesionales según las necesidades del paciente. La enfermera puede actuar como pieza integradora mediante la vigilancia clínica, educación, coordinación y seguimiento.

El enfoque debe centrarse no solo en la enfermedad, sino también en la funcionalidad, fragilidad, estado cognitivo, salud emocional, situación social y objetivos del paciente. En casos avanzados, la planificación anticipada de cuidados y el control de síntomas adquieren especial relevancia, de acuerdo con las preferencias de la persona y el marco asistencial.

CONCLUSIONES

La insuficiencia cardíaca exige una vigilancia clínica continua y unos cuidados enfermeros estructurados. La valoración de la congestión, el control de constantes, peso y balance hídrico, la detección precoz del deterioro, la administración segura de tratamientos y la prevención de complicaciones constituyen intervenciones fundamentales durante la hospitalización1,2.

La enfermería desempeña además un papel fundamental en la educación para el autocuidado, la conciliación terapéutica y la planificación del alta. El conocimiento de los signos de alarma, la adherencia al tratamiento y la continuidad de cuidados son elementos esenciales para disminuir el riesgo de nuevas descompensaciones. Las estrategias actuales de tratamiento y seguimiento hacen especialmente importante la coordinación entre profesionales y la participación activa del paciente2,7.

En consecuencia, el manejo enfermero debe ser individualizado, basado en la evidencia y orientado a resultados clínicos y funcionales. Una atención estructurada desde el ingreso hasta el seguimiento tras el alta puede contribuir a mejorar la seguridad, la calidad de vida y la continuidad asistencial de las personas con insuficiencia cardíaca.

BIBLIOGRAFÍA

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