- Noelia Núñez Descalzo. Graduada en Enfermería. Aragón, España.
- María Merino Maestro. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Natalia Sierra Arcos. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Alba Millán Elvira. Graduada en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Paula Nasarre Grasa. Enfermera Especialista en Salud Mental. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Marcos Mené Gálvez. Graduado en Enfermería. Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que afecta la comunicación social, la flexibilidad cognitiva, el comportamiento adaptativo y la sensibilidad sensorial. Se manifiesta desde la infancia, aunque sus efectos perduran a lo largo de toda la vida. El TEA se caracteriza por una gran heterogeneidad clínica, lo que implica que cada persona presenta un perfil único de fortalezas y desafíos. Su origen es neurobiológico y multifactorial, y requiere apoyos individualizados, especializados y basados en la evidencia científica en todas las etapas vitales.
Durante décadas, el estudio del TEA se ha centrado casi exclusivamente en la infancia y adolescencia, lo que ha generado una invisibilización sistemática de las personas adultas y mayores con esta condición. Hasta la publicación del DSM-5 en 2013, que consolidó el espectro autista como una categoría diagnóstica unificada, muchos adultos mayores no fueron diagnosticados o recibieron diagnósticos erróneos como esquizofrenia, trastornos de personalidad o deterioro cognitivo.
PALABRAS CLAVE
Autismo, tercera edad, calidad de vida, envejecimiento.
ABSTRACT
Autism spectrum disorder (ASD) is a neurodevelopmental condition that affects social communication, cognitive flexibility, adaptive behavior, and sensory sensitivity. It manifests itself from childhood, although its effects persist throughout life. ASD is characterized by great clinical heterogeneity, meaning that each person presents a unique profile of strengths and challenges. Its origin is neurobiological and multifactorial, and requires individualized, specialized, and evidence-based support at all stages of life.
For decades, the study of ASD has focused almost exclusively on childhood and adolescence, resulting in a systematic invisibility of adults and older adults with this condition. Until the publication of the DSM-5 in 2013, which consolidated the autism spectrum as a unified diagnostic category, many older adults remained undiagnosed or received misdiagnoses such as schizophrenia, personality disorders, or cognitive impairment.
KEY WORDS
Autism, old age, quality of life, aging.
DESARROLLO DEL TEMA
El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que afecta la comunicación social, la flexibilidad cognitiva, el comportamiento adaptativo y la sensibilidad sensorial. Se manifiesta desde la infancia, aunque sus efectos perduran a lo largo de toda la vida. El TEA se caracteriza por una gran heterogeneidad clínica, lo que implica que cada persona presenta un perfil único de fortalezas y desafíos. Su origen es neurobiológico y multifactorial, y requiere apoyos individualizados, especializados y basados en la evidencia científica en todas las etapas vitales1.
Durante décadas, el estudio del TEA se ha centrado casi exclusivamente en la infancia y adolescencia, lo que ha generado una invisibilización sistemática de las personas adultas y mayores con esta condición1. Hasta la publicación del DSM-5 en 2013, que consolidó el espectro autista como una categoría diagnóstica unificada, muchos adultos mayores no fueron diagnosticados o recibieron diagnósticos erróneos como esquizofrenia, trastornos de personalidad o deterioro cognitivo2. Esta falta de reconocimiento ha dado lugar a una generación de personas mayores con TEA que envejece sin haber accedido a intervenciones tempranas, sin apoyos específicos y en entornos poco adaptados a sus necesidades2.
El envejecimiento en personas con TEA plantea desafíos únicos. A las dificultades propias del espectro se suman los cambios fisiológicos, cognitivos y sociales asociados a la vejez1. Estudios recientes han evidenciado que los adultos mayores con TEA presentan alteraciones en funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la planificación, la atención sostenida y la velocidad de procesamiento, lo que puede afectar su autonomía y calidad de vida2. Además, la coexistencia de comorbilidades como ansiedad, depresión, trastornos del sueño o deterioro cognitivo complica aún más el abordaje clínico y sociosanitario2.
Desde una perspectiva social, las personas mayores con TEA enfrentan barreras significativas en la comunicación, el acceso a servicios, la participación comunitaria y la vida independiente. La falta de formación del personal sanitario, la escasa adaptación de los recursos geriátricos y la ausencia de protocolos específicos contribuyen a su exclusión y vulnerabilidad3. Diversos estudios han señalado que esta población presenta niveles de calidad de vida inferiores a la población general, especialmente en dimensiones como el manejo del estrés, la ocupación significativa y la residencia independiente3.
Desde el enfoque enfermero, es fundamental visibilizar esta realidad y promover estrategias de atención centradas en la persona, que contemplen tanto sus necesidades neurodivergentes como los retos propios del envejecimiento4. La enfermería, como disciplina humanista y holística, tiene un papel clave en la detección, acompañamiento y adaptación de los cuidados para esta población. La comprensión del envejecimiento en personas con TEA no solo implica un reto clínico, sino también ético y social.
Por todo lo anterior, el objetivo de esta revisión bibliográfica es explorar el estado actual del conocimiento sobre el TEA en personas mayores de 65 años, identificar los principales desafíos clínicos, sociales y asistenciales, y proponer líneas de actuación para una atención más inclusiva, adaptada y humanizada desde la práctica enfermera4-5.
CAUSAS Y FACTORES DE RIESGO:
El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición de origen neurobiológico cuya etiología se considera multifactorial. A lo largo de las últimas décadas, la investigación científica ha avanzado en la identificación de diversos factores genéticos, ambientales y fisiológicos que contribuyen al desarrollo del TEA, aunque aún no se ha establecido una causa única ni universal. Esta complejidad etiológica refleja la heterogeneidad clínica del espectro autista y plantea desafíos importantes para el diagnóstico, la prevención y el abordaje terapéutico3.
Desde el punto de vista genético, se han identificado más de 100 genes relacionados con el riesgo de desarrollar TEA, muchos de ellos implicados en la regulación sináptica, la neurogénesis y la plasticidad cerebral1-2. Mutaciones en genes como CHD8, SHANK3, MECP2 o NRXN1 se han asociado con formas sindrómicas del autismo y con alteraciones en el desarrollo temprano del cerebro1. Además, estudios en gemelos monocigóticos han demostrado una alta concordancia diagnóstica, lo que refuerza el papel de la herencia genética como factor predisponente1.
En cuanto a los factores ambientales, se ha observado que ciertas condiciones durante la gestación y el parto pueden aumentar el riesgo de TEA4. Entre ellas destacan la edad avanzada de los progenitores, especialmente del padre; la exposición prenatal a sustancias como el ácido valproico; las infecciones maternas que activan el sistema inmunológico; la prematuridad extrema; el bajo peso al nacer; y la hipoxia perinatal4. También se ha investigado el impacto de la contaminación ambiental y la exposición a pesticidas durante el embarazo, aunque estos factores requieren mayor evidencia para establecer una relación causal directa5.
Por otro lado, se han descrito alteraciones inmunológicas y metabólicas que podrían influir en el desarrollo del TEA6. Algunos estudios sugieren que la activación inmunitaria materna puede alterar el neurodesarrollo fetal, mientras que trastornos metabólicos como la fenilcetonuria no tratada pueden generar síntomas compatibles con el espectro autista5.
Es importante destacar que ninguno de estos factores, por sí solo, determina la aparición del TEA. Es la interacción entre predisposición genética y exposición ambiental lo que parece configurar el riesgo individual5. Además, la comunidad científica ha descartado por completo la relación entre las vacunas y el desarrollo del autismo, reafirmando su seguridad y eficacia5.
Desde la perspectiva enfermera, comprender las causas y factores de riesgo del TEA permite no solo mejorar la detección precoz, sino también diseñar estrategias de prevención y acompañamiento más eficaces, especialmente en etapas vitales poco exploradas como la vejez6. Este conocimiento es clave para ofrecer una atención centrada en la persona, basada en la evidencia y adaptada a las necesidades neurodivergentes5.
CONSECUENCIAS:
El envejecimiento en personas con trastorno del espectro autista (TEA) representa una etapa vital poco explorada, donde confluyen las características propias del espectro con los cambios físicos, cognitivos y sociales asociados a la vejez6. Esta interacción genera una serie de consecuencias que afectan de manera significativa la calidad de vida, la autonomía personal y el acceso a servicios sociosanitarios5. A pesar de que el TEA acompaña a la persona durante toda su vida, la mayoría de los estudios se han centrado en etapas tempranas, dejando en segundo plano las implicaciones del envejecimiento en esta población4.
Una de las principales consecuencias es el deterioro cognitivo acelerado, especialmente en funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la atención sostenida, la planificación y la flexibilidad cognitiva. Aunque no todas las personas mayores con TEA presentan demencia, diversos estudios han señalado que pueden experimentar un declive más temprano en estas habilidades, lo que repercute directamente en su autonomía funcional y capacidad para adaptarse a nuevas rutinas⁴⁻⁵.
El aislamiento social y emocional constituye otra consecuencia relevante. Las dificultades en la comunicación y la interacción social, propias del espectro autista, se intensifican en la vejez debido a la pérdida de redes de apoyo, el fallecimiento de familiares o cuidadores, y la escasa participación en actividades comunitarias. Muchas personas mayores con TEA viven en soledad no deseada, lo que incrementa el riesgo de depresión, ansiedad y deterioro emocional⁶⁻⁷.
En el ámbito sanitario, las personas mayores con TEA enfrentan barreras significativas en el acceso y la calidad de la atención. La escasa formación del personal en neurodivergencia, la ausencia de protocolos adaptados y la dificultad para expresar síntomas o tolerar entornos clínicos pueden comprometer la eficacia de los cuidados. Esto se traduce en diagnósticos tardíos, tratamientos inadecuados y una experiencia asistencial poco humanizada⁸.
La vida independiente también se ve comprometida6. Muchos recursos residenciales y asistenciales no están preparados para atender las necesidades específicas del TEA, lo que limita la posibilidad de una vejez autónoma y digna7. El cambio de cuidadores familiares por profesionales puede generar desregulación emocional, pérdida de rutinas y sensación de inseguridad. Además, la falta de apoyos personalizados dificulta la participación activa en decisiones sobre el propio cuidado y entorno de vida⁶⁻⁸.
Finalmente, el impacto global en la calidad de vida es significativo7. Las personas mayores con TEA presentan niveles inferiores de bienestar en dimensiones como la salud física, el equilibrio emocional, la ocupación significativa y la autodeterminación8. La invisibilización del colectivo, la falta de recursos adaptados y la escasa investigación específica contribuyen a una experiencia de envejecimiento más compleja y vulnerable7. Desde la perspectiva enfermera, es fundamental reconocer estas consecuencias y promover una atención centrada en la persona, inclusiva y basada en la evidencia8.
ROL DE LA ENFERMERA EN EL ABORDAJE DEL AUTISMO EN LA TERCERA EDAD:
La enfermería, como disciplina centrada en el cuidado integral de la persona, desempeña un papel esencial en la atención a personas mayores con trastorno del espectro autista (TEA)9. En esta etapa vital, donde confluyen los desafíos del envejecimiento con las particularidades del espectro autista, la intervención enfermera debe ser especializada, empática y adaptada a las necesidades individuales9. Sin embargo, la literatura científica ha evidenciado una escasa visibilidad del rol enfermero en este contexto, lo que limita el desarrollo de prácticas clínicas basadas en la evidencia y dificulta la formación específica del personal sanitario⁹.
Uno de los pilares del cuidado enfermero en personas mayores con TEA es la comunicación terapéutica adaptada10. Las dificultades en la expresión verbal, la comprensión emocional y la interacción social requieren estrategias comunicativas alternativas, como el uso de pictogramas, lenguaje claro, rutinas estructuradas y entornos sensorialmente regulados9. La enfermera debe ser capaz de identificar las preferencias comunicativas del paciente y establecer vínculos de confianza que favorezcan la expresión de necesidades y emociones¹⁰.
Además, la enfermería tiene un rol clave en la detección precoz de comorbilidades y en el seguimiento clínico de síntomas asociados al envejecimiento, como el deterioro cognitivo, la ansiedad o los trastornos del sueño10. La observación continua, el conocimiento del perfil conductual del paciente y la capacidad de interpretar cambios sutiles en el estado de salud permiten una intervención oportuna y personalizada3.
En el ámbito residencial y comunitario, la enfermera actúa como coordinadora de cuidados, facilitando la integración de equipos multidisciplinares, promoviendo la participación activa del paciente en decisiones sobre su entorno y garantizando la continuidad asistencial11. Esto incluye la adaptación de espacios físicos, la planificación de actividades significativas y el acompañamiento emocional en procesos de transición, como el ingreso a centros geriátricos o el cambio de cuidadores¹1.
Asimismo, la enfermería tiene la responsabilidad de educar y sensibilizar al resto del equipo sanitario y a las familias sobre las características del TEA en la tercera edad10. La formación en neurodivergencia, el respeto por la singularidad del paciente y la promoción de una cultura del cuidado inclusiva son elementos esenciales para mejorar la calidad de vida de esta población11.
En definitiva, el rol de la enfermera en el abordaje del autismo en personas mayores de 65 años debe estar guiado por principios de humanización, respeto, adaptabilidad y evidencia científica. Reconocer esta labor y fortalecerla desde la práctica clínica, la investigación y la formación profesional es clave para avanzar hacia una atención más equitativa y centrada en la persona11.
CONCLUSIÓN
El autismo en la tercera edad representa una realidad poco visibilizada, tanto en la práctica clínica como en la investigación científica. A pesar de que el trastorno del espectro autista acompaña a la persona durante toda su vida, la mayoría de los estudios se han centrado en etapas tempranas, dejando en segundo plano las implicaciones del envejecimiento en esta población.
Las personas mayores con TEA enfrentan consecuencias significativas en su calidad de vida, como el deterioro cognitivo acelerado, el aislamiento social, la vulnerabilidad en el sistema sanitario y las dificultades para mantener una vida independiente. Estas problemáticas se ven agravadas por la falta de recursos adaptados, la escasa formación del personal sanitario y la ausencia de protocolos específicos.
Desde la perspectiva enfermera, se evidencia la necesidad de un abordaje centrado en la persona, que contemple tanto las características del espectro como los retos propios del envejecimiento. La enfermería tiene un papel clave en la comunicación adaptada, la detección precoz de comorbilidades, la coordinación de cuidados y la sensibilización del entorno asistencial.
Esta revisión pone de manifiesto la urgencia de ampliar la investigación sobre el TEA en la tercera edad, desarrollar modelos de atención inclusivos y fortalecer el rol enfermero en este ámbito. Solo a través de una atención humanizada, basada en la evidencia y adaptada a la diversidad, será posible mejorar el bienestar y la dignidad de las personas mayores con autismo.
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