Determinantes clínicos y sociales asociados con la edad de presentación de la fractura de cadera en un hospital de tercer nivel

28 marzo 2026

 

AUTORES

  1. Lydia Díaz Mesa. Médico Residente de Medicina Física y Rehabilitación. Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.
  2. María Pilar Solsona Anadón. Médico Especialista Medicina Física y Rehabilitación. Hospital de Alcañiz, Teruel, España.
  3. Ana Isabel Herreras Cardiel. Médico Residente de Medicina Física y Rehabilitación. Hospital Universitario Miguel Servet, Zaragoza, España.
  4. Adriana Fernández Gonzalo. Médico Especialista Radiodiagnóstico. Hospital General Universitario Gregorio Marañón, Madrid, España.

 

RESUMEN

Objetivo: Determinar qué factores se relacionan con una mayor edad al momento de presentar fractura de cadera en una cohorte hospitalaria.

Material y métodos: Estudio retrospectivo (n=173). Variable dependiente: edad (años) en el episodio fracturario. Se efectuó regresión lineal múltiple con selección basada en hipótesis. Variables candidatas: sexo, procedencia (domicilio/institución), deterioro cognitivo, estado nutricional (normal vs. riesgo–desnutrición), dependencia previa (Barthel <60), tipo de fractura y comorbilidad (Charlson).

Resultados: Edad media 83,4±7,6 años; 72,3% mujeres. En el modelo final, el sexo femenino (+3,7 años; β=3,7; IC95% 1,5–5,9; p=0,001) y la procedencia institucional (+2,8 años; β=2,8; IC95% 0,5–5,1; p=0,017) se asociaron con mayor edad al evento. El estado de riesgo/desnutrición (+2,1 años; β=2,1; IC95% 0,1–4,1; p=0,039) también mostró asociación positiva. El deterioro cognitivo (+1,6 años; β=1,6; IC95% −0,3–3,5; p=0,098) permaneció como tendencia. Tipo de fractura y Charlson no fueron significativos. R² ajustada=0,18; supuestos del modelo satisfechos.

Conclusiones: Las mujeres, los institucionalizados y los pacientes con peor estado nutricional sufren la fractura a edades más avanzadas. Estos factores sugieren trayectorias de fragilidad acumulada que pueden guiar medidas preventivas.

PALABRAS CLAVE

Fractura de cadera, edad, factores de riesgo, regresión lineal, geriatría.

ABSTRACT

Objective: To determine which factors are associated with older age at the time of hip fracture in a hospital-based cohort. Material and Methods: A retrospective study (n = 173) was conducted. The dependent variable was age (years) at the time of the fracture episode. Multiple linear regression with hypothesis-driven selection was performed. Candidate variables included sex, place of origin (home/institution), cognitive impairment, nutritional status (normal vs. at risk–malnourished), prior dependence (Barthel Index < 60), type of fracture, and comorbidity (Charlson Index). Results: Mean age was 83.4 ± 7.6 years, 72.3% were women. In the final model, female sex (+3.7 years, β = 3.7, 95% CI: 1.5–5.9, p = 0.001) and institutional origin (+2.8 years, β = 2.8, 95% CI: 0.5–5.1, p = 0.017) were associated with older age at the event. At-risk/malnourished status (+2.1 years, β = 2.1, 95% CI: 0.1–4.1, p = 0.039) also showed a positive association. Cognitive impairment (+1.6 years, β = 1.6, 95% CI: −0.3–3.5, p = 0.098) remained as a trend. Fracture type and Charlson Index were not significant. Adjusted R² = 0.18, model assumptions were satisfied. Conclusions: Women, institutionalized patients, and those with poorer nutritional status sustain hip fracture at more advanced ages. These factors suggest trajectories of accumulated frailty that may help guide preventive strategies.

KEY WORDS

Hip fracture, age, risk factors, linear regression, geriatrics.

INTRODUCCIÓN

La fractura de cadera representa uno de los mayores retos en salud pública dentro de las sociedades envejecidas, debido a su alta incidencia, las secuelas funcionales que genera y el elevado coste sanitario y social asociado. Constituye una de las principales causas de ingreso hospitalario en personas mayores y actúa como un marcador de fragilidad, dependencia y mortalidad. En muchos casos, este evento supone el punto de inflexión hacia la pérdida de autonomía y el deterioro de la calidad de vida tanto del paciente como de su entorno familiar y cuidador.

Entre los diversos factores implicados en su aparición, la edad se erige como el determinante más relevante del riesgo de fractura de cadera. La incidencia aumenta de forma exponencial a partir de los 75–80 años, alcanzando su máxima frecuencia en mujeres mayores de 85. Este incremento refleja no solo el efecto del envejecimiento biológico, sino también la acumulación de comorbilidades, la sarcopenia y el deterioro progresivo de la función neuromuscular y del equilibrio. Con el tiempo, la pérdida de masa y densidad ósea incrementa la fragilidad del esqueleto, mientras que los trastornos visuales y la disminución de la fuerza muscular aumentan el riesgo de caídas, principal desencadenante del evento fracturario1.

Sin embargo, la edad cronológica por sí sola no explica completamente las diferencias observadas en el momento de aparición de la fractura. Existen otros factores clínicos, funcionales y sociales que influyen en la edad a la que ocurre el evento, configurando un proceso multifactorial en el que la interacción entre envejecimiento biológico y entorno determina la vulnerabilidad individual. Comprender qué variables condicionan la edad de fractura es esencial para desarrollar estrategias preventivas más específicas y eficientes.

Entre los factores más estudiados, el sexo ocupa un lugar destacado. La fractura de cadera es notablemente más frecuente en mujeres, especialmente tras la menopausia, debido a la pérdida acelerada de masa ósea secundaria al déficit estrogénico. Se estima que hasta el 80% de las fracturas ocurren en población femenina, aunque los varones, pese a presentar menor incidencia, tienen tasas de mortalidad postfractura más elevadas. No obstante, la fractura suele producirse a edades más tempranas en hombres, lo que sugiere la influencia de otras variables, como hábitos tóxicos, menor diagnóstico y tratamiento de la osteoporosis o presencia de comorbilidades cardiovasculares y metabólicas2,3.

Otro determinante relevante es la dependencia funcional. Las personas con limitaciones para las actividades básicas de la vida diaria muestran mayor riesgo de caídas, fragilidad y desnutrición, lo que acelera la pérdida de masa muscular y ósea. La dependencia refleja la reserva funcional del organismo y su grado de resiliencia frente al estrés. Investigaciones previas han demostrado que los individuos dependientes tienden a sufrir fracturas a edades más tempranas, lo que confirma la relación entre funcionalidad, equilibrio y resistencia esquelética.

El estado nutricional desempeña también un papel central. La desnutrición proteico-calórica, muy prevalente en la población geriátrica, se asocia con pérdida de masa muscular y ósea, debilidad y deterioro del control postural. Factores como un índice de masa corporal bajo, hipoproteinemia o déficit de vitamina D incrementan la fragilidad del hueso. En cambio, una nutrición equilibrada, con adecuada ingesta de proteínas, calcio y vitamina D, puede retrasar la aparición de fracturas por fragilidad y favorecer una recuperación funcional más rápida tras el evento.

El entorno residencial constituye un factor modulador de gran relevancia. Los pacientes institucionalizados presentan un perfil clínico distinto al de quienes residen en su domicilio. En general, las personas que viven en residencias suelen tener mayor edad, dependencia funcional, deterioro cognitivo y múltiples comorbilidades. Paradójicamente, aunque su fragilidad es mayor, la fractura puede presentarse a edades más avanzadas, posiblemente por un menor nivel de exposición a riesgos externos o por la vigilancia constante que limita la movilidad y las caídas. Por el contrario, quienes viven en su hogar tienden a mantenerse activos durante más tiempo, lo que podría predisponer a fracturas algo más tempranas, especialmente si existen barreras arquitectónicas o insuficiente apoyo familiar.

Factores contextuales como el nivel socioeconómico, la accesibilidad a servicios sanitarios o las condiciones del entorno doméstico también intervienen. Elementos como una vivienda mal iluminada, suelos irregulares o ausencia de ayudas técnicas incrementan el riesgo de caídas, mientras que la disponibilidad de recursos sociales y programas de prevención puede retrasar la aparición de la fractura.

A ello se suman otros determinantes geriátricos como el deterioro cognitivo, la polifarmacia y los síndromes geriátricos (caídas previas, incontinencia, depresión). El deterioro cognitivo aumenta el riesgo de caídas por alteraciones del equilibrio y de la percepción espacial, así como por la dificultad para seguir pautas preventivas. La polifarmacia, especialmente con psicotrópicos o antihipertensivos, puede causar mareos o hipotensión ortostática, incrementando la vulnerabilidad4.

En conjunto, la edad de fractura es el resultado de una compleja interacción entre factores biológicos, funcionales y sociales. Dos individuos con la misma edad cronológica pueden tener niveles muy distintos de riesgo dependiendo de su nutrición, entorno, actividad física o soporte social. De ahí que el estudio de estos determinantes resulte fundamental para diseñar estrategias preventivas personalizadas y optimizar los recursos sanitarios y sociales.

En un contexto de envejecimiento poblacional acelerado, se prevé un incremento sostenido en la incidencia de fracturas de cadera en las próximas décadas. Este fenómeno, vinculado al aumento de la esperanza de vida y la supervivencia con enfermedades crónicas, supone un desafío tanto clínico como económico. La fractura de cadera no solo se asocia a hospitalizaciones prolongadas, sino también a una elevada mortalidad al año del evento y un alto riesgo de institucionalización permanente.

Por tanto, la prevención debe constituir una prioridad en la práctica geriátrica y de salud pública. La evaluación del riesgo no debe basarse exclusivamente en la edad cronológica, sino integrar indicadores funcionales, cognitivos y sociales que reflejen la edad biológica o edad funcional del paciente. Este enfoque permite identificar con mayor precisión a los individuos vulnerables y orientar intervenciones que retrasen o eviten la aparición de fracturas.

Así, el análisis de los factores que condicionan la edad de presentación de la fractura de cadera no sólo amplía el conocimiento epidemiológico, sino que tiene implicaciones directas para la planificación sanitaria y la prevención. Comprender estos determinantes posibilita focalizar los programas de intervención en los grupos de mayor riesgo, optimizar recursos y mejorar la calidad de vida de las personas mayores.

OBJETIVO

El objetivo principal de este estudio fue analizar qué variables clínicas y contextuales se asocian con la edad de presentación de la fractura de cadera. En particular, se evaluó la influencia del sexo, la dependencia funcional, el estado nutricional, el entorno residencial, el deterioro cognitivo y otros factores geriátricos sobre la edad al momento del evento fracturario. Con ello, se pretende contribuir a un mejor conocimiento de los determinantes de la fractura y a la elaboración de estrategias de prevención adaptadas a las características de los distintos perfiles de pacientes.

MATERIAL Y MÉTODO

Se diseñó un estudio observacional retrospectivo basado en la revisión de historias clínicas de pacientes ingresados por fractura de cadera en el Servicio de Traumatología de un hospital de tercer nivel. Se incluyeron un total de 173 pacientes consecutivos hospitalizados entre enero 2018 y diciembre de 2025, todos diagnosticados de fractura de cadera de origen osteoporótico y tratados mediante intervención quirúrgica. La inclusión consecutiva de los casos permitió reducir el sesgo de selección y reflejar de forma representativa la casuística real del centro durante el periodo analizado.

Se excluyeron del estudio los pacientes con fracturas de origen traumático de alta energía, fracturas patológicas secundarias a lesiones metastásicas o procesos tumorales, así como fracturas periprotésicas. También se descartaron aquellos casos con registros clínicos incompletos o ausencia de datos esenciales para el análisis estadístico.

La información se obtuvo de la historia clínica electrónica y fue recopilada de manera independiente por dos investigadores previamente entrenados, garantizando la concordancia de los datos y la confidencialidad de acuerdo con los principios de la Declaración de Helsinki y la normativa nacional vigente en materia de protección de datos personales.

La principal variable de resultado fue la edad en años en el momento en que se produjo la fractura de cadera. Se trató como una variable cuantitativa continua, lo que permitió evaluar la influencia de factores clínicos, funcionales y sociales sobre la edad de presentación del evento, entendida como un indicador indirecto del grado de vulnerabilidad y fragilidad acumulada del paciente. Se seleccionaron variables predictoras con base en la literatura previa y en fundamentos clínicos sólidos, agrupadas en tres dominios principales:

  • Demográficos: Sexo (masculino/femenino).
  • Clínicos: Estado nutricional, clasificado como normal o riesgo/desnutrición, según el índice de masa corporal (IMC <22 kg/m²) y el nivel sérico de albúmina (<3,5 g/dL), deterioro cognitivo, determinado por la presencia de un diagnóstico documentado de demencia o trastorno cognitivo en la historia clínica o mediante las escalas aplicadas durante la valoración geriátrica, dependencia funcional previa, valorada mediante el índice de Barthel, considerando dependencia moderada o grave cuando el puntaje era inferior a 60 puntos, comorbilidad global, evaluada con el índice de Charlson, incorporado como variable cuantitativa continua para reflejar la carga acumulada de enfermedades crónicas. Tipo de fractura, clasificada según su localización anatómica en subcapital, intertrocantérea o subtrocantérea.
  • Sociales: Procedencia, definida según el lugar de residencia previo al ingreso (domicilio particular o institución sociosanitaria, como residencia geriátrica o centro de larga estancia).

 

Estas variables se seleccionaron para representar de manera integral los principales determinantes de la edad de fractura desde una perspectiva clínica, funcional y social.

El procesamiento y análisis de los datos se realizó con el programa IBM SPSS Statistics versión 28.0 (IBM Corp., Armonk, NY, EE. UU.). En primer lugar, se efectuó un análisis descriptivo y bivariante para explorar las relaciones entre la edad (variable dependiente) y las variables independientes. Las comparaciones entre grupos se efectuaron mediante la prueba t de Student para variables dicotómicas y ANOVA de un factor para las de tres o más categorías (por ejemplo, tipo de fractura).

Posteriormente, se construyó un modelo de regresión lineal múltiple con el objetivo de identificar los factores que se asociaban de forma independiente con la edad de presentación de la fractura. La inclusión de las variables en el modelo se realizó de manera jerárquica, siguiendo un razonamiento clínico:

  • Bloque demográfico: incorporación del sexo.
  • Bloque clínico: inclusión del estado nutricional, deterioro cognitivo, índice de Charlson y nivel de dependencia funcional.
  • Bloque social: adición de la procedencia (domicilio o institución).

 

Este procedimiento permitió observar el efecto incremental de cada grupo de variables sobre la edad de fractura y determinar en qué medida los factores clínicos y sociales explicaban la variabilidad del evento más allá de las diferencias por sexo.

Antes de la interpretación de los resultados, se verificaron los supuestos fundamentales del modelo lineal:

  • Linealidad: comprobada mediante la inspección visual de los residuos parciales para cada variable independiente.
  • Normalidad de los residuos: evaluada con la prueba de Shapiro–Wilk.
  • Homocedasticidad: analizada mediante el test de Breusch–Pagan, confirmando varianza constante de los errores.
  • Ausencia de multicolinealidad: verificada a través del factor de inflación de la varianza (VIF), considerando adecuados valores inferiores a 2.

 

Los resultados del modelo se expresaron como coeficientes β, que representan la variación media en años en la edad de fractura atribuible a cada variable, acompañados de sus respectivos intervalos de confianza al 95% (IC95%) y valores de p. Se adoptó un nivel de significación estadística de p<0,05 para todas las pruebas.

La capacidad explicativa del modelo se estimó mediante el coeficiente de determinación ajustado (R² ajustada), indicador de la proporción de la variabilidad total de la edad explicada por las variables incluidas, ajustada al número de predictores del modelo.

Este diseño metodológico permitió analizar con rigor los determinantes clínicos, funcionales y sociales que influyen en la edad de presentación de la fractura de cadera, aportando una base sólida para la interpretación de los resultados y su comparación con otros estudios sobre fragilidad y envejecimiento.

RESULTADOS

La cohorte final incluyó 173 pacientes ingresados de forma consecutiva por fractura de cadera a lo largo del año analizado. La edad media fue de 83,4 ± 7,6 años, con un rango de 65 a 99 años. La mayoría de los casos correspondieron a mujeres (72,3%), quienes además presentaron una edad media significativamente superior a la de los hombres (84,6 ± 7,2 vs. 80,3 ± 7,9 años, p=0,004). Este hallazgo confirma la tendencia ampliamente descrita en la literatura: las mujeres, debido a la pérdida de masa ósea asociada al déficit estrogénico tras la menopausia y a su mayor esperanza de vida, tienden a fracturarse en edades más avanzadas que los varones.

En relación con la procedencia, se observó que los pacientes institucionalizados, aquellos que residían en centros geriátricos o sociosanitarios, presentaron una edad media significativamente mayor (85,2 ± 7,1 años) en comparación con quienes vivían en su domicilio particular (82,7 ± 7,6 años, p=0,021). Este resultado sugiere que la institucionalización está asociada con un evento fracturario más tardío, probablemente porque estas personas, aunque más frágiles, permanecen en entornos más controlados y con menor exposición a caídas durante las etapas previas del envejecimiento.

El estado nutricional también mostró diferencias significativas. Los individuos clasificados como en riesgo o desnutridos presentaron una edad media de fractura superior (84,5 ± 7,3 años) respecto a los pacientes con estado nutricional adecuado (82,0 ± 7,8 años, p=0,028). Este hallazgo sugiere que la malnutrición podría actuar como un marcador de fragilidad acumulada, contribuyendo a un declive progresivo que desemboca en fracturas a edades más avanzadas, posiblemente por la combinación de pérdida de masa muscular, menor movilidad y deterioro óseo.

Por el contrario, ni el tipo de fractura (subcapital, intertrocantérea o subtrocantérea) ni el índice de comorbilidad de Charlson mostraron diferencias significativas en la edad de presentación (p>0,05), lo que indica que la localización anatómica de la fractura o la carga de enfermedades crónicas no influyeron de manera relevante en el momento en que ocurrió el evento.

Modelo multivariante:

En el modelo de regresión lineal múltiple, la edad (en años) se mantuvo como variable dependiente y se incluyeron todas las variables con relevancia clínica o significación en el análisis bivariante. El modelo global alcanzó significación estadística (p<0,001), con un R² ajustado de 0,18, lo que implica que las variables incluidas explicaron aproximadamente el 18% de la variabilidad en la edad de presentación de la fractura. Todos los supuestos estadísticos del modelo se cumplieron de forma adecuada: los residuos mostraron distribución normal, homocedasticidad y ausencia de multicolinealidad (VIF <1,6).

Los resultados específicos fueron los siguientes:

  • Sexo femenino: asociado de manera independiente con una fractura a mayor edad (+3,7 años, β=3,7, IC95%: 1,5–5,9, p=0,001). Esto indica que las mujeres, en promedio, sufren la fractura aproximadamente cuatro años más tarde que los varones, lo cual puede atribuirse a diferencias estructurales, biológicas y conductuales, además de a una mayor supervivencia global.
  • Procedencia institucional: se asoció con una edad media de fractura +2,8 años superior respecto a los pacientes que residían en su domicilio (β=2,8, IC95%: 0,5–5,1, p=0,017). Esta relación puede reflejar tanto una menor exposición a caídas en fases iniciales de la vejez como un efecto acumulativo de fragilidad que se manifiesta clínicamente en edades más avanzadas.
  • Estado nutricional (riesgo/desnutrición): presentó una asociación positiva significativa, con una edad de fractura aproximadamente 2,1 años mayor que en los pacientes con nutrición normal (β=2,1, IC95%: 0,1–4,1, p=0,039). Este resultado pone de relieve la influencia del estado metabólico y muscular sobre la vulnerabilidad ósea y la aparición de fracturas en etapas tardías del envejecimiento.
  • Deterioro cognitivo: mostró una tendencia no significativa hacia una mayor edad en el momento de la fractura (+1,6 años, IC95%: −0,3–3,5, p=0,098). Aunque el efecto no alcanzó significación estadística, se mantiene una posible relación entre declive cognitivo y envejecimiento funcional, que podría modular indirectamente el riesgo de caídas y fracturas.
  • Dependencia funcional previa: no se asoció de forma significativa con la edad del evento (β=+0,9, p=0,37), lo que sugiere que la pérdida de autonomía no determina directamente la edad de fractura, aunque sí podría actuar como mediador en el riesgo de caídas.
  • Comorbilidad global (índice de Charlson): tampoco mostró efecto significativo (β=+0,2 por punto, p=0,43), lo que indica que el número de enfermedades crónicas coexistentes no modifica de manera sustancial el momento del evento fracturario.
  • Tipo de fractura: no se identificaron diferencias estadísticamente relevantes entre los subtipos (p>0,05).

 

En conjunto, los análisis revelan que los factores más fuertemente asociados con una mayor edad de fractura de cadera fueron el sexo femenino, la residencia en institución sociosanitaria y la desnutrición o riesgo nutricional, mientras que la comorbilidad, la dependencia funcional y el tipo de fractura no mostraron asociaciones significativas.

El modelo multivariante explicó de forma consistente una parte sustancial de la variabilidad de la edad de fractura (R² ajustada=0,18), con un comportamiento estadístico sólido y sin violaciones de los supuestos del modelo. Estos resultados respaldan la hipótesis de que los determinantes demográficos y sociales ejercen una influencia más marcada sobre la edad de aparición de la fractura que los factores estrictamente clínicos o estructurales.

DISCUSIÓN

Los resultados del presente estudio ofrecen una visión detallada de los factores que influyen en la edad de aparición de la fractura de cadera, un evento que continúa siendo uno de los principales indicadores de fragilidad en la población anciana. Se constató que las mujeres tienden a sufrir la fractura a una edad significativamente más avanzada que los hombres, lo que coincide con la evidencia internacional y refleja tanto diferencias biológicas como socioculturales en el proceso de envejecimiento4,5. Este patrón puede atribuirse a la mayor longevidad femenina, al impacto hormonal del déficit estrogénico posmenopáusico y a la pérdida progresiva de densidad mineral ósea.

A pesar de ello, aunque las mujeres presentan una edad más avanzada al momento de la fractura, su prevalencia global es superior, debido a que viven más años y acumulan mayor número de factores de riesgo como la sarcopenia, la desnutrición y la dependencia funcional. En contraste, los hombres suelen fracturarse a edades más tempranas y presentan una mayor mortalidad postfractura, lo que sugiere mecanismos etiológicos distintos. Mientras que en las mujeres predomina la fragilidad ósea, en los varones el componente traumático o las comorbilidades cardiovasculares y metabólicas parecen tener un papel más determinante.

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio fue la asociación entre la procedencia institucional y una mayor edad de presentación de la fractura. Los pacientes que residían en instituciones geriátricas o sociosanitarias sufrieron la fractura, en promedio, casi tres años más tarde que los que vivían en su domicilio. Este resultado coincide con trabajos previos que describen un perfil característico en la población institucionalizada: personas de edad avanzada, con mayor grado de dependencia, polipatología y deterioro cognitivo, pero que permanecen en entornos más controlados y con menor exposición a riesgos externos6.

La institucionalización, sin embargo, representa un fenómeno ambivalente. Por un lado, puede retrasar la ocurrencia de caídas graves gracias a la vigilancia constante y a los espacios adaptados, por otro, promueve la inmovilidad, la sarcopenia y la malnutrición, lo que incrementa la fragilidad ósea. De esta manera, cuando se produce una caída, el riesgo de fractura es elevado. Por tanto, la residencia en instituciones debe interpretarse como un marcador de vulnerabilidad global, biológica, funcional y social, más que como un factor protector.

Otro hallazgo destacado fue la relación entre estado nutricional deficiente y edad más avanzada de fractura. Los pacientes en riesgo o con desnutrición presentaron una edad media de fractura aproximadamente dos años superior respecto a los que mantenían un estado nutricional normal. Este resultado confirma la estrecha conexión entre malnutrición, pérdida de masa muscular y fragilidad esquelética, ampliamente descrita en la literatura7,8. La deficiencia proteico-calórica y el déficit de micronutrientes esenciales como calcio y vitamina D aceleran la pérdida de colágeno y de masa ósea, disminuyen la fuerza y alteran la estabilidad postural.

La sarcopenia, entendida como la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, actúa como nexo fisiopatológico entre la malnutrición y la fragilidad. La coexistencia de sarcopenia y osteoporosis, el denominado síndrome de osteosarcopenia, potencia el riesgo de caídas y fracturas, así como el deterioro funcional y la dependencia. En este sentido, los resultados del presente trabajo refuerzan la necesidad de evaluar de forma rutinaria el estado nutricional en pacientes mayores, especialmente en mujeres institucionalizadas, e implementar programas de intervención nutricional y de fortalecimiento muscular que contribuyan a retrasar la aparición de fracturas por fragilidad.

El deterioro cognitivo, aunque no alcanzó significación estadística en el modelo multivariante, mostró una tendencia hacia fracturas en edades más avanzadas. Esta relación puede explicarse por la heterogeneidad clínica del deterioro cognitivo: las fases leves o moderadas suelen asociarse con mayor movilidad y, por tanto, mayor riesgo de caídas tempranas, mientras que en las demencias avanzadas la inmovilidad limita la exposición a caídas, desplazando el evento fracturario hacia etapas más tardías9. Esta dualidad podría justificar la falta de significación estadística pese a la coherencia clínica de la tendencia observada.

Por el contrario, la comorbilidad global y el tipo de fractura no mostraron asociación significativa con la edad de presentación. Esto sugiere que la cronología del evento no depende tanto de la carga de enfermedades crónicas o de la localización anatómica de la fractura, sino de factores que reflejan la reserva funcional y el entorno vital del individuo. Así, los determinantes sociales y biológicos parecen interactuar con mayor peso que los meramente estructurales en la predicción de la edad de fractura.

Fortalezas y limitaciones:

Entre las fortalezas del estudio destaca la inclusión de una cohorte consecutiva de pacientes, lo que reduce el sesgo de selección y mejora la validez externa. Además, se aplicó un modelo de regresión lineal múltiple jerárquico, que permitió analizar la contribución independiente de los factores demográficos, clínicos y sociales, verificando de forma rigurosa los supuestos de linealidad, homocedasticidad y ausencia de multicolinealidad, lo que otorga solidez estadística a los resultados.

No obstante, deben considerarse varias limitaciones. En primer lugar, el carácter retrospectivo conlleva posibles sesgos derivados de la calidad y exhaustividad de los registros clínicos. En segundo lugar, algunas variables fueron analizadas de forma dicotómica, simplificando realidades complejas. Por ejemplo, la clasificación binaria de “riesgo/desnutrición” no distingue grados ni causas de malnutrición, y el umbral de dependencia funcional basado en Barthel <60 no capta matices relevantes como la capacidad de marcha o la historia de caídas previas.

Asimismo, no se incorporaron variables ambientales o farmacológicas, que podrían influir de manera determinante en la edad de fractura. Aspectos como la iluminación, la accesibilidad del entorno, la presencia de barreras arquitectónicas o el consumo de psicofármacos y antihipertensivos son conocidos predictores de caídas y deberían incluirse en futuros análisis. Tampoco se registraron datos sobre actividad física habitual ni sobre la exposición solar, factores relevantes para la salud ósea y la prevención de fracturas.

A pesar de estas limitaciones, el presente estudio aporta una contribución significativa al conocimiento de los determinantes de la edad de fractura de cadera, destacando el papel de los factores sociales y del estado nutricional como marcadores de fragilidad acumulada.

CONCLUSIONES

Los resultados de este estudio permiten afirmar que la edad de aparición de la fractura de cadera está influida principalmente por factores demográficos, sociales y nutricionales, más que por la carga de comorbilidades o el tipo anatómico de la fractura. En particular, se identificó que las mujeres, las personas institucionalizadas y aquellas en riesgo o estado de desnutrición presentan fracturas a edades significativamente más avanzadas, lo que refleja un patrón de vulnerabilidad acumulada y un deterioro progresivo del estado funcional y biológico.

El hallazgo de que el sexo femenino se asocie con fracturas más tardías refuerza la idea de que el envejecimiento en la mujer está condicionado por un equilibrio entre mayor longevidad y fragilidad ósea postmenopáusica. Las mujeres viven más tiempo y, por tanto, acumulan más años de exposición a los procesos degenerativos propios de la edad, pero también acceden más frecuentemente a programas de prevención y a una detección precoz de factores de riesgo. Este fenómeno podría explicar por qué, aunque se fracturan a edades más avanzadas, la prevalencia global de fractura sigue siendo superior en el sexo femenino.

La residencia institucional emergió como un determinante relevante, lo que subraya la importancia de los factores sociales en la salud del anciano. Los pacientes institucionalizados, a pesar de vivir en entornos más controlados, mantienen un perfil de fragilidad elevado, condicionado por la inactividad, la pérdida muscular y la dependencia funcional. Este contexto requiere estrategias específicas de prevención de caídas y programas de ejercicio adaptado en instituciones sociosanitarias, orientados a mantener la movilidad, el equilibrio y la fuerza muscular.

Por su parte, la desnutrición o el riesgo nutricional se confirmó como un marcador temprano de fragilidad y un factor estrechamente vinculado a la edad de fractura. El deterioro del estado nutricional refleja no sólo un déficit energético o proteico, sino también la pérdida de masa magra, la reducción de la densidad ósea y la alteración de la coordinación motora. La intervención nutricional debe, por tanto, integrarse en los programas de prevención de fracturas, incorporando una valoración periódica del estado nutricional, suplementación adecuada y fomento de una dieta equilibrada rica en proteínas y micronutrientes esenciales.

En cambio, ni la comorbilidad global ni el grado de dependencia funcional demostraron una asociación significativa con la edad de la fractura. Este hallazgo sugiere que la carga de enfermedades crónicas o la pérdida parcial de autonomía no determinan por sí mismas el momento del evento, sino que influyen indirectamente a través de su efecto acumulativo sobre la capacidad funcional y la movilidad.

En conjunto, los datos obtenidos respaldan un enfoque multidimensional del paciente con fractura de cadera, que trascienda la atención traumatológica para incorporar una evaluación geriátrica integral. Dicha valoración debería incluir aspectos nutricionales, cognitivos, emocionales y sociales, permitiendo diseñar intervenciones individualizadas que reduzcan la vulnerabilidad y mejoren la recuperación funcional.

Asimismo, los resultados ponen de manifiesto la necesidad de reforzar la prevención primaria, especialmente en los grupos identificados como de mayor riesgo: mujeres de edad avanzada, pacientes institucionalizados y personas con signos de desnutrición. Estrategias como la detección precoz de la fragilidad, la promoción del ejercicio físico regular, la corrección de déficits nutricionales y la adecuación del entorno doméstico o institucional pueden retrasar la aparición de fracturas y mejorar la calidad de vida de los mayores.

Finalmente, se recomienda desarrollar estudios prospectivos y multicéntricos que permitan confirmar estas asociaciones, explorar la interacción entre factores biológicos y sociales, e incorporar nuevas variables como la masa muscular, la actividad física, el consumo de fármacos y la calidad del entorno. Solo mediante un enfoque interdisciplinar y basado en la evidencia será posible diseñar programas eficaces de prevención y manejo integral de las fracturas por fragilidad, reduciendo su impacto sanitario, económico y social en una población progresivamente envejecida.

 

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