AUTORES
- Nerea Moreno Apellaniz. Enfermera Servicio Aragonés de Salud. Aragón España.
- Sara Almazán Fernández. Enfermera de Planta Hospital Clínico Lozano Blesa. Zaragoza, España.
- Ana Becerril Marín. Enfermera de Planta Hospital San Jorge. Huesca, España.
- Cristina Biarge Alcubierre. Enfermera Urgencias Hospital San Jorge. Huesca, España.
- Claudia Carmona Álvarez. Enfermera Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Vanessa Lafontana Gracia. Enfermera Centro de Salud Grañén. Huesca, España.
Hoy en día, la soledad no deseada supone un importante reto para la salud pública a escala global al estar altamente vinculada con el desarrollo de distintas psicopatologías. Por ello, su atención se ha convertido en una prioridad a tratar. Este artículo pretende investigar el papel de la enfermería comunitaria en la atención a esta problemática, que por su cercanía a la población y su visión integral de las personas, van a ser figuras clave en la prevención y el alivio de los efectos de la soledad no deseada.
PALABRAS CLAVE
Enfermería comunitaria, atención primaria de salud, salud mental, soledad, trastornos mentales.
ABSTRACT
Nowadays, unwanted loneliness poses a significant challenge to public health on a global scale, as it is strongly linked to the development of various psychopathologies. For this reason, addressing this issue has become a public health priority. This article aims to explore the role of community nursing in responding to this problem, as their close contact with the population and holistic view of individuals position them as key figures in the prevention and alleviation of the effects of unwanted loneliness.
KEY WORDS
Community health nursing, primary health care, mental health, mental disorders, loneliness.
La evidencia actual sugiere que la soledad es una experiencia singular: la autopercepción de desconexión social a pesar de estar rodeado de gente. Esto se contradice con la creencia popular que vincula la soledad con el aislamiento objetivo, la depresión o la falta de habilidades sociales. Este desafío afecta aproximadamente a un tercio de la población en las naciones industrializadas, con un notable incremento en las proporciones, y donde uno de cada doce individuos la experimenta con intensidad. Cabe señalar que esta problemática trasciende las barreras socioeconómicas, educativas, de género o étnicas, no encontrando en ellas un factor protector1. Subjetivamente, la soledad es la angustia que resulta cuando las relaciones sociales percibidas no alcanzan el nivel o la calidad de las deseadas2.
La soledad no solo afecta el plano emocional; sus efectos tangibles se extienden a la salud física y, con especial preocupación, a la salud mental. La evidencia actual revela una conexión creciente entre la soledad y un aumento en la probabilidad de desarrollar trastornos mentales, además de contribuir al deterioro de afecciones ya diagnosticadas3,4. La soledad no deseada muestra una fuerte asociación con trastornos como la depresión mayor y distintas manifestaciones de la ansiedad. Sin embargo, su alcance trasciende estas afecciones comunes, pues se ha evidenciado también su relación con psicopatologías más graves, tales como la ideación suicida y las conductas autolesivas. Los resultados de esta investigación refuerzan la imperiosa necesidad de reconocer la soledad como un factor de riesgo, por lo que es primordial concebir y ejecutar estrategias de prevención y cribado temprano4. Por su cercanía a la comunidad, su conocimiento del tejido social y familiar, y su perspectiva integral de los cuidados, la enfermera comunitaria desempeña un papel fundamental en la identificación, prevención e intervención de la soledad no deseada.
OBJETIVO
El objetivo de este artículo es examinar la influencia de la soledad no deseada en la salud mental y especificar el rol clave de la enfermería comunitaria en su prevención, detección y gestión.
METODOLOGÍA
Para la búsqueda bibliográfica, se utilizaron diversas bases de datos electrónicas como PubMed, Scopus y Google Scholar. La estrategia de búsqueda se diseñó combinando términos clave en español e inglés, que abarcaban las principales temáticas del estudio. Las palabras clave utilizadas fueron: «soledad», «loneliness», «salud mental», «mental health», «depresión», «depression», «ansiedad», «anxiety», «enfermería comunitaria», «community nursing», «atención primaria», «primary care», «intervenciones», «interventions», «cribado», «screening», «prevención», «prevention» y «promoción de la salud», «health promotion». Estos términos se combinaron utilizando operadores booleanos («AND», «OR»).
Se establecieron los siguientes criterios de inclusión para la selección de los artículos: Artículos originales, revisiones sistemáticas, metaanálisis y guías de práctica clínica; publicaciones que abordarán la relación entre la soledad no deseada y la salud mental, o el papel de la enfermería comunitaria en su detección, prevención o intervención; estudios realizados en población adulta; publicaciones en inglés y español y se priorizaron los artículos publicados en los últimos diez años (2015-2025) para asegurar la actualidad de la evidencia, aunque no se excluyeron trabajos previos de relevancia fundamental.
Se excluyeron estudios en modelos animales, editoriales, cartas al editor, y aquellos que no proporcionarán información directamente aplicable a la soledad no deseada en humanos o al rol de la enfermería comunitaria.
RESULTADOS
La prevalencia de la soledad no deseada muestra gran variabilidad, debido o bien a la población estudiada, o la metodología empleada. A pesar de ello, estimaciones globales sugieren que aproximadamente entre el 20% y el 40% de la población adulta general la experimenta de forma ocasional o crónica5,6. Es crucial destacar que esta problemática presenta picos significativos en grupos específicos a lo largo del ciclo vital. Por un lado, la revisión sistemática de Victor y Yang, destaca la persistencia de la soledad en diversas etapas de la vida adulta 5. De forma más reciente, la revisión de Loades et al. puso de manifiesto que los adolescentes y adultos jóvenes también experimentan altas tasas de soledad, exacerbadas en contextos como la pandemia de COVID-196. Al manifestarse en diversas etapas de la vida, exige una atención diferenciada y continuada. Factores como la urbanización, el cambio en las estructuras familiares, la digitalización de las interacciones y eventos vitales como la viudedad, el divorcio o la jubilación, contribuyen a su incremento7.
Mecanismos de la soledad en la salud:
Los mecanismos a través de los cuales la soledad no deseada impacta en la salud mental son multifactoriales. Uno de ellos es el estrés crónico que va asociado a esta soledad que activa el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA) y el sistema nervioso simpático, lo que lleva a un aumento sostenido de cortisol y catecolaminas. Esta desregulación neuroendocrina puede alterar la función cerebral, especialmente en áreas relacionadas con la regulación emocional y la cognición, aumentando la vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión8. Otro mecanismo es la inflamación crónica; personas con soledad no deseada muestran mayores niveles de marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva y citoquinas proinflamatorias. Esta inflamación sistémica de bajo grado se ha vinculado con la patogénesis de trastornos depresivos y neurodegenerativos, sugiriendo una vía biológica por la cual la soledad afecta el cerebro9. La soledad también se ha identificado como un factor de riesgo para el deterioro cognitivo leve y la demencia, incluyendo la enfermedad de Alzheimer. Se postula que la falta de estimulación social y la activación de mecanismos de estrés e inflamación contribuyen a la neurodegeneración y la pérdida de resiliencia cerebral4. Esta problemática, también puede llevar a la adopción de hábitos poco saludables como el sedentarismo, la mala alimentación, el consumo de alcohol o tabaco, y la falta de adherencia a tratamientos médicos, lo que a su vez impacta negativamente la salud mental y física10. Por último, la evidencia es contundente al asociar la soledad con un mayor riesgo de depresión mayor, trastornos de ansiedad, trastornos de estrés postraumático (TEPT) y, en casos extremos, ideación suicida y comportamiento suicida3,11. En adolescentes, se ha correlacionado con mayores tasas de ansiedad social y depresión12. Caciopoo y Hawkley, hablan del “modelo del bucle regulador”, este modelo sugiere que las personas solitarias tienen una mayor sensibilidad a las amenazas sociales, se fijan más en lo negativo, lo recuerdan más y esperan lo peor, lo que los lleva a comportarse de formas que confirman sus propias expectativas negativas13,17.
El Rol de la enfermería comunitaria
La enfermera, a través de la consulta regular en el centro de salud o en visitas domiciliarias, tiene la oportunidad de establecer una relación de confianza con los pacientes y así, de realizar una identificación temprana. La observación de signos sutiles como la reducción de la interacción social, la disminución de la participación en actividades cotidianas, o la expresión velada de sentimientos de tristeza o aislamiento, puede alertar sobre la presencia de soledad14. La aplicación de herramientas de cribado validadas, como escalas de soledad (Escala de Soledad de UCLA, Escala de Evaluación de la Soledad de Hughes-HLS, Escala de Soledad de De Jong Gierveld -DJGLS), puede facilitar una detección sistemática15.
Una vez identificada la soledad, la enfermera realiza una valoración exhaustiva que incluye no solo los síntomas emocionales, sino también los factores sociales, familiares, económicos y ambientales que contribuyen a la situación. Esta valoración integral permite diseñar un Plan de Cuidados de Enfermería individualizado que aborde las causas y consecuencias de la soledad16.
Se ha examinado un metaanálisis que analiza de forma cuantitativa los resultados de diferentes estrategias para abordar la soledad, concluyendo que las cuatro intervenciones más prometedoras son: mejorar las habilidades sociales, aumentar el apoyo social, aumentar las oportunidades de contacto social y abordar la cognición social desadaptativa (cambiar las formas negativas de pensar sobre las interacciones sociales). Estas cuatro estrategias se usaron en diferentes tipos de estudios, desde los más simples, como «pre-post en un solo grupo», hasta los más rigurosos, como los «aleatorizados con grupo de comparación» y se encontró que todas ellas tuvieron cierto éxito en la reducción de la soledad, independientemente del diseño del estudio. Para obtener resultados aún más fiables, el metaanálisis se centró en los diseños más rigurosos, en la comparación de grupos aleatorizados, donde se demostró que las intervenciones que abordan la cognición social desadaptativa (las que ayudaron a las personas a cambiar sus patrones de pensamiento negativos y sus interpretaciones distorsionadas de las interacciones sociales), fueron las más eficaces17.
Adicionalmente, la enfermería comunitaria juega un papel fundamental en la promoción de la prescripción social, derivando a los pacientes a actividades no clínicas que benefician su salud y bienestar social. En este sentido, la evidencia actual sugiere que las actividades artísticas, entre otras, pueden ser una vía efectiva para mejorar la conexión y el bienestar18. Más específicamente, una revisión sistemática reciente sobre el impacto de las iniciativas de prescripción social en la soledad, llevada a cabo por Valtorta et al.19, indica que, aunque la evidencia aún es variable y se necesita más investigación, tanto los participantes como los proveedores perciben la prescripción social como una herramienta beneficiosa para reducir la soledad y aumentar la conexión social. Los resultados preliminares muestran que quienes participan en estos programas frecuentemente reportan una disminución en sus niveles de soledad y una mayor sensación de vinculación con otros18.
En una revisión reciente, se ha puesto en evidencia que las iniciativas intergeneracionales se asocian con beneficios notables en la disminución de la soledad y en el fomento de una mayor conexión social, lo que repercute positivamente en el bienestar global de quienes participan, ya que facilitan la creación de lazos genuinos y enriquecedores entre grupos de edad diversa20.
La enfermera comunitaria actúa como un enlace fundamental entre el paciente y los recursos disponibles en la comunidad, incluyendo asociaciones de mayores, centros cívicos, servicios sociales, grupos de voluntariado y redes de apoyo psicológico. Esta función de conexión y coordinación es vital para construir una red de apoyo robusta. La colaboración efectiva con otros profesionales de la salud y del ámbito social es, por tanto, esencial para garantizar una atención integral y una respuesta adaptada a las necesidades individuales, un rol crítico que la enfermería desempeña en la atención primaria para la salud mental comunitaria21.
A pesar del rol irremplazable que desempeña la enfermería, su capacidad para abordar la soledad no deseada se enfrenta a obstáculos considerables. Entre ellos, destacan la insuficiencia de formación específica en esta problemática durante su capacitación, la ya existente sobrecarga asistencial en el ámbito de la Atención Primaria y la escasa visibilidad que la soledad aún ostenta en las agendas políticas y sanitarias. Superar estas barreras es fundamental para una intervención efectiva14.
Representando una amenaza cada vez mayor para la salud mental en nuestra sociedad, la soledad no deseada ha evidenciado su impacto en el incremento del riesgo de padecer patologías relacionadas con la salud mental. Frente a esta realidad, la enfermería comunitaria, con su perspectiva integral y su ubicación en el primer escalón de la sanidad, la Atención Primaria, resulta esencial en la lucha contra el incremento de esta problemática. Su competencia para realizar una detección precoz, realizar intervenciones tras la elaboración de un plan de cuidados, la promoción de la salud a través de educación sanitaria y la recomendación de activos comunitarios la convierten en un elemento fundamental para fomentar la salud y el bienestar. Por ello, es fundamental revalorizar su rol, impulsándolo mediante una mayor formación específica. Asimismo, resultaría crucial integrar la soledad como un indicador de salud en los sistemas de registro y, de manera simultánea, se precisaría la implementación de políticas públicas que fomenten la conexión social para garantizar un abordaje verdaderamente integral del problema.
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