AUTORES
- Sara Lázaro Cano. Enfermera en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Miryam Mainar Isla. Enfermera en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Nuria Rando Julve. Técnica en Cuidados de Enfermería en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Raquel Sancho Pinilla. Técnico en Cuidados de Enfermería en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Susana Bailo Medina. Enfermera en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Virginia Abadía Piquero. Enfermera en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Juan Antonio López Castillo. Enfermero en Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
RESUMEN
La insuficiencia cardíaca es un síndrome clínico complejo caracterizado por la incapacidad del corazón para mantener un gasto cardíaco adecuado. Presenta una etiología multifactorial y una fisiopatología basada en alteraciones estructurales y funcionales, las cuales provocan la activación de una serie de mecanismos compensatorios que, con el tiempo, empeoran la enfermedad. El tratamiento de esta patología tiene un enfoque integral, abarcando desde fármacos hasta cambios en el estilo de vida. Su elevada prevalencia y asociación a múltiples comorbilidades favorecen en muchos casos un pronóstico desfavorable.
PALABRAS CLAVE
Insuficiencia cardíaca, gasto cardíaco, volumen sistólico, disfunción ventricular, disnea, edema.
ABSTRACT
Heart failure is a complex clinical syndrome characterized by the heart’s inability to maintain an adequate cardiac output. It has a multifactorial etiology and a pathophysiology based on structural and functional alterations, which trigger a series of compensatory mechanisms that, over time, worsen the disease. The treatment of this condition requires a comprehensive approach, ranging from pharmacological therapy to lifestyle modifications. Its high prevalence and association with multiple comorbidities often contribute to an unfavorable prognosis.
KEY WORDS
Heart failure, cardiac output, stroke volume, ventricular dysfunction, dyspnea, edema.
DESARROLLO DEL TEMA
La insuficiencia cardíaca (IC) es un síndrome clínico complejo causado por anomalías cardíacas estructurales y/o funcionales que producen un aumento de las presiones intracardiacas y un gasto cardíaco inadecuado en reposo o en estrés. Esto se traduce en que el corazón es incapaz de bombear sangre de manera eficaz para satisfacer las demandas metabólicas del organismo1-3.
La Organización Mundial de la Salud estima que más de 26 millones de personas en el mundo sufren IC, teniendo una prevalencia entre el 1% y el 2% entre la población adulta3.
ETIOLOGÍA:
La IC es una patología multifactorial en cuyo desarrollo influyen múltiples factores, siendo los más frecuentes 1,3:
- Predisposición genética.
- Hipertensión.
- Cardiopatía isquémica: infarto de miocardio y angina.
- Arritmias: taquiarritmias auriculares y arritmias ventriculares.
- Patología valvular cardíaca: estenosis aórtica, insuficiencia mitral.
- Cardiopatías congénitas: transposición de grandes vasos, tetralogía de Fallot, anomalía de Ebstein.
- Infecciones: miocarditis viral, enfermedad de Chagas, VIH, enfermedad de Lyme.
- Miocardiopatía dilatada, hipertrófica y restrictiva.
- Diabetes Mellitus.
FISIOPATOLOGÍA:
La fisiopatología de la IC es compleja, ya que afecta tanto a la estructura como a la función cardíaca. Para comprenderla, es importante distinguir los tres tipos de IC según la fracción de eyección del ventrículo izquierdo (FEVI), que representa la cantidad de sangre expulsada por el ventrículo izquierdo durante la sístole en relación con el volumen presente antes de la contracción4:
- IC con FEVI preservada (≥ 50%): suele estar asociada a comorbilidades crónicas como hipertensión, diabetes tipo 2, obesidad, enfermedad renal o pulmonar, apnea del sueño y cáncer. Estas condiciones promueven procesos inflamatorios y disfunción endotelial, lo que conduce a hipertrofia de los cardiomiocitos, fibrosis intercelular y alteraciones en la relajación celular. Como resultado, el ventrículo izquierdo no se relaja adecuadamente, dificultando el llenado durante la diástole.
- IC con FEVI reducida (≤ 40%): se caracteriza por la pérdida significativa de cardiomiocitos debido a causas como infarto agudo de miocardio, mutaciones genéticas o miocarditis. Esto genera una disfunción sistólica, es decir, dificultad para contraer el ventrículo izquierdo, y provoca un remodelado excéntrico con acumulación excesiva de tejido fibroso.
- IC con FEVI moderadamente reducida (41-49%): en la mayoría de los casos, se observa en pacientes con enfermedad coronaria y puede evolucionar a cualquiera de las dos anteriores, dependiendo de la progresión de la enfermedad y de los factores de riesgo asociados.
En resumen, ante una situación de gasto cardíaco inadecuado, el organismo pone en marcha mecanismos compensatorios, como la activación del sistema nervioso simpático y del sistema renina-angiotensina-aldosterona, con el objetivo de mantener una perfusión tisular adecuada. Sin embargo, a largo plazo, estos mecanismos se vuelven perjudiciales, ya que favorecen la vasoconstricción, la retención de líquidos y el aumento de la carga de trabajo cardíaco. Como consecuencia, se produce un remodelado cardíaco caracterizado por hipertrofia, fibrosis y pérdida de cardiomiocitos, lo que conduce a un deterioro progresivo de la función cardíaca, con disminución de la capacidad del corazón tanto para contraerse como para relajarse5.
CLASIFICACIÓN:
Existen diversas formas de clasificar la IC en función del criterio considerado. Entre las más relevantes destacan la clasificación según su evolución y según el lado del corazón afectado6.
Según su evolución6:
- IC aguda: se caracteriza por la aparición rápida de los síntomas o por un empeoramiento brusco de una insuficiencia cardíaca previamente establecida. Generalmente requiere atención médica urgente.
- IC crónica: presenta una evolución progresiva en el tiempo, con periodos de estabilidad clínica alternados con episodios de descompensación.
Según el lado del corazón afectado6,7:
- IC derecha: se produce cuando se ve afectado el ventrículo derecho, lo que da lugar a congestión sistémica, manifestada principalmente por edemas en las extremidades inferiores. En muchas ocasiones está causada por hipertensión arterial, cardiopatía isquémica o valvulopatías.
- IC izquierda: ocurre cuando el ventrículo izquierdo está comprometido, provocando congestión pulmonar, cuyo síntoma más característico es la disnea.
- IC mixta: implica la afectación de ambos ventrículos, combinando signos y síntomas de congestión pulmonar y sistémica.
CUADRO CLÍNICO:
Los síntomas más frecuentes de la IC son la disnea y la fatiga. No obstante, también pueden presentarse otros signos y síntomas como intolerancia al ejercicio, edemas periféricos, ortopnea y disnea paroxística nocturna. La intensidad de la clínica suele aumentar de forma progresiva conforme avanza la enfermedad, pudiendo manifestarse incluso en reposo en fases más avanzadas7.
El cuadro clínico es variable y depende, en gran medida, del lado del corazón afectado7:
- IC izquierda: la disfunción del ventrículo izquierdo provoca congestión pulmonar, lo que se traduce en disnea, ortopnea, edema pulmonar, cianosis y taquicardia.
- IC derecha: la afectación del ventrículo derecho da lugar a una congestión sistémica, caracterizada por edemas en extremidades inferiores, estasis venosa, ingurgitación yugular, hepatomegalia y ascitis.
DIAGNÓSTICO:
Actualmente, existen diversas técnicas diagnósticas que permiten un diagnóstico precoz de la IC3,8:
- Técnicas de imagen: la ecocardiografía, la resonancia magnética cardíaca y la angiografía por tomografía computarizada proporcionan información detallada sobre el tejido miocárdico y las distintas estructuras cardíacas. Estas técnicas permiten evaluar la función ventricular y detectar signos de enfermedad coronaria subyacente.
- Electrocardiograma: puede mostrar cambios sugestivos de hipertrofia ventricular, isquemia o arritmias, lo que puede generar sospecha de IC.
- Cateterismo cardíaco: permite medir las presiones en las distintas cavidades del corazón, así como el gasto cardíaco y las resistencias vasculares. Constituye el gold standard para el diagnóstico de la IC.
- Biomarcadores:
- Péptidos natriuréticos: reflejan el estrés miocárdico y permiten evaluar la gravedad de la IC.
- Troponina: indica daño miocárdico y ayuda a identificar la presencia de enfermedad coronaria subyacente.
Además, es fundamental realizar una exploración clínica exhaustiva, apoyándose en escalas validadas como los criterios de Framingham, que permiten evaluar la sintomatología del paciente, incluyendo disnea, fatiga, edemas, estertores, ingurgitación yugular y taquicardia, complementando así la información obtenida mediante las pruebas diagnósticas3,8.
TRATAMIENTO:
El tratamiento de la IC se basa en un enfoque integral que incluye tratamiento farmacológico y modificaciones del estilo de vida3.
TRATAMIENTO FARMACOLÓGICO3:
El manejo farmacológico de la IC se fundamenta en el uso de diferentes grupos de fármacos que actúan sobre los mecanismos fisiopatológicos de la enfermedad:
- Diuréticos de asa (furosemida): favorecen la diuresis, reduciendo la sobrecarga de líquidos y mejorando los síntomas de congestión, como el edema y la disnea.
- Inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina (IECA): disminuyen la vasoconstricción y la liberación de aldosterona, lo que contribuye a mejorar la sintomatología y la evolución de la enfermedad. En pacientes intolerantes a los IECA, se utilizan antagonistas de los receptores de angiotensina II (ARA II) como alternativa.
- Betabloqueantes: bloquean la estimulación simpática a nivel cardíaco, reduciendo la frecuencia cardíaca y la demanda de oxígeno del miocardio, lo que mejora la función del ventrículo izquierdo.
- Antagonistas de los receptores de mineralocorticoides (espironolactona, eplerenona): bloquean los efectos de la aldosterona, disminuyendo la retención de sodio y agua. Esto se traduce en una mejoría de los síntomas y una reducción de la mortalidad.
- Inotrópicos (digoxina): aumentan la contractilidad miocárdica y reducen la frecuencia cardíaca, utilizándose en casos seleccionados.
- Ivabradina: indicada principalmente en pacientes con IC crónica, reduce la frecuencia cardíaca sin afectar la contractilidad, mejorando el llenado ventricular y la función cardíaca.
MODIFICACIONES DEL ESTILO DE VIDA3:
Las modificaciones del estilo de vida constituyen un pilar fundamental en el manejo de la IC, ya que contribuyen a mejorar la sintomatología, la calidad de vida y la evolución de la enfermedad.
- Dieta: se recomienda seguir una dieta de tipo mediterráneo, rica en frutas, verduras y proteínas magras, y baja en grasas saturadas y trans. Asimismo, es importante reducir la ingesta de sodio para controlar la retención de líquidos.
- Ejercicio físico: la realización de actividad física moderada, como caminar o montar en bicicleta, mejora la capacidad funcional y contribuye a aumentar la calidad de vida del paciente.
- Consumo de tabaco y alcohol: se aconseja el abandono del hábito tabáquico y la eliminación del consumo de alcohol. Para ello, es fundamental ofrecer apoyo y recursos que faciliten estos cambios.
- Control del peso: mantener un peso corporal adecuado es esencial para disminuir la carga de trabajo del corazón.
COMORBILIDADES Y MORTALIDAD:
Con frecuencia, los pacientes con insuficiencia cardíaca presentan múltiples comorbilidades, las cuales no solo contribuyen a la progresión de la enfermedad, sino que también se asocian con un peor pronóstico. Entre las comorbilidades más frecuentes se incluyen9:
- Anemia.
- Déficit de hierro.
- Diabetes.
- Insuficiencia renal.
- Enfermedad pulmonar obstructiva crónica.
- Apnea del sueño.
- Obesidad.
En cuanto a la mortalidad, en España los pacientes con IC aguda presentan una tasa de mortalidad aproximada del 29% al año, ligeramente superior a la media europea, que se sitúa en torno al 27,7%. Por su parte, la mortalidad anual en pacientes con IC crónica es del 6,4% en España, algo inferior al 9,5% registrado en Europa9.
CONCLUSIÓN
La IC constituye un síndrome clínico con una elevada prevalencia y un gran impacto a nivel mundial, además, se caracteriza por tener una elevada complejidad.
Su carácter multifactorial y su frecuente asociación con múltiples comorbilidades dificultan tanto su diagnóstico como su manejo, provocando una evolución progresiva y un mal pronóstico en un gran número de pacientes.
La detección precoz es fundamental para instaurar un tratamiento eficaz, el cual tenga un enfoque integral y combine tratamiento farmacológico y modificaciones en el estilo de vida, con el objetivo de mejorar la sintomatología, frenar la progresión de la enfermedad y reducir la mortalidad.
A pesar de los avances con los que se cuenta hoy en día, la IC sigue siendo un importante reto, es lo que hace primordial fomentar estrategias de prevención y un diagnóstico precoz, así como un tratamiento individualizado que ayuden a mejorar la calidad de vida y el pronóstico de todos aquellos que la padecen.
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