Nº de DOI: 10.34896/RSI.2026.10.62.002
AUTORES
- Samantha Vanessa Piedra Bravo. Investigador Independiente, Guayas. Ecuador.
- Rodrigo José Pumagualli Carrasco. Investigador Independiente, Guayas. Ecuador.
- Pedro Esteban Cedeño Arcentales. Médico Salubrista, Coordinación Provincial de Prestaciones de Seguro de Salud, Guayas. Ecuador.
- Dunia Alejandra Quintero López. Médico Residente Unidad de Cuidados Intensivos, IESS Ceibos, Guayas. Ecuador.
- Geraldine Gabriela Gavilanez Rodríguez. Centro Educativo Balandra, Guayas. Ecuador.
RESUMEN
La exposición cotidiana a luz visible de alta energía (HEV, 400–500 nm) procedente de pantallas y de iluminación LED ha generado preocupación clínica, especialmente por su potencial papel en pigmentación y fotoenvejecimiento. Se realizó una revisión narrativa estructurada con metodología explícita orientada a dermatología clínica, priorizando literatura reciente e incorporando estudios fundacionales indispensables para fotobiología y comparaciones dosimétricas. Se consultaron bases biomédicas y regionales (PubMed/MEDLINE, Scopus, SciELO, LILACS y BVS) y documentos técnicos de seguridad lumínica, sintetizando la evidencia por categorías: dosimetría real, mecanismos, hallazgos clínicos y fotoprotección aplicable.
Los hallazgos indican que la radiación visible, incluida la fracción azul, puede inducir estrés oxidativo y activar vías asociadas a degradación de matriz extracelular en modelos experimentales, con relevancia estrechamente dependiente de la dosis, el espectro y las condiciones de exposición. En melanocitos, la señalización mediada por fotorreceptores como opsina-3 respalda plausibilidad biológica para melanogénesis sostenida, con mayor susceptibilidad en fototipos altos y en dermatosis pigmentarias. Sin embargo, la dosimetría en condiciones reales sugiere que la irradiancia de pantallas e iluminación interior es muy inferior a la radiación solar, por lo que la extrapolación directa de modelos mecanísticos a uso habitual de dispositivos requiere cautela. La evidencia clínica es más consistente en melasma y despigmentaciones, donde la protección frente a luz visible (por ejemplo, formulaciones con pigmentos) puede reducir recaídas y es respaldada por consensos recientes. En conjunto, el riesgo clínicamente relevante parece concentrarse en subgrupos predispuestos, por lo que la comunicación clínica debe evitar el alarmismo y priorizar fotoprotección racional y sostenible.
PALABRAS CLAVE
Luz azul, melanosis, hiperpigmentación, trastornos de la pigmentación, protectores solares, estrés oxidativo.
ABSTRACT
Daily exposure to high-energy visible (HEV, 400–500 nm) light from digital screens and indoor LED lighting has raised clinical concerns, particularly regarding pigmentation and photoaging. A structured narrative review with explicit methodology was conducted for specialist dermatology practice, prioritizing recent literature while incorporating foundational photobiology and dosimetry studies when essential. Searches covered major biomedical and regional databases (PubMed/MEDLINE, Scopus, SciELO, LILACS, and BVS) and technical documents addressing light-exposure safety. Evidence was synthesized narratively across predefined categories: real-world dosimetry, mechanistic pathways, clinical data in pigmentary disorders, and practical photoprotection.
Findings indicate that visible/blue light can induce oxidative stress and activate matrix-degrading pathways under experimental conditions, with effects strongly dependent on dose, spectrum, and exposure setup. In melanocytes, opsin-3–related signaling supports biologic plausibility for sustained melanogenesis, with heightened relevance in darker phototypes and pigmentary disorders. However, real-world dosimetry suggests that irradiance from common screens and indoor lighting remains far below solar exposure, limiting direct extrapolation from high-dose mechanistic models to routine device use. Clinical evidence is most consistent for melasma and related dyschromias, where visible-light–inclusive protection (e.g., tinted formulations with pigments) may reduce relapses and aligns with recent consensus recommendations. Overall, clinically meaningful risk appears concentrated in predisposed subgroups, supporting a balanced approach centered on rational photoprotection, feasible adherence, and non-alarmist patient counseling.
KEY WORDS
Blue light, melanosis, hyperpigmentation, pigmentation disorders, sunscreening agents, oxidative stress.
INTRODUCCIÓN
La luz visible, particularmente el espectro azul de 400–500 nm (también llamado luz visible de alta energía, HEV), constituye aproximadamente el 50% de la radiación solar que alcanza la superficie terrestre1,2. A diferencia de la radiación ultravioleta (UV), durante mucho tiempo se asumió que la luz visible carecía de efectos fotobiológicos relevantes en la piel. Sin embargo, investigaciones en la última década han desmentido esta idea: la luz azul sí induce cambios medibles en la biología cutánea3. De hecho, en individuos de piel más oscura se ha demostrado que la exposición a luz visible puede generar pigmentación cutánea más intensa y duradera que la inducida por UVA1 3. Este fenómeno se evidenció al comparar la respuesta a distintas longitudes de onda: en fototipos altos (III–VI), la luz visible produjo hiperpigmentación prolongada por semanas, superando la pigmentación de la UVA de onda larga2,3. Tales hallazgos han puesto en relieve la contribución de la luz visible en trastornos pigmentarios como melasma y pigmentaciones posinflamatorias, especialmente en pacientes de piel morena 3.
El aumento exponencial en el uso de dispositivos electrónicos (pantallas de computadoras, smartphones, tabletas, etc.) y de iluminación LED en interiores ha provocado una exposición cotidiana e inadvertida de la piel a luz azul artificial4,5,6. Esta situación ha despertado preocupación en la comunidad dermatológica y en la población general sobre los posibles efectos acumulativos de la “luz de pantalla” en el envejecimiento cutáneo y en afecciones pigmentarias. En paralelo, industrias cosméticas han comenzado a comercializar productos con supuestos filtros contra luz azul, alimentando la percepción de que la luz emitida por dispositivos digitales sería un nuevo enemigo de la salud de la piel. ¿Se trata de un mito infundado o de un riesgo real basado en evidencia? Esta pregunta ha originado debates y controversias. Algunos estudios preliminares e informes sugieren que la luz azul podría acelerar el fotoenvejecimiento cutáneo (arrugas, pérdida de firmeza) y exacerbar la hiperpigmentación 4. En efecto, se ha observado que la exposición prolongada a fuentes de luz azul genera hiperpigmentación cutánea y signos de fotoenvejecimiento similares a los producidos por la radiación UV, aunque mediante mecanismos parcialmente diferentes7. Por ejemplo, la irradiación de la piel con luz visible azul activa la producción de especies reactivas de oxígeno (ROS) y enzimas que degradan la matriz extracelular (metaloproteinasas), contribuyendo al daño de colágeno y el envejecimiento prematuro. Adicionalmente, la luz azul altera ciertos ritmos circadianos cutáneos y vías celulares de reparación, lo que podría impactar en procesos fisiológicos nocturnos de la piel. Las moléculas mediadoras clave identificadas en la respuesta celular a la luz azul son el óxido nítrico (NO) y las propias ROS, implicadas en cascadas de inflamación y pigmentación3.
Desde la perspectiva de la fotobiología, la luz visible penetra la piel de manera distinta a la UV: las longitudes de onda más cortas del visible (azul-violeta) tienden a depositar su energía en la epidermis superficial, mientras que las más largas (rojo) alcanzan dermis más profunda 7. Existe una relación inversa entre la longitud de onda y la profundidad de penetración cutánea, lo que implica que la luz azul (HEV, de onda corta) concentra sus efectos en capas superficiales ricas en melanocitos. Esto reviste especial importancia en pacientes con fototipos altos, ya que sus melanocitos reaccionan vigorosamente a estímulos visibles: estudios han demostrado que los melanocitos poseen fotoreceptores opsina-3 capaces de detectar luz azul (415–455 nm) y, al activarse, desencadenan la síntesis de melanina vía activación de la tirosinasa. Este mecanismo explica por qué la luz visible azul produce hiperpigmentación prolongada en pieles morenas, agravando condiciones como el melasma8-12. De hecho, la luz visible puede actuar sinérgicamente con la radiación UVA en la generación de estrés oxidativo cutáneo y el oscurecimiento inmediato y persistente de la piel. Consecuentemente, han surgido recomendaciones de fotoprotección más allá del espectro UV, incluyendo el uso de pantallas físicas (ej. filtros con pigmentos minerales) para bloquear la luz visible en individuos propensos a dispigmentaciones9.
Pese a esta evidencia emergente, persisten interrogantes sobre la dosimetría real de la luz azul en contextos cotidianos y su relevancia clínica comparada con la luz solar 13. Es crucial discriminar entre el potencial teórico de daño por luz azul y la exposición real que proviene de pantallas y lámparas domésticas. Por ejemplo, ¿es la irradiancia de un celular o monitor suficientemente alta como para inducir cambios cutáneos medibles, o su efecto es despreciable frente al sol? Algunos autores plantean que el riesgo de la luz azul artificial podría estar sobreestimado, acercándose más a un mito alimentado por el marketing que a una amenaza tangible14-18. Otros, en cambio, señalan que, aunque la dosis por unidad de tiempo sea baja, la exposición crónica y acumulativa durante horas diarias podría tener un impacto a largo plazo, especialmente en individuos con hipersensibilidad pigmentaria (p. ej., pacientes con melasma, hiperpigmentación posinflamatoria o fototipos IV-VI)14. Ante estas posturas divergentes, existe la necesidad imperiosa de basar las recomendaciones dermatológicas en evidencia científica sólida y datos de dosimetría realista. Solo cuantificando objetivamente la emisión de luz azul de dispositivos y comparándola con la radiación solar podremos emitir juicios informados sobre si se justifica modificar conductas (como usar protector solar frente al computador, filtros especiales en pantallas, etc.) y prescribir medidas de fotoprotección específicas para la luz visible14,15.
En este contexto, la presente revisión narrativa explora el estado actual de la evidencia sobre la luz azul de pantallas y la salud cutánea. Se abordan los aspectos fundamentales de fotobiología y mecanismos de daño/pigmentación, se analizan estudios clínicos en trastornos pigmentarios, y se discute la dosimetría real de la exposición a luz azul en comparación con otras fuentes. Asimismo, se incorporan normativas y lineamientos técnicos internacionales en materia de exposición lumínica, con el fin de dilucidar si las precauciones alrededor de la luz azul son respaldadas por datos cuantitativos o si en gran medida han sido sobredimensionadas. La revisión enfatiza la necesidad de recomendaciones concretas basadas en evidencia actual y considera las implicaciones para Latinoamérica, donde la alta incidencia de melasma y fototipos más oscuros hacen especialmente relevante este tema. A modo de justificación, es fundamental para la comunidad dermatológica distinguir el mito de la realidad científica en torno a la luz azul, de modo que las medidas de fotoprotección y los consejos a pacientes se apoyen en datos verificables y no solo en tendencias o temores. Esta revisión exhaustiva pretende proporcionar dichas bases, identificando las brechas de conocimiento y orientando futuras investigaciones y recomendaciones clínicas en el tema.
OBJETIVOS
Objetivo general:
Analizar de manera integral la evidencia científica disponible sobre los efectos de la luz azul emitida por pantallas en la salud cutánea, diferenciando mitos de hallazgos comprobados, cuantificando la exposición real (dosimetría) y evaluando estrategias de fotoprotección, con énfasis en trastornos pigmentarios y poblaciones de piel más oscura.
Objetivos específicos:
- Determinar la dosis e intensidad de luz azul emitida por dispositivos electrónicos comunes y fuentes de iluminación artificial en comparación con la radiación solar natural.
- Describir los mecanismos de acción conocidos de la luz azul/HEV en la piel (estrés oxidativo, alteraciones celulares y moleculares, inducción de pigmentación) y contrastarlos con la evidencia clínica disponible.
- Revisar la evidencia clínica sobre los efectos de la luz visible azul en trastornos pigmentarios (como melasma, hiperpigmentación postinflamatoria) y en individuos de fototipos III a VI.
- Evaluar las estrategias de fotoprotección propuestas contra la luz visible (p. ej., fotoprotectores con pigmentos como óxido de hierro, filtros físicos, ajustes en dispositivos), incluyendo normativas regulatorias y estándares técnicos globales, y analizar su eficacia reportada en la prevención del fotodaño y la hiperpigmentación inducidos por luz azul.
- Contextualizar las implicaciones de la evidencia en entornos latinoamericanos y globales, considerando recomendaciones de consensos dermatológicos, guías internacionales y posibles adaptaciones necesarias en fotoprotección para poblaciones de la región, con alta prevalencia de melasma y altos niveles de radiación solar.
METODOLOGÍA
Se realizó una revisión narrativa estructurada de la literatura, siguiendo una metodología explícita para garantizar rigor y reproducibilidad, aunque sin metaanálisis cuantitativo dado el carácter heterogéneo de la evidencia disponible. A continuación, se detallan los componentes metodológicos:
- Tipo de estudio y pregunta PEO: Se optó por una revisión narrativa de alcance amplio, apropiada para sintetizar evidencia de diferentes tipos de estudios (in vitro, clínicos observacionales, ensayos clínicos, revisiones previas). Se formuló una pregunta inicial bajo el formato PEO (Población, Exposición, Outcome): En individuos expuestos a luz azul de pantallas (P), ¿cuál es el impacto de dicha exposición (E) sobre la salud cutánea, especialmente en términos de pigmentación y daño actínico (O)? Dado el interés específico en trastornos pigmentarios, la “Población” incluyó tanto población general como subgrupos con fototipos altos o predisposición a hiperpigmentaciones (p. ej., pacientes con melasma). La “Exposición” se centró en luz azul visible emitida por dispositivos electrónicos y fuentes artificiales similares, comparada con la exposición solar. El “Outcome” abarcó los efectos cutáneos resultantes: cambios pigmentarios, fotoenvejecimiento, daño celular, exacerbación de dermatosis pigmentarias, etc.
- Fuentes de información y bases de datos: Se llevó a cabo una búsqueda exhaustiva en bases de datos bibliográficas internacionales y regionales. Las fuentes incluyeron PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of Science y la biblioteca virtual SciELO para literatura en español y portuguesa. Adicionalmente, se consultaron bases regionales latinoamericanas como LILACS y la Biblioteca Virtual en Salud (BVS), asegurando la inclusión de estudios locales o regionales relevantes. Para normativas y documentos técnicos, se revisaron repositorios institucionales y páginas de organismos internacionales (por ej., Organización Mundial de la Salud, Comisión Internacional de Iluminación – CIE, International Commission on Non-Ionizing Radiation Protection – ICNIRP, agencias regulatorias de EE.UU. y Europa) en busca de directrices sobre exposición a luz visible. No se limitaron las búsquedas a un solo idioma: se incluyeron publicaciones en inglés y español, priorizando obtener una visión global y latinoamericana del tema.
- Estrategia de búsqueda: Entre septiembre y octubre de 2025 se ejecutaron búsquedas sistemáticas combinando palabras clave en español e inglés, empleando operadores booleanos. Por ejemplo: (“luz azul” OR “luz visible” OR “alta energía visible” OR “blue light” OR “visible light”) AND (piel OR cutánea OR skin) AND (pigmento OR hiperpigmentación OR melasma OR “skin aging”). Se emplearon filtros para acotar resultados a literatura biomédica de los últimos ~15 años (2008–2025), periodo durante el cual proliferaron estudios sobre luz visible en dermatología, sin excluir referencias previas consideradas fundamentales en fotobiología. También se usaron términos MeSH (Medical Subject Headings) como “Blue Light”, “Skin Pigmentation/radiation effects” y sus equivalentes en DeCS para español. En SciELO/LILACS se buscaron términos libres en español: “luz azul pantalla”, “luz visible piel”, “hiperpigmentación luz visible”, etc. Se identificaron además referencias citadas en artículos clave (búsqueda manual retrógrada) para no omitir estudios clásicos o capítulos relevantes.
- Criterios de inclusión y exclusión: Se incluyeron estudios originales (ensayos clínicos, estudios observacionales, estudios in vitro/ex vivo pertinentes), artículos de revisión (narrativas, sistemáticas sin meta-análisis) con enfoque en luz visible y piel, comunicaciones especiales (ej. consensos, posicionamientos de sociedades dermatológicas) y documentos técnicos/regulatorios sobre límites de exposición a luz azul. Se dio prioridad a estudios con alcance mundial o realizados en población latinoamericana, según el objetivo. Se excluyeron deliberadamente trabajos enfocados exclusivamente en efectos oftalmológicos de la luz azul o en fototerapia beneficiosa (ej. terapia con luz azul para acné), salvo que aportaran datos de dosimetría relevantes. También se excluyeron estudios sobre radiación visible en contextos no relacionados con piel (p. ej., cronobiología sistémica) que no abordaran consecuencias dermatológicas. Durante el cribado, se descartaron duplicados y artículos cuya temática no respondía a la pregunta PEO (por ejemplo, “luz azul y cáncer de piel” cuando se trataba de luz azul usada terapéuticamente para carcinoma, un contexto distinto al daño ambiental que nos ocupa).
En resumen, esta metodología combina la amplitud característica de una revisión narrativa con la sistematización y transparencia cercanas a una revisión sistemática (en términos de búsqueda y selección), asegurando una cobertura comprensiva del tema y la fiabilidad de las conclusiones presentadas.
RESULTADOS
Dosimetría real y comparación entre pantallas, iluminación artificial y solar:
La intensidad y dosis de luz azul que realmente recibe la piel desde diferentes fuentes es un aspecto crucial para discernir su relevancia clínica. Los datos recopilados indican que la emisión de luz azul por dispositivos electrónicos comunes es, en términos cuantitativos, muy inferior a la radiación azul proveniente del sol en exteriores. En otras palabras, la “carga” de luz azul ambiental diaria está dominada abrumadoramente por la componente solar, mientras que las contribuciones de pantallas y luminarias artificiales representan sólo una fracción pequeña de la dosis total.
Varios estudios técnicos de dosimetría han medido la luminancia y radiancia azul de monitores, smartphones y focos LED, comparándolas con estándares de seguridad y con el espectro solar. De acuerdo con la Comisión Internacional de Iluminación (CIE), las fuentes con luminancia <10 000 cd/m^2 difícilmente exceden los límites seguros de exposición para luz azul6. Para poner esto en contexto, un monitor profesional de computadora típicamente tiene una luminancia máxima del orden de 500 cd/m^2. Esto es 20 veces menor que el umbral de 10 000 cd/m^2 señalado por la CIE6. Un estudio reciente cuantificó la radiancia efectiva de luz azul en estaciones de trabajo radiológicas (con pantallas de alta luminancia) y halló que la exposición diaria de 8 horas frente a estos monitores se mantenía más de 10 000 veces por debajo del límite de seguridad internacional para la retina6. En términos absolutos, la radiancia azul medida en dichas pantallas fue tan baja que, incluso prolongando la exposición, no se acercaría a niveles dañinos conocidos. Otro informe describió esta disparidad de forma ilustrativa: un individuo tendría que mirar fijamente la pantalla de un smartphone por más de 10–13 horas continuas para acumular la dosis de luz azul equivalente a sólo unos minutos de luz solar de mediodía. Esto se alinea con cálculos de otros autores que estiman que la dosis normal diaria de luz azul recibida de dispositivos LED es <5% de la que aporta el sol en cuanto a inducción de pigmentación cutánea5. Es decir, >95% de la energía luminosa en el rango azul que afecta la piel proviene de la luz solar ambiental, incluso en personas con alto uso de pantallas.
Las mediciones espectrales confirman que el sol es la fuente más intensa de luz azul: aproximadamente el 25–30% de la irradiancia solar que llega a la superficie terrestre corresponde a longitudes de onda en el rango azul-visible. En cambio, los dispositivos electrónicos emiten una fracción mucho menor de energía total y además su potencia es reducida. Por ejemplo, un teléfono inteligente o computadora puede emitir luz con un espectro “pico” en azul (dado el uso de LED blancos basados en azul), representando ~30% de su emisión luminosa. Sin embargo, su irradiancia absoluta a la distancia habitual de uso es extremadamente baja comparada con la del sol. De igual modo, la iluminación artificial interior (bombillas LED, fluorescentes) contiene entre 6% y 40% de componente azul en su espectro según el tipo de lámpara, pero su intensidad por unidad de área es modesta. Un estudio reportó que un tubo fluorescente blanco estándar (4100 K) presentaba una radiancia azul del orden de 5.6 W/cm^2·sr, mientras que la luz solar al mediodía alcanzaba ~1.2×10^6 en las mismas unidades (medidas en <1 segundo). Estas comparaciones numéricas dejan claro que la luz azul de fuentes artificiales cotidianas es órdenes de magnitud menos intensa que la solar.
No solo la intensidad, sino el tiempo de exposición difiere: si bien pasamos muchas horas bajo luz artificial, gran parte de esa luz carece de la energía por fotón que tiene la luz azul solar directa. Además, la geometría de exposición importa: la luz solar incide sobre grandes áreas corporales cuando estamos al aire libre, mientras que la luz de una pantalla normalmente solo ilumina la cara a corta distancia. Aun considerando exposiciones prolongadas a pantallas, los estudios concluyen que la dosis acumulada de luz azul artificial difícilmente alcanza umbrales de daño conocidos. Esto es congruente con las normas de seguridad vigentes: las guías del American Conference of Governmental Industrial Hygienists (ACGIH) e ICNIRP establecen límites conservadores para exposición ocupacional a luz azul, y las pantallas típicas operan muy por debajo de dichos límites5,6.
Evidencia mecanística sobre pigmentación y fotodaño por luz HEV (azul):
A nivel molecular y celular, la luz azul desencadena una serie de respuestas en la piel que comparten similitudes con las inducidas por la radiación UV, aunque mediante dianas diferentes. La fotobiología cutánea de la luz visible involucra la absorción de fotones por cromóforos cutáneos específicos: entre ellos se destacan flavoproteínas, porfirinas, melanina y opsinas no visuales presentes en la piel17. Estos cromóforos pueden iniciar cascadas bioquímicas al ser excitados por la luz azul. La consecuencia más destacada es la generación de especies reactivas de oxígeno (ROS) en células epidérmicas y dérmicas. Estudios in vitro han demostrado que la irradiación de queratinocitos y fibroblastos humanos con luz azul (en dosis relativamente altas, >40–50 J/cm²) produce un incremento significativo de radicales libres intracelulares y estrés oxidativo4. Las ROS actúan como segundos mensajeros que pueden dañar componentes celulares y activar vías de señalización. En piel ex vivo, se ha comprobado que, tras exposición a luz visible intensa, se elevan marcadores de peroxidación lipídica y se reducen antioxidantes cutáneos (p. ej., la luz azul degrada carotenoides presentes en la epidermis). Esta degradación de carotenoides (moléculas protectoras) disminuye la defensa antioxidante local, facilitando más daño oxidativo y envejecimiento4.
Paralelamente, la luz azul influye en células cutáneas clave. En melanocitos epidérmicos, se activa la cascada de pigmentación por una vía singular: se ha identificado que la opsina-3 (OPN3), un fotorreceptor presente en melanocitos, detecta específicamente la luz azul y desencadena una señal que aumenta la concentración de calcio intracelular, activando la enzima tirosinasa y la expresión del factor transcripcional MITF (Microphthalmia-Associated Transcription Factor). Esto resulta en síntesis de melanina aumentada en respuesta a la luz visible, un proceso análogo a cómo la UV induce bronceado, pero mediante un receptor distinto. Oancea y colaboradores describieron que la opsina-3, en conjunto con el receptor de melanocortina-1 (MC1R), modula la pigmentación tras estímulo con luz azul, contribuyendo a un oscurecimiento sostenido de la piel en fototipos altos. Este descubrimiento explica por qué la luz visible causa hiperpigmentación marcada en personas morenas: sus melanocitos son más reactivos vía opsina-3, produciendo más melanina que la inducida por UVA1 de igual energía17.
Además de la pigmentación, las ROS generadas por luz azul activan vías inflamatorias en la piel. Se ha observado liberación de citoquinas proinflamatorias (IL-1, TNF-α) y expresión de moléculas de estrés en queratinocitos irradiados con azul. Esto puede tener efectos en cascada: por ejemplo, la inflamación cutánea de bajo grado puede agravar trastornos pigmentarios (al inducir melanogénesis post-inflamatoria). También se ha documentado la activación de metaloproteinasas (MMP-1, MMP-9) en cultivos de fibroblastos tras exposición a luz azul 2,4. Las MMP degradan colágeno y fibras elásticas en la dermis, contribuyendo al fotoenvejecimiento (arrugas, flacidez). Liebel et al. (2012) reportaron que 50 J/cm² de luz visible inducían niveles detectables de MMP-1 en piel humana, similares a la inducción por UVA. Esto sugiere que, a nivel dermal, la luz azul prolongada puede promover daño en la matriz extracelular, acelerando la elastosis solar y la formación de arrugas, aunque la magnitud de este efecto in vivo aún se investiga4.
Otra área de interés es la relación de la luz azul con el reloj circadiano cutáneo. Estudios en cultivos han mostrado que la luz azul nocturna puede alterar la expresión de genes circadianos en la piel (p. ej., PER1, PER2 en fibroblastos), lo cual podría interferir con los ciclos de reparación de ADN y proliferación celular que ocurren preferentemente de noche3. Dong et al. (2019) encontraron que keratinocitos expuestos a luz azul en horarios “inusuales” sufrían desincronización de ciertos ritmos moleculares y acumulaban más daño oxidativo. Esto sugiere que la exposición a pantallas en la noche podría potencialmente afectar la capacidad de la piel para regenerarse, aunque hace falta corroborar su relevancia clínica9.
Evidencia clínica en trastornos pigmentarios y fototipos altos:
Los hallazgos mecanísticos descritos han generado la hipótesis de que la luz visible azul contribuye a agravar ciertas dermatosis pigmentarias, en especial en individuos de piel más oscura. A continuación, se examina la evidencia clínica y epidemiológica en condiciones como melasma, hiperpigmentación postinflamatoria (PIH) y otras, así como datos en fototipos altos (III–VI).
Melasma: Este trastorno hipercrónico de hiperpigmentación facial es particularmente prevalente en Latinoamérica y poblaciones de fototipo medio-alto. Tradicionalmente, se asoció a radiación UV, hormonas y predisposición genética. Sin embargo, en años recientes se ha reconocido que la luz visible desempeña un rol significativo en su patogénesis12,18. Estudios clínicos demostraron que, al exponer la piel de pacientes con melasma (y controles) a luz visible, las zonas hiperpigmentadas se oscurecen más intensamente y de forma más persistente que con dosis equivalentes de UVA12.
Clínicamente, los dermatólogos notaban que algunos pacientes con melasma no lograban un control completo de sus manchas a pesar de estricta fotoprotección UV, esto llevó a sospechar de la luz visible como desencadenante residual. Efectivamente, casos y series clínicas reportaron recaídas de melasma asociadas a exposición a pantallas o luz visible intensa. Por ejemplo, se ha documentado que tras sesiones de computadora prolongadas (ej. teletrabajo durante la pandemia), algunas pacientes referían empeoramiento de su melasma, aunque estos son informes anecdóticos difíciles de cuantificar. Más sólida es la evidencia de recaídas con luz solar visible: estudios en India y Oriente Medio mostraron que, incluso protegidas con filtros UV, las personas con melasma experimentaban exacerbación de las máculas al estar al aire libre, atribuible a la porción visible de la luz solar. En efecto, la luz azul solar se reconoce ahora como factor precipitante de brotes de melasma. Esta es la razón por la cual los consensos recientes sobre melasma enfatizan la necesidad de fotoprotección más allá del UV. El Consenso Latinoamericano de Melasma (2025) recomienda el uso de protectores solares con amplio espectro, incluyendo visible (idealmente con pigmentos como hierro), y evitar exposiciones innecesarias a fuentes intensas de luz visible en pacientes con melasma. Aunque las guías no pueden eliminar por completo la exposición a iluminación cotidiana, sí sugieren medidas como sombreros, filtros en ventanas y maquillaje con óxidos de hierro para mitigar la llegada de luz visible a la piel facial afectada.
Un estudio interesante (Li et al., 2023) investigó directamente la diferencia en respuesta a luz azul entre piel con melasma y piel normal en mujeres asiáticas fototipo III-IV. Encontró que a una dosis baja de luz azul (20 J/cm²), la piel sana mostraba un leve oscurecimiento, mientras que sorprendentemente la piel con melasma mostró un cambio menor (posiblemente debido a que ya estaba maximizando su pigmentación)15. A dosis más altas (40–80 J/cm²), ambos tipos de piel pigmentaron de forma similar. Estos resultados sugieren que la piel con melasma podría tener una respuesta pigmentaria “saturada” o alterada: es decir, ya está tan activada que dosis adicionales de luz azul no la empeoran mucho más allá de cierto punto, al menos en áreas ya hiperpigmentadas. No obstante, en áreas circundantes, la luz visible sí puede inducir nuevas pigmentaciones que empeoran el contraste estético. En general, se acepta que el melasma es una dermatosis fotoagravada no solo por UV sino también por visible, y este es un cambio importante en la comprensión de la enfermedad en la última década15,16.
CONCLUSIÓN
La importancia de estos hallazgos clínicos ha llevado a replantear las recomendaciones de fotoprotección en piel de color. Hasta hace poco, a pacientes morenos se les decía que usaran protector solar para prevenir melasma/PIH, pero como los filtros químicos convencionales no bloquean la visible, en muchos casos el problema persistía. Ahora se comprende que se necesitan filtros físicos opacos o pigmentados para brindar protección integral. Ensayos en pacientes con melasma de fototipos IV-V que compararon protectores con óxido de hierro vs. sin él concluyen que los pigmentados reducen significativamente la recurrencia de las manchas. Por tanto, la evidencia clínica apoya la intervención sobre luz visible en el manejo de trastornos pigmentarios, especialmente en pacientes de piel más oscura.
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