AUTORES
- María Amparo Bujanda Roselló. Enfermera Especialista EfyC SALUD Aragón. España.
- Lara María Ceboller Buisan. Enfermera Especialista EfyC SALUD Aragón. España.
- Paula Cebollero Buisan. Enfermera Especialista EfyC SALUD Aragón. España.
- Lorea García Etayo. Enfermera Osasunbidea. Navarra, España.
- Rebeca Pérez Moreno. Enfermera Especialista EfyC SALUD Aragón. España.
- Silvia Yanguas González. Enfermera Especialista EfyC Osasunbidea. Navarra, España.
Las caídas constituyen uno de los principales síndromes geriátricos y representan una importante causa de morbimortalidad, pérdida de independencia y deterioro de la calidad de vida en las personas mayores institucionalizadas. Entre los factores de riesgo potencialmente modificables destaca el déficit de vitamina D, cuya elevada prevalencia en este colectivo se relaciona con el envejecimiento, la escasa exposición solar, la malnutrición y la presencia de enfermedades crónicas. Además de su conocido papel en el metabolismo óseo, la vitamina D participa en la función muscular y el mantenimiento del equilibrio, lo que ha despertado un creciente interés por su posible utilidad en la prevención de caídas.
El objetivo de esta revisión narrativa es analizar la evidencia científica disponible sobre la suplementación con vitamina D como estrategia para prevenir las caídas en personas mayores institucionalizadas. Para ello se realizó una búsqueda bibliográfica en PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of Science, Cochrane Library y SciELO, seleccionando artículos originales, revisiones sistemáticas, metaanálisis y guías de práctica clínica relacionados con la vitamina D, el envejecimiento y las caídas.
La evidencia disponible muestra que el déficit de vitamina D es altamente prevalente entre los residentes de centros sociosanitarios y que su corrección mejora las concentraciones séricas de 25-hidroxivitamina D. Sin embargo, los resultados sobre la reducción del riesgo de caídas son heterogéneos. Los mayores beneficios se observan en personas con déficit documentado, mientras que la suplementación universal no ha demostrado una eficacia consistente. En consecuencia, la suplementación con vitamina D debe considerarse una intervención complementaria dentro de programas multifactoriales de prevención de caídas.
PALABRAS CLAVE
Vitamina D, personas mayores, residencias de ancianos, caídas, prevención.
Falls are one of the most common geriatric syndromes and a major cause of morbidity, functional decline and reduced quality of life among institutionalized older adults. Vitamin D deficiency is highly prevalent in this population due to ageing, reduced sunlight exposure, malnutrition and chronic diseases. Beyond its well-known role in bone metabolism, vitamin D contributes to muscle function and balance, making it a potential strategy for fall prevention.
The aim of this narrative review is to analyze the available evidence regarding vitamin D supplementation for fall prevention in institutionalized older adults. A literature search was conducted in PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of Science, Cochrane Library and SciELO, including original studies, systematic reviews, meta-analyses and clinical practice guidelines.
Current evidence indicates that vitamin D deficiency is highly prevalent among nursing home residents and that supplementation effectively improves serum 25-hydroxyvitamin D concentrations. However, findings regarding fall prevention remain inconsistent. The greatest benefits appear in individuals with documented deficiency, whereas routine supplementation has not consistently reduced fall incidence. Therefore, vitamin D supplementation should be considered part of a multifactorial fall prevention strategy rather than an isolated intervention.
KEY WORDS
Vitamin D, aged, nursing homes, falls, prevention.
El envejecimiento progresivo de la población constituye uno de los principales retos para los sistemas sanitarios, debido al aumento de la esperanza de vida y al incremento del número de personas que precisan cuidados de larga duración. En este contexto, las personas mayores institucionalizadas representan un grupo especialmente vulnerable, caracterizado por una elevada prevalencia de fragilidad, dependencia funcional, pluripatología y polifarmacia, factores que favorecen la aparición de diversos síndromes geriátricos, entre ellos las caídas¹.
Las caídas constituyen uno de los problemas de salud más frecuentes en este colectivo y una de las principales causas de lesión, discapacidad, hospitalización y pérdida de autonomía. Se estima que alrededor del 50 % de las personas residentes en centros sociosanitarios experimenta al menos una caída al año y que una parte importante presenta episodios recurrentes². Además de las consecuencias físicas, las caídas producen un importante impacto psicológico, favoreciendo el miedo a volver a caer, la limitación de la movilidad y el deterioro de la calidad de vida¹.
Su origen es multifactorial e incluye factores intrínsecos, como la sarcopenia, la disminución de la fuerza muscular, el deterioro cognitivo, las alteraciones visuales o la polimedicación, así como factores extrínsecos relacionados con el entorno. Debido a esta complejidad, las estrategias preventivas actuales recomiendan un abordaje multifactorial dirigido a identificar y corregir aquellos factores potencialmente modificables².
Entre estos factores, el déficit de vitamina D ha despertado un creciente interés durante los últimos años. Tradicionalmente, esta vitamina se ha relacionado con el mantenimiento de la homeostasis del calcio y del fósforo y con la salud ósea; sin embargo, actualmente se reconoce que también desempeña un papel relevante en la función muscular, el equilibrio y el rendimiento físico, gracias a la presencia de receptores específicos en el músculo esquelético³. Esta evidencia ha llevado a plantear que la corrección de la hipovitaminosis D podría contribuir a disminuir el riesgo de caídas, especialmente en personas mayores institucionalizadas.
La vitamina D se obtiene fundamentalmente mediante la síntesis cutánea tras la exposición a la radiación ultravioleta B (UVB), que representa la principal fuente de producción endógena. En menor medida, también puede obtenerse a través de la dieta, siendo los pescados grasos, el hígado, la yema de huevo y los alimentos enriquecidos sus principales fuentes alimentarias³. Tras su síntesis o ingesta, la vitamina D experimenta una primera hidroxilación en el hígado, dando lugar a la 25-hidroxivitamina D [25(OH)D], considerada el mejor marcador para evaluar el estado nutricional de esta vitamina. Posteriormente, en el riñón se transforma en 1,25-dihidroxivitamina D, su forma biológicamente activa⁴.
Las personas mayores presentan un mayor riesgo de deficiencia de vitamina D debido a la disminución de la capacidad de síntesis cutánea, la menor exposición solar, la reducción de la función renal, la presencia de enfermedades crónicas y una ingesta dietética insuficiente⁴. Estos factores se intensifican en las personas institucionalizadas, donde la movilidad reducida, el escaso tiempo al aire libre, la fragilidad y la dependencia favorecen concentraciones séricas insuficientes de 25(OH)D⁵. La revisión sistemática de Feehan et al. puso de manifiesto que la deficiencia de vitamina D es uno de los problemas nutricionales más frecuentes en las residencias, con una prevalencia elevada en la mayoría de los estudios analizados⁵.
Aunque existe un fundamento biológico que respalda la posible relación entre vitamina D y prevención de caídas, los resultados de los estudios clínicos continúan siendo motivo de debate. Mientras algunos trabajos describen una reducción del riesgo de caídas tras la suplementación, otros no encuentran beneficios significativos cuando esta se administra de forma indiscriminada o en personas con niveles adecuados de vitamina D⁶⁻⁸.
OBJETIVO
Por ello, el objetivo de esta revisión narrativa es analizar la evidencia científica disponible sobre la suplementación con vitamina D como estrategia para la prevención de caídas en personas mayores institucionalizadas, revisando los factores asociados a su déficit y las recomendaciones actuales para la práctica clínica.
Se realizó una revisión narrativa de la literatura científica sobre la suplementación con vitamina D y su relación con la prevención de caídas en personas mayores institucionalizadas. La búsqueda bibliográfica se efectuó en las bases de datos PubMed/MEDLINE, Scopus, Web of Science, Cochrane Library y SciELO, utilizando los descriptores DeCS y MeSH «Vitamin D», «Vitamin D deficiency», «Aged», «Nursing Homes», «Institutionalized elderly», «Falls» y «Dietary supplements», combinados mediante los operadores booleanos AND y OR.
Se seleccionaron artículos originales, ensayos clínicos, revisiones sistemáticas, metaanálisis y guías de práctica clínica publicados preferentemente durante los últimos quince años. Asimismo, se incluyeron algunos estudios considerados de referencia por su relevancia en el conocimiento del metabolismo de la vitamina D y su relación con la prevención de caídas. Se excluyeron publicaciones duplicadas, estudios realizados en población pediátrica o adulta no geriátrica y aquellos cuya temática no guardaba relación con el objetivo de esta revisión.
Vitamina D, envejecimiento y riesgo de caídas:
La vitamina D es una vitamina liposoluble con función hormonal cuya principal misión consiste en mantener la homeostasis del calcio y del fósforo, favoreciendo la mineralización ósea y el correcto funcionamiento del sistema musculoesquelético³. En los últimos años, el descubrimiento de receptores de vitamina D (VDR) en diferentes tejidos extraóseos, especialmente en el músculo esquelético, ha ampliado el conocimiento sobre sus funciones biológicas, relacionándola con la fuerza muscular, el equilibrio, la coordinación motora y el rendimiento físico⁹.
Existen dos formas principales de vitamina D: la vitamina D₂ (ergocalciferol), de origen vegetal, y la vitamina D₃ (colecalciferol), sintetizada principalmente en la piel tras la exposición a la radiación ultravioleta B (UVB) y, en menor medida, obtenida a través de la alimentación³. Aproximadamente el 80-90 % de las necesidades del organismo procede de la síntesis cutánea, mientras que el aporte dietético representa únicamente una pequeña fracción y depende del consumo habitual de alimentos como pescados grasos, hígado, yema de huevo y productos enriquecidos⁴.
Una vez sintetizada o ingerida, la vitamina D se transporta al hígado, donde experimenta una primera hidroxilación que da lugar a la 25-hidroxivitamina D [25(OH)D], considerada el mejor marcador para evaluar el estado nutricional de esta vitamina debido a su mayor estabilidad y vida media plasmática⁴. Posteriormente, la 25(OH)D se transforma en el riñón en 1,25-dihidroxivitamina D [1,25(OH)₂D], la forma biológicamente activa responsable de ejercer sus efectos fisiológicos sobre el metabolismo óseo, el tejido muscular y otros órganos⁹.
La determinación sérica de 25(OH)D constituye actualmente el método de referencia para valorar el estado de vitamina D, ya que refleja tanto la producción cutánea como el aporte dietético y la suplementación. Aunque existe cierta controversia respecto a los puntos de corte, la mayoría de las sociedades científicas consideran que concentraciones inferiores a 20 ng/mL (50 nmol/L) indican deficiencia, mientras que valores entre 20 y 30 ng/mL corresponden a insuficiencia y concentraciones superiores a 30 ng/mL se consideran generalmente adecuadas en población de riesgo⁴.
Factores asociados al déficit de vitamina D en personas mayores institucionalizadas:
La deficiencia de vitamina D constituye uno de los problemas nutricionales más frecuentes durante el envejecimiento. Su origen es multifactorial y responde tanto a cambios fisiológicos propios de la edad como a factores ambientales y clínicos que favorecen una disminución progresiva de las concentraciones séricas de 25(OH)D³.
Uno de los mecanismos más relevantes es la reducción de la capacidad de síntesis cutánea. Con el envejecimiento disminuye el contenido de 7-dehidrocolesterol en la epidermis, precursor imprescindible para la producción de vitamina D tras la exposición a la radiación UVB. Como consecuencia, una persona mayor puede sintetizar hasta un 75 % menos de vitamina D que un adulto joven tras una exposición solar equivalente³.
A este fenómeno se añade la menor exposición a la luz solar. Las personas institucionalizadas permanecen gran parte del tiempo en espacios interiores debido a limitaciones funcionales, dependencia para la movilidad, enfermedades crónicas o deterioro cognitivo, reduciendo significativamente la síntesis cutánea de vitamina D⁵. Este hecho adquiere especial importancia en los meses de invierno y en personas con escasa actividad física.
Otro factor determinante es la disminución de la ingesta dietética. Los cambios fisiológicos asociados al envejecimiento, como la pérdida de apetito, las alteraciones del gusto, los problemas de masticación o deglución y determinadas restricciones dietéticas, dificultan alcanzar las recomendaciones nutricionales de vitamina D únicamente mediante la alimentación¹⁰.
Asimismo, la función renal disminuye progresivamente con la edad, reduciendo la capacidad para convertir la 25(OH)D en su forma activa. Esta situación puede agravarse por la elevada prevalencia de enfermedad renal crónica entre los residentes de centros sociosanitarios, así como por la utilización de determinados fármacos capaces de alterar el metabolismo de la vitamina D, entre ellos algunos anticonvulsivantes, glucocorticoides y antirretrovirales⁴.
La revisión sistemática publicada por Feehan et al. analizó la situación de la vitamina D en residentes de centros sociosanitarios y concluyó que la hipovitaminosis D representa un problema altamente prevalente en esta población. Los autores identificaron una importante variabilidad entre países, aunque la mayoría de los estudios incluidos mostraron porcentajes elevados de insuficiencia y deficiencia, confirmando que las personas mayores institucionalizadas constituyen uno de los grupos de mayor riesgo nutricional⁵.
Relación entre la vitamina D, la función muscular y las caídas:
Además de sus efectos sobre el tejido óseo, la vitamina D desempeña un papel relevante en el mantenimiento de la función muscular. La presencia de receptores específicos de vitamina D en el músculo esquelético permite regular la síntesis proteica, favorecer la diferenciación de las fibras musculares y mantener la contracción muscular⁹.
Diversos estudios han demostrado que la deficiencia de vitamina D se asocia con una disminución de la fuerza muscular, especialmente de las fibras tipo II, responsables de las respuestas rápidas necesarias para mantener el equilibrio y evitar una caída⁹. En consecuencia, las personas con concentraciones bajas de 25(OH)D presentan con mayor frecuencia alteraciones de la marcha, menor velocidad al caminar, peor rendimiento en pruebas funcionales y mayor prevalencia de sarcopenia⁵.
No obstante, las caídas constituyen un fenómeno claramente multifactorial. Aunque la hipovitaminosis D puede contribuir al deterioro de la función neuromuscular, intervienen también otros factores como la fragilidad, la polimedicación, el deterioro cognitivo, las alteraciones visuales, las enfermedades neurológicas y las condiciones del entorno¹,². Por este motivo, resulta improbable que la suplementación con vitamina D, por sí sola, consiga eliminar el riesgo de caídas, lo que explica la necesidad de interpretar con cautela los resultados de los ensayos clínicos.
Precisamente, el análisis de estos estudios constituye el siguiente apartado de esta revisión, en el que se evalúa si la corrección del déficit de vitamina D mediante suplementación consigue traducirse en una reducción clínicamente relevante de las caídas en personas mayores institucionalizadas.
Suplementación con vitamina D y prevención de caídas: análisis de la evidencia científica:
El interés por la suplementación con vitamina D como estrategia para prevenir las caídas surge a partir de la demostración de que la hipovitaminosis D se asocia con una disminución de la fuerza muscular, alteraciones del equilibrio y un mayor riesgo de fracturas. Esta relación biológica llevó a plantear que la corrección del déficit podría traducirse en una reducción de las caídas, especialmente en personas mayores institucionalizadas, donde la deficiencia de vitamina D alcanza una elevada prevalencia⁵.
Los primeros ensayos clínicos mostraron resultados prometedores. Broe et al. evaluaron diferentes dosis de vitamina D en residentes de centros geriátricos y observaron que la administración de 800 UI diarias reducía la incidencia de caídas en comparación con dosis inferiores, especialmente en participantes con concentraciones bajas de 25(OH)D antes del inicio del tratamiento⁶. Los autores atribuyeron este beneficio a una mejoría de la función neuromuscular tras la corrección del déficit.
Posteriormente, Bischoff-Ferrari et al. publicaron un metaanálisis en el que concluyeron que la suplementación con vitamina D podía reducir el riesgo de caídas en torno a un 20 % en personas mayores, especialmente cuando se administraban dosis suficientes para alcanzar concentraciones séricas adecuadas de 25(OH)D⁷. Estos resultados apoyaron durante años la recomendación de suplementar vitamina D en personas con alto riesgo de hipovitaminosis.
Sin embargo, investigaciones posteriores mostraron resultados menos concluyentes. La revisión Cochrane sobre intervenciones para prevenir las caídas señaló que la vitamina D, administrada como intervención aislada, presenta un beneficio limitado y que las estrategias multifactoriales son significativamente más eficaces². Del mismo modo, revisiones más recientes coinciden en que la suplementación universal no reduce de forma consistente la incidencia de caídas en toda la población mayor, aunque sí puede aportar beneficios en personas con deficiencia documentada de vitamina D⁸.
Estas discrepancias pueden explicarse por diversos factores metodológicos. En primer lugar, los estudios incluidos difieren considerablemente en las características de la población analizada. Mientras algunos ensayos reclutaron exclusivamente residentes con hipovitaminosis D, otros incluyeron participantes independientemente de sus concentraciones séricas basales. Esta diferencia resulta especialmente relevante, ya que es poco probable que una persona con niveles adecuados obtenga un beneficio adicional mediante la suplementación⁹.
En segundo lugar, existe una importante variabilidad en las dosis administradas. Los estudios emplean desde 400 hasta más de 4.000 UI diarias, e incluso dosis únicas muy elevadas administradas de forma mensual o anual. La evidencia disponible indica que estas megadosis no solo carecen de beneficios demostrados, sino que podrían incrementar el riesgo de caídas y fracturas, posiblemente por producir fluctuaciones bruscas en las concentraciones séricas de vitamina D¹⁰. En consecuencia, las recomendaciones actuales desaconsejan esta estrategia y priorizan pautas diarias o semanales adaptadas a las necesidades individuales.
Otro aspecto que dificulta la comparación entre estudios es la utilización de diferentes puntos de corte para definir la deficiencia de vitamina D. Aunque la mayoría de las sociedades científicas consideran deficientes las concentraciones inferiores a 20 ng/mL, algunos autores establecen valores diferentes, lo que condiciona la selección de los participantes y la interpretación de los resultados⁴.
Asimismo, en numerosos ensayos la suplementación con vitamina D se administró conjuntamente con calcio, ejercicio físico o programas de prevención multifactorial, dificultando determinar qué parte del beneficio observado puede atribuirse exclusivamente a la vitamina D¹¹.
Las guías clínicas más recientes mantienen una postura prudente. Las World Guidelines for Falls Prevention and Management recomiendan identificar y corregir el déficit de vitamina D cuando exista riesgo de deficiencia o esta haya sido confirmada analíticamente, pero no apoyan la suplementación sistemática de todas las personas mayores como única medida preventiva¹. De forma similar, la Endocrine Society aconseja individualizar la suplementación según las características clínicas y el estado nutricional de cada paciente¹².
En conjunto, la evidencia disponible sugiere que la suplementación con vitamina D puede contribuir a disminuir el riesgo de caídas cuando corrige una deficiencia previamente existente, especialmente en personas mayores institucionalizadas. No obstante, los beneficios observados son modestos y dependen de múltiples factores, por lo que esta intervención debe integrarse dentro de un programa multidimensional que incluya ejercicio físico, optimización nutricional, revisión de la medicación, evaluación de la visión y adaptación del entorno residencial¹,².
La presente revisión narrativa pone de manifiesto que la deficiencia de vitamina D constituye un problema frecuente en las personas mayores institucionalizadas, favorecido por la disminución de la síntesis cutánea asociada al envejecimiento, la escasa exposición solar, la malnutrición, la presencia de enfermedades crónicas y la polifarmacia. Estos factores explican que la prevalencia de hipovitaminosis D en residencias sea considerablemente superior a la descrita en población mayor no institucionalizada⁵.
Desde el punto de vista fisiopatológico, existe una base biológica sólida que relaciona la vitamina D con la función muscular. La presencia de receptores específicos en el músculo esquelético y su participación en la síntesis proteica, la contracción muscular y el mantenimiento de las fibras tipo II apoyan la hipótesis de que un estado adecuado de vitamina D podría contribuir a mejorar el equilibrio y disminuir el riesgo de caídas³˒⁹. Sin embargo, trasladar estos mecanismos fisiológicos a un beneficio clínico demostrado ha resultado más complejo.
Los estudios analizados muestran resultados heterogéneos respecto a la eficacia de la suplementación. Los mayores beneficios se observan en personas con deficiencia previa de vitamina D, especialmente cuando la suplementación permite alcanzar concentraciones séricas suficientes de 25(OH)D⁶˒⁷. En cambio, la administración sistemática de suplementos en individuos con niveles adecuados no ha demostrado una reducción consistente del número de caídas⁸. Estos hallazgos sugieren que el beneficio de la vitamina D depende, en gran medida, de la corrección de un déficit preexistente y no de la suplementación indiscriminada.
Las diferencias metodológicas entre los estudios representan una de las principales dificultades para interpretar la evidencia disponible. La variabilidad en las dosis administradas, la duración de los tratamientos, la utilización de suplementos de calcio de forma concomitante, los diferentes puntos de corte empleados para definir la deficiencia y la heterogeneidad clínica de los participantes dificultan la comparación directa de los resultados. Además, las caídas constituyen un evento de origen multifactorial, influido por factores musculoesqueléticos, neurológicos, ambientales y farmacológicos, por lo que resulta improbable que una única intervención consiga reducir significativamente su incidencia¹˒².
En este contexto, las recomendaciones actuales de las principales sociedades científicas coinciden en no aconsejar la suplementación universal con vitamina D como estrategia aislada para prevenir caídas. Por el contrario, recomiendan identificar a las personas con mayor riesgo de hipovitaminosis D y valorar la suplementación de forma individualizada, integrada en programas multifactoriales que incluyan ejercicio físico, entrenamiento del equilibrio, revisión farmacológica, optimización nutricional y adaptación del entorno¹˒¹².
Entre las limitaciones de esta revisión destaca su carácter narrativo, lo que implica que no se ha realizado una evaluación formal de la calidad metodológica ni del riesgo de sesgo de los estudios incluidos. Asimismo, la heterogeneidad de los trabajos revisados dificulta establecer conclusiones definitivas sobre la dosis óptima de suplementación o sobre los subgrupos de pacientes que podrían obtener un mayor beneficio. No obstante, la inclusión de revisiones sistemáticas, metaanálisis, ensayos clínicos y guías internacionales permite ofrecer una visión actualizada y clínicamente relevante del tema.
La deficiencia de vitamina D es altamente prevalente en las personas mayores institucionalizadas debido a la combinación de cambios fisiológicos asociados al envejecimiento y factores propios de la institucionalización, como la escasa exposición solar, la fragilidad y la dependencia funcional.
La evidencia científica disponible indica que la suplementación con vitamina D resulta eficaz para corregir la hipovitaminosis D y puede contribuir a disminuir el riesgo de caídas cuando existe una deficiencia previamente documentada. Sin embargo, los resultados no respaldan su utilización indiscriminada como estrategia única de prevención en toda la población institucionalizada.
Por ello, la valoración del estado de vitamina D debería formar parte de la evaluación geriátrica integral de las personas mayores institucionalizadas, reservando la suplementación para aquellos pacientes con mayor riesgo o con déficit confirmado e integrándola siempre dentro de programas multifactoriales de prevención de caídas.
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