Trastorno neurológico funcional: una revisión de la evidencia reciente y abordaje clínico

7 septiembre 2026

 

AUTORES

  1. Pilar Fandos Vázquez. Médica Interna Residente de Medicina Familiar y Comunitaria. UDM Sector Zaragoza II. Zaragoza. España.
  2. Isabel Cacho Mata. Médica Interna Residente de Medicina Familiar y Comunitaria. UDM Sector Zaragoza II. Zaragoza. España.
  3. María Gayarre Baquedano. Médica Interna Residente de Medicina Familiar y Comunitaria. UDM Sector Zaragoza II. Zaragoza. España.
  4. Enrique Martínez Ayala. Facultativo Especialista de Área de Medicina Familiar y Comunitaria. Centro de Salud Las Fuentes Norte. Zaragoza. España.

RESUMEN

Introducción: El Trastorno Neurológico Funcional (TNF), antes denominado trastorno de conversión, es una condición frecuente en la intersección de neurología y psiquiatría. Se caracteriza por síntomas motores, sensitivos o cognitivos genuinos, sin lesión estructural, atribuibles a disfunción en redes cerebrales que integran control motor, atención y regulación emocional.

Objetivo: Sintetizar la evidencia reciente sobre epidemiología, fisiopatología, diagnóstico, tratamiento y pronóstico del TNF para ofrecer una perspectiva clínica actualizada.

Material y método: Se realizó una revisión bibliográfica en PubMed, Embase, Cochrane y Google Scholar, incluyendo artículos originales, revisiones y metaanálisis publicados entre 2021 y 2026 en inglés o español. Se excluyeron reportes de caso y estudios con metodología insuficiente. La información se sintetizó narrativamente, agrupando evidencia por epidemiología, fisiopatología, diagnóstico, tratamiento y pronóstico.

Resultados: El TNF es frecuente, con predominio femenino y fenotipos variables. La evidencia respalda disfunción en redes cerebrales que integran emociones, atención y movimiento. El diagnóstico de inclusión basado en signos clínicos positivos permite identificación precoz y reduce pruebas innecesarias. El abordaje multidisciplinar combina comunicación diagnóstica, psicoterapia y rehabilitación física especializada, mostrando mejores resultados cuando se inicia tempranamente, especialmente en población pediátrica.

Conclusiones: El TNF es un trastorno discapacitante con bases neurobiológicas demostrables. El diagnóstico de inclusión y el manejo multidisciplinar precoz mejoran los resultados clínicos y reducen estigmas, promoviendo un enfoque integrador entre neurología y psiquiatría.

PALABRAS CLAVE

Trastornos de conversión, diagnóstico, diagnóstico diferencial, rehabilitación, terapia cognitivo-conductual.

ABSTRACT

Introduction: Functional Neurological Disorder (FND), previously known as conversion disorder, is a common condition at the intersection of neurology and psychiatry. It is characterized by genuine motor, sensory, or cognitive symptoms without structural lesions, attributed to dysfunction in brain networks involved in motor control, attention, and emotional regulation.

Objective: To synthesize recent evidence on the epidemiology, pathophysiology, diagnosis, treatment, and prognosis of FND in order to provide an updated clinical perspective.

Method: A bibliographic review was conducted using PubMed, Embase, Cochrane, and Google Scholar, including original articles, reviews, and meta-analyses published between 2021 and 2026 in English or Spanish. Case reports and studies with insufficient methodology were excluded. Information was synthesized narratively and grouped by epidemiology, pathophysiology, diagnosis, treatment, and prognosis.

Results: FND is common, with a predominance in females and variable phenotypes. Evidence supports dysfunction in brain networks integrating emotion, attention, and movement. A diagnosis based on positive clinical signs enables early identification and reduces unnecessary testing. A multidisciplinary approach combining diagnostic communication, psychotherapy, and specialized physical rehabilitation shows better outcomes when initiated early, particularly in pediatric populations.

Conclusions: FND is a disabling disorder with demonstrable neurobiological underpinnings. A positive (rule-in) diagnosis and early multidisciplinary management improve clinical outcomes and reduce stigma, promoting an integrative approach between neurology and psychiatry.

KEY WORDS

Conversion disorder, diagnosis, differential diagnosis, rehabilitation, cognitive behavioral therapy.

INTRODUCCIÓN

El Trastorno Neurológico Funcional (TNF), históricamente denominado trastorno de conversión o histeria, es una de las afecciones más complejas en la intersección entre la neurología y la psiquiatría1,2. Se define como un síndrome clínico caracterizado por síntomas neurológicos genuinos (motores, sensitivos o cognitivos) que, aunque angustiantes y limitantes, no se deben a una lesión estructural del sistema nervioso, sino a una disfunción en el procesamiento de las redes cerebrales3–5. Actualmente, se entiende bajo un modelo biopsicosocial que integra factores biológicos, psicológicos y ambientales en el desarrollo y mantenimiento de la enfermedad6,7. Situado en la intersección entre la neurología y la psiquiatría, representa un desafío clínico único debido a su heterogeneidad y al estigma que lo ha rodeado durante siglos1. Este enfoque busca unificar el histórico dualismo mente-cerebro, reconociendo que el trastorno surge de anomalías en circuitos cerebrales críticos implicados en el control atencional, el sentido de agencia (la experiencia de ser el autor de las propias acciones) y el procesamiento predictivo del cerebro4.

La comprensión del TNF ha pasado por múltiples etapas que reflejan los cambios en el pensamiento médico occidental. Los registros más antiguos datan de 1900 a. C. en Egipto, donde se vinculaba a movimientos del útero; Hipócrates acuñó el término «histeria» (del griego hysteron, útero). En la Edad Media, los síntomas se atribuyeron a menudo a posesiones demoníacas7. Posteriormente, Jean-Martin Charcot, padre de la neurología moderna, fue pionero al proponer que la histeria se debía a «lesiones dinámicas» u orgánicas funcionales no detectables anatómicamente4,7. Casi simultáneamente, en 1859, Briquet reconoció la importancia de la susceptibilidad biológica y los eventos de vida difíciles en la génesis del trastorno8.

A finales del siglo XIX y principios del XX, el modelo cambió hacia conceptualizaciones puramente psicológicas9. Sigmund Freud, introdujo el modelo de «conversión», sugiriendo que conflictos emocionales reprimidos se transformaban en síntomas físicos1,7. A mediados del siglo XX, la división entre neurología y psiquiatría fragmentó la atención de estos pacientes, profundizando un dualismo que obstaculizó el progreso. Durante estas décadas, el interés académico disminuyó y el trastorno fue omitido de muchos libros de texto médicos, lo que aumentó el estigma y la percepción de que los síntomas eran irreales o simulados. Sin embargo, los últimos 20 años han marcado una nueva era gracias a los avances en neuroimagen, que han demostrado de manera fehaciente que el TNF tiene una base biológica medible en los circuitos cerebrales1,3,7.

En las últimas dos décadas, la investigación neurocientífica ha impulsado un cambio de paradigma fundamental: el TNF ya no es un diagnóstico de exclusión, sino de inclusión. Esto significa que el diagnóstico se basa actualmente en la identificación de signos clínicos positivos que demuestran una inconsistencia interna de los síntomas, en lugar de simplemente descartar otras enfermedades3,5.

OBJETIVO

El objetivo de este artículo es ofrecer una perspectiva clínica actualizada mediante la síntesis de la evidencia reciente sobre el trastorno neurológico funcional.

MATERIAL Y MÉTODO

Diseño del estudio:

Se realizó una revisión bibliográfica descriptiva con el objetivo de analizar la evidencia científica disponible sobre el trastorno neurológico funcional.

Fuentes de información y estrategia de búsqueda:

La búsqueda de literatura se efectuó en las bases de datos electrónicas PubMed (306), Embase (1829), Cochrane (2) y Google Scholar (229).

La estrategia de búsqueda fue: ((«conversion disorder» or “functional movement disorder”) and (epidemiology or diagnosis or physiopathology or phenotype or classification or therapy or prognosis)).

Selección de datos: inclusión y exclusión:

Se seleccionaron artículos originales publicados entre enero de 2021 y diciembre de 2026 (excepto en la revista Cochrane, que no se excluyeron artículos por año), en español e inglés y con texto completo disponible.

Para incluirlos en este artículo, los estudios debían contener información sobre la epidemiología, fisiopatología, diagnóstico, diagnóstico diferencial, pruebas complementarias, tratamiento o pronóstico del trastorno neurológico funcional. No se incluyeron publicaciones en idiomas distintos al español o inglés o artículos con información insuficiente o metodología poco clara.

Tras eliminar los duplicados, se realizó una primera selección basada en el título y resumen, quedando 42 artículos. Posteriormente, se leyeron a texto completo los artículos potenciales para confirmar su idoneidad, quedando 28 artículos finalmente.

Extracción de datos:

Se extrajeron los siguientes datos de cada estudio: autor, año de publicación, tipo de estudio y resultados principales.

Análisis de datos:

La síntesis de los datos se realizó mediante un enfoque narrativo, agrupando los estudios según la información contenida en cada uno.

RESULTADOS

Epidemiología

El TNF es sorprendentemente común, siendo el segundo o tercer diagnóstico más frecuente en las consultas de neurología después de la cefalea3. Dentro de los entornos clínicos, los pacientes con TNF representan entre el 5% y el 15% de los casos atendidos en servicios de neurología5. Es particularmente frecuente en unidades de agudos, donde representa el 8% de los ingresos por sospecha de accidente cerebrovascular (ictus) y hasta el 50% de las hospitalizaciones por sospecha de estatus epiléptico3. De hecho, el TNF es el tercer diagnóstico más común entre los pacientes neurológicos hospitalizados, con tasas de entre el 4.7% y el 9% del total de ingresos6.

En adultos, la incidencia estimada es de 10 a 22 por cada 100,000 personas al año. La prevalencia mínima se sitúa entre 80 y 140 por cada 100,000 habitantes, superando a condiciones como la esclerosis múltiple, aunque algunas estimaciones sugieren rangos de hasta 1,600 por cada 100,000 según la metodología del estudio10,11. En la pandemia de COVID-19 se documentó un incremento de entre el 60% y el 200% en la incidencia de diagnósticos de TNF tras el inicio de la pandemia, tanto en adultos como en niños12.

Existe una marcada predominancia femenina, con una relación aproximada de 3:1 respecto a los hombres. Los estudios a gran escala muestran que las mujeres representan entre el 60% y el 80% de los casos13. El pico de incidencia suele ocurrir en la cuarta década de la vida (alrededor de los 40 años), aunque puede presentarse en niños y ancianos14. En niños, la incidencia es de aproximadamente 1 a 18 por cada 100,000, con una tasa mayor en niñas tras la pubertad15. Además, se ha observado una sobrerrepresentación de personas de minorías sexuales y de género en clínicas especializadas, quienes a menudo experimentan síntomas vinculados al estrés por discriminación y mejoran con intervenciones afirmativas de identidad16. Los factores socioeconómicos también influyen en el riesgo, asociándose los bajos ingresos y la limitada seguridad financiera con una mayor susceptibilidad al trastorno2.

El impacto económico es masivo, con costes de hospitalización y atención en urgencias en los Estados Unidos que superan los 1,000 millones de dólares anuales. A nivel individual, se estima que los costes anuales de atención médica por paciente oscilan entre 4,964 y 86,722 dólares. Además, el nivel de discapacidad y el deterioro de la calidad de vida asociados al TNF son similares a los de enfermedades como el Parkinson o la esclerosis múltiple5,7.

Fisiopatología:

La neurociencia moderna ha abandonado el dualismo mente-cerebro para explicar el TNF como un trastorno de redes neuronales. El modelo del cerebro predictivo o Modelo Bayesiano postula que el cerebro funciona generando predicciones internas sobre el cuerpo. En el TNF, estas predicciones o modelos de síntomas son tan potentes que superan la información sensorial real, provocando que el paciente perciba sensaciones o ejecute movimientos involuntarios a pesar de que la anatomía esté intacta2,3. Esta distorsión se manifiesta clínicamente como una pérdida del sentido de agencia (la experiencia de ser el autor de las propias acciones), la cual está vinculada a una hipoactivación de la unión temporoparietal derecha y anomalías en la corteza prefrontal y el cerebelo6.

Al haber una desconexión o funcionamiento anómalo en esta área, el cerebro no reconoce el movimiento como propio, lo que explica por qué un temblor o una parálisis se perciben como algo que le sucede al paciente fuera de su control6.

Simultáneamente, se observa una hiperconectividad entre las regiones límbicas (como la amígdala) y las áreas motoras (como el área motora suplementaria o SMA), lo que permite que las emociones, el estrés agudo o los traumas psicológicos se traduzcan directamente en síntomas físicos como una parálisis o un temblor, reflejando una influencia aumentada del sistema emocional sobre el comportamiento motor. Esta respuesta puede activar un sistema de defensa hiperactivo, manifestándose como un reflejo de «congelación» (freezing) que se traduce en parálisis o debilidad funcional. Los pacientes suelen asignar recursos atencionales excesivos a sus movimientos o sensaciones corporales. Esta atención consciente interrumpe los procesos motores que normalmente son automáticos (como caminar), provocando que la función se rompa bajo el foco de la voluntad. Clínicamente, esto se confirma porque los síntomas suelen mejorar o desaparecer cuando el paciente se distrae, ya que la atención se retira del síntoma y permite que los circuitos automáticos funcionen de nuevo3,6.

A nivel neurobiológico, aunque el TNF se considera un trastorno de redes, se han documentado alteraciones estructurales como cambios en el volumen de la sustancia gris en el tálamo, la ínsula y la corteza sensorio-motora, así como una menor integridad de la sustancia blanca detectada mediante imágenes de tensor de difusión6.

La ínsula es el área encargada de la interocepción, es decir, de sentir y mapear los estados internos del cuerpo. Los pacientes con TNF muestran a menudo dificultades para detectar señales internas de forma precisa (como los latidos del corazón) o tienen una sensibilidad alterada a las mismas6,14.

La disfunción en la ínsula y el giro cingulado anterior impide una integración correcta de la información emocional, cognitiva y sensorial, contribuyendo a una falta de conciencia funcional sobre el estado real del cuerpo15.

También existe evidencia de un componente inmunomediado, con elevaciones en marcadores inflamatorios como las citoquinas (IL-6 e IL-12), una mayor activación microglial y niveles reducidos de factor neurotrófico derivado del cerebro (FNDC), lo cual podría afectar la plasticidad neuronal. Las disfunciones se extienden al sistema autonómico, mostrando una menor variabilidad de la frecuencia cardíaca y alteraciones en los niveles de cortisol, lo que refleja una hipersensibilidad fisiológica al estrés2,6,16.

El papel del sueño es crítico en este mecanismo, ya que la fragmentación del mismo y el aumento de la vigilia tras el inicio del sueño actúan como vías independientes que alimentan la disociación y reducen el sentido de agencia, agravando el cuadro clínico17. Finalmente, la predisposición a estas anomalías en los circuitos cerebrales puede tener una base genética, como los polimorfismos en el gen de la triptófano hidroxilasa 2 (TPH2) o cambios en la metilación del receptor de oxitocina, que interactúan con factores ambientales como el trauma infantil para configurar el fenotipo del trastorno3.

Síntomas y fenotipos clínicos:

El TNF puede ser imitador de cualquier cuadro neurológico, pero posee características propias de inconsistencia3. Se pueden presentar como:

• Trastornos del Movimiento: Incluyen debilidad o parálisis a menudo de inicio súbito, temblores funcionales que cambian de ritmo con la distracción o música, distonía fija y mioclonías. Los patrones típicos de distonía funcional incluyen el tobillo en inversión o flexión plantar sostenida y el puño cerrado fijo. En la cara, puede haber desviación de la mandíbula con contracción del platisma3. La paresia o debilidad funcional es uno de los síntomas motores más comunes y discapacitantes dentro del espectro del TNF, siendo la mayor parte de las veces de inicio súbito, afectando frecuentemente a un hemicuerpo o a una extremidad18.

• Crisis Funcionales / Disociativas: Son episodios paroxísticos que parecen epilepsia pero carecen de descargas eléctricas cerebrales. Se distinguen por el cierre ocular prolongado, movimientos asincrónicos, arqueamiento de espalda (opistótonos) y llanto durante la crisis3,4.

• Trastorno de la Marcha: Los patrones típicos incluyen el caminar con extrema precaución e inestabilidad excesiva, el arrastre de pierna de forma monopléjica o el pandeo de rodilla sin caídas reales4.

• Mareo Perceptivo Posicional Persistente (MPPP): Mareo e inestabilidad crónica exacerbada por estímulos visuales complejos (como centros comerciales) o el movimiento propio, siendo la causa más común de mareo crónico en especialistas3–5.

• Trastornos Cognitivos Funcionales: Fallos de memoria donde el paciente da un relato detallado y angustiado de sus olvidos, lo cual es inconsistente con el patrón de una demencia neurodegenerativa (donde el paciente suele minimizar u olvidar sus fallos)3,5.

• Sensitivos y Visuales: Entumecimiento que se divide exactamente en la línea media del cuerpo (signo no anatómico), visión en túnel o ceguera bilateral donde el paciente evita obstáculos de forma automática4,5.

Es muy frecuente que un paciente presente fenotipos mixtos (por ejemplo, temblor y debilidad en la misma extremidad) o que los síntomas alternen a lo largo del tiempo9.

Además, el TNF suele ir acompañado de un alto núcleo de síntomas no motores que a menudo determinan la discapacidad más que el síntoma neurológico principal19.

Diagnóstico:

El diagnóstico del trastorno neurológico funcional (TNF) ha experimentado un cambio de paradigma sustancial en las últimas dos décadas. Ha pasado de considerarse un diagnóstico de exclusión, establecido únicamente tras descartar exhaustivamente patologías neurológicas estructurales, a concebirse como un diagnóstico de inclusión basado en la identificación de signos clínicos positivos3,4. Este enfoque permite reconocer activamente la funcionalidad del síntoma durante la exploración neurológica, reduciendo retrasos diagnósticos y minimizando la iatrogenia asociada a pruebas innecesarias7.

El diagnóstico clínico del TNF se sustenta en dos principios fundamentales. El primero es la inconsistencia interna, definida como la discrepancia entre el rendimiento del paciente bajo control atencional y su rendimiento automático. Este fenómeno se manifiesta, por ejemplo, cuando un temblor disminuye o desaparece durante la distracción o al realizar una tarea motora compleja con otra extremidad3–5.

El segundo principio es la incongruencia, entendida como la incompatibilidad de los síntomas con los patrones anatómicos, fisiológicos o neurobiológicos propios de las enfermedades neurológicas estructurales conocidas. La presencia de estos hallazgos orienta de forma positiva hacia un origen funcional del cuadro clínico3,4.

Aunque históricamente el TNF se ha asociado al estrés psicológico, los criterios diagnósticos actuales del DSM-5 han eliminado la necesidad de identificar un desencadenante psicológico reciente para establecer el diagnóstico. Para establecer el diagnóstico, se deben cumplir los siguientes criterios: 1. Presencia de síntomas de alteración de la función motora o sensorial voluntaria. 2. Hallazgos clínicos que aporten evidencia de incompatibilidad entre el síntoma y las afecciones neurológicas o médicas reconocidas. 3. El síntoma no se explica mejor por otro trastorno médico o mental. 4. Causa malestar clínicamente significativo o deterioro en áreas importantes del funcionamiento2,18.

Existen maniobras clínicas específicas, con alta sensibilidad y especificidad, que permiten confirmar el diagnóstico de TNF1.

En trastornos del movimiento y debilidad:

  • Signo de Hoover: Considerado el estándar para la debilidad funcional de la extremidad inferior4. Se observa debilidad en la extensión voluntaria de la cadera afectada, mientras que la fuerza se normaliza automáticamente al pedir al paciente que flexione la pierna contralateral contra resistencia1.
  • Signo del abductor de la cadera: La debilidad en la abducción de la cadera afectada desaparece cuando el paciente abduce la pierna sana contra resistencia3.
  • Prueba de arrastre o de entrenamiento: En el temblor funcional, el ritmo del movimiento cambia o se detiene cuando el paciente intenta seguir un ritmo diferente con una extremidad no afectada3,4.
  • Signo de “golpea al topo” : Al intentar suprimir un movimiento involuntario en una parte del cuerpo, este reaparece inmediatamente en otra región3.
  • Claudicación del brazo sin pronación: Al mantener los brazos extendidos con las palmas hacia arriba y los ojos cerrados, el brazo afectado cae sin la rotación interna típica observada en el ictus estructural3,4.

En crisis funcionales (convulsiones disociativas):

  • Cierre ocular ictal: Mantener los ojos cerrados con fuerza durante el episodio presenta una especificidad cercana al 100 % para crisis funcionales frente a crisis epilépticas.
  • Movimientos asincrónicos: Movimientos de las extremidades descoordinados entre sí o balanceo lateral de la cabeza.
  • Llanto o vocalizaciones: El llanto durante la fase ictal es un signo altamente sugestivo de TNF4,5.
  • Recuperación rápida: La recuperación suele ser inmediata, sin el periodo prolongado de confusión posictal característico de la epilepsia3.

En cuanto a los factores de riesgo de padecer un TNF, el trauma infantil y el estrés reciente son frecuentes y se asocian a un riesgo entre tres y cuatro veces mayor; sin embargo, están ausentes en más de la mitad de los pacientes4. Además, es habitual que los síntomas comiencen de forma súbita y alcancen su máxima intensidad desde el inicio. Hay que tener en cuenta que el TNF puede coexistir con enfermedades neurológicas orgánicas, como la epilepsia o la esclerosis múltiple, lo que exige una evaluación cuidadosa para evitar atribuir erróneamente todos los síntomas a una única causa4,18.

Diagnóstico diferencial:

El diagnóstico diferencial del trastorno neurológico funcional (TNF) es uno de los mayores desafíos en la práctica clínica debido a que esta condición puede imitar casi cualquier enfermedad neurológica estructural o sistémica20.

Aunque actualmente se enfatiza el uso de signos clínicos positivos para identificar el TNF, es fundamental considerar y descartar diversas patologías orgánicas que presentan cuadros similares3,18.

  • Epilepsia: Las crisis funcionales o disociativas son el principal simulador de los trastornos convulsivos y de la pérdida de conciencia5. La epilepsia es el diferencial más común. Se estima que hasta el 50% de las hospitalizaciones por sospecha de estatus epiléptico y un cuarto de los pacientes remitidos a centros de epilepsia resultan ser casos de TNF11. Para distinguirlos, se observan signos como el cierre ocular ictal (muy específico de TNF) frente a los ojos abiertos en la epilepsia3. Además, las manifestaciones motoras a veces extrañas o asincrónicas de la epilepsia del lóbulo frontal pueden parecer funcionales, por lo que se recomienda precaución en el diagnóstico. Por otra parte, los episodios de pérdida de conciencia funcional pueden confundirse con síncopes vasovagales o cardiogénicos5.
  • Accidente cerebrovascular agudo: El TNF es un imitador frecuente del ictus agudo, representando aproximadamente el 8% de los ingresos hospitalarios por sospecha de infarto cerebral. Un signo diferencial clave es la claudicación sin pronación de la mano y el signo de Hoover para la pierna18.
  • Esclerosis Múltiple: Dada su presentación multiforme y a menudo intermitente, la EM es un diferencial crítico, especialmente en pacientes jóvenes. El uso de resonancia magnética (RM) es estándar para distinguir las lesiones estructurales de la EM del TNF5,18. Un error común es sobreestimar hallazgos inespecíficos en la resonancia magnética (como lesiones de sustancia blanca por migraña) para diagnosticar EM en pacientes que realmente tienen TNF19.
  • Tumores cerebrales: Estas lesiones estructurales deben descartarse mediante neuroimagen cuando hay una pérdida súbita de la función motora o sensorial18.
  • Enfermedad de Parkinson: Los temblores y el parkinsonismo funcional pueden confundirse con esta enfermedad neurodegenerativa18. A diferencia del Parkinson, el temblor funcional suele ser variable en frecuencia y puede detenerse o cambiar su ritmo (entrenamiento) ante maniobras de distracción4.
  • Distonía orgánica y Temblor Esencial: Estos trastornos motores comparten rasgos superficiales con el TNF, pero carecen de la inconsistencia y variabilidad típicas del origen funcional2. A diferencia de la distonía orgánica, la distonía funcional suele ser fija desde su inicio (por ejemplo, un puño cerrado o un pie invertido permanentemente), mientras que la orgánica suele ser móvil o presentar un gesto antagonista21.
  • Tics y Mioclonías: Deben distinguirse de sus contrapartes funcionales mediante la observación de la supresibilidad y el estudio neurofisiológico7.
  • Demencia: El trastorno cognitivo funcional imita la fase temprana de la demencia. Los pacientes con TNF suelen dar un relato detallado y angustiado de sus lapsos de memoria, mientras que los pacientes con demencia a menudo minimizan u olvidan sus fallos4.
  • Patología Vestibular: El mareo perceptivo posicional persistente (MPPP) debe diferenciarse de patologías estructurales del oído interno como el vértigo posicional paroxístico benigno (VPPB) o la migraña vestibular. El MPPP se caracteriza por una inestabilidad crónica exacerbada por entornos visualmente complejos3,4.
  • Condiciones neurológicas inusuales: Deben considerarse diagnósticos como la encefalitis autoinmune, el síndrome de persona rígida, la parálisis periódica y las disquinesias paroxísticas, que pueden presentar variabilidad temporal similar al TNF3,17. El síndrome de la Mano Ajena, característico de la degeneración corticobasal, produce movimientos involuntarios finalistas que pueden parecer funcionales20.
  • Simulación y Trastorno Facticio: A diferencia del TNF, donde los síntomas son genuinos e involuntarios, la simulación implica la producción intencionada de síntomas para una ganancia secundaria clara (por ejemplo, financiera o legal). La investigación sugiere patrones de activación cerebral distintos entre quienes padecen TNF y quienes fingen debilidad2,5.

Pruebas complementarias:

Las pruebas adicionales se emplean principalmente para respaldar la sospecha clínica y descartar patologías potencialmente graves que pueden simular TNF:

  • Video-EEG: Considerado el estándar de oro para el diagnóstico de crisis funcionales, al demostrar la ausencia de actividad epiléptica durante el evento22.
  • Neuroimagen (RM o TC): Indicada para descartar lesiones estructurales, como tumores o infartos, especialmente en presentaciones agudas que simulan un ictus18.
  • Neurofisiología avanzada: Técnicas como la detección del potencial de preparación mediante EEG pueden identificar el origen voluntario de ciertas mioclonías, aunque el paciente las perciba como involuntarias5,7.

Tratamiento

La comunicación del diagnóstico forma parte esencial del tratamiento inicial. Una explicación clara y empática que transmita que los síntomas son reales e involuntarios, pero atribuibles a un fallo en la comunicación neuronal y no a un daño estructural puede reducir el uso de servicios sanitarios hasta en un 31 %7.

El manejo debe ser personalizado y realizado por un equipo transdisciplinar que incluya neurología, psiquiatría y rehabilitación.

La psicoterapia es la intervención de elección para las crisis funcionales y es altamente efectiva para tratar la psicopatología comórbida4. La terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es la modalidad más estudiada, enfocándose en desafiar creencias desadaptativas, reducir la hiperfocalización en los síntomas y manejar los desencadenantes emocionales. El ensayo CODES demostró que, aunque no siempre reduce la frecuencia de crisis a largo plazo, mejora significativamente el funcionamiento general y la calidad de vida3,5. Por otra parte, la Terapia Dialéctico-Conductual, la Terapia de Aceptación y Compromiso y las intervenciones basadas en Mindfulness han mostrado resultados prometedores en la reducción de síntomas y distrés. Además, en pacientes con antecedentes de adversidad, la terapia psicodinámica y técnicas como el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares) pueden ser beneficiosas23. En poblaciones de minorías sexuales y de género (SGM), las intervenciones que afirman la identidad han mostrado una mejoría clínica directa24.

La TCC es una de las intervenciones más estudiadas, especialmente para el trastorno por ataque no epiléptico. Un ensayo controlado aleatorio (ECA) que investigó la efectividad de la TCC en pacientes con ataques no epilépticos encontró una reducción significativa de la frecuencia de las convulsiones en comparación con los grupos de control. Por otra parte, la hipnoterapia se ha investigado principalmente para los trastornos de conversión de tipo motor. En comparaciones de hipnosis ambulatoria frente a listas de espera, se ha observado una mejoría altamente significativa en los signos físicos al final del tratamiento. Sin embargo, la hipnosis no ha mostrado una diferencia estadísticamente significativa en la mejora del estado mental o el nivel de psiconeuroticismo en comparación con los grupos de control25,26.

Otra intervención utilizada es la terapia de Intención Paradójica, que alienta al paciente a participar deliberadamente en la conducta no deseada (como desencadenar una pseudocrisis). En estudios que compararon esta terapia con el tratamiento con diazepam, el grupo de intención paradójica presentó significativamente menos ansiedad al final del tratamiento. Aunque los resultados favorecieron ligeramente a esta terapia en la reducción de ataques físicos en comparación con el diazepam, la diferencia no fue estadísticamente significativa26.

La rehabilitación física es el tratamiento de primera línea para los trastornos motores (debilidad, marcha, temblor). A diferencia de la fisioterapia convencional, en el TNF se busca desviar la atención del paciente fuera del síntoma mediante la distracción para reactivar patrones motores automáticos3,5. Una técnica utilizada es la del moldeamiento, que consiste en practicar movimientos voluntarios simples y exitosos para avanzar gradualmente hacia otros más complejos, reforzando la confianza del paciente22,27. Protocolos de fisioterapia especializada han mostrado tasas de mejoría de hasta el 72% a los seis meses en comparación con el 18-28% de la fisioterapia estándar22.

También es de gran utilidad la terapia ocupacional, que se centra en la reintroducción gradual de las actividades diarias, el restablecimiento de rutinas laborales y de ocio, y la eliminación de conductas de evitación3,6.

Por otro lado, la terapia del habla y vestibular son prioridades para pacientes con síntomas vocales, de deglución o mareo crónico4.

No existe evidencia de que los fármacos tratan directamente los mecanismos del TNF, por lo que se reservan exclusivamente para tratar la ansiedad, depresión o el dolor crónico comórbidos3,5. Se recomienda la retirada gradual de opiáceos y benzodiacepinas, ya que sus efectos secundarios pueden interferir con la eficacia de la rehabilitación7.

Dado que la fragmentación del sueño exacerba la disociación y disminuye el sentido de agencia, las intervenciones dirigidas al sueño (como la terapia cognitivo conductual para el insomnio) representan una vía terapéutica prometedora17.

En cuanto a los niños y adolescentes, el tratamiento temprano (dentro de los 30 días del diagnóstico) es crucial para la remisión. La terapia ReACT (Terapia de Reentrenamiento y Control) y la participación activa de la familia y la escuela son pilares esenciales. La terapia ReACT consiste en una intervención breve que enseña respuestas competitivas ante los síntomas y entrena a la familia en planes de manejo seguros pero que no refuercen el síntoma. Es de vital importancia que todo el entorno del niño entienda el diagnóstico para evitar el aislamiento social o el estrés innecesario5,22.

Se están explorando intervenciones novedosas como la estimulación magnética transcraneal (EMT) en la unión temporoparietal y el uso de realidad virtual para reentrenar los modelos predictivos del cerebro. La entrevista motivacional también se recomienda para mejorar la adherencia inicial al plan de tratamiento multidisciplinar.

En conclusión, el éxito del tratamiento ampliado depende de un equipo transdisciplinario (neurólogos, psiquiatras, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales y logopedas) que comparta una visión unificada del trastorno y empodere al paciente en su rol activo para el reentrenamiento cerebral5.

Pronóstico:

El pronóstico del trastorno neurológico funcional (TNF) es variable y a menudo complejo, ya que puede ir desde la recuperación completa hasta la discapacidad crónica persistente3. Ha sido históricamente considerado como desfavorable, aunque las investigaciones recientes muestran que los resultados varían significativamente según la edad del paciente, el tiempo hasta el diagnóstico y el tipo de intervención recibida. En términos generales, muchos pacientes enfrentan un curso crónico y una discapacidad persistente; por ejemplo, un estudio de seguimiento de 14 años en personas con debilidad funcional de las extremidades reveló que el 80% de los pacientes aún presentaban síntomas1.

En adultos, se estima que solo un 20% de los pacientes logran una remisión completa de los síntomas tras un seguimiento medio de 7 años. Aproximadamente el 40% de los casos se mantienen sin cambios o empeoran con el tiempo6. En un estudio de 14 años sobre debilidad funcional de las extremidades, el 80% de los pacientes aún presentaba síntomas al final del seguimiento1. Una encuesta de profesionales de 63 países reveló que el estigma o falta de conocimiento era la principal barrera para el diagnóstico y tratamiento de las convulsiones funcionales en el 70% de los países. Esta falta de seguimiento se traduce en que los pacientes se sienten rechazados y abandonados y es probable que afecte los resultados clínicos28.

Existen indicios de que las crisis funcionales (disociativas) podrían tener tasas de remisión algo más altas (entre el 40% y el 50%) en comparación con otros subtipos motores, aunque la evidencia es heterogénea5. Por el contrario, la presencia de dolor crónico y fatiga se asocia con una peor calidad de vida y una recuperación más difícil6.

Los estudios identifican varios elementos biopsicosociales que favorecen una evolución positiva. Ser niño o adulto joven es uno de los predictores más fuertes de recuperación. A diferencia de los adultos, los niños y adolescentes suelen tener un pronóstico mucho más favorable. Las tasas de remisión en pediatría se sitúan entre el 43% y el 81%, y se observa mejoría en hasta el 100% de los pacientes si se aplica un enfoque multidisciplinar adecuado. Los niños con síntomas motores y crisis suelen tener mejores resultados que aquellos que presentan únicamente síntomas sensoriales.

Además, un diagnóstico y tratamiento precoces son fundamentales22. En niños, iniciar el tratamiento dentro de los primeros 30 días tras el diagnóstico predice resultados significativamente mejores4. También existe evidencia sólida de que la reincorporación o permanencia en el trabajo está asociada con mejores resultados de salud en pacientes con TNF6. Finalmente, entender que el trastorno es real, involuntario y potencialmente reversible permite una mejor adherencia al tratamiento3.

Ciertos rasgos y antecedentes pueden complicar la recuperación. Un historial previo de tratamiento psiquiátrico, así como la presencia de alexitimia y somatización, se asocian consistentemente con resultados negativos6. Además, la percepción de los síntomas como irreversibles, el aislamiento social y la percepción de no ser creído por el entorno médico o familiar actúan como potentes perpetuadores7. Por otra parte, la existencia de litigios pendientes o procesos médico-legales por discapacidad puede dificultar involuntariamente la mejoría clínica, así como un largo periodo de incertidumbre antes del diagnóstico predice una mayor discapacidad y mayor cronicidad5,6. El retraso diagnóstico (que puede llegar a ser de 7 u 8 años) aumenta el riesgo de cronicidad y de daños por inmovilidad prolongada, como atrofia muscular o aislamiento social28.

Algunos estudios sugieren que los síntomas sensoriales aislados tienen peor pronóstico que los síntomas motores o las crisis funcionales en niños21.

Finalmente, factores como la calidad del sueño también influyen en la patogenia y el pronóstico; el sueño fragmentado predice estados de disociación y una pérdida del sentido de agencia al día siguiente, lo que puede agravar y perpetuar los síntomas del TNF17.

DISCUSIÓN

Los hallazgos recopilados en esta revisión confirman que el TNF es una condición altamente prevalente y clínicamente relevante, cuya comprensión ha evolucionado significativamente en las últimas décadas. La evidencia respalda un modelo fisiopatológico basado en la disfunción de redes neuronales, particularmente aquellas relacionadas con el procesamiento predictivo, la integración sensoriomotora y la modulación emocional. Este enfoque permite explicar la naturaleza involuntaria y genuina de los síntomas, superando concepciones históricas que los atribuían exclusivamente a factores psicológicos.

El cambio de paradigma hacia un diagnóstico de inclusión constituye uno de los avances más relevantes en la práctica clínica. La identificación de signos positivos —como la variabilidad del síntoma con distracción o la incongruencia anatómica— permite un diagnóstico más precoz y reduce la necesidad de estudios complementarios innecesarios. Sin embargo, la coexistencia de TNF con patologías neurológicas orgánicas continúa representando un reto diagnóstico importante, lo que exige una evaluación clínica rigurosa.

En relación con el tratamiento, la evidencia converge en la necesidad de un abordaje transdisciplinar. La comunicación adecuada del diagnóstico no solo mejora la adherencia terapéutica, sino que puede reducir la utilización de recursos sanitarios. La psicoterapia, especialmente la terapia cognitivo-conductual, ha demostrado eficacia en la mejoría funcional y en la reducción del distrés asociado. En los trastornos motores funcionales, la rehabilitación basada en la distracción y el reentrenamiento de patrones automáticos muestra resultados superiores a la fisioterapia convencional.

El pronóstico del TNF es heterogéneo. Aunque en adultos persiste una elevada tasa de cronicidad, los resultados en población pediátrica son significativamente más favorables, particularmente cuando el tratamiento se inicia de manera precoz. Factores como el estigma, el retraso diagnóstico, el dolor crónico y la comorbilidad psiquiátrica influyen negativamente en la evolución clínica.

Entre las limitaciones identificadas en la literatura destacan la heterogeneidad metodológica de los estudios, la variabilidad en los criterios diagnósticos utilizados y la escasez de ensayos clínicos aleatorizados con seguimiento prolongado. Se requieren investigaciones futuras orientadas a la identificación de biomarcadores objetivos, al desarrollo de intervenciones estandarizadas y a la evaluación de terapias emergentes.

CONCLUSIONES

El Trastorno Neurológico Funcional es una entidad frecuente y potencialmente discapacitante que presenta bases neurobiológicas demostrables en la disfunción de redes cerebrales, más que en lesiones estructurales.

La evidencia actual respalda un modelo biopsicosocial integrador que ha permitido transformar el enfoque diagnóstico hacia un modelo de inclusión basado en signos clínicos positivos.

El tratamiento debe ser individualizado y multidisciplinar, integrando una comunicación diagnóstica clara, intervenciones psicoterapéuticas y programas de rehabilitación especializados. La detección e intervención tempranas son determinantes clave para un mejor pronóstico, especialmente en población pediátrica.

En conjunto, el TNF constituye un paradigma de integración entre neurología y psiquiatría, cuya adecuada comprensión y manejo clínico requieren una visión científica actualizada y libre de estigmatización.

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