Abordaje enfermero integral de la paciente geriátrica frágil con síndrome postcaída: a propósito de un caso

6 septiembre 2026

 

AUTORES

  1. Elena Desmartines Clemente. Graduada en Enfermería, Universidad San Jorge Zaragoza, Zaragoza, España.
  2. Violeta Martínez Adiego. Graduada en Enfermería, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, España.
  3. Cristina Lobera Fortea. Graduada en Enfermería, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, España.
  4. Andrea Pérez Rodríguez. Graduada en Enfermería, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, España.
  5. Celia López de la Rosa. Graduada en Enfermería, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, España.

 

RESUMEN

Introducción: Las caídas constituyen uno de los principales síndromes geriátricos, con una prevalencia elevada en personas mayores de 80 años y consecuencias físicas, funcionales y psicológicas de gran impacto. El síndrome postcaída, caracterizado por el miedo a volver a caer y la restricción voluntaria de la movilidad, puede desencadenar un deterioro funcional progresivo que compromete la calidad de vida del paciente y sobrecarga al cuidador principal.

Presentación del caso: Mujer de 88 años, con pluripatología (enfermedad de Parkinson, diabetes mellitus tipo II, hipertensión arterial, deterioro cognitivo leve, insuficiencia venosa crónica e incontinencia urinaria), que tras sufrir una caída en la vía pública desarrolla síndrome postcaída con inmovilismo progresivo. Se realiza una valoración geriátrica global mediante las escalas de Downton, Barthel, Lawton-Brody, Pfeiffer y Yesavage, junto a la valoración de la carga de la cuidadora principal mediante la escala de Zarit. Se establece un plan de cuidados enfermero orientado a la recuperación funcional progresiva, la prevención de lesiones por presión y humedad, el manejo de heridas crónicas y el apoyo a la cuidadora.

Conclusiones: La valoración geriátrica global y el plan de cuidados individualizado son herramientas esenciales en el abordaje enfermero de la paciente geriátrica frágil. La intervención precoz sobre el síndrome postcaída, la educación sanitaria al cuidador y la coordinación con otros niveles asistenciales resultan determinantes para frenar el deterioro funcional y mejorar la calidad de vida.

PALABRAS CLAVE

Anciano frágil, caídas, síndrome postcaída, valoración geriátrica, cuidados de enfermería, cuidador informal.

ABSTRACT

Introduction: Falls are a major geriatric syndrome, with a high prevalence among people over 80 years of age and significant physical, functional, and psychological consequences. Post-fall syndrome—characterized by a fear of falling again and voluntary restriction of mobility—can trigger progressive functional decline, compromising the patient’s quality of life and increasing the burden on the primary caregiver.

Case presentation: An 88-year-old woman with multiple comorbidities (Parkinson’s disease, type 2 diabetes mellitus, hypertension, mild cognitive impairment, chronic venous insufficiency, and urinary incontinence) developed post-fall syndrome and progressive immobility after falling in a public place. A comprehensive geriatric assessment was conducted using the Downton, Barthel, Lawton-Brody, Pfeiffer, and Yesavage scales, alongside an assessment of the primary caregiver’s burden using the Zarit scale. A nursing care plan was established, focusing on progressive functional recovery, prevention of pressure and moisture-related injuries, chronic wound management, and caregiver support.

Conclusions: Comprehensive geriatric assessment and an individualized care plan are essential tools in the nursing management of the frail geriatric patient. Early intervention for post-fall syndrome, caregiver health education, and coordination across care levels are crucial for halting functional decline and improving quality of life.

KEY WORDS

Frail elderly, falls, post-fall syndrome, geriatric assessment, nursing care, informal caregiver.

INTRODUCCIÓN

El envejecimiento poblacional es uno de los fenómenos demográficos más relevantes de las últimas décadas. En España, las personas mayores de 65 años representan aproximadamente el 20% de la población, cifra que se prevé aumente de forma sostenida en los próximos años¹. Este contexto sitúa al anciano frágil como uno de los principales sujetos de atención en todos los niveles del sistema sanitario.

Las caídas constituyen el síndrome geriátrico más frecuente y con mayor repercusión sobre la salud del anciano. Se estima que entre un 30 y un 40% de las personas mayores de 65 años que viven en la comunidad sufren al menos una caída al año, cifra que asciende hasta el 50% en mayores de 80 años.² Su etiología es multifactorial, resultado de la interacción entre factores intrínsecos —propios del individuo, como la pluripatología, la polimedicación o el deterioro sensorial— y factores extrínsecos, relacionados con el entorno y las condiciones ambientales³.

Las consecuencias de una caída van más allá del daño físico inmediato. El síndrome postcaída, definido como el miedo persistente a volver a caer acompañado de una restricción voluntaria de la actividad, aparece hasta en el 50% de los ancianos que han sufrido una caída, incluso en ausencia de lesión física significativa⁴. Este síndrome desencadena un círculo vicioso de inmovilismo, pérdida de fuerza muscular, mayor riesgo de nuevas caídas y deterioro funcional progresivo, con un impacto directo sobre la calidad de vida del paciente y una sobrecarga añadida sobre el cuidador principal.

La valoración geriátrica global (VGG) es la herramienta fundamental para el abordaje integral del anciano frágil. Permite identificar problemas en las esferas clínica, funcional, mental y social, orientando las intervenciones hacia las necesidades reales de cada paciente⁵. En este contexto, la enfermería desempeña un papel esencial, tanto en la detección precoz del riesgo como en la planificación y ejecución de cuidados individualizados.

El objetivo del presente trabajo es describir el abordaje enfermero integral de una paciente geriátrica frágil con síndrome postcaída, a través de la presentación de un caso clínico, ilustrando la utilidad de la VGG y del plan de cuidados enfermero en este perfil de paciente.

PRESENTACIÓN DEL CASO CLÍNICO

Se presenta el caso de una mujer de 88 años, viuda desde hace diez años, que reside en el domicilio familiar junto a su hija de 63 años y su yerno de 68 años, jubilado. La paciente es dependiente para las siguientes actividades básicas de la vida diaria (ABVD): vestido, traslado, continencia y, en ocasiones, el aseo personal.

Entre sus antecedentes patológicos de interés destacan: enfermedad de Parkinson desde los 63 años, diabetes mellitus tipo II, hipertensión arterial grado I (último registro: 157/92 mmHg), deterioro cognitivo leve (DCL) diagnosticado hace dos años, artrosis generalizada con deformidad marcada en manos, insuficiencia venosa crónica (CEAP 4a), incontinencia urinaria leve (PAD test: 3,4 g), hipoacusia leve, astigmatismo e hipermetropía con uso habitual de gafas, y clínica de disnea tras recorrer aproximadamente 600 metros. Refiere además sensación de pesadez y ardor epigástrico posprandial.

Su tratamiento habitual incluye: Enalapril 20 mg, Diamicrón 60 mg, Fluoxetina 20 mg, Carbidopa/Levodopa 25/250 mg (cinco comprimidos al día), Venoruton 1 g y Condroitín sulfato 800 mg (en periodo de descanso en el momento de la valoración).

La paciente acude a consulta de enfermería de atención primaria tras sufrir una caída en la vía pública por tropiezo, siendo la primera caída registrada. Refiere dolor en la extremidad inferior derecha. Se encuentra orientada en persona, aunque desorientada en tiempo y espacio. Presenta dificultades para responder preguntas de orientación temporal y desconoce su número de teléfono, refiriendo no utilizarlo. Reconoce tener 88 años y recuerda haber sufrido una caída previa en el domicilio familiar, en la bañera, varios años atrás. No acudió al colegio, dato relevante para la corrección del test cognitivo empleado.

La hija, cuidadora principal, refiere que las situaciones de confusión y desorientación son cada vez más frecuentes, que en ocasiones la paciente no reconoce al yerno e incluso ha llegado a agredirle, y que las discusiones en el domicilio son casi diarias. Señala que sale poco de casa por la necesidad de atender a su madre, que sufre dolor cervical recurrente, y que en algunas ocasiones no logra realizar los cuidados de manera adecuada, aunque reconoce que a veces duda de si su madre está realmente tan limitada como aparenta.

VALORACIÓN GERIÁTRICA GLOBAL

Se realiza una valoración geriátrica global (VGG) que abarca las esferas clínica, funcional, mental y social, complementada con la valoración de la cuidadora principal.

Esfera clínica:

La valoración clínica se obtiene a través de la historia clínica, la entrevista con la paciente y la cuidadora, y la exploración física. La paciente presenta una pluripatología relevante que incluye enfermedad de Parkinson, diabetes mellitus tipo II, hipertensión arterial, deterioro cognitivo leve, artrosis generalizada, insuficiencia venosa crónica e incontinencia urinaria, junto a una polimedicación de seis fármacos. Se considera que el consumo de cuatro o más medicamentos constituye un factor de riesgo independiente para las caídas en el anciano, especialmente cuando entre ellos se incluyen diuréticos, antiparkinsonianos y antidepresivos, como es el caso de esta paciente³.

Esfera funcional:

Para la valoración funcional se emplean el Índice de Barthel y la Escala de Lawton y Brody.

El Índice de Barthel evalúa diez actividades básicas de la vida diaria, con una puntuación que oscila entre 0 (dependencia total) y 100 (independencia completa). La paciente obtiene una puntuación compatible con dependencia severa, siendo dependiente para el vestido, el traslado, la continencia y parcialmente para el aseo, con necesidad de ayuda para la alimentación y movilidad reducida⁶.

La Escala de Lawton y Brody valora ocho actividades instrumentales de la vida diaria, con puntuación entre 0 (máxima dependencia) y 8 (independencia total). La paciente presenta una puntuación de 0, indicativa de máxima dependencia para actividades como el uso del teléfono, las compras, la preparación de comidas, el manejo del transporte y la gestión económica⁷.

Esfera mental:

La valoración mental incluye las áreas cognitiva y afectiva.

Para el cribado cognitivo se utiliza el Cuestionario de Pfeiffer, que detecta deterioro cognitivo mediante diez preguntas de orientación, memoria y cálculo, puntuando los errores. El punto de corte se sitúa en tres o más errores para personas con estudios, y en cuatro o más para personas sin estudios, como es el caso de esta paciente⁸. Los resultados son compatibles con un deterioro cognitivo moderado, dato que supone un empeoramiento respecto al Pfeiffer de referencia realizado diez meses antes, en el que se registraron tres errores.

Para la valoración afectiva se aplica la Escala de Depresión Geriátrica de Yesavage en su versión abreviada de 15 ítems, diseñada específicamente para la población anciana. La paciente obtiene una puntuación superior a 10, compatible con depresión severa, con respuestas que reflejan insatisfacción vital, sensación de vacío, pérdida de esperanza, sentimientos de inutilidad y percepción de situación desesperada⁹.

Esfera social:

La valoración social evidencia un aislamiento marcado. La paciente no mantiene relaciones sociales fuera del núcleo familiar, no sale del domicilio de forma autónoma y su red de apoyo se reduce exclusivamente a su hija y su yerno. Esta situación, unida a la carga creciente que soporta la cuidadora principal, constituye un factor de vulnerabilidad social significativo.

Para la valoración de la cuidadora principal se utiliza la Escala de Zarit, que mide el nivel de sobrecarga del cuidador de un paciente dependiente valorando su salud física, psicológica y social. Su puntuación oscila entre 22 y 110 puntos, con los siguientes puntos de corte: menos de 46 puntos indica ausencia de sobrecarga; entre 46 y 56, sobrecarga leve; y más de 56, sobrecarga intensa.¹⁰ La cuidadora principal obtiene una puntuación compatible con sobrecarga intensa, manifestando que sale poco del domicilio, que las discusiones son frecuentes, que siente que ha perdido el control de su vida y que en ocasiones no se siente capaz de seguir cuidando a su madre.

Valoración del riesgo de caídas:

Para la valoración específica del riesgo de caídas se emplea la Escala de Downton, que combina cinco dimensiones: caídas previas, medicación, déficits sensoriales, estado mental y deambulación. Su puntuación oscila entre 0 y 9 puntos, siendo el riesgo bajo para puntuaciones de 0-2, medio para 3-4, y alto para 5-9¹¹.

La paciente obtiene una puntuación de 7, indicativa de riesgo alto de caídas, con contribución de los siguientes factores: caída previa documentada, tratamiento con diuréticos, antiparkinsonianos y antidepresivos, alteraciones visuales y auditivas, estado mental confuso y deambulación insegura con o sin ayuda.

Clasificación del perfil geriátrico:

Del análisis conjunto de la VGG se concluye que la paciente cumple criterios de paciente geriátrica y de anciana frágil. Es paciente geriátrica por ser mayor de 75 años, presentar pluripatología relevante y tener problemas sociales asociados al estado de salud. Es además anciana frágil por ser mayor de 80 años, presentar deterioro cognitivo, viudedad, incapacidad para ABVD e instrumentales, haber requerido ingreso hospitalario y precisar asistencia domiciliaria¹².

PLAN DE CUIDADOS ENFERMERO

Síndrome postcaída e inmovilismo:

Tras el ingreso hospitalario derivado de la caída, la paciente desarrolla miedo persistente a volver a deambular, con pérdida de confianza y restricción voluntaria de la movilidad, cuadro compatible con síndrome postcaída. Este síndrome aparece hasta en el 50% de los ancianos tras una caída y constituye uno de los principales factores desencadenantes del inmovilismo en el anciano frágil, con riesgo añadido de úlceras por presión, contracturas, pérdida de masa muscular y deterioro funcional acelerado⁴.

El abordaje enfermero se plantea de forma progresiva y escalonada, respetando el ritmo de la paciente y evitando cualquier tipo de presión que pudiera aumentar el miedo y empeorar la situación.

En una primera fase se trabaja la sedestación. Se inician cambios posturales pautados y ejercicios pasivos de extremidades para activar progresivamente la musculatura. Cuando la situación lo permite, se fomenta la movilización activa, animando a la paciente a realizar giros en cama y flexiones de tronco. Posteriormente se facilita la sedestación en cama con las piernas colgando, apoyando los pies progresivamente en una banqueta y finalmente en el suelo, para pasar a la sedestación en sillón con reanudación de ejercicios en esta posición.

En una segunda fase se trabaja la bipedestación. Con apoyo inicial de la cuidadora se intenta la incorporación manteniendo una postura recta, sosteniéndola unos segundos y aumentando progresivamente el tiempo. Se introduce el andador como dispositivo de ayuda, por su capacidad para aportar una base de apoyo amplia y estable que favorece el equilibrio y reduce el miedo a nuevas caídas¹³.

En una tercera fase se trabaja la deambulación, practicándola diariamente de forma progresiva con apoyo del andador, dentro de los límites seguros del domicilio.

Paralelamente se llevan a cabo intervenciones sobre el entorno domiciliario, educando a la cuidadora sobre las siguientes medidas: retirada de alfombras y obstáculos en zonas de paso, instalación de barras de sujeción en pasillo y baño, uso de suelo antideslizante en el baño, elevador de WC, iluminación adecuada en todo el domicilio, calzado cerrado y bien sujeto, y adecuación de la altura de la cama para facilitar el acceso³.

En todo momento se mantiene una actitud de escucha activa, apoyo emocional y refuerzo positivo hacia la paciente y la cuidadora, transmitiendo confianza y seguridad en el proceso de recuperación.

Lesiones por humedad y úlceras por presión.

La situación de inmovilismo progresivo, unida al uso de pañal con recambios insuficientes, genera un área de eritema intenso en zona perianal compatible con lesión por humedad. La valoración de la zona descarta la necesidad de desbridamiento y la presencia de infección. Se retira el pañal y se pauta el uso de colector urinario. Se insiste en la importancia de mantener la zona seca y limpia. Para el tratamiento local se aplica un hidrocoloide absorbente tipo Aquacel sobre la zona afectada y óxido de zinc al 10% en los bordes para proteger la piel perilesional de la maceración. Se pautan cambios posturales en decúbito lateral con acomodación mediante almohadas¹⁴.

Con el paso del tiempo, la paciente ingresa en centro sociosanitario, donde presenta una herida inciso-contusa en la cara lateral de la pierna derecha con evolución tórpida, exudado moderado, presencia de biofilm y olor desagradable no fétido, compatible con herida crónica con carga bacteriana elevada. El tratamiento se planifica siguiendo el algoritmo TIME, herramienta de referencia en el manejo de heridas crónicas que evalúa el tejido, la infección/inflamación, el exudado y los bordes¹⁵.

En cuanto al tejido, se identifica biofilm, por lo que se indica desbridamiento autolítico mediante hidrogel, que aporta humedad y favorece la granulación y epitelización. Respecto a la infección, los signos de carga bacteriana justifican el uso de apósitos con plata. Para el control del exudado moderado se aplica un alginato con plata, que combina una elevada capacidad de absorción con acción antimicrobiana, abordando simultáneamente el exudado y el mal olor. En los bordes se aplica óxido de zinc al 10% para prevenir la maceración perilesional¹⁵.

Deterioro cognitivo e intervención sobre la función mental:

Ante el empeoramiento cognitivo evidenciado respecto al Pfeiffer de referencia, el objetivo enfermero es frenar la progresión del deterioro mediante la estimulación cognitiva. Se proponen actividades adaptadas a las capacidades y preferencias de la paciente: ejercicios de memoria, orientación en tiempo y espacio, lectura de titulares, escucha de música conocida y realización de pequeñas tareas domésticas supervisadas que fomenten la sensación de utilidad y autoestima¹⁶.

Se valora además la posibilidad de derivación a un programa de estimulación cognitiva grupal en centro de día, lo que contribuiría simultáneamente a reducir el aislamiento social de la paciente y a proporcionar un descanso a la cuidadora principal.

Incontinencia urinaria:

Se identifica el tipo de incontinencia urinaria presente, valorando previamente la ingesta de líquidos y la medicación que pudiera estar influyendo, dado que la paciente toma diuréticos. Se establece un plan que incluye el control de la ingesta de líquidos, ejercicios de suelo pélvico adaptados a las posibilidades de la paciente, y valoración de la presencia de un orinal en la habitación para facilitar el acceso. Se desaconseja el uso continuado del pañal como primera medida, priorizando el uso de empapadores y colectores para evitar las lesiones por humedad descritas anteriormente¹⁷.

Abordaje de la cuidadora principal:

La cuidadora principal presenta sobrecarga intensa según la escala de Zarit, con repercusión sobre su salud física, su vida social y su relación de pareja. El papel de enfermería en este ámbito es fundamental, tanto para la sostenibilidad de los cuidados como para la salud de la propia cuidadora.

Las intervenciones enfermeras dirigidas a la cuidadora incluyen: educación sanitaria sobre técnicas de movilización segura, manejo de la incontinencia, cuidado de la piel y reconocimiento de signos de alarma; apoyo emocional e información sobre recursos disponibles como el servicio de ayuda a domicilio, el centro de día y la posibilidad de ingreso en centro sociosanitario; orientación sobre la importancia de reservar tiempo propio y mantener relaciones sociales; y derivación a la trabajadora social para valoración de prestaciones y apoyos formales¹⁰.

Se hace especial hincapié en transmitir a la cuidadora que pedir ayuda no supone un abandono, sino una decisión responsable que beneficia tanto a la paciente como a ella misma.

DISCUSIÓN

El caso presentado ilustra la complejidad del abordaje enfermero en la paciente geriátrica frágil, donde la caída actúa como evento desencadenante de un deterioro funcional en cascada que afecta de forma simultánea a las esferas física, cognitiva, afectiva y social.

La literatura científica respalda que las caídas en el anciano frágil rara vez obedecen a una causa única, sino que son el resultado de la interacción entre múltiples factores de riesgo.² En el caso descrito, la confluencia de enfermedad de Parkinson, polimedicación con fármacos de alto riesgo, deterioro cognitivo, alteraciones sensoriales y deambulación insegura configura un perfil de riesgo muy elevado, tal como refleja la puntuación obtenida en la escala de Downton.¹¹ Este hallazgo subraya la importancia de una valoración sistemática del riesgo de caídas en todos los ancianos atendidos en atención primaria, independientemente de que hayan sufrido o no una caída previa.

El síndrome postcaída merece una atención especial en el plan de cuidados. Su presencia no siempre es reconocida por los profesionales sanitarios ni por los propios cuidadores, que en ocasiones interpretan la restricción de la movilidad como una consecuencia inevitable del envejecimiento⁴. Sin embargo, la intervención enfermera precoz y progresiva sobre este síndrome, combinando la rehabilitación funcional escalonada con el apoyo emocional y las modificaciones del entorno, ha demostrado ser eficaz para recuperar la confianza en la deambulación y frenar el inmovilismo¹³.

La valoración geriátrica global ha permitido en este caso identificar problemas que podrían haber pasado desapercibidos en una atención centrada exclusivamente en el motivo de consulta inmediato. El empeoramiento cognitivo respecto al Pfeiffer de referencia, la depresión severa detectada mediante la escala de Yesavage y la sobrecarga intensa de la cuidadora son hallazgos de gran relevancia clínica que condicionan el pronóstico de la paciente y requieren intervenciones específicas⁵. La depresión en el anciano, frecuentemente infradiagnosticada, se asocia a mayor riesgo de caídas, peor recuperación funcional y aumento de la mortalidad, por lo que su detección y abordaje forman parte indisociable del plan de cuidados⁹.

Respecto al manejo de las lesiones cutáneas, tanto las lesiones por humedad como la herida crónica de la extremidad inferior representan complicaciones directamente relacionadas con el inmovilismo y la dependencia funcional de la paciente. La aplicación del algoritmo TIME en el manejo de la herida crónica, junto con la selección de apósitos basada en las características del lecho de la herida, refleja la importancia de una práctica enfermera basada en la evidencia en este ámbito¹⁵.

Finalmente, el abordaje de la cuidadora principal constituye una dimensión irrenunciable del cuidado enfermero en este perfil de paciente. La sobrecarga del cuidador informal no solo repercute sobre su propia salud, sino que deteriora la calidad de los cuidados prestados y aumenta el riesgo de institucionalización precoz del paciente¹⁰. La enfermería de atención primaria ocupa una posición privilegiada para detectar esta situación, ofrecer apoyo y orientar hacia los recursos disponibles.

CONCLUSIONES

La atención enfermera a la paciente geriátrica frágil con síndrome postcaída requiere un abordaje integral que trasciende el tratamiento de la lesión física derivada de la caída. La valoración geriátrica global, mediante el uso sistemático de escalas validadas, permite identificar necesidades en todas las esferas del paciente y orientar un plan de cuidados individualizado y basado en la evidencia.

  1. La intervención precoz sobre el síndrome postcaída, mediante una rehabilitación funcional progresiva y adaptada, es fundamental para romper el círculo vicioso del inmovilismo y prevenir el deterioro funcional en cascada. Las modificaciones del entorno domiciliario y la introducción de ayudas técnicas adecuadas contribuyen a reducir el riesgo de nuevas caídas y a aumentar la seguridad y confianza de la paciente.
  2. La detección y el abordaje del deterioro cognitivo, la depresión y la sobrecarga del cuidador son elementos esenciales del plan de cuidados que no deben ser relegados frente a los problemas físicos más visibles. La coordinación entre los diferentes niveles asistenciales y la derivación a recursos sociales y comunitarios resultan imprescindibles para dar una respuesta adecuada a la complejidad de este perfil de paciente.

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