Abordaje multidisciplinar de la menopausia: impacto del entrenamiento de fuerza y optimización nutricional

14 agosto 2026

 

AUTORES

  1. Ana Cristina Valiente Llorente. Graduada Superior en Técnico Especialista en Informática de Gestión. Auxiliar Administrativa en CS Valdefierro. Zaragoza, España.
  2. Nuria Martínez Artigas. Licenciada en Derecho. Administrativa en Salud Aragón. Zaragoza, España.
  3. Virginia Eulalia Royo Gonzalvo. Graduada Superior en Administración y Finanzas. Administrativa en Salud Aragón. Zaragoza, España.
  4. María Teresa Poyo Pozo. Graduada en Gestión y Administración Pública. Administrativa en Salud Aragón. Zaragoza, España.

RESUMEN

La menopausia constituye una transición fisiológica compleja que no debe interpretarse únicamente como el cese de la menstruación, sino como una etapa de cambios a nivel endocrino, metabólico, musculoesquelético, psicológicos y social. La disminución progresiva de estrógenos se relaciona con cambios en la composición corporal, mayor tendencia a la adiposidad central, pérdida de masa y fuerza muscular, reducción de la densidad mineral ósea y aumento del riesgo cardio metabólico. En este contexto, el abordaje multidisciplinar adquiere especial relevancia, ya que permite integrar la evaluación médica, el entrenamiento físico, la intervención nutricional, la educación sanitaria y el acompañamiento conductual. El objetivo de este artículo es revisar, desde una perspectiva práctica y basada en la evidencia, el papel del entrenamiento de fuerza y de la optimización nutricional en mujeres en perimenopausia, menopausia y posmenopausia. La evidencia disponible respalda que el entrenamiento de fuerza, correctamente individualizado y progresivo, mejora la capacidad funcional, la fuerza muscular y diversos marcadores de salud física. Paralelamente, una alimentación suficiente, rica en proteínas de calidad, fibra, calcio, vitamina D, ácidos grasos omega-3 y otros micronutrientes clave puede contribuir a reducir el riesgo de sarcopenia, osteoporosis, alteraciones cardiovasculares y deterioro metabólico. En definitiva, la combinación de fuerza, nutrición y educación en salud representa una estrategia central para promover un envejecimiento activo, autónomo y saludable en la mujer.

PALABRAS CLAVE

Menopausia, entrenamiento de fuerza, nutrición, sarcopenia, salud ósea, composición corporal.

ABSTRACT

Menopause is a complex physiological transition that should not be understood only as the end of menstruation, but as a stage of endocrine, metabolic, musculoskeletal, psychological and social reorganization. The progressive decline in estrogen levels is associated with changes in body composition, increased central adiposity, loss of muscle mass and strength, reduced bone mineral density and a higher cardiometabolic risk. In this context, a multidisciplinary approach is particularly relevant because it integrates medical assessment, physical training, nutritional intervention, health education and behavioral support. The aim of this article is to review, from a practical and evidence-based perspective, the role of resistance training and nutritional optimization in women during perimenopause, menopause and postmenopause. Current evidence supports that individualized and progressive resistance training improves functional capacity, muscle strength and several physical health markers. At the same time, an adequate diet rich in high-quality protein, fiber, calcium, vitamin D, omega-3 fatty acids and other key micronutrients may help reduce the risk of sarcopenia, osteoporosis, cardiovascular alterations and metabolic impairment. It is concluded that the combination of resistance training, nutrition and health education represents a core strategy to promote active, autonomous and healthy aging in women.

KEY WORDS

Menopause, resistance training, nutrition, sarcopenia, bone health, body composition.

INTRODUCCIÓN

La menopausia se define, desde un punto de vista clínico, como la ausencia de menstruación durante 12 meses consecutivos sin una causa fisiológica, patológica o terapéutica que la explique. Suele aparecer entre los 45 y los 55 años, aunque su inicio, duración e intensidad pueden variar de forma notable entre mujeres. Esta variabilidad puede depender de múltiples factores, entre ellos la genética, los antecedentes reproductivos, el estado general de salud y las condiciones sociales. Esta definición, aparentemente sencilla, resulta insuficiente para comprender la magnitud de los cambios que se producen durante la transición menopáusica. La perimenopausia puede extenderse durante varios años y acompañarse de irregularidad menstrual, sofocos, sudoración nocturna, alteraciones del sueño, cambios de ánimo y modificaciones en la composición corporal. Por ese motivo, la menopausia no debería interpretarse únicamente como el final de la etapa reproductiva, sino como un periodo relevante para valorar el estado de salud, prevenir riesgos y promover estrategias que favorezcan el bienestar y la calidad de vida de la mujer1.

La reducción progresiva de la actividad ovárica y el descenso de los estrógenos se asocian con cambios importantes en el organismo. A nivel musculoesquelético puede observarse una pérdida progresiva de masa muscular, fuerza y densidad mineral ósea; a nivel cardiometabólico, una mayor tendencia a la acumulación de grasa visceral, empeoramiento del perfil lipídico, alteraciones en la sensibilidad a la insulina y aumento del riesgo cardiovascular; y a nivel psicosocial, mayor vulnerabilidad a problemas de sueño, fatiga, irritabilidad, ansiedad o disminución de la percepción de bienestar. Estos cambios no dependen únicamente de la menopausia, ya que también intervienen la edad, la actividad física previa, el patrón alimentario, el estrés, el descanso, la historia clínica y el entorno sociocultural1,2,3.

En los últimos años, el manejo de la menopausia ha evolucionado desde una visión centrada casi exclusivamente en el tratamiento de síntomas hacia un enfoque más amplio de salud integral. La evidencia actual señala que las intervenciones sobre el estilo de vida, especialmente el ejercicio físico y la nutrición, son pilares fundamentales para preservar la funcionalidad, la salud ósea, la salud cardiometabólica y la autonomía. Dentro del ejercicio, el entrenamiento de fuerza adquiere un papel especialmente relevante, ya que estimula el tejido muscular, contribuye a preservar la capacidad funcional y puede ayudar a prevenir o retrasar la pérdida de fuerza y masa muscular asociada a la edad y a la menopausia. A su vez, una intervención nutricional permite asegurar una ingesta energética suficiente, optimizar el aporte proteico y cubrir nutrientes claves relacionados con la salud ósea, muscular, metabólica e inmunitaria, como el calcio, la vitamina D, los ácidos grasos saludables, la fibra y algunos micronutrientes2,4,5.

El objetivo de este artículo es desarrollar un abordaje multidisciplinar de la menopausia centrado en dos herramientas no farmacológicas de alto impacto: el entrenamiento de fuerza y la intervención nutricional. Para ello se revisan los principales cambios fisiológicos de esta etapa, se describen los mecanismos por los que la fuerza puede mejorar la salud de la mujer, se plantean criterios prácticos de programación del ejercicio y se exponen los aspectos nutricionales más relevantes. El planteamiento no pretende sustituir la valoración médica ni el tratamiento farmacológico cuando esté indicado, sino integrar la actuación de profesionales de la salud, nutricionistas, entrenadores y personal sanitario en un abordaje multidisciplinar1,3.

1. La menopausia como etapa de cambio sistémico:

La menopausia marca el final de la función reproductiva ovárica, pero su impacto va más allá del aparato reproductor. La reducción de los niveles de estrógenos influye en tejidos con receptores hormonales, entre ellos hueso, músculo, tejido adiposo, sistema cardiovascular, sistema nervioso y tracto genitourinario. Esta visión sistémica explica por qué dos mujeres con la misma edad pueden experimentar la transición de forma completamente diferente. Una mujer activa, con buena masa muscular, sueño adecuado, alimentación suficiente y bajo nivel de estrés puede atravesar la menopausia con síntomas leves; otra, con sedentarismo, dietas restrictivas, baja ingesta proteica, déficit de vitamina D, dolor crónico o antecedentes de trastornos metabólicos, puede presentar un deterioro funcional más evidente1,2.

Uno de los cambios más relevantes es la modificación de la composición corporal. La pérdida de masa muscular asociada a la edad puede acelerarse si se combina con inactividad, baja disponibilidad energética y escasa ingesta proteica. Al mismo tiempo, muchas mujeres describen un aumento de grasa abdominal, aunque no hayan cambiado de forma clara su alimentación. Este fenómeno no debe explicarse de manera simplista como una falta de voluntad, sino como el resultado de una interacción entre edad, cambios hormonales, menor gasto energético, sueño más fragmentado, estrés y menor actividad física1,6.

La salud ósea también se convierte en una prioridad. La pérdida de densidad mineral ósea tras la menopausia aumenta el riesgo de osteoporosis y fractura, especialmente cuando existen antecedentes familiares, menopausia precoz, bajo peso, tabaquismo, consumo elevado de alcohol, baja exposición solar, déficit de calcio o vitamina D y ausencia de ejercicio con carga. El tejido óseo responde a estímulos mecánicos, por lo que el entrenamiento de fuerza y las actividades con impacto adaptado pueden formar parte de la prevención. No obstante, el programa debe individualizarse en mujeres con osteopenia, osteoporosis, dolor articular o antecedentes de fractura, priorizando seguridad técnica, progresión gradual y supervisión profesional1,2,8.

2. Necesidad de un abordaje multidisciplinar:

El abordaje multidisciplinar de la menopausia es necesario porque los síntomas y riesgos no pertenecen a una sola especialidad. La atención médica permite valorar síntomas, sangrados anómalos, salud ginecológica, riesgo cardiovascular, salud ósea, indicación de densitometría, terapia hormonal u otras intervenciones cuando proceda. La nutrición aborda energía, composición corporal, digestiones, salud ósea, riesgo metabólico y relación con la comida. El entrenamiento físico actúa sobre fuerza, equilibrio, masa muscular, capacidad cardiorrespiratoria y dolor. La fisioterapia puede intervenir en suelo pélvico, dolor musculoesquelético o limitaciones funcionales. La psicología y la educación sanitaria ayudan a manejar estrés, sueño, adherencia y cambios de identidad asociados al envejecimiento femenino1,3.

La clave del trabajo coordinado es evitar mensajes contradictorios, ya que, muchas mujeres sienten una fuerte preocupación por el aumento de peso conduciendo a la realización de dietas muy restrictivas o a programas de ejercicio excesivamente orientados al gasto calórico. Esta estrategia puede empeorar el cansancio, el hambre, la pérdida muscular y la adherencia. Es importante destacar que el objetivo no es comer cada vez menos, sino comer mejor, entrenar con intención, preservar músculo, mejorar marcadores clínicos y construir una rutina sostenible. La educación nutricional y el entrenamiento de fuerza deben presentarse como herramientas de salud, no como castigos para compensar el cuerpo2,3,7.

3. Entrenamiento de fuerza: impacto fisiológico y funcional:

El entrenamiento de fuerza se define como una modalidad de ejercicio en la que el músculo debe vencer una resistencia externa o interna, generando adaptaciones neuromusculares, estructurales y metabólicas. Puede realizarse con máquinas, peso libre, bandas elásticas, poleas, autocargas o material funcional. En mujeres durante la perimenopausia y la posmenopausia, su importancia se debe a que actúa de manera directa sobre uno de los tejidos más determinantes para el envejecimiento saludable: el músculo esquelético. El músculo no solo permite moverse, subir escaleras o levantar cargas; también participa en el control glucémico, el gasto energético, la sensibilidad a la insulina, la protección articular y la autonomía.4,5

Las revisiones sistemáticas y metaanálisis disponibles señalan que el entrenamiento de fuerza puede mejorar la fuerza de miembros superiores e inferiores, la capacidad funcional y diferentes indicadores de condición física en mujeres posmenopáusicas. Aunque la magnitud del efecto sobre composición corporal o densidad mineral ósea puede variar según el tipo de intervención, duración, intensidad, volumen y características de la muestra, la fuerza debe formar parte de la prescripción de ejercicio en esta etapa. Además, el entrenamiento combinado, que integra fuerza y ejercicio aeróbico, puede ser especialmente útil para mejorar composición corporal, salud cardiovascular y capacidad funcional.4,5,6

Desde el punto de vista óseo, el estímulo mecánico es fundamental. Los ejercicios que implican carga axial, tracción muscular y progresión de intensidad pueden favorecer el mantenimiento de la masa ósea, especialmente cuando se combinan con una ingesta adecuada de calcio, vitamina D y energía suficiente.

A nivel metabólico, el entrenamiento de fuerza favorece el aumento o mantenimiento de masa magra, mejora la captación de glucosa por el músculo y contribuye al control del peso desde una perspectiva más completa. El objetivo debería ser combinar estrategias: fuerza para conservar tejido activo y capacidad funcional; ejercicio aeróbico para salud cardiovascular; y actividad diaria para aumentar el gasto energético total sin generar una carga excesiva de fatiga3,6.

4. Criterios prácticos para programar fuerza en menopausia:

Una propuesta general para mujeres sin contraindicaciones puede incluir dos o tres sesiones semanales de entrenamiento de fuerza, con trabajo de cuerpo completo y una progresión gradual. La sesión debería priorizar patrones básicos: sentadilla o variante dominante de rodilla, bisagra de cadera, empuje horizontal o vertical, tracción, trabajo unilateral, ejercicios de core y tareas de equilibrio. La realización de unos ejercicios u otros dependerá del historial de entrenamiento, dolor, lesiones, disponibilidad de material y preferencias. En principiantes, el primer objetivo no es la intensidad máxima, sino aprender técnica, tolerar la carga y generar adherencia, siendo esta última de especial importancia para mejorar la Calidad de vida de la mujer a largo plazo3,4.

La intensidad debe progresar con criterio. Trabajar siempre con cargas muy ligeras puede ser insuficiente para generar adaptaciones, pero empezar con cargas altas sin preparación aumenta el riesgo de dolor y abandono. Una herramienta práctica es utilizar la percepción del esfuerzo: comenzar con una percepción baja y avanzar progresivamente hacia esfuerzos moderados o altos en ejercicios seguros. Para estimular fuerza e hipertrofia, la carga debe suponer un reto real, aunque no necesariamente llegar al fallo muscular. El volumen semanal debe adaptarse, pero la evidencia sugiere que para cambios en fuerza y composición corporal puede ser necesario superar estímulos mínimos y sostener el programa durante meses4,5.

La progresión puede realizarse aumentando repeticiones, series, carga, rango de movimiento, control técnico o complejidad del ejercicio. En mujeres con poca experiencia, una progresión demasiado rápida puede generar agujetas intensas, frustración o miedo al entrenamiento. La adherencia mejora cuando la mujer entiende por qué realiza cada ejercicio y puede relacionarlo con objetivos cotidianos: cargar bolsas, levantarse del suelo, evitar caídas, reducir dolor o sentirse más capaz3,5.

En presencia de síntomas vasomotores, insomnio o fatiga elevada, conviene ajustar la sesión. El entrenamiento no debe competir con la recuperación. Una mujer que duerme mal y vive con estrés alto puede necesitar reducir volumen temporalmente, entrenar en horarios mejor tolerados, aumentar descansos o combinar fuerza con trabajo respiratorio y movilidad. La programación debe ser flexible, pero no abandonarse ante la primera semana difícil. Hacerlo de forma regular, más que la perfección, es el factor que permite acumular beneficios1,3.

5. Optimización nutricional: energía, proteína y calidad dietética:

La nutrición en menopausia debe partir de una idea esencial: comer menos no siempre significa mejorar la salud. En esta etapa, muchas mujeres reducen la ingesta por miedo a ganar peso, pero si la restricción es excesiva puede aumentar la pérdida de masa muscular, empeorar la fatiga, reducir el rendimiento en el entrenamiento y dificultar la adherencia. La intervención nutricional debe buscar un equilibrio entre salud metabólica, composición corporal, saciedad, disfrute y suficiencia energética. Cuando existe exceso de grasa corporal y se plantea pérdida de peso, el déficit energético debe ser moderado y acompañarse de entrenamiento de fuerza y proteína suficiente2,7.

La proteína adquiere un papel prioritario porque contribuye al mantenimiento de la masa muscular, la reparación de los tejidos, la saciedad y la adaptación al entrenamiento. Tras la menopausia, la pérdida de masa y fuerza muscular puede acelerarse, por lo que es recomendable distribuir fuentes proteicas de calidad a lo largo del día. Pueden combinarse alimentos de origen animal, como huevos, lácteos, pescado, carnes magras o marisco, con fuentes vegetales como legumbres, soja, frutos secos y cereales integrales. Más importante que centrarse en un único alimento es asegurar una ingesta suficiente y sostenida, adaptada al peso, actividad física, función renal, preferencias y tolerancia digestiva2,7.

La dieta mediterránea constituye un patrón útil por su riqueza en verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva, frutos secos y pescado. Este patrón favorece la ingesta de fibra, antioxidantes, grasas insaturadas y micronutrientes, y puede adaptarse a objetivos de salud cardiometabólica. En la práctica, una comida principal podría estructurarse con una fuente proteica, una ración de verduras, una fuente de hidratos de carbono de calidad y grasa saludable. Esta organización ayuda a reducir la improvisación y evita planteamientos extremos basados en eliminar grupos de alimentos sin justificación.2,7

La fibra merece atención específica. Los cereales integrales, legumbres, verduras, frutas y frutos secos ayudan a mejorar la saciedad, el tránsito intestinal, el control glucémico y la salud cardiometabólica. Además, el microbiota intestinal participa en el metabolismo de compuestos relacionados con los estrógenos, lo que refuerza el interés de una dieta rica en alimentos vegetales. En mujeres con síntomas digestivos, el aumento de fibra debe ser progresivo y personalizado, evitando imponer grandes cantidades si generan hinchazón, dolor o rechazo2,7.

6. Nutrientes clave: calcio, vitamina D, omega-3, hierro y magnesio:

El calcio, la vitamina D y la vitamina K son nutrientes clave para la salud ósea durante la posmenopausia, etapa en la que aumenta la pérdida de masa ósea y el Riesgo de osteoporosis y fracturas. El calcio forma parte de la estructura del hueso, mientras que la vitamina D favorece su absorción intestinal. Además, la vitamina K participa en la activación de ciertas proteínas como la osteocalcina, que ayuda a que el calcio se incorpore a la matriz ósea. Por ello, es importante asegurar una alimentación rica en lácteos, legumbres, frutos secos, semillas, pescados con espina, huevos y verduras de hoja verde. La suplementación debe valorarse de forma individual en casos de déficit, baja exposición solar, osteoporosis o riesgo elevado. 2,8,9

Los ácidos grasos omega-3 contribuyen a la salud cardiovascular y al control de la inflamación, especialmente si se incluyen dentro de una dieta de Calidad. Se pueden encontrar en pescados azules, mariscos, nueces, semillas y algunos aceites vegetales2,7.

El hierro también debe individualizarse. Aunque tras la menopausia disminuyen las pérdidas de hierro por la falta de menstruación, sigue siendo importante para prevenir anemia, fatiga y bajo rendimiento. En mujeres con cansancio persistente, dieta vegetariana o mal planificada, es útil valorar la ferritina, hemograma y otros marcadores del perfil del hierro2.

El magnesio y las vitaminas del grupo B, C y E participan en la función muscular, metabolismo energético, salud ósea, Sistema nervioso y protección antioxidante. Sus requerimientos se pueden cubrir mediante una dieta variada con legumbre, furtos secos, verduras, cereales integrales, huevos, lácteos, pescados y carnes magras2,7.

7. Integración entre entrenamiento y nutrición:

El entrenamiento de fuerza y la nutrición no deben abordarse como intervenciones independientes. Para que el músculo responda al estímulo mecánico necesita energía, descanso y progresión. Una mujer que entrena fuerza tres días por semana, pero mantiene una dieta insuficiente, baja en proteína y con mala recuperación, tendrá menos posibilidades de mejorar masa muscular y rendimiento. Del mismo modo, una mujer que aumenta la proteína, pero no realiza trabajo de fuerza tendrá un estímulo limitado para generar adaptaciones musculares. La combinación es la que ofrece mayor sentido clínico2,4,5.

Después del entrenamiento, una comida con proteína suficiente, hidratos de carbono y alimentos vegetales facilita la reparación muscular y ayuda a que la sesión se integre en una rutina saludable. Este enfoque es especialmente importante en mujeres que vienen de años de restricción o miedo a los carbohidratos2,7.

La pérdida de grasa, cuando sea un objetivo clínicamente justificado, debe plantearse sin sacrificar masa muscular. Para ello, el déficit energético debe ser moderado, la proteína adecuada, la fuerza prioritaria y el seguimiento centrado en variables amplias: fuerza, perímetros, energía, sueño, hambre, digestión, analítica y bienestar. La báscula puede ser una herramienta, pero no debe convertirse en el único indicador de éxito. En menopausia, mejorar la composición corporal puede significar ganar o mantener músculo mientras se reduce grasa visceral, incluso si el peso cambia lentamente2,6,7.

La educación alimentaria también debe combatir mitos frecuentes: no es necesario eliminar hidratos de carbono para mejorar la composición corporal; la fuerza no “ensancha” de forma descontrolada; el aumento de peso no se corrige únicamente con más cardio; y los suplementos no compensan una rutina mal estructurada. La mujer necesita herramientas prácticas: menús suficientes, ideas de proteína, planificación semanal, entrenamiento progresivo y estrategias para días de cansancio. La adherencia aumenta cuando el plan se adapta a la vida real2,3.

CONCLUSIÓN

La menopausia es una etapa fisiológica importante en la vida de la mujer, ya que puede afectar en la composición corporal, la masa muscular, la salud ósea, el Riesgo cardiovascular, el Descanso, el estado de ánimo y la Calidad de vida. Su abordaje no debe limitarse a tratar síntomas aislados, sino integrar prevención, educación, valoración médica, intervención nutricional y entrenamiento físico. Dentro de este enfoque, el entrenamiento de fuerza destaca como una herramienta esencial para preservar la funcionalidad, mejorar la fuerza, proteger el músculo y contribuir a un envejecimiento más autónomo. La evidencia disponible respalda su inclusión de forma individualizada, progresiva y sostenida en mujeres durante la perimenopausia y la posmenopausia4,5,6.

A nivel nutricional, es importante asegurar una alimentación suficiente y de calidad que aporte energía, proteína, fibra, calcio vitamina D, omega-3, hierro, magnesio y otros micronutrientes relacionados con la salud muscular, ósea y cardiometabólica. La intervención debe alejarse de dietas restrictivas y centrarse en patrones alimentarios sostenibles, preferiblemente de estilo mediterráneo, adaptados a objetivos, síntomas y contexto de vida.

En conjunto, la combinación de entrenamiento de fuerza, una Buena alimentación, descanso, actividad diaria y seguimiento profesional constituye una estrategia de alto valor para mejorar la salud de la mujer en esta etapa. En definitiva, la menopausia no debe entenderse como un punto final, sino como una oportunidad para rediseñar hábitos, prevenir fragilidad y promover una vida activa, fuerte y saludable2,3,7.

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