AUTORES
- Laura Tercero Antoni. Enfermera Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- Marcos Jaime Elpón. Auxiliar Administrativo. Aragón, España.
- Miriam Revuelta Vicente. Auxiliar Administrativo Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
- María Susín Estremé. Enfermera Servicio Aragonés de Salud. Aragón, España.
RESUMEN
El trabajo en equipo constituye una característica esencial de las instituciones de salud, ya que permite superar la simple suma de esfuerzos individuales mediante la cooperación sistemática y el aprovechamiento del talento colectivo. Esta dinámica favorece que los profesionales compartan objetivos comunes, establezcan direcciones claras y optimicen los resultados en la atención sanitaria. En este contexto, la comunicación se presenta como un proceso dinámico de interacción, que va más allá de la transmisión de información y resulta determinante para la coordinación, la seguridad del paciente y la calidad del trabajo, especialmente en entornos que requieren alta sincronización entre los miembros del equipo.
Las competencias comunicacionales, como la escucha activa, la asertividad y la inteligencia emocional, son fundamentales para garantizar que los mensajes se comprendan integralmente, facilitando la resolución de problemas, la toma de decisiones consensuada y la gestión de conflictos. La escucha activa permite captar matices verbales y no verbales, mientras que la asertividad asegura la expresión clara de necesidades y opiniones sin vulnerar los derechos ajenos. La inteligencia emocional fortalece la gestión de emociones propias y ajenas, promoviendo relaciones profesionales constructivas y un entorno laboral más saludable.
Asimismo, la humanización del cuidado refuerza la dimensión relacional de la atención, fomentando la empatía, el respeto y la sensibilidad cultural, mejorando la percepción del paciente sobre la calidad del servicio y su bienestar. En conjunto, estas habilidades no solo optimizan la atención sanitaria y la coordinación del equipo, sino que también protegen la resiliencia y el bienestar del personal, consolidándose como elementos imprescindibles para la excelencia profesional y la seguridad del paciente.
PALABRAS CLAVE
Relaciones interprofesionales, comunicación, atención de salud, personal de salud.
ABSTRACT
Work-related stress among healthcare personnel is a complex phenomenon that has a significant impact on the physical and mental health of professionals, as well as on the quality of care provided to patients. This stress arises when the demands of the work environment exceed the worker’s coping capacity, generating both individual and organisational consequences and affecting care, communication and decision-making within healthcare services.
The response to these stressors depends on individual factors, such as resilience, coping strategies, emotional intelligence and social support networks, as well as contextual and organisational factors, including workload, job security and work environment. Therefore, managing stress requires a comprehensive approach that combines personal interventions and institutional measures.
Among the most effective strategies are the development of resilience, mindfulness, diaphragmatic breathing, strengthening communication and problem-solving skills, as well as the implementation of psychological support programmes and the creation of a healthy work environment. The combination of these actions promotes the well-being of professionals, improves work performance and contributes to the efficiency, safety and quality of the healthcare system as a whole.
KEY WORDS
Interprofessional relations, communication, health care, health personnel.
INTRODUCCIÓN
Una característica fundamental de las instituciones de salud es el trabajo en equipo, entendido como un enfoque organizacional que trasciende la simple suma de esfuerzos individuales y se orienta hacia la cooperación sistemática y el aprovechamiento del talento colectivo. Este enfoque permite que los profesionales compartan objetivos comunes, trazando direcciones claramente identificadas dentro de la institución y, al mismo tiempo, promoviendo la consecución de resultados más eficientes y de mayor calidad en la atención sanitaria. En este contexto, la comunicación ocupa un lugar central, ya que debe ser comprendida como un proceso dinámico de interacción entre los miembros del equipo, que va más allá de una actividad meramente destinada a transmitir información1.
En efecto, la comunicación se considera efectiva únicamente cuando asegura que el mensaje sea comprendido en todas sus dimensiones y por todos los integrantes del equipo, evitando malentendidos y promoviendo la coordinación en la toma de decisiones. Por ello, resulta evidente que la comunicación constituye uno de los factores determinantes para garantizar la seguridad del paciente y la calidad del trabajo, especialmente en equipos que realizan actividades complejas y requieren un alto nivel de sincronización entre sus miembros1-3. De manera complementaria, la interacción efectiva dentro de los equipos permite no solo la transferencia precisa de información, sino también la resolución colaborativa de problemas y la anticipación de posibles contingencias, fortaleciendo así la capacidad de respuesta del equipo frente a situaciones críticas2,3.
Por otro lado, cuando los profesionales trabajan de manera individual y la comunicación dentro y entre los equipos resulta escasa o ineficaz, se generan importantes barreras que dificultan la provisión de una atención segura y de calidad. Esta falta de coordinación puede derivar en malentendidos, retrasos en la atención y decisiones inconsistentes, afectando directamente los resultados clínicos y la satisfacción del paciente1,2. En consecuencia, la promoción de una comunicación clara y estructurada constituye un pilar imprescindible para el funcionamiento eficiente de cualquier institución de salud.
Asimismo, el desarrollo de habilidades comunicacionales adquiere relevancia no solo por su impacto en la atención del paciente, sino también por su función preventiva frente al síndrome de desgaste profesional, conocido como burnout. La carencia de comunicación efectiva, sumada a la sobrecarga laboral y la ausencia de apoyo interpersonal, constituye un factor de riesgo que puede afectar la salud emocional del personal sanitario. Este desgaste no solo compromete el bienestar de los profesionales, sino que repercute negativamente en la calidad de la atención brindada, evidenciando la relación directa entre la competencia comunicacional y la seguridad del paciente1,3. Por lo tanto, fomentar la comunicación efectiva y desarrollar habilidades interpersonales sólidas dentro de los equipos de salud se configura como una estrategia doblemente beneficiosa: mejora la coordinación y la seguridad en la atención, y protege la salud emocional y la resiliencia del personal que integra dichos equipos1-3.
Así pues, el trabajo en equipo y la comunicación efectiva son elementos inseparables dentro de las instituciones de salud, puesto que su integración adecuada potencia los resultados asistenciales, refuerza la seguridad del paciente y contribuye a un ambiente laboral más saludable y sostenible. La comprensión de la comunicación como un proceso interactivo y multidimensional, así como el desarrollo de habilidades comunicacionales, se presentan como estrategias fundamentales para garantizar la eficiencia, la calidad de la atención y el bienestar del personal sanitario1-3.
OBJETIVO
El objetivo de este artículo es examinar el papel de la comunicación efectiva y del trabajo en equipo interdisciplinario en los equipos de salud y su impacto en la calidad de la atención y la experiencia del paciente.
METODOLOGÍA
Se realizó una búsqueda bibliográfica sistemática de artículos publicados durante los últimos cinco años, considerando los idiomas español, inglés y portugués. Para ello, se consultaron las bases de datos PubMed, Google Scholar y Dialnet elegidas por su amplia cobertura de literatura científica y de revisiones académicas.
La estrategia de búsqueda incluyó la utilización de filtros destinados a identificar estudios originales, revisiones sistemáticas y artículos de revisión narrativa. Se excluyeron aquellos documentos que no contaban con texto completo o que no abordaban de manera específica el papel de la enfermería en el manejo de la enfermedad.
La información obtenida fue organizada de forma temática, lo que permitió destacar hallazgos relevantes y reconocer tendencias en la práctica profesional de enfermería, facilitando un análisis integral sobre la contribución del personal de salud en la atención y cuidado del paciente.
RESULTADOS
Los elementos que intervienen en el proceso de comunicación en el contexto sanitario incluye al emisor, mensaje, receptor, código, canal, barreras, feed-back y el contexto; cada uno de estos componentes participa de manera activa y constante, asegurando que la información no solo se transmita, sino que sea comprendida y correctamente interpretada por todos los miembros del equipo. Es decir, no basta con que el mensaje exista; debe llegar de forma clara, coherente y completa, considerando factores como el tono, el lenguaje corporal y la situación en la que se produce, porque todos estos detalles contribuyen a que la comunicación sea efectiva y eficiente2. Esta interacción entre los elementos mencionados resulta fundamental para reducir malentendidos, evitar errores clínicos y fortalecer la confianza entre profesionales, creando un ambiente en el que la colaboración fluye con mayor naturalidad y, por supuesto, contribuye significativamente a la seguridad del paciente y a la calidad del cuidado2.
De manera complementaria, el trabajo en equipo se configura como el soporte estructural de cualquier institución sanitaria, ya que garantiza que las tareas complejas se puedan distribuir y coordinar de manera eficiente. La atención segura, empática y de calidad depende, en gran medida, del desarrollo de habilidades comunicacionales entre los profesionales. Este desarrollo no es algo opcional, sino más bien un compromiso constante que asegura el diálogo permanente y la interacción interdisciplinaria, de modo que las decisiones clínicas se tomen de manera consensuada y estratégica, teniendo siempre en cuenta las necesidades del paciente y de su familia1,2. Además, es importante resaltar que la comunicación efectiva no se limita únicamente al intercambio de información; también incluye la interpretación, el entendimiento mutuo y la capacidad de responder de manera adecuada ante situaciones cambiantes, lo que es particularmente relevante en entornos hospitalarios dinámicos y exigentes.
Dentro de las habilidades comunicacionales, la escucha activa constituye un componente central y fundamental para la eficacia de la interacción profesional. La comunicación verbal, por sí sola, no garantiza que el mensaje sea comprendido; solo cuando el receptor logra captar la intención completa del emisor se puede considerar que se ha producido una verdadera comunicación. Para ello, no basta con oír las palabras; se requiere atender también a los matices, el lenguaje no verbal, los gestos, el contexto y las emociones subyacentes. La escucha activa refleja la capacidad del profesional de relacionarse efectivamente y comprender al otro dentro de su entorno, aunque a menudo puede verse limitada por múltiples factores, como la presión de tomar decisiones rápidas, la necesidad de respuestas inmediatas, la multitarea y la sobrecarga laboral, los cuales interfieren con la atención plena que la escucha exige1,2,4. Además, la escucha activa permite identificar señales sutiles que, de otra forma, podrían pasarse por alto, facilitando la anticipación de problemas y la mejora de la calidad asistencial.
En estrecha relación, la asertividad se reconoce como otra competencia comunicacional esencial en la práctica sanitaria. Esta habilidad permite expresar de manera clara y directa las necesidades, deseos e información relevante, sin invadir o menospreciar los derechos de los demás. La asertividad exige discriminar correctamente entre la expresión asertiva, la agresión y la pasividad, de manera que los profesionales puedan controlar sus expresiones verbales y no verbales, defender sus ideas, mantener el respeto mutuo y garantizar la cooperación, incluso frente a situaciones difíciles o conflictos interpersonales2. Esta capacidad no solo facilita la interacción diaria, sino que también contribuye a la resolución de conflictos, la planificación de cuidados y la gestión efectiva de equipos, creando un entorno más armonioso y productivo. Es decir, ser asertivo no significa imponer opiniones, sino comunicarlas con claridad, respeto y consideración hacia todos los miembros del equipo.
De manera complementaria, la inteligencia emocional constituye un pilar fundamental dentro de la comunicación en los equipos sanitarios, ya que permite al profesional reconocer y gestionar sus propias emociones, interpretar correctamente las emociones de los demás y mantener relaciones interpersonales constructivas. Esta competencia se articula en cuatro pilares: el conocimiento emocional, que promueve eficiencia personal, confianza y honestidad emocional, fomentando la conciencia, la energía, la retroalimentación, la intuición, la responsabilidad y la conexión con los demás; la aptitud emocional, que fortalece la autenticidad, la credibilidad y la flexibilidad, ampliando la capacidad de escucha y el manejo del descontento constructivo; la profundidad emocional, que permite al individuo alinear su trabajo y su vida con su potencial y propósito, respaldado por integridad, compromiso y la creación de relaciones genuinas; y finalmente, la alquimia personal, que se refiere a la capacidad de fluir ante problemas, presiones y situaciones adversas, transformando obstáculos en oportunidades y construyendo soluciones efectivas que contribuyan a un desempeño profesional óptimo2,5,6. La inteligencia emocional, combinada con la escucha activa y la asertividad, se convierte así en un factor determinante para la calidad del cuidado, la coordinación del equipo y la satisfacción del paciente.
Asimismo, la humanización del cuidado potencia la dimensión relacional de la atención sanitaria, expresándose mediante el respeto, el apoyo emocional, la empatía y la sensibilidad cultural. Este enfoque contribuye a que la atención no solo sea técnicamente adecuada, sino también emocionalmente enriquecedora, fortaleciendo la relación terapéutica y mejorando la percepción del paciente sobre la calidad del servicio recibido1,2,4. La humanización implica considerar al paciente como un individuo integral, con necesidades físicas, emocionales y sociales, y no únicamente como un conjunto de síntomas o un caso clínico, lo cual añade una dimensión de profundidad y relevancia ética a la práctica profesional.
En conjunto, estas competencias no actúan de manera aislada, sino que se interrelacionan y potencian mutuamente dentro del equipo sanitario. La combinación de escucha activa, asertividad, inteligencia emocional y humanización del cuidado permite a los profesionales interactuar de manera eficiente, gestionar conflictos, tomar decisiones colaborativas y mantener un entorno laboral saludable. Esta integración fortalece la seguridad del paciente, mejora los resultados clínicos y contribuye a la resiliencia del personal sanitario, creando un círculo virtuoso en el que la calidad de la atención, la satisfacción del paciente y la eficiencia institucional se refuerzan mutuamente1,2,4-6.
Además, no puede subestimarse la importancia de factores aparentemente banales, como la cortesía verbal, el uso adecuado de saludos, la expresión de gratitud, la comunicación informal o el simple hecho de brindar un espacio de escucha sin interrupciones. Estas pequeñas acciones, aunque puedan parecer triviales, refuerzan la confianza, humanizan la interacción y contribuyen al bienestar del equipo y del paciente, reforzando la idea de que la comunicación efectiva abarca tanto aspectos técnicos como emocionales, formales e informales2,4.
En síntesis, la evidencia indica que las habilidades comunicacionales constituyen un componente imprescindible de la práctica sanitaria. No solo facilitan la transmisión de información, sino que modulan emocionalmente la atención, estructuran la relación terapéutica y condicionan la percepción que el paciente tiene de la calidad del cuidado recibido. Por lo tanto, la integración consciente de escucha activa, asertividad, inteligencia emocional y humanización del cuidado debe ser un objetivo constante dentro de los equipos de salud, ya que permite alcanzar la excelencia en la atención, proteger el bienestar del personal y fortalecer los resultados clínicos de manera sostenida1,2,4-6.
CONCLUSIÓN
En conclusión, la comunicación efectiva constituye un pilar fundamental en el funcionamiento de los equipos sanitarios, ya que permite no solo transmitir información de manera precisa, sino también fortalecer la coordinación y la cooperación interdisciplinaria. La calidad de la atención al paciente depende en gran medida de la capacidad de los profesionales para interactuar de forma clara, respetuosa y empática, asegurando que las decisiones clínicas se tomen de manera consensuada y centrada en las necesidades del usuario.
Dentro de estas competencias, la escucha activa facilita la comprensión integral de los mensajes, mientras que la asertividad permite expresar opiniones y necesidades sin vulnerar los derechos de los demás, promoviendo un entorno de trabajo armonioso y colaborativo. Por su parte, la inteligencia emocional contribuye a la gestión de emociones propias y ajenas, fortaleciendo la capacidad de resolver conflictos y de mantener relaciones profesionales constructivas.
Asimismo, la humanización del cuidado asegura que la atención sea sensible, empática y centrada en la persona, lo que impacta positivamente en la percepción del paciente sobre la calidad del servicio recibido y en su bienestar general. En conjunto, estas habilidades permiten mejorar la eficiencia, la seguridad y la excelencia en la atención sanitaria, consolidándose como elementos imprescindibles para la práctica profesional y la formación continua del personal de salud.
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