AUTORES
- María Castiella Sanjoaquín. Enfermera. Centro de Salud Delicias Sur, Zaragoza, España.
- Luna Rosa Bellosta López. Enfermera EIR pediatría. Hospital Clínico Universitario Lozano Blesa, Zaragoza, España.
- Natalia Muñoz Agudo. Enfermera. Urgencias Hospital Clínico universitario Lozano Blesa, Zaragoza, España.
- Marina Margeli Martin. Enfermera. CRP Nuestra Señora del Pilar, Zaragoza, España.
- Paula Palacín Sales. Enfermera. Centro de Salud Fernando el Católico. Zaragoza, España.
- Erika López Alcain. Enfermera. Servicio de Radiología en Hospital Royo Villanova, Zaragoza, España.
RESUMEN
La crisis climática no solo amenaza al planeta, sino también a la salud mental. La eco-ansiedad, entendida como el temor persistente al colapso ambiental, y la solastalgia, el malestar ante la transformación del entorno inmediato, son manifestaciones emocionales cada vez más comunes. La exposición a fenómenos extremos, el deterioro de las condiciones de vida y la percepción constante de una amenaza ambiental contribuyen al aumento de este sufrimiento psíquico que afecta sobre todo a jóvenes, pueblos indígenas o personas en situación de desigualdad, por ser los grupos más vulnerables a las consecuencias de la crisis climática. Reconocer la eco-ansiedad como problema de salud pública es necesario para fomentar la resiliencia y la acción climática.
PALABRAS CLAVE
Eco-ansiedad, salud mental, cambio climático, solastalgia, crisis ambiental.
ABSTRACT
The climate crisis poses a threat not only to the planet, but also to mental health. Emotional responses such as eco-anxiety, a persistent fear of environmental collapse and solastalgia, distress caused by changes to one’s immediate environment, are becoming increasingly common. Exposure to extreme weather events, the deterioration of living conditions, and the constant perception of environmental threat contribute to a growing psychological burden. This impact is especially significant among young people, indigenous communities, and individuals facing social or economic inequality, as they are the most vulnerable to the effects of the climate crisis. Recognizing eco-anxiety as a public health issue is essential to promoting resilience and encouraging meaningful climate action.
KEY WORDS
Eco-anxiety, mental health, climate change, solastalgia, environmental crisis.
DESARROLLO DEL TEMA
Los humanos estamos estrechamente vinculados a las variaciones climáticas, pues condicionan nuestra evolución. Por el término de cambio climático se entiende cualquier variación del clima debido tanto a factores naturales, por ejemplo, ciclos solares o erupciones volcánicas, como a la actividad humana que modifica la atmósfera sumando a esta variabilidad natural del clima. Los fenómenos secundarios a este cambio climático, como las olas de calor, los cambios en la calidad del aire y el agua, o los fenómenos meteorológicos extremos, han sido analizados por dañar o poner en riesgo la salud física de las personas, sin embargo, su relación con la salud mental no ha sido contemplada hasta hace muy poco tiempo. En la actualidad, y cada vez más, se escucha el término de eco-ansiedad, y es que muchas personas enfrentan una preocupación creciente por el futuro debido a la crisis ambiental que atravesamos1.
En 2022 la OMS desarrolló un informe abordando las emociones que el cambio climático causa y cómo puede afectar a nuestro bienestar psicológico causando nuevos trastornos de salud mental o empeorando la situación de aquellas que ya viven con uno. La OMS establece tres vías por las cuales el cambio climático puede perjudicar nuestro bienestar psicosocial: exposición a eventos extremos, como inundaciones, incendios forestales o sequías; impacto socioeconómico ambiental, haciendo alusión a las repercusiones en nuestra vida cotidiana en cuanto a la inseguridad alimentaria, pobreza energética o pérdida de medios de subsistencia; y por último, mediante la vía de la concienciación, por la cual muchas personas desarrollan la llamada eco-ansiedad. Cabe destacar que estos cambios climáticos afectan negativamente a los factores ambientales, sociales y económicos que influyen en nuestra salud mental. Por ejemplo, una sequía prolongada afecta a la agricultura, genera escasez de agua y alimentos, aumentando la pobreza. Puede que incluso rompa lazos familiares, reduciendo apoyos sociales y agravando los riesgos para la salud mental todavía más. Es por esto que para proteger la salud mental también debemos proteger el medioambiente2.
El primer uso del término eco-ansiedad lo hizo la periodista Lisa Leff en The Washington Post en 1900 en relación con la preocupación por la contaminación en la bahía de Chesapeake. A partir de este momento, hubo muchos otros medios y profesionales que empezaron a utilizar esta palabra para describir este tipo de angustia medioambiental. A pesar de ello, no fue hasta el año 2017 cuando la APA incluyó esta palabra en su glosario definiéndola como “un miedo crónico a la catástrofe ambiental”3,4.
Paralelamente, nace otro concepto nombrado por primera vez por el filósofo australiano Glenn Albrecht llamado solastalgia. Esta palabra hace referencia al sufrimiento y malestar experimentado en relación con el entorno inmediato. Describe los sentimientos de angustia que aparecen cuando tu hogar y territorio ha sido transformado o destruido por actividades humanas o efectos del cambio climático5,6.
Estos dos conceptos están altamente relacionados ya que ambos reflejan el impacto emocional que genera la crisis climática, aunque desde perspectivas distintas. Mientras que la ansiedad se centra en la anticipación del deterioro ambiental generando preocupación, miedo o estrés por lo que podría ocurrir en el futuro, la solastalgia alude a una pérdida concreta y presente, vivida directamente por la persona, al ver cómo su entorno cercano se degrada. En este sentido, la eco-ansiedad puede desarrollarse como una respuesta psíquica frente a una amenaza global, mientras que la solastalgia sería una especie de duelo ambiental vinculado a la vivencia de una transformación real y dolorosa del lugar habitado. Ambas comparten síntomas similares, como angustia, tristeza, e incluso alteraciones psicológicas más severas, lo que demuestra cómo el cambio climático no solo impacta los ecosistemas, sino también el bienestar emocional de quienes lo enfrentan5.
Existen diversos factores climáticos clave que afectan directamente la salud mental y el bienestar psicosocial de las personas, y constituyen una amenaza creciente para la salud pública global. Uno de ellos sería el aumento de las temperaturas, el cual genera olas de calor que incrementan la mortalidad y favorecen la propagación de enfermedades infecciosas sensibles al clima, como el dengue o la malaria. Otro serían los eventos climáticos extremos, como incendios forestales, sequías e inundaciones, que no solo causan daños físicos y económicos, sino que también provocan estrés, ansiedad y trastornos emocionales derivados de la incertidumbre y la pérdida. Por otro lado, la inseguridad alimentaria, provocada por la degradación de cultivos y la escasez de agua, y el aumento del nivel de mar obliga a muchas personas a abandonar sus hogares en busca de mejores condiciones de vida, generando procesos de migración forzada que implican rupturas sociales, pérdida de identidad y un aumento de la vulnerabilidad emocional7.
Todos estos impactos afectan a nivel global a todas las personas, sin embargo, hay ciertos grupos que son más vulnerables, y por tanto sufren de manera más intensa las consecuencias de esta crisis climática. Por ejemplo, los pueblos indígenas, al mantener una relación estrecha con los entornos naturales, cuando estos ecosistemas se deterioran, su bienestar se ve afectado, ya que su identidad, cultura y sustento está ligado a esa tierra. Otro ejemplo de grupos vulnerables lo constituyen las personas que viven en zonas de escasez de agua, padecen enfermedades crónicas, o cuentan con un nivel socioeconómico bajo. Estos determinantes geográficos, socioeconómicos, sanitarios y demográficos son esenciales a la hora de medir la vulnerabilidad de cada persona, ya que revelan las desigualdades estructurales que agravan el impacto del cambio climático. También cabe destacar que los niños, adolescentes y jóvenes adultos de hoy en día son más propensos a experimentar un impacto psicológico, al ser las generaciones que vivirán las consecuencias más graves de un futuro incierto. Del mismo modo, los profesionales que trabajan en áreas como la investigación y la educación ambiental pueden experimentar altos niveles de estrés o eco-ansiedad, debido a su exposición constante a la magnitud del problema y a la lentitud con la que se actúa para enfrentarlo2,5.
La eco-ansiedad puede manifestarse a través de una amplia gama de síntomas psicológicos y emocionales que afectan seriamente la calidad de vida. Entre los más comunes se encuentran la preocupación excesiva, la angustia persistente, la sensación de ahogo, el insomnio, las pesadillas, la irritabilidad y una tristeza creciente vinculada a la percepción de pérdida ambiental. También pueden presentarse pensamientos obsesivos sobre el deterioro del planeta, sentimientos de impotencia y desesperanza, crisis de pánico y dificultades para concentrarse. En casos más graves, esta angustia existencial puede desencadenar cuadros de depresión, trastorno de estrés postraumático o incluso ideación suicida, especialmente en quienes han vivido desastres naturales de forma directa, como huracanes, incendios o inundaciones. Estudios indican que estas personas tienen un 4 % más de probabilidad de desarrollar problemas de salud mental. Además, se ha identificado una tendencia creciente, sobre todo entre jóvenes, a replantearse la decisión de tener hijos ante un futuro percibido como incierto o amenazante. Este debate sobre la natalidad ha dado lugar a movimientos como “BirthStrike” en el Reino Unido, donde hombres y mujeres han decidido no ser padres debido a la crisis climática. En conjunto, estos síntomas reflejan un duelo ambiental complejo y profundo, que va más allá del estrés común, afectando el sentido de identidad, el proyecto de vida y la esperanza en el futuro5,8.
CONCLUSIÓN
Partiendo de la premisa de que las personas somos parte de un contexto y funcionamos dentro de un ambiente socio-natural, es imprescindible reconocer la eco-ansiedad como un fenómeno social, y por tanto, atenderlo como un asunto de salud pública. Desde el ámbito de la salud mental, se vuelve urgente implementar estrategias de prevención y acompañamiento, no solo a nivel individual, sino también colectivo. Informar, visibilizar e intervenir desde una perspectiva psicosocial permitirá no solo mitigar el malestar, sino también fomentar la resiliencia y la acción climática. En definitiva, cuidar la salud del planeta implica también cuidar la salud mental de sus habitantes.
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