La porcelanización: conceptualización de un fenómeno clínico en la intersección del tacto, el miedo y los cuidados paliativos

5 octubre 2026

 

AUTOR

  1. Alexandra Caballero Guzmán MD MSc. Asociación Cuidados Paliativos Colombia ASOCUPAC, https://orcid.org/0000-0002-0216-7248. Colombia.

RESUMEN

La «porcelanización» es un fenómeno relacional en los cuidados paliativos que describe la retracción progresiva del contacto físico afectivo —como el tacto, la caricia o el abrazo— hacia el paciente gravemente enfermo, debido al temor a causarle daño o a la angustia ante su fragilidad corporal. Este proceso no surge de la malicia, sino de una confluencia de factores psicológicos y emocionales. Desde una perspectiva biomédica y neurobiológica, los cambios físicos de la enfermedad avanzada generan vulnerabilidad real, pero la generalización del riesgo priva al paciente del tacto afectivo mediado por las fibras C-táctiles, lo cual tiene impactos negativos mensurables sobre su bienestar emocional y neurobiológico. Las consecuencias de este aislamiento táctil afectan profundamente al paciente, incrementando su sensación de soledad y provocando una «muerte social anticipada» donde es tratado como si ya no estuviera presente. Para el cuidador, genera un ciclo de culpa y distancia que dificulta la elaboración del duelo posterior. Para superar estas barreras, se proponen soluciones en tres niveles: Nivel clínico: Realizar una evaluación sistemática de la intimidad física e impartir psicoeducación sobre los límites reales del riesgo, distinguiendo las situaciones verdaderamente peligrosas de las caricias seguras. Nivel relacional: Fomentar una reconexión táctil graduada entre el paciente y sus seres queridos, ayudando al cuidador a canalizar sus temores y adaptando la afectividad a un cuerpo cambiado. Nivel sistémico: Integrar la formación en salud sexual y afectiva dentro de los currículos paliativos y transformar los entornos hospitalarios y el lenguaje clínico para preservar la dignidad humana. Estas intervenciones buscan restaurar la presencia afectiva, validando que el cuerpo enfermo sigue mereciendo contacto, cercanía y respeto hasta el final de la vida.

PALABRAS CLAVE

Cuidado paliativo, vínculo, somatosensorial, tacto.

ABSTRACT

«Porcelainization» is a relational phenomenon in palliative care that describes the progressive withdrawal of affectionate physical contact, such as touch, caresses, or hugs, toward the severely ill patient, driven by the fear of causing harm or by distress in the face of bodily fragility. This process does not stem from malice, but rather from a confluence of psychological and emotional factors. From a biomedical and neurobiological perspective, the physical changes of advanced illness generate real vulnerability, yet the generalization of risk deprives the patient of affectionate touch mediated by C-tactile fibers, which has measurable negative impacts on their emotional and neurobiological well-being. The consequences of this tactile isolation profoundly affect the patient, increasing their sense of loneliness and provoking an «anticipated social death» where they are treated as if they were no longer present. For the caregiver, it generates a cycle of guilt and distance that hinders the subsequent grieving process. To overcome these barriers, solutions are proposed at three levels: Clinical level: Conduct a systematic assessment of physical intimacy and provide psychoeducation on the real limits of risk, distinguishing truly dangerous situations from safe caresses. Relational level: Foster a graduated tactile reconnection between the patient and their loved ones, helping the caregiver channel their fears and adapting affectivity to a changed body. Systemic level: Integrate training in sexual and affective health into palliative curricula and transform hospital environments and clinical language to preserve human dignity. These interventions seek to restore affective presence, validating that the sick body continues to deserve contact, closeness, and respect until the end of life.

KEY WORDS

Palliative care, bonding, somatosensory, touch.

INTRODUCCIÓN

La porcelanización designa un fenómeno relacional que emerge en contextos de cuidados paliativos: la retracción progresiva del contacto físico afectivo —el tacto, la caricia, el abrazo— por parte de quienes cuidan o conviven íntimamente con una persona gravemente enferma, motivada por el temor a causarle daño. El término evoca la imagen de la porcelana: un objeto de valor extremo que se preserva en vitrinas precisamente porque su fragilidad se percibe como incompatible con el uso cotidiano. La persona enferma es «porcelanizada» cuando quienes la aman comienzan a tratarla como un objeto frágil que no debe ser tocado.

Este proceso no es malintencionado. Surge de una confluencia de factores: la visibilidad de la fragilidad corporal, el miedo al dolor ajeno, la ansiedad del cuidador ante la muerte inminente y mecanismos psicológicos de evitación que la filosofía moral y la psicología contemporánea ayudan a elucidar. Su consecuencia, sin embargo, es paradójica: en el momento en que la persona más necesita ser tocada, reconocida en su corporalidad y amada en su vulnerabilidad, es precisamente cuando el tacto desaparece.

Dimensión biomédica: el cuerpo que se vuelve intocable:

En cuidados paliativos, la transformación del cuerpo es simultáneamente fisiológica y simbólica. La caquexia cancerosa —síndrome de pérdida de masa muscular y adiposa— produce una alteración visible de la silueta corporal que modifica profundamente la percepción externa del paciente1. La piel se afina, las prominencias óseas se vuelven palpables, la fragilidad capilar aumenta el riesgo de hematomas ante presiones mínimas. El dolor irruptivo —episodios agudos de dolor sobre una línea de base controlada— y la alodinia, presente en neuropatías oncológicas, hacen que estímulos normalmente inofensivos como una caricia resulten dolorosos2.

Desde una perspectiva médica, estas señales son reales: el cuerpo del paciente sí presenta una vulnerabilidad aumentada. Sin embargo, la porcelanización no se limita a una respuesta adaptativa ante el riesgo de daño objetivo; representa una generalización de ese riesgo a toda forma de contacto físico, incluyendo aquellas que son clínicamente seguras y terapéuticamente valiosas. El cuidador convierte la precaución legítima en prohibición total.

De otra parte, la medicina sexual ha documentado que la actividad sexual y la intimidad física se interrumpen de manera significativa y frecuentemente temprana en el curso de enfermedades graves, mucho antes de que la condición médica lo requiera3. Los profesionales de la salud rara vez abordan la sexualidad en contextos paliativos, perpetuando un silencio institucional que el paciente y su pareja interpretan como confirmación de que el cuerpo enfermo ya no es un cuerpo deseable ni capaz de intimidad. La porcelanización se alimenta, así, de la ausencia de un discurso médico que valide el contacto físico afectivo como parte del cuidado.

Estudios cualitativos con cuidadores de personas con cáncer avanzado muestran que hasta un 60% reporta haber reducido el contacto físico no clínico con su pareja por temor a producir dolor, aunque la mayoría de estos cuidadores nunca consultó a un profesional sobre los límites reales de ese riesgo4.

Neurobiología del tacto afectivo:

El sistema somatosensorial humano tiene propiedades multimodales, y se ha descubierto que el tacto no solo proporciona información discriminativa, sino también una dimensión afectiva. Se propone que las fibras C de baja umbral en la piel pilosa son la base neurobiológica para las propiedades afectivas y gratificantes del tacto5.

El sistema de fibras C táctiles aferentes (CT-aferentes), responsables del tacto afectivo suave, como en las caricias lentas sobre la piel, activa circuitos de la ínsula que median la experiencia del ser tocado con afecto y están vinculados a la regulación emocional y al sentido de pertenencia6. La privación de este tipo de tacto en contextos de enfermedad grave contribuye a la desregulación del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, al aumento de biomarcadores inflamatorios y al deterioro del estado afectivo causando aumento del cortisol y la inflamación7. La porcelanización, en consecuencia, tiene efectos neurobiológicos mensurables sobre el bienestar del paciente.

El tacto juega un papel decisivo en la comunicación social y el desarrollo emocional en todo el ciclo vital. Se ha demostrado que el contacto físico, como el acariciar, reduce el estrés y promueve el bienestar emocional, lo que es fundamental para el desarrollo humano y las interacciones sociales8. De igual manera, el contacto social afecta la liberación de neurotransmisores como la oxitocina y los opioides, que están vinculados a la formación de vínculos sociales y a la regulación del comportamiento emocional, estudios han demostrado que el contacto físico no sexual desencadena sensaciones placenteras y aumenta la disponibilidad de receptores de opioides en el tálamo, el cuerpo estriado y las cortezas frontal, cingulada e insular. La modulación de la actividad del sistema opioide mediante el contacto social proporciona un mecanismo neuroquímico que refuerce los vínculos sociales entre humanos9,10.

Dimensión filosófica: el cuerpo vivido y su retiro:

Merleau-Ponty y la corporalidad como condición de existencia:

La fenomenología de Maurice Merleau-Ponty ofrece un marco filosófico para comprender lo que significa perder el contacto entre humanos causado por la porcelanización. En su obra Phénoménologie de la perception (1945), Merleau-Ponty argumenta que el cuerpo no es un objeto entre objetos, sino la condición de posibilidad de toda experiencia11. El cuerpo es el «vehículo del ser-en-el-mundo»: a través de él, el sujeto se orienta, percibe, actúa y se relaciona. No tenemos un cuerpo; somos nuestro cuerpo.

Esta perspectiva tiene consecuencias directas para comprender la porcelanización. Cuando el cuidador deja de tocar al enfermo, está negando implícitamente la corporalidad del otro como lugar de presencia y significado. El cuerpo enfermo, tratado como frágil e intocable, es desplazado de su función constitutiva: deja de ser el medio por el cual el sujeto se hace presente al mundo y a los otros. La persona es tratada, paradójicamente, como un cuerpo-objeto, en este caso “la porcelana” en el momento en que más necesita ser reconocida como cuerpo-sujeto.

Merleau-Ponty también desarrolló el concepto del «arco intencional» (arc intentionnel): la relación motora y perceptiva fluida entre el cuerpo y su entorno11. La enfermedad grave interrumpe ese arco. El tacto afectivo del cuidador puede ser, en ese contexto, uno de los pocos puentes que mantienen al enfermo en contacto con la red de significados que constituye su mundo. Al retirarse ese tacto, el mundo del enfermo se contrae.

Merleau-Ponty también exploró la reversibilidad del tacto: cuando toco a otro, soy a su vez potencialmente tocado11. El tacto es la única modalidad sensorial que es simultáneamente activa y pasiva, que rompe la dicotomía sujeto-objeto. En la relación de cuidado, esta reversibilidad es perturbadora: tocar el cuerpo enfermo implica recibir, a través de ese contacto, la presencia de la muerte. El cuidador que se abstiene de tocar puede estar evitando no solo hacer daño al otro, sino también ser «tocado» por la realidad de la mortalidad del ser amado. Esta dimensión señala que la porcelanización es un fenómeno bidireccional: protege al cuidador tanto, como se cree proteger al enfermo.

Nussbaum: la repugnancia como mecanismo de separación:

Otra perspectiva de este fenómeno es la que presenta la filósofa Martha Nussbaum, en Hiding from Humanity: Disgust, Shame, and the Law (2004), analiza la repugnancia (disgust) como una emoción cognitiva que señala la presencia de lo que percibimos como contaminante o amenazante para nuestra integridad12. Nussbaum subraya que la repugnancia no responde a peligros reales sino a construcciones simbólicas: lo que desencadena desagrado no es necesariamente lo peligroso, sino aquello que nos recuerda nuestra propia animalidad, vulnerabilidad y mortalidad.

El cuerpo enfermo en fase avanzada tiene cambios en apariencia, olor, color, textura y composición que pueden activar respuestas de disgusto en el cuidador que se experimentan con culpa y raramente se admiten de manera explícita. Nussbaum distingue entre la repugnancia «proyectiva»: aquella que atribuye al otro las propiedades que nos resultan intolerables de nosotros mismos, y la respuesta de distancia protectora que genera12. La porcelanización puede funcionar como una racionalización socialmente aceptable de esa distancia: en lugar de decir «el cuerpo de mi ser amado me produce angustia existencial», el cuidador dice «no quiero hacerle daño».

Esta lectura no implica juicio moral sobre el cuidador. Nussbaum enfatiza que la repugnancia es una respuesta aprendida, culturalmente modulada y susceptible de transformación mediante el reconocimiento consciente12. La intervención clínica adecuada no consiste en culpabilizar al cuidador sino en ayudarle a nombrar y atravesar esa experiencia.

Levinas: el rostro del otro y la responsabilidad ética:

Desde la perspectiva de Emmanuel Levinas en Totalité et infini (1961), la práctica clínica y el encuentro terapéutico son más que un ejercicio técnico o un acto de conocimiento cognitivo sobre el paciente, sino que, además, constituyen una relación ética primordial. Para Levinas13, el cara a cara con el otro, en este caso, el paciente en su profunda vulnerabilidad, sufrimiento o enfermedad, irrumpe como una exigencia incondicional que desborda cualquier marco diagnóstico o conceptual previo. El rostro desvalido y vulnerable limita la autonomía del clínico y desencadena una responsabilidad asimétrica, situando el imperativo ético de cuidar antes de cualquier deliberación teórica o juicio profesional. El «rostro» de Levinas no es solo el rostro anatómico: es la presencia del otro en su desnudez y su llamado.

El cuerpo enfermo que ya no es tocado ha dejado de ser «rostro» en ese sentido: ha sido reducido a objeto de cuidado técnico, despojado de la reciprocidad que el tacto afectivo sostiene.

El cuerpo enfermo, en su fragilidad extrema, es en términos levinasianos una manifestación radical de esa vulnerabilidad. Sin embargo, la porcelanización introduce una paradoja: la respuesta que pretende ser ética: “no tocar para no dañar” puede constituir, en su efecto real, un abandono del otro en el momento en que más reclama presencia.

Butler: la precariedad y la vida que merece ser llorada:

Desde la perspectiva de Judith Butler en Frames of War (2009)14, el encuentro con el paciente grave o en fase terminal puede comprenderse a través de la tensión entre la precariedad y la precarización. Para Butler, la vulnerabilidad es una condición corporal compartida, condicionada por los marcos sociales e institucionales que determinan el tipo de vidas que son reconocidas como plenamente valiosas y cuáles son relegadas a una condición de desechabilidad, o menor valor.

En este contexto, la tendencia a mantener la distancia o a hipermedicalizar el cuerpo del paciente que se ha convertido simbólicamente en un objeto frágil e intocable, opera como una forma de precarización involuntaria que lo sustrae del dominio de las vidas que merecen cercanía y afecto. Sin embargo, la propuesta de Butler sobre la vulnerabilidad compartida esta, puede constituirse como un en resistencia y solidaridad, el tacto en los cuidados paliativos irrumpe como un acto político y ético fundamental: una afirmación radical de que ese cuerpo sufriente sigue plenamente inscrito en el registro de lo humano y merece contacto, presencia y dignidad.

Dinámica psicológica del fenómeno:

La porcelanización, como conducta clínica, involucra al menos cuatro mecanismos psicológicos que operan frecuentemente de manera inconsciente en el cuidador:

  1. Anticipación catastrófica: la tendencia cognitiva a imaginar el peor resultado posible de una acción — en este caso, que cualquier contacto físico producirá dolor severo— y a evitar la acción como respuesta.
  2. Sobre identificación empática: el cuidador proyecta su propio umbral de dolor o su propia experiencia de la fragilidad sobre el enfermo, generando una estimación sesgada del riesgo real.
  3. Evitación de la angustia existencial: como señalaba Merleau-Ponty y confirma la teoría de gestión del terror (terror management theory), el contacto con el cuerpo enfermo activa la conciencia de la propia mortalidad; la distancia física reduce esa activación ansiosa15.
  4. Duelo anticipatorio: el cuidador comienza a desvincularse emocionalmente antes de la muerte como mecanismo de protección, y la retirada del tacto es una expresión conductual de esa desvinculación.

Consecuencias clínicas y éticas:

Las consecuencias de la porcelanización son múltiples y documentables. Para el paciente, la privación táctil contribuye al deterioro del bienestar psicológico, al incremento de la sensación de aislamiento y al proceso que algunos autores han denominado «muerte social anticipada», la experiencia de ser tratado como si ya no estuviera del todo presente16. La pérdida del contacto sexual y afectivo también compromete la identidad del paciente como ser erótico y relacional, una dimensión de la persona que los cuidados paliativos convencionales rara vez reconocen como clínicamente relevante.

Para el cuidador, la porcelanización genera un ciclo de culpa y distancia que dificulta la elaboración del duelo posterior. Los cuidadores que reportan haber podido mantener formas de contacto físico con su ser amado hasta el final muestran mejores indicadores de duelo adaptativo que aquellos que se abstuvieron17. Desde una perspectiva ética, la porcelanización plantea una tensión entre el principio de no maleficencia: “no causar daño” y el principio de beneficencia y respeto por la autonomía del paciente. El paciente que desea ser tocado, abrazado, amado en su corporalidad enferma no está pidiendo algo peligroso; está ejerciendo su derecho a ser reconocido como persona íntegra hasta el final de su vida.

Implicaciones para la práctica clínica:

La identificación del fenómeno de porcelanización sugiere varias líneas de intervención. La evaluación sistemática del contacto físico afectivo debería formar parte de la valoración integral en cuidados paliativos, con herramientas que exploren tanto las necesidades del paciente como las creencias y temores del cuidador. La psicoeducación dirigida a cuidadores sobre los límites reales del riesgo de contacto físico, distinguiendo situaciones de verdadero riesgo, como fracturas patológicas o heridas abiertas, de la generalización injustificada, puede aumentar el contacto físico. La intervención en sexualidad y afectividad en cuidados paliativos, aún poco desarrollada, debe incorporar la porcelanización como fenómeno específico que abordar.

La narrativa clínica sobre el cuerpo enfermo también debe ser revisada: un lenguaje que describe al paciente exclusivamente en términos de fragilidad y riesgo refuerza la porcelanización. Un lenguaje que reconoce la corporalidad del enfermo como lugar de afecto, placer posible y dignidad —a pesar de la enfermedad— trabaja en sentido contrario.

Soluciones al fenómeno de la porcelanización:

Nivel clínico: lo que hacen los profesionales de salud:

Evaluación sistemática del contacto afectivo: El primer paso es hacer visible lo que el silencio clínico vuelve invisible. La valoración integral en cuidados paliativos debería incluir preguntas directas y no patologizantes sobre la intimidad física: ¿ha cambiado la forma en que usted y su pareja o familia se tocan desde el inicio de la enfermedad? Herramientas como el marco ALLOW o el BETTER ofrecen un punto de entrada estructurado para que el clínico inicie esta conversación sin que resulte invasiva18.

Psicoeducación sobre los límites reales del riesgo: La porcelanización se alimenta de una generalización no informada del riesgo. La intervención clínica más directa es distinguir, con precisión y sin condescendencia, qué formas de contacto físico representan riesgo real y cuáles no. En la mayoría de los pacientes en cuidados paliativos, abrazar, acariciar la espalda, sostener la mano o acostarse junto al otro son gestos completamente seguros.

Apertura clínica explícita sobre intimidad y sexualidad: El silencio institucional sobre la sexualidad en cuidados paliativos es, en sí mismo, un factor de porcelanización. La salud sexual debe abordarse de forma rutinaria junto con otros posibles efectos del tratamiento oncológico o cuidados paliativos para facilitar conversaciones constructivas entre pacientes y profesionales sanitarios. Las derivaciones a recursos (en línea) o especialistas deben adaptarse a las preferencias individuales19,20.

Nivel relacional: lo que ocurre entre el paciente y su cuidador:

Reconexión táctil graduada: Cuando la porcelanización ya está instalada, la reconexión no puede ser abrupta. Un enfoque terapéutico consiste en proponer una gradación del contacto: comenzar por formas de tacto que ambos perciban como completamente seguras e ir expandiendo desde ese territorio de confianza20,21.

Trabajo emocional con el cuidador: Siguiendo la lectura de Nussbaum12, una parte del trabajo terapéutico consiste en ayudar al cuidador a nombrar lo que realmente está ocurriendo: el miedo a hacer daño, la angustia existencial ante la enfermedad y la muerte, y el duelo anticipatorio.

Adaptación de la intimidad al cuerpo cambiado: La intimidad física no requiere permanecer igual que antes de la enfermedad para ser real y significativa. Merleau-Ponty diría que el cuerpo tiene una inteligencia propia para encontrar nuevas formas de expresarse11.

Nivel sistémico: condiciones institucionales y culturales:

Formación en medicina sexual dentro de los currículos paliativos: La Organización Mundial de la Salud incluye la sexualidad como componente del bienestar integral21, pero esta declaración raramente se traduce en formación clínica específica dentro de los programas de cuidados paliativos.

Transformación del lenguaje clínico: El lenguaje con el que los profesionales describen al paciente tiene efectos sobre cómo el cuidador percibe ese cuerpo. Un lenguaje que también nombra las capacidades del cuerpo enfermo trabaja en dirección contraria.

Diseño de entornos que posibiliten la intimidad: La arquitectura hospitalaria y los protocolos institucionales frecuentemente hacen imposible la intimidad física. Modelos de hospicios y unidades de cuidados paliativos han incorporado espacios que permiten a la pareja o familia estar presente de manera prolongada.

CONCLUSIÓN

La porcelanización es un fenómeno relacional en cuidados paliativos caracterizado por la retracción del contacto físico afectivo motivada por el temor a dañar al paciente. Desde la fenomenología de Merleau-Ponty10 , este proceso representa una ruptura del «arco intencional». Al cesar el tacto, el paciente experimenta una contracción de su mundo y es desplazado de su función como cuerpo-sujeto para ser tratado como un cuerpo-objeto o «porcelana». Las intervenciones clínicas, relacionales y sistémicas propuestas buscan restaurar la dignidad táctil y la presencia afectiva hasta el final de la vida.

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