- Ana Carmen Serrano Martínez. Diplomada en Enfermería por la Universidad de Zaragoza y Graduada en Fisioterapia por la Universidad San Jorge. Enfermera en el Centro de Salud Fuentes de Ebro. Zaragoza, España.
- Daniel Aquillué Ramírez. Graduado en Fisioterapia por la Universidad de Zaragoza. Fisioterapeuta del CEIP Miraflores de Zaragoza. Zaragoza, España.
- María García Miguel. Graduada en Terapia Ocupacional por la Universidad de Zaragoza. Terapeuta ocupacional en Vitalia en Zaragoza. Zaragoza, España.
- Esther Félez Rodríguez. Diplomada en Enfermería por la Universidad de Zaragoza. Enfermera en Centro de Salud la Jota Zaragoza. Zaragoza, España.
- María Pilar Martínez Ayala. Diplomada en Enfermería por la Universidad de Zaragoza. Enfermera en el Centro de Salud Campo de Belchite. Zaragoza, España.
- María Vanesa Serrano Martínez. Diplomada en Enfermería por la Universidad de Zaragoza. Enfermera en el Sector II Zaragoza. Zaragoza, España.
RESUMEN
Los cambios sociosanitarios, demográficos, políticos, tecnológicos que se están desarrollando en la actualidad y en concreto, en las residencias sociales públicas o privadas de mayores, ponen en evidencia los déficits en la atención de nuestros mayores. Siempre se ha querido hacer de los centros sociales el hogar de los usuarios, la COVID puso en evidencia una serie de dificultades y necesidades sanitarias que son necesarias abordar si queremos desarrollar una buena atención, pero sin perder los derechos sociales que todo usuario debe poseer. Este estudio monográfico busca la evolución hacia un modelo de atención integral centrada en la persona.
PALABRAS CLAVE
Anciano, atención centrada en la persona, residencia geriátrica.
ABSTRACT
The social, health, demographic, political, and technological changes currently taking place, particularly in public and private nursing homes, highlight the shortcomings in the care of our elderly. There has always been a desire to make social centers a home for their users, but COVID has highlighted a series of difficulties and healthcare needs that must be addressed if we want to develop good care without losing the social rights that all users should have. This monographic study seeks to evolve towards a comprehensive, person-centered care model.
KEY WORDS
Aged, person-centered care, nursing home.
DESARROLLO DEL TEMA
Los datos del Instituto Nacional de Estadística (en adelante INE) nos sitúan en una realidad preocupante. En enero de 2020, la población española de personas mayores era de 9.218.381, el 19,43% de la población total. Según la proyección de la misma, en 2033 ascenderá al 25,2% teniendo en consideración lo que el fenómeno “baby boom” (nacimientos entre los años 1957-1977) provocará entre las décadas de los años 30 y 40 de este siglo. En los años 60, en España, la esperanza de vida se situaba en unos 70 años, mientras que hoy estamos hablando de 83,1; aumentando según las proyecciones del INE a 86,4 en hombres y 90,8 para mujeres en el año 2067. La tasa de dependencia en España actualmente es de 30,96% en mayores de 64 años, en aumento y prediciendo un pico 45,79% en 2040, según el INE1.
Otro factor importante del que debemos hablar es la familia. El tamaño de las familias ha disminuido, estando la media en 2020 de 2,5 personas, dato que llama la atención ya que hace unos 20-30 años eran los hijos, especialmente las mujeres, los que se hacían cargo de las personas mayores. Esta tendencia va en descenso teniendo en cuenta la incorporación en aumento de la mujer en el ámbito laboral.
Los cambios demográficos citados nos llevan a buscar alternativas para el cuidado de las personas mayores dependientes como el pago de una o varias personas que se dediquen a su atención todo el día, por ello, las residencias de mayores cada vez son más demandadas.
La OMS recomienda que haya un 5% de plazas residenciales para los mayores de 65 años, sin olvidarnos que la tendencia demográfica es que pasemos en el año 2050 a ser una población con más del 30% de personas mayores de 65 años. En España actualmente es de un 4,2 %, se estima que hay un total de 384.229 plazas residenciales de mayores, siendo aproximadamente un 73% de oferta privada, es decir, más de 281.000 plazas según el informe de En Red de 2020 (2). Para cumplir con las recomendaciones de la OMS sería necesario un aumento de más de 80.000 plazas y así alcanzar las 5 plazas por cada 100 personas mayores.
El envejecimiento activo, saludable, así como el deterioro progresivo de las personas mayores hizo que surgiera la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia que define Dependencia como “el estado de carácter permanente en que se encuentran las personas que, por razones derivadas de la edad, la enfermedad o la discapacidad, y ligadas a la falta o a la pérdida de autonomía física, mental, intelectual o sensorial, precisan de la atención de otra u otras personas o ayudas importantes para realizar actividades básicas de la vida diaria o, en el caso de las personas con discapacidad intelectual o enfermedad mental, de otros apoyos para su autonomía personal”3.
La dependencia puede surgir en cualquier tramo de edad como consecuencia de enfermedad crónica o aguda, pero es destacable que hay una relación muy estrecha vinculada al envejecimiento ya que en muchas ocasiones éste conlleva a la pérdida general de las funciones fisiológicas y/o mentales.
El logro humano de conseguir vivir más y mejor ha supuesto el envejecimiento de la población y con ello, la clara necesidad de dar respuesta al fenómeno del envejecimiento en las sociedades modernas para cubrir los cuidados y la atención de las personas dependientes que engloba. En los datos demográficos se observa que el número de personas dependientes va creciendo día a día debido a este aumento de la población envejecida.
Pero no sólo el aumento del envejecimiento de la población ha llevado a pensar en nuevos modelos de la atención, sino también los cambios sociales: el sistema de apoyo informal ha cambiado. Tradicionalmente eran las familias, en concreto las mujeres, quien asumía el cargo de los cuidados de las personas dependientes. También ha aumentado la variedad de los tipos de familias y el crecimiento de las mujeres en el mudo laboral, haciendo que el modelo de apoyo informal no sea sostenible a medio/ largo plazo y lleven a pensar y a recurrir en otros modelos de atención más profesional.
La atención de personas dependientes que no contaban con capacidad económica o familiar, a principios de siglo XX, contaban como único recurso los asilos, asociado a la beneficencia y marginación. Después de la segunda guerra mundial se empezó a desarrollar programas de intervención gerontológica en los países desarrollados. En España, comenzó a coger forma mediante el plan Nacional de la Seguridad Social de asistencia a los ancianos, donde se preveía desarrollar recursos para los pensionistas como clubs, ayuda a domicilio, residencias, pero hasta 1978 con la creación del Instituto Nacional de Servicios Sociales no hubo grandes cambios ya que la implantación de los recursos habían sido demorados y era evidente las condiciones de precariedad que vivían la mayoría de los jubilados y las importantes carencias de las residencias geriátricas. Los establecimientos residenciales sufrieron su mayor auge en la década de los 80 y 90 gracias al aumento de la inversión. Las características de los centros de esta época eran macrocentros que llegaban a tener más de 500 plazas, ubicadas en los extrarradios y con modelo hostelero ofreciendo alojamiento, manutención y entretenimiento a personas jubiladas de la seguridad social. En los años 90 fueron cambiando el modelo a un sistema más sanitario, adquiriendo el nombre de residencia de válidos y asistidos, debido al cambio de perfil de los residentes, basándose en cuidados sociosanitarios4.
La Economía del Bienestar se sustentaba en tres pilares fundamentales: la sanidad, la educación y las pensiones. Los servicios sociales se han ido desarrollando de un tiempo a esta parte muy ampliamente y siendo reconocido como el cuarto pilar de nuestra Estado del Bienestar y las residencias geriátricas como un instrumento de este estado.
En los últimos años, se ha observado un cambio de modelo de la atención en los centros: Atención Integral Centrada en la Persona (AICP), tal y como define Pilar Rodríguez “es la que se dirige a la consecución de mejoras en todos los ámbitos de la calidad de vida y el bienestar de la persona, partiendo del respeto pleno a su dignidad y derechos, de sus intereses y preferencias y contando con su participación efectiva”5.
Este tipo de atención implica un apoyo personalizado, respetando sus valores preferencias e identidad, es un concepto mucho más allá de proporcionar ayuda a aquellas personas que no puede realizar sus actividades de la vida de forma autónoma o completa. Estos modelos recogen también, a las personas con deterioro cognitivo, basando su atención en buscar el mayor bienestar mantener sus rutinas y elementos que preserven su identidad6.
Los movimientos sociales y organizaciones han impulsado el cambio de modelo residencial de médico rehabilitador al AICP, modelo centrado en la calidad de vida. El COVID-19 es una oportunidad que las administraciones deben aprovechar para el cambio, innovación y mejora de los servicios abandonando el modelo despersonalizado, de enfoque pasivo y no centrado en la persona. El modelo rehabilitador tenía unos grandes beneficios respecto los anteriores con un avance en la calidad de la atención a las personas, pero también cabe destacar sus limitaciones como es la importancia y fuerza que adquiere el profesional, relevando el papel de la persona al rol de paciente7.
La mirada desde el punto de vista rehabilitador y profesional ha llevado a hacer desaparecer a la persona y centran al residente/cliente por patología, incluso crear residencias con “paciente tipo” centrado en su etiqueta diagnóstica como por ejemplo residencias con personas con Alzheimer. Desde el enfoque AICP se lucha contra esa etiqueta y estereotipo discriminando a las personas mayores por precisar de apoyo y cuidados de larga duración.
La atención centrada en la persona (ACP) es un tipo de atención partiendo de respeto de los valores de cada persona y sus preferencias, buscando una atención consensuada y siendo el profesional un facilitador que favorezca, dentro de las posibilidades de la persona, su independencia manteniendo la autonomía para controlar su vida. Cabe destacar, la importancia de la modificación del ambiente tanto residencial como del profesional para alcanzar este nuevo modelo. La atención centrada en la persona debe completarse con la atención integral, por ello el concepto de AICP; entendiendo la atención integral como “aspectos multidimensionales (biomédicos, psicólogos, sociales, medioambientales y espirituales) que nos constituye como persona y que han de tener en cuenta de manera conjunta para desarrollar una atención completa”4.
Por lo tanto, AICP habla de un tacto digno, maximizando la independencia y el control de su propia vida buscando la atención integral y destacando la calidad de vida de la persona mayor en situación de dependencia (Díaz-Veiga, et al, 2012). Tal y como nos indica la guía de participación de la persona en su atención de la Fundación Matía, cuidar apoyando una vida significativa, empoderando a persona sobre su vida.
Los cuidados se deben centrar en las preferencias de la persona, tiene que tener posibilidades de elegir y poder vivir de acuerdo a sus valores e identidad personal, teniendo en cuenta lo que realmente es importante para ella, y va mucho más allá, no solo el papel del profesional se debe basar en facilitador sino también buscar una relación afectiva, buscando el mayor bienestar de la persona con un vínculo de confianza, cambiando el rol de profesional a acompañante, cambiando la dimensión del papel profesional inamovible a buscar flexibilidad en los equipos de atención y del centro.
La nueva estrategia de AICP lleva no solo a cambiar el tipo de atención sino a cambios estructurales, hablando de nuevos modelos residenciales en el que cabe destacar las unidades de convivencia. Según Díaz-Veiga y Sancho las unidades convivencia deben funcionar como un hogar adquiriendo el estilo ambiental, el clima y las rutinas de éste, destacando ciertas características: que sea como un hogar, favoreciendo la atención, respetando los derechos y deseos de las personas mayores aunque suponga ciertos riesgos, trabajando la adaptación de cada persona, con apoyo de red local de los servicios sociales y sanitarios, con alto grado de implicación de los profesionales, durante 24 horas y configurarse como lugares para vivir hasta el momento de morir.
Las unidades de convivencia son espacios donde las personas mayores en situación de dependencia recibirán los apoyos para desarrollar su vida cotidiana, garantizando la atención de calidad con los cuidados en salud, control de enfermedades/ dependencia. Para poder preservar la dignidad, calidad de vida integral y respetar sus derechos se precisa de participación activa y efectiva utilizando instrumentos básicos de atención personalizada como el plan de atención y vida o la historia de vida8.
En la unidad convivencia la organización se basa en la cotidianidad de un hogar cómo quitar y poner la mesa, colaborar en la cocina o la higiene personal de esta manera mantener las prácticas y las habilidades funcionales. Cada persona tiene un personal de referencia siendo el responsable de atender sus necesidades, centrando su atención en lo que éste precisa para su desarrollo personal, de tal forma que el personal y residentes pasan a formar parte de la comunidad9.
Según nos indica Cuadernos prácticos Modelo de Atención Centrada en la Persona de Díaz- Veiga, et al, la estructura consta de espacios privados y comunes, formando los espacios privados de habitación propia con baño e incluso, lugares diferenciados dentro de la habitación que le permita un lugar de estar y con equipamiento básico de cocina, asemejando un hogar y permitiendo una relación con la familia y amistades. Las unidades lo forman personas con características y apoyos diferentes de entre 9 y 15 personas, facilitando el número el desarrollo de la convivencia y las actividades. Los cuidadores y personal de referencia deberán ser 2-3 por cada turno, pudiendo garantizar la estabilidad de horario y personal en estas unidades, garantizando el acompañamiento, orientación, supervisión y colaboración8.
Para la implementación de este modelo se precisan grandes cambios, destacando la formación del personal y en los diseños físico- arquitectónicos de las unidades de convivencia, así como instrumentos de medida de calidad en los cuidados y satisfacción del usuario.
Para llevarlo a cabo se precisa una regulación, en España, se implica el Consejo Territorial de Servicios Sociales y del Sistema para la autonomía y Atención a la Dependencia. Según el artículo 8.3 de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia, “corresponde el Consejo Territorial conseguir la máxima coherencia en la determinación y aplicación de las diversas políticas sociales ejercidas por la Administración General del Estado y las Comunidades Autónoma mediante el intercambio de puntos de vista y el examen en común de los problemas que se pueden plantearse y de las acciones proyectadas para afrontarlos y resolverlos”3.
BIBLIOGRAFÍA
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