Intervención de enfermería en el apoyo psicosocial a las familias en duelo. Artículo monográfico

16 julio 2025

AUTORES

  1. Anna Montalà Agulló. Enfermera Hospital Universitario Arnau de Vilanova, Lleida. España.

 

RESUMEN

El presente trabajo analiza el proceso de duelo desde una perspectiva psicosocial, con especial énfasis en el papel de la enfermería y la influencia de factores como el género, la cultura y la etapa del ciclo vital. Se detallan las distintas fases del duelo según modelos teóricos y se exploran los distintos tipos de duelo. También se aborda la importancia del acompañamiento emocional, el rol del entorno familiar y la atención profesional como factores claves para prevenir la aparición de un duelo patológico y facilitar la adaptación tras la pérdida. La pedagogía de la muerte y la intervención en contextos familiares son pilares fundamentales para humanizar la experiencia del final de la vida.

PALABRAS CLAVE

Duelo, enfermería, apoyo social, educación en salud.

ABSTRACT

This paper examines the grieving process from a psychosocial perspective, emphasizing the role of nursing and the influence of factors such as gender, culture, and life stage. It outlines the different stages of grief based on theoretical models and explores various types of grief. The study highlights the importance of emotional support, the role of the family environment, and professional care as key elements in preventing pathological grief and facilitating adaptation after loss.

Death education and family-centered interventions are essential for humanizing the end-of-life experience.

KEY WORDS

Bereavement, nursing, social support, health education.

DESARROLLO DEL TEMA

Este articulo monográfico busca analizar el papel de la enfermería y sus implicaciones en el proceso de duelo, así como las estrategias de intervención para facilitar una adaptación saludable ante la pérdida

Los objetivos específicos son:

  • Analizar los modelos teóricos del duelo y su aplicación en contextos psicosociales, los distintos tipos de duelo y sus implicaciones clínicas.
  • Examinar el papel de la enfermería, la familia y el entorno cultural en el acompañamiento emocional y la prevención del duelo patológico.

 

El luto es el proceso psicológico y social que sigue a la pérdida de un ser querido. Su vivencia varía según factores como la relación con la persona fallecida, la forma en que ocurrió la muerte, la personalidad, las experiencias previas, el apoyo social y la cultura1.

Aunque la mayoría de las personas pueden superar el duelo sin ayuda profesional, contar con una red de apoyo es fundamental. El duelo puede convertirse en un factor de riesgo para problemas de salud física y mental, incluyendo el abuso de sustancias, trastornos del sueño y aumento del riesgo de suicidio o muerte súbita2.

Las respuestas al duelo difieren entre hombres y mujeres, influenciadas por normas culturales: los hombres suelen ser más introvertidos y reservados, mientras que las mujeres tienden a expresar más sus emociones. Sin embargo, es crucial respetar y apoyar las diferencias individuales3.

Una intervención preventiva puede ayudar a anticipar y manejar el duelo, evaluando riesgos y ofreciendo herramientas útiles. En este contexto, la pedagogía de la muerte busca proporcionar recursos emocionales e intelectuales para enfrentar la pérdida, reconociendo la vulnerabilidad humana y el valor del tiempo y la vida4,5.

La enfermería desempeña un papel clave en este proceso, ayudando a las personas a expresar emociones, fortalecer recursos adaptativos y prevenir duelos patológicos.

EL DUELO:

El duelo es el proceso habitual frente a una pérdida. Ésta es la falta o privación de una persona querida, un animal, un objeto que se ha tenido o una etapa que se ha vivido.

Este trabajo se centra en el duelo provocado por la muerte de alguien querido, es una experiencia que necesita ser compartida, acompañada y respetada6.

La forma en que se vive el duelo tiene que ver con la personalidad, la psique de la persona, su historia, experiencias de vida y las estrategias de afrontamiento que posee. Todos estos aspectos condicionan, entre otros, con la forma de afrontarlo. Es un proceso que produce dolor y es muy importante el soporte emocional en los primeros momentos, así como la compañía de personas cercanas6.

Puede decirse que el duelo tiene unas consecuencias a diferentes niveles. A nivel físico produce sensación de vacío, alteraciones del sueño y de hambre, sensación de opresión en el pecho, entre otros. En la dimensión emocional se experimenta sentimientos de tristeza, enfado, miedo, culpa, soledad, impotencia, etc.

Cognitivamente genera dificultad para concentrarse, falta de interés por las cosas y confusión; conductualmente son habituales los cambios de comportamiento, por ejemplo, aislamiento social o aumento en el consumo de tabaco o alcohol; en lo que se refiere a la vida social puede conducir hacia el aislamiento. También tiene influencia sobre la vertiente más espiritual puesto que la persona que pasa por el proceso de duelo se plantea muchas preguntas6.

Podemos encontrar diferentes tipos de duelo en función de cómo se presenta y cómo se elabora.

El anticipado es aquél en que antes de que ocurra la muerte, se empieza a procesar la pérdida y esto hace que se facilite el no apego emotivo. Se da sobre todo en el caso de enfermedades terminales.

Se llama luto retrasado, inhibido o negado en aquellos casos en que en las fases iniciales del luto las personas que lo sufren parecen mantener el control de la situación sin dar signos de sufrimiento. Es potencialmente patogénica toda expresión inhibida ya que significa la negación de las emociones evitando afrontar la realidad de la pérdida.

El duelo crónico es aquél que no evoluciona hacia su resolución y va asociado a un anhelo intenso ya una relación de gran dependencia del difunto.

El duelo complicado es frecuente sobre todo en niños y ancianos. En éste se ven acentuados

los procesos de interiorización, culpabilidad, y se favorece la somatización.

En cualquier tipo de duelo es importante un acompañamiento por parte de un profesional y resulta fundamental el papel de enfermería tanto en la prevención del duelo patológico como en la intervención7.

FASES DEL DUELO:

Hay diferentes autores y autoras que describen el duelo y lo organizan en etapas.

Bowlby (1980) ha estudiado el apego y la pérdida, realizando una clasificación que ordena el proceso del duelo, distinguiendo cuatro fases. La fase de embotamiento, que dura habitualmente entre algunas horas y una semana y puede distinguirse por la extrema aflicción o ansiedad; seguidamente se encuentra la fase de anhelo, en la que se busca la figura perdida y puede durar entre meses y años; a continuación la fase de desorganización y desesperación hace que invadan los sentimientos de desesperanza y soledad y la persona acepta finalmente la muerte y cae en una etapa de depresión y apatía; finalmente se da la fase de reorganización, que se da al cabo de un año de la pérdida y, a mayor o menor grado, se logra aceptar la nueva situación y se redefine a uno/a mismo/a en este nuevo contexto.

El autor defiende que entre las etapas se dan solapes y en algunos casos no

se acaban de diferenciar con claridad cada una de ellas6.

Para entender el proceso del duelo, Worden (1997) utiliza el concepto de tareas ya que considera que la persona debe mostrarse activa y predispuesta para poder avanzar en las etapas.

Las cuatro tareas del duelo propuestas por Worden son: en primer lugar aceptar la realidad de la pérdida; a continuación trabajar las emociones y el dolor de la pérdida, es necesario reconocer y trabajar el dolor emocional y conductual; seguidamente adaptarse a un entorno donde el muerto está ausente, lo que significa la modificación de roles y relaciones una vez el difunto ya no ocupa su lugar; finalmente recolocar emocionalmente al muerto y seguir viviendo, aunque es la parte más difícil debe entenderse que la vida no se detuvo cuando se produjo la pérdida6.

Desde una perspectiva constructivista, Niemeyer (1998) realiza un análisis del proceso del duelo en el que una pérdida provoca una reconstrucción de significados. Considera que la elaboración de éste viene determinada por las emociones, el contexto relacional, la cultura y creencias espirituales personales; y de la misma manera que lo hacen los enfoques más tradicionales, defiende que es necesario reconocer el dolor y abrirse al duelo para poder hacerle frente6.

El modelo evolutivo de duelo más conocido es el que presenta Elisabeth Kübler-Ross (1969), resume el duelo en seis fases: negación, ira, negociación, depresión, aceptación, y una última en la que la persona puede fluctuar a otras fases previas8.

La primera etapa es la negación y es la que ayuda a sobrevivir a la pérdida. Durante el tiempo que se pasa por esta fase no se acepta lo ocurrido. Esta conmoción hace que podamos afrontar la situación dosificando el dolor; es muy importante ya que, si se vivieran todos los sentimientos asociados a la pérdida de golpe, emocionalmente podría resultar abrumador. Es una forma de negar el dolor mientras intentamos aceptar la realidad de la pérdida.

Cuando la negación remite, va siendo poco a poco sustituida por la realidad de la pérdida: la muerte empieza a instaurarse como irreversible de forma gradual, a la vez que entran el juego las emociones y el dolor que hasta ahora habían sido negados. De esta forma se da lugar a las siguientes fases y al proceso de curación9.

La segunda etapa es la ira. Se puede manifestar de muchas maneras: contra alguien querido, contra uno mismo por no haber sido capaz de hacerlo mejor, contra la víctima por no haber pasado más tiempo con nosotros, etc. La ira no tiene por qué ser lógica ni válida y viene perseguida de la tristeza, el pánico, el dolor y la sensación de soledad. El enfado es la emoción con la que más a menudo nos enfrentamos a la vida y es común refugiarse en ésta para evitar los sentimientos más profundos hasta que se está preparado para enfrentarse a ellos. Es importante dejarla florecer ya que cuanto antes se sienta, antes se disipará y dará lugar al resto de emociones que deben vivirse para superar la pérdida9.

La tercera etapa es la negociación. Tras una pérdida se siente la necesidad de recuperar a quien se ha perdido e intenta restituir la situación de antes. A menudo la negociación viene acompañada de culpa ya que aparecen todas aquellas ideas que hacen pensar en todo lo que podría haberse hecho para evitar la situación. Incluso se llega a pactar con el dolor para encontrar la forma de sufrir menos durante el proceso. Este acuerdo se refiere a los propios pensamientos que se utilizan para disminuir el desconsuelo y nos hacen pensar que después de la pérdida todo irá mejor9.

La cuarta etapa es la depresión. En ella, la atención se dirige al presente y empieza a sentirse el vacío ya profundizar en sensaciones que nunca antesse han experimentado, donde cuesta encontrar sentido a lo que hacemos después de la pérdida y parece que este estado emocional pueda durar para siempre. Al hacerse consciente plenamente de la pérdida se experimenta la depresión y aunque ésta sea una etapa difícil de asumir, es igual de importante que el resto e imprescindible para llegar a la curación9.

La quinta etapa es la aceptación. Suele confundirse con la noción de sentirse bien o estar de acuerdo con lo ocurrido; en esta etapa se acepta la realidad y se reconoce que ésta es permanente e irreversible. Hay que aprender a vivir con ésta y readaptarse a la nueva situación. En esta etapa la curación se reafirma a pesar de que, a menudo se vea como algo inalcanzable9.

Finalmente, la autora menciona una última etapa en la que algunas personas vuelven a algún punto del proceso de los que se han mencionado anteriormente. Es importante remarcar que ningún proceso de duelo es lineal ni todo el mundo lo atraviesa con el orden prescrito.

LA ELABORACIÓN DEL DUELO:

En un proceso normal de luto la pena se expresa normalmente y tiene una duración limitada entre uno y dos años. Pasados ​​los primeros días, la persona puede realizar las actividades de la vida cotidiana con normalidad, aunque sea con ánimo apático y ansiedad. Cuando una persona está superando un duelo, ésta tiene la capacidad de hablar y recordar a la persona amada sin llorar ni desconcertarse y puede empezar a establecer nuevas relaciones y aceptar los retos de la vida7.

Una vez que se da el duelo, la persona que pasa debe adaptarse a un entorno en el que el muerto se ausente.

Otro aspecto que determina cómo será la elaboración de la en gran medida es la edad del familiar.

La infancia tiene una idea diferente a la muerte, su enfoque para hablar de la muerte dependerá del nivel de comprensión que tenga cada niño o niña de los términos que le rodean: irrevocabilidad, inevitabilidad y causalidad. La falta de comprensión de estas ideas por parte de la infancia afecta a su capacidad para procesar la pérdida.

En el período de cero a tres años, la muerte no se ve como algo definitivo. Aunque no pueden entender que es la muerte, sí que pueden percibir las emociones de la persona que les cuida y por eso será importante que los cuidadores estén reconociendo sus propias necesidades emocionales. Para garantizar seguridad al niño es necesario procurar mantener intactas las rutinas en la medida de lo posible, así como evitar la separación física para que se sienta acompañado6.

Los niños y niñas en edad preescolar ven este hecho como algo temporal y reversible y tienen inquietudes al respecto. Son pensadores concretos, lo que significa que entienden las cosas literalmente y por este motivo deben evitarse decir eufemismos para explicar la muerte ya que podrían confundirlos o incluso causarles temores6.

En cambio, en edades preescolares deben escuchar que su ser querido ha muerto y lo que esto significa. Los mensajes deben ser claros y dado que en estas edades todavía no saben verbalizar sus emociones, éstas surgirán de forma inesperada en sus juegos. Hay que responder a todas las preguntas con sinceridad y no decir nada que no se pregunte6.

En la edad escolar se empieza a entender la muerte como un evento final. Se deben dar explicaciones simples y honestas sobre lo ocurrido y después asegurarnos de que se ha entendido bien. Es posible que necesiten soporte para encontrar las palabras que les permitan expresar sus emociones y por eso es muy importante la escucha activa. Para ellos es común personificar la muerte y asociarlo a algún personaje que han visto en televisión. Es importante tranquilizarlos en cuanto a su salud y hacerles entender que no se quedarán solos ya que tienen muchas personas en su vida que cuidan de ellos6.

Los adolescentes ya entienden la muerte al mismo nivel que los adultos, pero pueden resistirse a expresar cualquier emoción al respecto. La mejor opción para ayudarles a gestionar esta situación de pérdida es alentarles a expresar el dolor dándoles diversas oportunidades para hablar y encontrar formas saludables de expresar sus sentimientos como escuchando música tranquila o escribiendo un diario, o mediante la actividad física6.

En todas las etapas es necesario encontrar las estrategias de afrontamiento más adecuadas y entender que pedir ayuda no significa debilidad, sino que es un acto de fortaleza6.

En cuanto a la elaboración del duelo, Worden (1997) describe cuatro tareas básicas para la recuperación. En primer lugar, es necesario aceptar la realidad de la pérdida7.

Cuando se trata de una muerte esperada, es necesario saber los deseos del enfermo para poderlos planificar y hacer frente a sus necesidades físicas y emocionales.

Durante este proceso los cuidadores van observando el deterioro del paciente, sus vínculos con éste y la irreversibilidad de la muerte. Esta situación requiere un período de adaptación al cuidado, una fase intermedia con crisis ocasionales y una fase final que conlleva mayor intensidad de atención. Hay que enseñarles a vivir manteniendo al máximo las actividades habituales, asesorarles para cuidar de ellos y ellas mismas, acompañarlos en la toma de decisiones y en la planificación del futuro para recuperar la normalidad después de la muerte del ser querido. La posibilidad de poder anticipar la pérdida facilita la elaboración del duelo10.

Cuando la muerte no está prevista, las fases siguen otro ritmo. Sin embargo, en ambos casos, es clave satisfacer las necesidades que se generan a lo largo del proceso ya que hasta que éstas no están resueltas no podemos avanzar. Las emociones funcionan al igual que las necesidades, a medida que son atendidas desaparecen, pero si se reprimen pueden llegar a perpetuarse en el tiempo. Por este motivo, en la atención al duelo resulta fundamental escuchar y atender a los matices particulares de las emociones de cada persona ya que no todos y todas sentimos el dolor de la misma manera, ni con la misma intensidad.

Debemos ayudar a los familiares a poner nombre a las emociones ya elaborar su significado particular y profundo: aunque duela, debemos saber que el camino para superarlo pasa por sentir y afrontar ese dolor13.

CUIDADOS DE ENFERMERÍA:

La muerte en muchos casos puede preverse. Una guía elaborada por enfermeras de un Centro de Atención Primaria de la provincia de Tarragona (2011), detalla que en estas situaciones la primera fase del duelo se da antes de que la persona muera; lo que supone unas ventajas y unos inconvenientes para las familias.

Una vez que el paciente empieza a perder independencia en las actividades básicas de la vida diaria es momento de tomar decisiones difíciles como la institucionalización en una residencia o sociosanitario, y puede resultar complicado de gestionar. Si esto ocurre, la etapa de negación no se ve tan acentuada, ya que se interpreta la muerte como una liberación para el propio paciente y familia, que presentan una actitud más conformista frente a la nueva realidad14.

Aunque la muerte sea inminente, la tarea de enfermería sigue siendo necesaria para el acompañamiento de la familia para adecuar un plan de cuidados según las necesidades cambiantes del enfermo y de los cuidadores. Éste, debe diseñarse conjuntamente para evitar la sobrecarga y la claudicación familiar ya que el objetivo es conocer el trabajo de la cuidadora, la ayuda que necesita y la adaptación de los recursos sociales comunitarios; aquí está la tarea de la enfermera en esta etapa.

La enfermera debe facilitar e informar sobre la utilización de los recursos sociosanitarios disponibles y estar atenta a las necesidades de la familia. Aunque al principio se muestran reacios, es necesario insistir en ir recuperando el tiempo para sí mismo y restablecer en la medida de lo posible las relaciones sociales y familiares. Se trata de evitar el riesgo de un duelo complicado después de la muerte de un familiar14.

Una vez que el entorno se enfrenta a la pérdida, van sucediendo las fases descritas a continuación, donde la tarea de enfermería resulta imprescindible.

Primeramente, durante la fase de negación, la tendencia de la familia puede ser distanciarse entre sí dada la incertidumbre que supone la enfermedad.

Como profesionales sanitarios es importante ser capaces de valorar de forma objetiva las dificultades que presenta cada persona para avanzar en el proceso de duelo, debemos tener en cuenta que en ocasiones la negación es un obstáculo para superar las siguientes fases. La labor de enfermería para evitarlo es minimizar el temor, la incertidumbre y la frustración ante la idea de la incapacidad progresiva o la muerte. También es necesario ayudar a la persona a entender el impacto de la enfermedad en su vida personal; el objetivo principal es acompañar en la adaptación14.

Durante la fase de rabia la familia va aceptando la realidad de la situación y de cómo le afecta a nivel personal. Pueden experimentar sentimientos de angustia, enfado, culpa y frustración y por este motivo es imprescindible proporcionar un buen soporte emocional desde enfermería para que puedan desarrollar las habilidades de afrontamiento adecuadas.

La tarea de enfermería es lidiar con las situaciones complejas que se puedan plantear y sobre todo, trabajar para mantener inalterados los aspectos básicos como son la alimentación, la higiene, los síntomas, etc. Por otra parte, es necesario mantener informada a la familia sobre los diferentes recursos sociosanitarios disponibles y facilitar la gestión multidisciplinar14.

En la tercera fase, la negociación contribuye a la reorganización. A medida que pasa el tiempo, la vida de los familiares se reubica y se va notando poco a poco, el aumento de control de la situación y la aceptación de los cambios14.

La última fase es la de resolución y aceptación de los cambios. A menudo acoge la parte más complicada de gestionar, aunque la familia ya se encuentra serena y tranquila, debe estar alerta ya que el retorno a una de las fases anteriores es posible14.

ELABORACIÓN DEL DUELO DE LA FAMÍLIA:

Las muertes esperadas son a menudo aquellas con un final más largo, lo que comporta algunos inconvenientes para los cuidadores como el deterioro económico, el malestar emocional y cambios en su salud que se manifiestan con cansancio, debilidad, dolor, etc.

La familia que presenta un funcionamiento y unas relaciones entre sus miembros adecuada probablemente seguirá funcionando e incluso incrementará su cohesión después de la pérdida. En cambio, aquella que tiene una comunicación y unas relaciones inadecuadas o conflictivas se resquebrajará ante la presión ejercida por la enfermedad15. Cuando existe una pérdida, la familia sufre unos cambios que tienden a la aglutinación oa la desintegración. El grupo debe reestructurarse para asumir las tareas que anteriormente realizaba el enfermo; en caso de que sea un pilar de la familia se ve aún más alterado el orden familiar10.

La claudicación familiar es frecuente en el transcurso de la enfermedad, afectando a un miembro o bien a más de uno. Viene originada de un desajuste de la adaptación causado por un mal control de los síntomas o el empeoramiento en la evolución del enfermo, y está caracterizada por la incapacidad de los familiares de ofrecer una respuesta adecuada a las demandas del paciente, dejándolo en manos del personal sanitario.

Cuando los familiares se encuentran claudicados pueden experimentar ansiedad, miedo a la separación, confusión, agotamiento por la sobrecarga e incluso deseo de morir ante la dificultad de manejarse sin el ser querido15.

Para poder intervenir en los factores modificables de la familia con el objetivo de disminuir el estrés familiar, es importante conocer aquellas características que les hacen vulnerables a desarrollar problemas emocionales.

Algunos de estos atributos a nivel personal son la insuficiente expresión de emociones, el autoaislamiento, la baja autoestima o los antecedentes psicopatológicos.

Los cuidadores no sólo piden una buena atención por parte del equipo, sino también piden entender los cuidados que se proporcionan al enfermo, la medicación que se le administra, etc. Es una situación complicada en la que quieren colaborar al máximo en la atención del enfermo y ésta, es la única manera de entender más de cerca la situación que está viviendo.

Resulta interesante capacitarlos en las tareas asistenciales para fomentar su participación en la valoración y control de los síntomas, ya que es la familia quien pasa más horas con el enfermo y puede observar cambios en su estado de salud más rápidamente.

Además, con el deterioro del paciente encontramos alteradas cada vez más sus necesidades básicas y necesitamos ayuda del cuidador para mantener su higiene personal, alimentación, moverse o andar15.

La forma de intervenir como profesionales sanitarios es ofreciendo nuestra disponibilidad y tiempo para intentar disminuir el sufrimiento del enfermo mediante el control de los síntomas, despejar dudas a la familia, recordar los objetivos terapéuticos y animarlos a comunicarse con el enfermo15.

Una vez ocurre la muerte, resulta interesante abordar el proceso desde una perspectiva constructivista, tal y como describe Niemeyer (1998), en el que se da una reconstrucción de significados.

Explica que la elaboración del duelo, aparte de estar determinada por las emociones, tiene una fuerte relación con el contexto relacional, lo que se verá modificado y reconstruido después de la pérdida y en el que también tomarán parte las creencias de cada uno.

La propuesta de este autor permite una mayor amplitud en los procesos que llevan la elaboración, no es necesario renunciar a la persona desaparecida, sino que defiende que seguir sintiendo la presencia de la persona muerta puede proporcionar consuelo y animar a seguir con la propia vida6.

En definitiva, para abordar el duelo desde enfermería se deben tener en cuenta diferentes aspectos, y entre ellos, las relaciones entre los miembros que intervienen en este proceso, intentando cuidar los vínculos y la reorganización de sus vidas.

ACOMPAÑAMIENTO EN LA ELABORACIÓN DEL DUELO POR PARTE DE ENFERMERÍA:

Cuidar a un paciente al final de la vida es una tarea complicada. Para llevarla a cabo es necesario que, en el triángulo entre el enfermo, los cuidadores y el equipo sanitario se desarrolle una buena comunicación y se proporcione una red social para abordar la situación. En este vínculo que se crea, el proceso se vive y se sufre de forma conjunta y por tanto, cada acción que se haga por uno repercute en el otro10.

La comunicación debe tener lugar tanto a nivel informativo, a fin de que pacientes y cuidadores conozcan el diagnóstico, tratamiento y pueda tomar decisiones; como en el acompañamiento. La escucha activa cobra mucha importancia para crear un ambiente acogedor que permita resolver dudas y expresarse en un entorno seguro. Por otra parte, facilita al equipo orientarse sobre la situación del enfermo y de los cuidadores, sus necesidades, sus temores y proporcionar la asistencia que requieren10.

El hecho de que se vivan muchas emociones en poco tiempo hace que sea imprescindible un buen soporte emocional; los componentes verbales y no verbales adquieren en esta etapa gran relevancia.

Muchas veces a los cuidadores les tranquiliza poder expresar sus dudas o temores y saber que a nosotros también surgen las mismas incógnitas y no siempre tenemos respuestas. Por este motivo, es útil recordar a los cuidadores la importancia de escuchar al paciente y ayudarles a revisar los hechos positivos de su vida para que sienta que su existencia no ha sido en vano10.

La enfermera es uno de los recursos que están más al alcance de los familiares y por eso resulta imprescindible una formación adecuada para poder proporcionar herramientas y recursos a las familias para una elaboración del duelo más favorable.

 

CONCLUSIONES

El duelo es una experiencia universal que atraviesa a todas las personas, pero su vivencia es profundamente individual y está condicionada por factores personales, culturales y sociales. Desde una perspectiva psicosocial, se reconoce que el proceso de duelo no se limita a una respuesta emocional ante la pérdida, sino que implica una reorganización integral del individuo en sus dimensiones afectiva, cognitiva, conductual y relacional. Las teorías clásicas de Bowlby, Kübler-Ross, Worden y Niemeyer ofrecen marcos valiosos para comprender las etapas y tareas del duelo, pero es fundamental entender que cada proceso es único y no necesariamente lineal.

La enfermería desempeña un papel esencial en el acompañamiento del duelo, no solo en el ámbito clínico, sino también en el comunitario y familiar. Los profesionales de enfermería, al estar en contacto directo y continuo con pacientes y familiares, tienen la capacidad de detectar signos de duelo complicado, ofrecer apoyo emocional y facilitar recursos para una adaptación saludable. Su intervención, basada en la empatía, la escucha activa y la comunicación efectiva, contribuye significativamente a la prevención de duelos patológicos y al fortalecimiento de la resiliencia en las personas en proceso de duelo.

La pedagogía de la muerte emerge como una herramienta clave para preparar a las personas frente a la inevitabilidad de la pérdida. Integrar la educación sobre la muerte en contextos formales e informales permite desmitificar el tema, reducir el miedo asociado y fomentar una actitud más consciente y saludable hacia el final de la vida. Esta pedagogía no solo beneficia a quienes enfrentan una pérdida, sino que también capacita a los profesionales de la salud y la educación para abordar el duelo de manera más efectiva y compasiva.

Además, es crucial reconocer la influencia de factores socioculturales en la expresión y manejo del duelo. Las creencias religiosas, las normas sociales y las prácticas culturales moldean las formas en que las personas enfrentan la pérdida y buscan consuelo. Por ello, las intervenciones en duelo deben ser culturalmente sensibles y adaptadas a las necesidades específicas de cada individuo y comunidad.

 

CONCLUSIÓN

En conclusión, abordar el duelo desde una perspectiva psicosocial implica una comprensión holística de la experiencia de pérdida, reconociendo la interacción de factores individuales, relacionales y culturales. La enfermería ofrece herramientas poderosas para acompañar a las personas en su proceso de duelo, promoviendo una adaptación saludable y fortaleciendo el tejido social frente a la experiencia de la pérdida.

 

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