Características clínicas, funcionales y sociales de los pacientes ingresados por fractura de cadera en un hospital de tercer nivel

2 enero 2026

 

AUTORES

  1. Lydia Díaz Mesa. Médico del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza, España.
  2. Daniel Antonio Gutiérrez Reboredo. Médico del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza, España.
  3. Marta Bentué Rasal. Médico del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza, España.

 

RESUMEN

Objetivo. Analizar las características sociodemográficas, clínicas, funcionales y evolutivas de los pacientes ingresados por fractura de cadera, así como describir su perfil de supervivencia durante la hospitalización y en el momento del alta.

Metodología. Se realizó un estudio observacional descriptivo en 173 pacientes hospitalizados por fractura de cadera. Se recogieron variables demográficas (edad, sexo y procedencia), clínicas (tipo de fractura, presencia de deterioro cognitivo, estado nutricional y comorbilidades), funcionales (índice de Barthel previo y al alta) y evolutivas (intervalo hasta la cirugía, duración de la estancia, mortalidad intrahospitalaria y adherencia al tratamiento osteoporótico). El análisis estadístico incluyó medidas descriptivas: medias y desviaciones estándar para variables cuantitativas, y frecuencias absolutas y relativas para cualitativas.

Resultados. La edad media fue de 83,4 ± 7,6 años, con predominio femenino (72,3%). La mayoría de los pacientes procedían del domicilio (68%), seguidos de residencias (24%) y otras instituciones (8%). El 56,1% presentó fractura intertrocantérea, el 32,9% subcapital y el 11,0% subtrocantérea. Se identificó deterioro cognitivo previo en el 41% y delirium hospitalario en el 28%. El índice de Barthel descendió de 75,2 ± 20,6 antes del evento a 49,8 ± 24,3 al alta. La estancia media fue de 10,7 ± 4,9 días y la mortalidad intrahospitalaria del 6,9%.

Conclusiones. Los pacientes con fractura de cadera son en su mayoría personas de edad muy avanzada, predominantemente mujeres, con elevada prevalencia de deterioro cognitivo y una pérdida funcional relevante al alta. La caracterización detallada de este perfil clínico permite diseñar estrategias de prevención secundaria y programas de rehabilitación más eficaces orientados a preservar la autonomía y reducir complicaciones.

PALABRAS CLAVE

Fractura de cadera, geriatría, dependencia funcional, deterioro cognitivo, supervivencia hospitalaria.

ABSTRACT

Objective. To analyze the sociodemographic, clinical, functional, and evolutionary characteristics of patients admitted for hip fracture, as well as to describe their survival profile during hospitalization and at discharge.

Methodology. A descriptive observational study was conducted in 173 patients hospitalized for hip fracture. Demographic variables (age, sex, and place of origin), clinical variables (type of fracture, presence of cognitive impairment, nutritional status, and comorbidities), functional variables (previous and discharge Barthel Index), and evolutionary variables (time to surgery, length of stay, in-hospital mortality, and adherence to osteoporosis treatment) were collected. Statistical analysis included descriptive measures: means and standard deviations for quantitative variables, and absolute and relative frequencies for qualitative variables.

Results. The mean age was 83.4 ± 7.6 years, with a predominance of women (72.3%). Most patients were admitted from home (68%), followed by nursing homes (24%) and other institutions (8%). Intertrochanteric fractures accounted for 56.1%, subcapital fractures for 32.9%, and subtrochanteric fractures for 11.0%. Pre-existing cognitive impairment was identified in 41%, and hospital delirium in 28%. The Barthel Index decreased from 75.2 ± 20.6 before the event to 49.8 ± 24.3 at discharge. The mean hospital stay was 10.7 ± 4.9 days, and in-hospital mortality was 6.9%.

Conclusions. Patients with hip fractures are predominantly very elderly individuals, mostly women, with a high prevalence of cognitive impairment and significant functional decline at discharge. A detailed characterization of this clinical profile allows for the design of more effective secondary prevention strategies and rehabilitation programs aimed at preserving autonomy and reducing complications.

KEY WORDS

Hip fracture, geriatrics, functional dependence, cognitive impairment, in-hospital survival.

INTRODUCCIÓN

La fractura de cadera constituye uno de los mayores desafíos sanitarios asociados al envejecimiento poblacional, tanto por su elevada incidencia como por el profundo impacto clínico, funcional y social que genera. Esta lesión afecta principalmente a personas de edad avanzada y se asocia a una importante morbimortalidad, a pérdida de autonomía y a un considerable consumo de recursos sanitarios y sociosanitarios. Se calcula que entre un 15% y un 20% de los pacientes fallecen durante el primer año posterior al evento, y menos de la mitad recuperan su nivel funcional previo. Este dato refleja que la fractura de cadera no debe interpretarse únicamente como un accidente traumático, sino como un marcador de fragilidad y vulnerabilidad del adulto mayor1,2.

La incidencia de esta patología aumenta de manera exponencial a partir de los 75 años, en relación con la combinación de factores intrínsecos y extrínsecos. Entre los primeros destacan la osteoporosis, la sarcopenia, la pérdida de masa y fuerza muscular y las alteraciones del equilibrio, entre los segundos, las caídas, las barreras arquitectónicas, la escasa iluminación o el consumo de fármacos que afectan al estado de alerta. La coexistencia de osteoporosis posmenopáusica y sarcopenia determina un esqueleto más frágil y una musculatura menos competente, de modo que incluso caídas de baja energía pueden provocar fracturas. En consecuencia, la fractura de cadera debe entenderse como la manifestación final de un proceso fisiopatológico prolongado y multifactorial, reflejo de la fragilidad global del paciente3.

Desde la práctica clínica, estos casos requieren un abordaje coordinado y multidisciplinar que combine cirugía temprana, valoración geriátrica integral, optimización de comorbilidades y rehabilitación precoz. La intervención quirúrgica realizada dentro de las primeras 48 horas se asocia con una disminución de la mortalidad, menor riesgo de complicaciones y una recuperación funcional más rápida. No obstante, diversos factores, como la inestabilidad hemodinámica, el uso de anticoagulantes o la disponibilidad quirúrgica, pueden retrasar la cirugía, incrementando el riesgo de neumonía, trombosis venosa profunda, úlceras por presión o delirium4.

A pesar de los avances en anestesia, técnicas quirúrgicas y cuidados perioperatorios, la tasa de complicaciones continúa siendo alta. Entre las más frecuentes figuran las infecciones respiratorias y urinarias, el tromboembolismo pulmonar, las úlceras por presión y el síndrome confusional agudo. Este último reviste especial relevancia por su asociación con prolongación de la estancia hospitalaria, institucionalización, deterioro cognitivo acelerado y aumento de la mortalidad5,6. Su prevención requiere estrategias no farmacológicas, como la orientación temporal, la movilización precoz, el control adecuado del dolor y un entorno hospitalario tranquilo, evitando en lo posible el uso de fármacos sedantes.

El pronóstico tras una fractura de cadera depende de múltiples factores, entre los que destacan la edad avanzada, la presencia de comorbilidades crónicas (insuficiencia cardiaca, EPOC, diabetes o enfermedad renal) y el grado de deterioro cognitivo y funcional previo7. Aquellos pacientes con limitaciones preexistentes en la marcha o dependencia para las actividades básicas de la vida diaria tienen menor probabilidad de recuperar su estado basal. De ahí la importancia de conocer el perfil inicial de cada paciente, no solo para ajustar expectativas y orientar a la familia, sino también para diseñar estrategias terapéuticas personalizadas y realistas.

La rehabilitación constituye un componente esencial del tratamiento integral. Iniciar la movilización en las primeras 24–48 horas tras la cirugía mejora los resultados funcionales, reduce complicaciones respiratorias y previene la trombosis venosa profunda. Los programas fisioterápicos dirigidos al fortalecimiento muscular, el reentrenamiento de la marcha y el equilibrio resultan decisivos para recuperar la autonomía y prevenir nuevas caídas. Sin embargo, su éxito depende en gran medida de la motivación del paciente, el apoyo familiar y las condiciones del entorno donde se desarrolla la recuperación ya sea en domicilio o en centros de media estancia.

Más allá de su impacto sanitario, la fractura de cadera conlleva un considerable coste económico y social. El ingreso hospitalario, la intervención quirúrgica, los cuidados postoperatorios, la rehabilitación y, en muchos casos, la institucionalización prolongada supone una carga significativa para los sistemas de salud. Este problema se agrava en sociedades envejecidas, donde la demanda de atención a personas dependientes crece de manera sostenida. Diversas estimaciones proyectan que el número de fracturas de cadera podría duplicarse en las próximas décadas si no se implementan medidas preventivas eficaces8.

En este escenario, la prevención adquiere un papel central. La prevención primaria se basa en fomentar el ejercicio físico regular, el entrenamiento de fuerza y equilibrio, la suplementación de calcio y vitamina D, el tratamiento farmacológico de la osteoporosis y la modificación de factores ambientales que favorecen las caídas. La prevención secundaria, en cambio, busca evitar nuevas fracturas tras el primer evento mediante la detección sistemática de pacientes en riesgo, la instauración temprana de tratamiento antirresortivo o anabólico y el seguimiento coordinado por unidades especializadas o Fracture Liaison Services. Estas estructuras han demostrado reducir significativamente las refracturas y mejorar la adherencia terapéutica9.

El presente estudio tiene como objetivo describir de manera detallada el perfil clínico, funcional y sociodemográfico de los pacientes ingresados por fractura de cadera en un hospital de tercer nivel, así como analizar su evolución hospitalaria y al alta. El conocimiento de estas variables permite identificar factores de riesgo, optimizar los protocolos asistenciales y orientar estrategias preventivas y rehabilitadoras más eficientes. En última instancia, comprender la fractura de cadera no solo como una lesión ósea, sino como un reflejo de la fragilidad del paciente mayor, es esencial para diseñar modelos de atención integrales centrados en la persona, que busquen preservar su autonomía, dignidad y calidad de vida.

MATERIAL Y MÉTODO

Se diseñó un estudio observacional, descriptivo y retrospectivo con el propósito de analizar las características clínicas, funcionales y evolutivas de los pacientes ingresados por fractura de cadera en un hospital de tercer nivel. Este tipo de diseño permite obtener una descripción objetiva y detallada de la población atendida, sin intervenir en su evolución, aportando así una visión realista de la práctica asistencial habitual.

La muestra estuvo constituida por 173 pacientes consecutivos ingresados entre enero de 2014 y diciembre de 2025. La selección se realizó mediante muestreo no probabilístico, incluyendo todos los casos diagnosticados de fractura de cadera, con independencia del tipo de fractura o del tratamiento quirúrgico aplicado. Se excluyeron los pacientes con fracturas patológicas de origen tumoral y aquellos con información clínica incompleta en la historia médica.

Las variables analizadas se agruparon en cuatro grandes bloques:

  • Variables demográficas: edad, sexo y procedencia (domicilio, residencia o institución sociosanitaria).
  • Variables clínicas: tipo de fractura, presencia de deterioro cognitivo previo, comorbilidades relevantes (hipertensión arterial, diabetes mellitus, insuficiencia cardiaca, EPOC u otras), y estado nutricional estimado a partir del índice de masa corporal (IMC) y los niveles séricos de albúmina.
  • Variables funcionales: independencia para las actividades básicas de la vida diaria, medida mediante el índice de Barthel previo a la fractura y en el momento del alta hospitalaria.
  • Variables evolutivas: tiempo transcurrido hasta la cirugía, duración total de la estancia hospitalaria, mortalidad intrahospitalaria y prescripción de tratamiento farmacológico para la osteoporosis al alta, así como el grado de adherencia a los tres meses.

 

El deterioro cognitivo se determinó a partir de diagnósticos previos documentados o mediante valoración geriátrica durante el ingreso. Los datos fueron extraídos de las historias clínicas electrónicas y de los registros institucionales.

El análisis estadístico se llevó a cabo utilizando el programa SPSS v.28.0 (IBM Corp., Armonk, NY). Las variables cuantitativas se expresaron como media ± desviación estándar, y las cualitativas como frecuencias absolutas y relativas. Para la comparación de medias entre grupos se empleó la prueba t de Student, y para variables categóricas, el test chi-cuadrado. Se consideraron estadísticamente significativos los valores de p < 0,05.

El estudio fue realizado conforme a los principios éticos de la Declaración de Helsinki y aprobado por el Comité de Ética de Investigación del hospital. Todos los datos se trataron de forma confidencial y anonimizada, garantizando la protección de la identidad de los participantes.

La aplicación de esta metodología permitió obtener una caracterización exhaustiva de los pacientes ingresados por fractura de cadera, identificar los factores más frecuentes asociados a la pérdida funcional y analizar las variables que condicionan la mortalidad hospitalaria y la recuperación al alta. Este enfoque integrador proporciona una base sólida para futuras estrategias de prevención y rehabilitación en el paciente geriátrico con fractura osteoporótica.

RESULTADOS

La cohorte analizada estuvo integrada por 173 pacientes hospitalizados por fractura de cadera. La edad media fue de 83,4 ± 7,6 años, con un rango comprendido entre 65 y 98 años. Predominó de forma marcada el sexo femenino (72,3%). En cuanto a la procedencia, el 68% de los pacientes vivía en su domicilio, un 24% residía en centros geriátricos y un 8% procedía de otras instituciones sociosanitarias.

Respecto al tipo de fractura, la intertrocantérea fue la más frecuente (56,1%), seguida de la subcapital (32,9%) y la subtrocantérea (11,0%). Se constató deterioro cognitivo previo en el 41% de los casos, y síndrome confusional agudo (delirium) durante el ingreso en el 28%. Entre las comorbilidades más habituales destacan la hipertensión arterial (71%), la diabetes mellitus tipo 2 (32%), la insuficiencia cardiaca (18%) y la EPOC (12%).

El índice de Barthel previo a la fractura fue de 75,2 ± 20,6 puntos, disminuyendo al alta a 49,8 ± 24,3, lo que evidencia una pérdida media superior a 25 puntos en la funcionalidad global. Este deterioro fue especialmente acusado en los pacientes mayores de 85 años y en aquellos con deterioro cognitivo.

La estancia hospitalaria media fue de 10,7 ± 4,9 días, con un tiempo medio hasta la cirugía de 2,6 ± 1,2 días. Un 32% de los pacientes requirió transfusión sanguínea durante el ingreso. La mortalidad intrahospitalaria alcanzó el 6,9%.

En relación con la prevención secundaria, el 38% de los pacientes recibió tratamiento osteoporótico al alta. No obstante, únicamente el 61% mantenía la adherencia terapéutica a los tres meses de seguimiento.

En síntesis, el perfil predominante corresponde a una mujer octogenaria, con múltiples comorbilidades, deterioro cognitivo y funcional significativo, y una pérdida marcada de autonomía tras el evento fracturario. Estos resultados reflejan el elevado grado de vulnerabilidad de la población geriátrica afectada por fractura de cadera y la necesidad de estrategias asistenciales centradas en la continuidad de cuidados y la rehabilitación precoz.

DISCUSIÓN

Los hallazgos de este estudio permiten definir con claridad el perfil clínico y funcional del paciente que ingresa por fractura de cadera en un hospital de tercer nivel. Se trata, en su mayoría, de personas de edad muy avanzada, predominantemente mujeres, con una elevada carga de comorbilidades, algún grado de deterioro funcional previo y, con frecuencia, afectación cognitiva. Este patrón concuerda con lo descrito en la literatura internacional, tanto en Europa como en América Latina, lo que pone de manifiesto que la fractura de cadera constituye un fenómeno transversal a las sociedades con envejecimiento demográfico avanzado. La combinación de osteoporosis, sarcopenia, fragilidad, caídas recurrentes y polifarmacia conforma el escenario propicio para este tipo de lesión, convirtiéndola en un marcador clínico de vulnerabilidad y fragilidad.

Uno de los resultados más relevantes de este trabajo es la importante pérdida funcional observada tras la fractura. La reducción media de más de 25 puntos en el índice de Barthel refleja una caída significativa en la capacidad para realizar actividades básicas de la vida diaria, como vestirse, alimentarse o deambular. Este deterioro repercute de forma directa en la autonomía personal, incrementa la dependencia del cuidador principal, eleva el riesgo de institucionalización y aumenta la probabilidad de reingresos hospitalarios8. En consonancia con estudios previos, solo una minoría logra recuperar completamente su nivel funcional previo, lo que confirma que la fractura de cadera no debe entenderse como un evento agudo aislado, sino como el inicio de un proceso de declive funcional progresivo.

Las causas de esta pérdida funcional son multifactoriales9. Entre los mecanismos fisiológicos destacan la inmovilización prolongada, la pérdida acelerada de masa y fuerza muscular propia de la sarcopenia, el desacondicionamiento físico y el reposo en cama. Incluso períodos breves de inactividad pueden reducir de forma notable la fuerza del cuádriceps, la capacidad aeróbica y la estabilidad postural. En este contexto, la movilización precoz y la rehabilitación temprana adquieren un papel esencial. La evidencia respalda que iniciar fisioterapia dentro de las primeras 24–48 horas tras la cirugía se asocia a una disminución de la estancia hospitalaria, menos complicaciones médicas y mejores resultados funcionales a medio plazo.

Otro hallazgo destacado es la elevada frecuencia de deterioro cognitivo y delirium. En esta cohorte, cerca del 30% de los pacientes desarrolló síndrome confusional agudo durante el ingreso, una complicación descrita como uno de los principales determinantes de mal pronóstico10,11. El delirium se asocia a un aumento de la estancia hospitalaria, mayor deterioro cognitivo posterior, institucionalización y mayor mortalidad. Su aparición suele estar relacionada con dolor mal controlado, infecciones, alteraciones metabólicas, privación del sueño o el uso de fármacos sedantes. La prevención debe centrarse en medidas no farmacológicas: orientación espacio temporal mediante relojes y calendarios visibles, favorecer el contacto familiar, garantizar una adecuada hidratación y nutrición, promover el descanso nocturno y movilización precoz. Cuando el delirium se presenta, el manejo interdisciplinar y el control ambiental son preferibles al uso de contenciones o psicofármacos.

La mortalidad hospitalaria, del 6,9%, se sitúa dentro de los valores descritos por la literatura (entre 5% y 10%). Las causas más frecuentes de fallecimiento durante el ingreso incluyen complicaciones respiratorias, tromboembolismo pulmonar, infecciones graves y eventos cardiovasculares. Sin embargo, la mortalidad tras el alta continúa siendo elevada: los estudios longitudinales refieren cifras de entre un 20% y un 30% al año, especialmente en pacientes de edad avanzada con comorbilidades o deterioro funcional previo13.Esto refuerza la consideración de la fractura de cadera no solo como una urgencia traumatológica, sino como un síndrome geriátrico complejo que requiere atención continuada más allá del episodio hospitalario.

El tiempo hasta la cirugía es otro determinante fundamental del pronóstico. La evidencia demuestra que la intervención quirúrgica realizada dentro de las primeras 48 horas se asocia con menor mortalidad, menor incidencia de delirium, menos infecciones y estancias más cortas14. Los retrasos superiores a este intervalo incrementan significativamente las complicaciones, salvo en casos con contraindicaciones médicas transitorias. Por ello, resulta esencial garantizar la disponibilidad quirúrgica, optimizar la coordinación entre traumatología, geriatría, anestesia y medicina interna, y disponer de protocolos de vía rápida que prioricen la cirugía precoz en estos pacientes.

Otro aspecto relevante es la baja adherencia al tratamiento antiosteoporótico tras el alta. Pese a que la fractura de cadera constituye un evento centinela que debería activar el inicio inmediato de tratamiento antirresortivo o anabólico, solo un 38% de los pacientes lo recibió y menos de dos tercios lo mantuvieron a los tres meses. Este dato coincide con estudios que señalan que menos del 30% de los pacientes postfractura reciben tratamiento adecuado para la osteoporosis, lo que favorece la aparición de nuevas fracturas vertebrales o contralaterales de cadera15,16.

En este sentido, las Unidades de Coordinación de Fracturas o Fracture Liaison Services (FLS) han demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar la continuidad asistencial. Estas unidades, integradas por equipos multidisciplinares, geriatría, rehabilitación, reumatología, traumatología y atención primaria, se encargan de identificar pacientes con fractura osteoporótica, iniciar tratamiento farmacológico, realizar seguimiento y promover la educación sanitaria. Su implementación se asocia a una reducción significativa de refracturas, mejora de la adherencia terapéutica y menor mortalidad17,18.

En conjunto, los resultados de este estudio refuerzan la necesidad de un modelo asistencial integral, que contemple las tres fases del proceso: la fase aguda (cirugía y estabilización clínica), la fase subaguda (rehabilitación intensiva en hospital o centros de media estancia) y la fase crónica (seguimiento, prevención secundaria y control de comorbilidades). Este enfoque centrado en la persona, y no exclusivamente en la fractura, favorece la recuperación funcional, optimiza los recursos disponibles y humaniza la atención sanitaria19.

En definitiva, la fractura de cadera debe entenderse como un evento centinela que refleja la fragilidad del paciente mayor y exige una respuesta clínica coordinada, rápida y multidisciplinar. La combinación de cirugía precoz, rehabilitación intensiva, manejo del delirium, tratamiento antiosteoporótico y seguimiento postalta constituye la estrategia más eficaz para reducir la dependencia y mejorar la supervivencia.

CONCLUSIONES

El perfil del paciente ingresado por fractura de cadera en un hospital de tercer nivel se caracteriza por la edad avanzada, el predominio femenino, la alta carga de comorbilidades y una frecuente afectación cognitiva, elementos que condicionan tanto la evolución clínica como los resultados funcionales. A pesar de los avances en la atención perioperatoria, la pérdida de autonomía al alta continúa siendo significativa, reflejando la fragilidad de esta población y la necesidad de estrategias asistenciales más integradas y proactivas.

El manejo de estos pacientes debe concebirse desde un enfoque multidisciplinar e individualizado, que combine cirugía temprana, rehabilitación intensiva y precoz, prevención y manejo del delirium, tratamiento farmacológico de la osteoporosis y apoyo social y familiar. La valoración geriátrica integral resulta esencial para adaptar los cuidados al estado basal y al potencial funcional de cada persona, optimizando los recursos y favoreciendo la recuperación.

Asimismo, la continuidad asistencial tras el alta debe consolidarse como una prioridad. Programas estructurados de seguimiento, la implantación de Unidades de Coordinación de Fracturas (FLS) y la colaboración entre niveles asistenciales pueden mejorar de forma sustancial la adherencia terapéutica y reducir el riesgo de nuevas fracturas.

Más allá del tratamiento quirúrgico, la fractura de cadera debe entenderse como un síndrome geriátrico complejo y un marcador de vulnerabilidad. Su abordaje requiere un modelo de atención integral centrado en la persona, que combine la eficiencia clínica con la humanización del cuidado, y que busque no solo reparar el hueso fracturado, sino también preservar la funcionalidad, la autonomía y la calidad de vida20,21.

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