AUTORES
- Marina Guarch Oncins. F.E.A. Psicología Clínica Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
- Lucas Santiago Piñeiro. F.E.A. Psicología Clínica Hospital Nuestra Señora de Gracia. Zaragoza, España.
- Belén Sieso Gracia. F.E.A Psiquiatría Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza, España.
RESUMEN
El presente artículo expone el caso clínico de una mujer adulta con sintomatología de ansiedad social, concretamente eritrofobia (o miedo a ruborizarse en público), en el contexto de una historia vital marcada por vínculos tempranos inseguros y una experiencia persistente de vacío subjetivo. La descripción y el análisis psicológico de este caso se realiza desde la comprensión del síntoma no solo como déficit o disfunción, sino como una forma de defensa y comunicación. Este enfoque permite profundizar en aspectos identitarios y relacionales que resuenan con el síntoma y, por tanto, guían la intervención psicológica.
PALABRAS CLAVE
Salud mental, psicología clínica, trastornos mentales, ansiedad social, eritrofobia, síntoma.
ABSTRACT
This article presents the clinical case of an adult woman with symptoms of social anxiety, specifically erythrophobia (or fear of blushing in public), within the context of a life history marked by insecure early attachments and a persistent experience of subjective emptiness. The description and psychological analysis of this case are based on understanding the symptom not only as a deficit or dysfunction, but also as a form of defense and communication. This approach allows for a deeper exploration of identity and relational aspects that resonate with the symptom and, therefore, guide the psychological intervention.
KEY WORDS
Mental health, clinical psychology, mental disorders, social anxiety, erythrophobia, symptom.
En las unidades de Salud Mental resulta frecuente encontrarse con pacientes cuya demanda explícita se centra en la eliminación de uno o varios síntomas concretos. No obstante, hay una extensa bibliografía que defiende que el sufrimiento psíquico remite a aspectos más profundos relacionados con la identidad, el vínculo1,2 y el sentido vital3,4. Por ello, una lectura reduccionista del síntoma puede empobrecer la comprensión clínica y, consecuentemente, limitar las posibilidades terapéuticas.
Desde una perspectiva integradora, el síntoma puede entenderse como una expresión significativa de la historia relacional del sujeto, así como una solución defensiva frente a afectos intolerables1,4. El presente trabajo se propone explorar esta concepción a partir del análisis de un caso de eritrofobia en una paciente con una trayectoria vital marcada por un apego inseguro y una experiencia persistente de vacío subjetivo.
PRESENTACIÓN DEL CASO CLÍNICO
Mujer de 40 años de edad, casada, tiene dos hijos. Acude a la Unidad de Salud Mental por fobia social, más concretamente, muestra un intenso miedo a sonrojarse en situaciones sociales, lo que le genera una evitación generalizada y un deterioro significativo en su funcionamiento personal, laboral y relacional. Refiere que el rubor aparece en prácticamente todos los contextos, incluso en el ámbito familiar, y que va acompañado de pensamientos catastróficos y una fuerte autodevaluación.
Como antecedentes personales en salud mental, ha realizado seguimientos previos por parte de Psicología Clínica y Psiquiatría, habiendo recibido distintos diagnósticos a lo largo de su vida: Trastorno mixto ansioso-depresivo, trastorno límite de la personalidad, fobia social, trastorno de la conducta alimentaria, entre otros. En relación a antecedentes familiares, menciona que su hermana tiene diagnóstico de depresión desde edades tempranas, lo que ha llevado a la familia a volcarse en su cuidado.
Su trayectoria académica y laboral se caracteriza por la discontinuidad, el abandono de proyectos y una marcada insatisfacción. Comenzó dos grados universitarios y una formación profesional que no terminó. En los últimos 10 años ha realizado trabajos esporádicos a temporadas.
En el ámbito relacional, presenta conflictos con su familia de origen, una relación conyugal vivida como insatisfactoria y una red de apoyo social muy limitada. Identifica a sus hijos como principal sostén.
La hipótesis que se plantea durante la intervención psicológica es que el síntoma cumple una función defensiva: A través del rubor y la evitación a situaciones sociales asociada, reduce la exposición a vínculos que vivencia como amenazantes y emocionalmente desorganizadores. Esta hipótesis se construye mediante el trabajo desde la historia familiar y el apego, surgiendo a la vez durante las sesiones el vacío como núcleo del malestar.
DISCUSIÓN
Para la evaluación psicológica, se administraron los siguientes cuestionarios: Escala de Experiencias Familiares en la Infancia5, Cuestionario Multimodal sobre el Historial de Vida6, Inventario Clínico Multiaxial de Millon-III7 y Escala de Apego y Patrones Relacionales8. También se trabajó mediante el genograma familiar9 y la entrevista clínica. Esta evaluación y la posterior intervención, nos llevan a entender cómo el síntoma actual emerge en relación a la historia personal y familiar de la paciente.
Síntoma actual: Eritrofobia:
La eritrofobia se manifiesta como un miedo intenso y persistente al rubor facial, interpretado por L. como una señal de fracaso, incompetencia y rechazo social. Ante la posibilidad de sonrojarse, emergen pensamientos del tipo: “no podré soportarlo”, “pensarán que estoy loca”, “arruinará el resto del día”. No identifica un desencadenante concreto, aunque sí describe un episodio en el instituto donde un profesor señaló que se estaba poniendo roja delante de toda la clase. En el momento actual, el miedo se ha generalizado a todos los contextos, mostrando la paciente un patrón evitativo y un pensamiento rumiativo en torno a la problemática recurrente, con anticipaciones ansiógenas y catastrofistas.
Historia familiar: El Apego:
La evaluación del apego durante las sesiones pone de manifiesto un patrón de apego marcadamente inseguro, con predominio de características evitativas y ansioso-ambivalentes, así como elementos desorganizados.
L. describe una infancia vivida desde la invisibilidad emocional, el no sentirse vista por su familia, la comparación constante con su hermana y la necesidad de “ganarse” el afecto de sus figuras de apego. Sentía que el cuidado iba únicamente dirigido a su hermana, que ella no podía tener problemas ni podía quejarse. Sentía que no importaba lo que le pasaba, no tiene recuerdos de que le dijesen que la querían. Los cuidadores, por tanto, son percibidos como emocionalmente inaccesibles, críticos o desbordados por sus propias dificultades, lo que habría obligado a la paciente a desarrollar estrategias tempranas de supresión emocional y exigencia interiorizada.
Desde la teoría del apego10, estos contextos favorecen la construcción de modelos operativos internos caracterizados por una imagen negativa de sí misma11 y una expectativa de rechazo o invalidación por parte de los otros,12, elementos estrechamente vinculados a la ansiedad social en la edad adulta13,14. Es decir, algunas emociones, en lugar de ser reconocidas como manifestaciones normales de sistemas motivacionales, se experimentan como algo intrínsecamente negativo, que es necesario evitar a toda costa. Tales emociones no pueden ser reguladas adecuadamente y, por tanto, se manifiestan con notable intensidad o bien alteran funciones fisiológicas en el intento de reprimirlas (aparición de síntomas).
Historia personal: El Vacío:
Además, junto a la demanda explícita de reducción de la ansiedad social, emerge de manera transversal durante las sesiones un profundo sentimiento de vacío15, aburrimiento e insatisfacción vital16 (“la vida no tiene sentido (…) tengo sensación de tristeza y vacío casi todo el tiempo (…) siento que no quiero vivir, pero no pienso en el suicidio”).
Esta experiencia de vacío no aparece de forma súbita en la adultez, sino que puede rastrearse de manera coherente a lo largo del desarrollo. En la infancia, el vacío parece organizarse en torno a la vivencia de invisibilidad dentro de su familia y a la falta de reconocimiento afectivo, lo que conduce a L. a intentar llenarlo mediante la exigencia académica. Durante la adolescencia, el vacío se afronta a través de conductas de desconexión y regulación externa (consumo de alcohol, conductas alimentarias desreguladas y conductas sexuales de riesgo) que proporcionan alivio momentáneo, pero refuerzan posteriormente la culpa. En la adultez, estos intentos de llenar el vacío adoptan otras formas: La maternidad vivida como lo único que le hace sentir “útil”, la presencia de relaciones extramatrimoniales vividas como dependientes y disfuncionales como contrarrespuesta a una relación conyugal que siente como garantía de una estabilidad, pero sin amor. Es decir, en todos los momentos evolutivos, el vacío no se colma, sino que se desplaza. La aparición de diversos diagnósticos a lo largo de su historia refleja qué mecanismos está poniendo en marcha la paciente en determinados momentos para aliviar esta sensación de vacío, para sentirse más viva.
Paradójicamente, el síntoma, si bien mantiene una evitación experiencial que refuerza el sentimiento de vacío en L., también la protege de la exposición a dificultades vinculares y experiencias de rechazo e invisibilidad ya sentidas desde la infancia.
Por ello, la intervención psicológica no se orienta únicamente a la reducción de la sintomatología ansiosa, sino a un trabajo más profundo sobre la relación de L. consigo misma y con los otros. Más allá de las técnicas específicas (exposición gradual, reestructuración cognitiva o activación conductual), el eje central de la intervención reside en la creación de un espacio terapéutico seguro3 que permita la validación emocional y la exploración progresiva de afectos históricamente evitados, como la vergüenza, la rabia, el deseo o la tristeza. El objetivo es ayudar a la paciente a tolerar el vacío, a simbolizarlo y comprenderlo como una señal de necesidades no reconocidas15, favoreciendo la construcción de un sentido más autónomo y flexible de sí misma4. De este modo, la intervención busca transformar el síntoma, de un obstáculo paralizante a una vía de acceso a un mundo emocional más integrado y significativo, donde ese mismo síntoma ya no sea necesario.
CONCLUSIONES
Este caso pone de relieve la importancia de ir más allá del síntoma manifiesto y comprender su función dentro de la historia vital y relacional de la persona. Focalizarse exclusivamente en la eliminación del síntoma puede resultar insuficiente e incluso iatrogénico si no se aborda el sufrimiento subyacente y los modelos vinculares que lo sostienen.
Entender qué nos comunican los síntomas implica reconocerlos como intentos de adaptación y supervivencia, y no únicamente como fallos a corregir. Desde esta perspectiva, el trabajo terapéutico se orienta no solo a reducir la ansiedad, sino a ampliar la capacidad de la persona para desear, vincularse y habitar su propia vida.
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